Roger
Fouts
Los estudios sobre los
chimpancés revelan que son auténticos artistas de la comunicación no verbal, lo
que, según el autor, corrobora la teoría de la continuidad entre las especies
preconizada por Darwin frente a las tesis de los defensores del alma
racional.
Studies on chimpanzees reveal that they are true non-verbal communication artists, corroborating –according to the author– the theory of species continuity suggested by Darwin versus those who defend a rational soul thesis.
«Nunca confíes en un hombre
culto, porque está muy resabiado de los ignorantes que llevan su desconocimiento
con naturalidad», advierte el escritor norteamericano Kurt Vonnegut en uno de
sus libros. En ciencia, esto
resulta tan importante como difícil de llevar a cabo. Pasamos años en la
universidad para adquirir una formación y después nos cuesta reconocer nuestra
ignorancia cuando ésta aparece ante nuestros ojos.
Muy a menudo
iniciamos trabajos estadísticos con el fin de probar una determinada hipótesis,
sin poder demostrarla. Pero nos obstinamos en la teoría, sin admitir que no
sabemos. Así ha sucedido repetidamente con los estudios empíricos sobre las
capacidades de cognición de los primates, especialmente los que proceden de la
psicología experimental. Pese a que mi formación es de psicólogo comparativo, en
mi opinión la psicología experimental es una ciencia bastante arrogante. En su
mayor parte, los psicólogos experimentales tratan de probar sus teorías, sin
más. Pretenden analizar los organismos desde sus esquemas, sin conocer si su
naturaleza se ajusta a ellos.
La
etología es todo lo contrario de la psicología experimental. Suele
caracterizarse por conocer a los organismos biológicamente, hacerles preguntas y
buscar respuestas en ellos, ajustándose básicamente a sus términos. Es una
ciencia que sale a pedir a los organismos vivos que les cuenten a los
científicos qué es importante para ellos. Y lo hace a través de la observación.
Los
descubrimientos del Proyecto Washoe, con el que inicié mis investigaciones sobre
los chimpancés hace más de 30 años, se obtuvieron según las normas de dos
tradiciones: el diseño metodológico de la psicología experimental y la etología.
Esta extraña combinación de campos científicos fue impulsada por el matrimonio
de profesores Allen y Beatrix Gardner. Allen seguía la metodología en el diseño
de psicología experimental de Benton J. Underwoods. La otra investigadora del
proyecto era Beatrix, discípula del famoso etólogo
Nikolaas Tinbergen. El resultado fue un muy riguroso estudio de un
chimpancé en cautividad, al que pudimos enseñar el lenguaje americano de los
signos (ASL).
Como en casi
todas las ciencias, en el estudio del lenguaje de los primates, no hay nada
nuevo bajo el sol. De hecho, cuando iniciamos el proyecto hacía años que se
estaba trabajando en ello, aunque sin éxito.
La referencia
más temprana a la observación de los chimpancés se halla en el Diario de Samuel Peep, de 1661. Este
documento relata la llegada al puerto de Londres de una nueva especie procedente
de las colonias. Por el modo en que lo describe se trata, obviamente, de un
chimpancé. Sin embargo, Peep pensó que se trataba de un cruce de una oveja y un
hombre. Según afirma, entendía buena parte del inglés hablado, algo que los
chimpancés hacen. Y se le podían enseñar los signos de los sordomudos, algo que
nosotros conseguiríamos más adelante.
Posteriormente,
dos empiristas franceses sugirieron que habían encontrado un simio con un rostro
con apariencia de ser muy inteligente y lo enviaron a una escuela de sordos,
para que pudiera aprender los signos. Sin embargo, los primeros intentos
científicos de enseñar lenguas a los chimpancés tenían como objetivo instruirles
en las técnicas del lenguaje oral.
A principios de
la década de los treinta, Winthrop y Luella Kellogg criaron en su casa durante
nueve meses a un chimpancé llamado Gua para que aprendiera inglés. Decidieron
tratarlo igual que a su pequeño bebé Donald, pero pronto llegaron a la
conclusión de que sus comportamientos eran muy distintos. Y no sólo eso. Su
propio hijo podría terminar hablando como el chimpancé, más que éste hablando
inglés. Cuando servían un postre especial, Donald emitía los sonidos de comida
del mono.
Más tarde, y
esta vez durante seis años, el matrimonio Hayes crió en su casa a una chimpancé
llamada Viki. Realizaron entrenamientos intensivos para conseguir que hablase.
Llegaron incluso a modelar sus labios. Pero al final del experimento el
chimpancé sólo había aprendido cuatro palabras en inglés: mamma, papa, cup y up. Y desde luego, no sonaban como
tales. Le costaba tanto articular esas palabras que llegaba a convulsionarse
cuando lo hacía.
Los Gardner
retomaron el tema en 1966, un momento en el que la universidad ponía mucha fe en
la noción del alma racional de Descartes. Esta teoría clásica, cuyas raíces nos
remiten a Aristóteles, divide a las criaturas en clases, según se trate de seres
racionales o de criaturas dirigidas por sus emociones.
Aristóteles estaba
obsesionado por clasificar las cosas y ponerles etiquetas. Así que tomó las
ideas de su maestro Platón y colocó al hombre en la cima de su escala de la
naturaleza porque, según su teoría, sólo los hombres tenían un alma racional. A
partir de ahí estableció los rangos de las bestias imperfectas, las que eran
distintas del hombre. En la parte superior colocó al elefante, luego al delfín,
el tercero era la mujer... y así sucesivamente hasta clasificar a toda la
naturaleza conocida.
En mi opinión,
el modelo del alma racional es engañoso porque sitúa a los humanos en un estadio diferente, mejor que las otras
criaturas, y fuera de la naturaleza. Además, justifica la explotación de las
especies «imperfectas» que se sitúan por debajo de
uno.
Si
bien esta corriente ha ido desapareciendo de la comunidad científica, todavía
existen autores como Noam
Chomsky o Steven Pinker que buscan ese algo que hace
al hombre especial y que justifica su posición dominante en la naturaleza.
En
la década de los sesenta, pese a que ya se habían demostrado las capacidades
de determinadas especies para elaborar herramientas y existían pruebas empíricas
sobre sus funciones de comunicación, los partidarios del alma racional se
aferraban al lenguaje como último bastión de la diferencia humana.
En este contexto
teórico desfavorable se pone en marcha en la
Universidad de Reno el Proyecto Washoe. El trabajo de los Gardner era muy
sólido, pero muy poca gente estaba dispuesta a leerlo porque ridiculizaba las
tesis de muchos académicos. Los resultados
demostraban que un chimpancé era capaz de aprender el lenguaje de los signos,
utilizarlos y recombinarlos en un correcto orden sintáctico. Incluso podía
inventarlos por sí mismo. Se llegaron a contabilizar en Washoe unos 240 signos,
de los 4000 que tiene el sistema ASL. Y todo ello mediante una estricta
metodología.
Se
trabajaba con el sistema de doble control ideado por Underwoods. El chimpancé se
sometía a una serie de pruebas de pantallas en una cabina controlada por dos
personas que, independientemente y sin verse, registraban los signos del animal.
El nivel de aciertos de Washoe era más que aceptable. De hecho, en un estudiante
se consideraría entre aprobado y notable. Pero sus errores eran tan interesantes
como sus respuestas correctas. Por ejemplo, en algún momento, indicaba muchas de
las pantallas con la palabra baby,
tanto si se trataba de una criatura humana, como de una muñeca, un coche o un
pájaro. Al principio, los Gardner pensaron que el chimpancé no estaba prestando
atención, pero cuando repasaron las pantallas una por una descubrieron que si se
trataba de una foto de un pájaro de verdad era pájaro, mientras que si se trataba de un
pájaro de cristal, una figurilla, era baby. Si aparecía una foto de un coche
de verdad era coche; si era un coche
de juguete, un baby. Así pues, su
signo baby tenía una semántica
diferente de la nuestra: mientras que la humana se utiliza con las muñecas o los
bebés, la suya tenía que ver con la replicación y la
miniatura.
Otro de los
requisitos metodológicos del proyecto era no forzar al chimpancé, que hacía las
pruebas cuando le apetecía. Es más, descubrimos que si se utilizaban técnicas de
estimulación con Washoe terminaba dejando de señalar las cosas del test y
pidiendo comida, como había anticipado el lingüista suizo Philip Lieberman en
investigaciones llevadas a cabo con niños.
En
su artículo «Feed forward versus feed backward. An intellectical alternative to
the love affect», publicado en el Behavioral and Brain Sciences de 1988,
los Gardner afirman que las
recompensas no funcionan y que más bien actúan como un destructor del estímulo. Su conclusión es que el refuerzo es
algo cultural, que tiene que ver con la idea de que somos organismos pasivos a
menos que se produzcan recompensas o castigos.
Washoe no era un organismo
pasivo sino activo. Y con un individuo activo se consigue información sin
necesidad de estimulación, aunque sólo si el método utilizado tiene sentido para
él. Por esa razón utilizamos el lenguaje de los signos. Sabíamos que debido a
las grandes diferencias en cuanto al control de respiración, de los sonidos y
del córtex, el habla no funcionaría.
Aunque esta filosofía
estuvo presente desde el inicio del proyecto, los críticos insistían en que se
trataba de un aprendizaje incentivado. Otra de sus apreciaciones era que los
Gardner habían encontrado una suerte de chimpancé genio, que aprendía de forma
distinta al resto de su especie.
En 1970, el
proyecto se trasladó a la Universidad de Oklahoma, donde fuimos extendiéndolo
progresivamente a un grupo de chimpancés, con resultados de aprendizaje aún más
sorprendentes: observamos que los chimpancés pueden
adquirir sus primeros signos en el cuarto o quinto mes de vida y hacerlo en un
tiempo récord, de días incluso. Pero los críticos insistían en que los
chimpancés necesitan a los humanos para el aprendizaje del lenguaje de los
signos y que no son capaces de transmitirlo entre ellos.
En 1979, Washoe,
que para entonces tenía entre 14 y 15 años, se quedó embarazada, pero su cría
murió. Queríamos saber si transmitiría su lenguaje a la siguiente generación,
así que le buscamos un bebé de diez meses llamado Lulias para que lo adoptara. A
partir de entonces, los humanos dejamos de hacer signos para no influir en la
educación del pequeño chimpancé y limitamos nuestra comunicación con Washoe a
siete casos: las preguntas W (qué, quién, cuándo, dónde, por qué, cuál) [por sus
iniciales en inglés] y los nombres propios. Lulias adquirió sólo los signos de
Washoe y lo hizo a partir del octavo día de estar con
ella.
Como describe nuestra
literatura de 1982 y 1983, la adquisición de signos se daba de forma gradual:
primero como balbuceos o signos frustrados mezclados con sonidos, hasta que se
iban consolidando de forma natural. Sólo observamos seis instancias –lo que no
significa que no hubiera más– parecidas a una tutorización de Washoe, si bien en
caso alguno Lulias asimiló los signos.
Con todo, tras los cinco
años que duró el proyecto, el pequeño chimpancé había adquirido exactamente 57
signos. Un claro caso de transmisión cultural de madre a
hijo.
En
las primeras fases de los experimentos se trabajaba con diccionarios. Pero a
medida que los chimpancés iban incorporando los signos a su vocabulario
empezaban a combinarlos de forma lógica y creaban sus propias palabras. En una
ocasión, Washoe, que solía comenzar su cena pidiendo el biberón con el signo chupete que le habíamos enseñado,
solicitó su ración dibujando un biberón en su pecho. Allen Gardner tomó nota
pero nos insistió en que el proyecto era para que el chimpancé adquiriera el
lenguaje humano y no viceversa.
Durante los siguientes
meses, cada vez que ella pedía su biberón de esa manera le advertíamos que era
erróneo, hasta que conseguimos convencerla para que lo dejara.
Dos meses más tarde, los
Gardner dieron una conferencia en la Escuela para sordos de Berkeley y
explicaron este comportamiento. Sin embargo, uno de los profesores les corrigió
asegurando que ésa era la señal de biberón en el ASL. Es decir, Washoe había
visto la relación mejor que nosotros.
La
creación de símbolos propios por parte de los chimpancés es más insólita. Para
expresar una idea nueva normalmente cogen dos signos de diferentes palabras de
su vocabulario y los recombinan de forma casi metafórica. En uno de los estudios
que realicé en Oklahoma, le presenté 24 frutas y verduras distintas a Lucy. Dado
que para muchos carecía de símbolos, fue creando sus propias palabras por
asociación de ideas. Al melón [en inglés, melón de agua] lo llamaba fruta-bebida; al apio y a las
cucurbitáceas como el pepino y el calabacín, comidas-pipa (en esa época yo fumaba en
pipa).
Cuando cogía sus vegetales
y frutas y los partía, los denominaba comida si eran vegetales y fruta si se trataba de fruta. A los
cítricos, tanto naranjas, limones, limas o pomelos, los llamaba indistintamente
frutas de olor. Los rábanos eran
especialmente interesantes. Estuve mostrándole el mismo rábano durante ocho días
y al final quedó un poco arrugado. Una vez lo mordió y escupió. A partir de
entonces lo llamó comida-llorar.
Uno de mis objetivos era
ver si Lucy era capaz de distinguir entre genéricos y específicos. Para ello le
enseñé el signo de fruta silvestre
aplicándolo a la cereza, que ella ya conocía. Quería saber si lo generalizaría a
cosas como las fresas, moras o frambuesas o si por el contrario sería muy
específica. En este sentido, el resultado fue decepcionante: distinguía todas
estas frutas pero no fue capaz de entender que a todas ellas podía denominarlas
frutas
silvestres.
Para controlar
los signos de los chimpancés sin intervención humana,
Deborah Fouts, mi esposa y codirectora del proyecto, decidió grabarlos de forma
remota durante 56 horas. Queríamos saber si seguían haciendo signos,
especialmente el pequeño Lulias, que había sido criado sin orientación humana,
una característica que podía definir su lenguaje en función del
contexto.
No
sólo descubrimos que seguían utilizando los signos fuera de la presencia de los
humanos, sino que también establecían conversaciones entre ellos. Es más, en
algunas ocasiones, cuando jugaban solos, por ejemplo, se hablaban a sí mismos,
algo que en psicología se denomina señalización privada. Para dar por
válidos este tipo de comportamientos, de los que llegamos a registrar 360, los
Gardner quisieron que sólo se consideraran fiables los signos vistos por tres
observadores, de forma independiente y en un contexto correcto. Y todo ello
durante 15 días consecutivos. A continuación, los comparamos con los estudios de
señalización privada en niños, utilizando las mismas definiciones, y encontramos
ejemplos para cada una de las nueve categorías.
Por ejemplo, signos
referenciales. Podían estar sentados mirando una revista y decir esto es un helado, pasar una página y
decir esto es un zapato. Otra de las
cosas que hacían era hablar sobre cosas que no estaban presentes, lo que
denominamos en el argot «informativo». A veces hacían la señal de sandwich a pesar de que no había
ninguno.
También se dieron ejemplos
de habla privada expresiva, las típicas frases que hacemos de forma refleja
cuando nos golpeamos el pulgar con un martillo, aunque no haya nadie delante.
Una de las veces, Washoe estaba tumbada en un banco mirando una revista. En ese
momento Lulias, su hijo, saltó sobre ella, se la arrebató y se fue corriendo.
Ella se levantó, se dio la vuelta y exclamó: Sucio, sucio, sucio, una expresión que
ella utiliza para definir cosas viejas o rotas, pero también para describir a
individuos o comportamientos que no le gustan.
En
otros casos también se han detectado signos de autorregulación. Por ejemplo,
cuando Washoe era pequeña y jugamos al escondite con ella. Subía a los árboles y
se señalaba a sí misma diciéndose callada,
callada....
Según algunas
teorías, los chimpancés son capaces de emitir signos pero no pueden hacer
indicaciones a otro. A mediados de los noventa, hicimos un estudio controlado en
el que los chimpancés tenían que señalarle a un humano las coordenadas en las
que se encontraba un objeto. Descubrimos que no sólo utilizaban correctamente
las indicaciones izquierda-derecha, arriba-abajo, sino que establecían
referencias del tipo «al lado de X».
Estas conclusiones fueron publicadas en Journal of Comparative Physiological
Psychology.
En otro estudio,
recogido en Human Evolution,
demostramos que los chimpancés son capaces de imaginar funciones para objetos
con los que juegan. Por ejemplo, tomaban un bolso y se lo ponían en el pie y
decían: es un zapato.
Más
recientemente, se ha investigado con éxito la competencia de los chimpancés para
reparar conversaciones rotas. Por ejemplo, si dicen tengo hambre y se les interrumpe con un
no entiendo, son capaces de replicar
añadiendo información con una palabra relacionada del tipo comida o comer. Si se les contesta con una
negativa, pueden cambiar de tema con un quiero chicle, por ejemplo.
Si el que cambia
de conversación es su interlocutor, contestan a lo que se les pide para volver
luego a su solicitud inicial. Estos hallazgos, que pueden leerse en un artículo
del Journal of Comparative Psychology
prueban que, al igual que los humanos, los chimpancés pueden reparar una
conversación cuando ha sido interrumpida.
Contra lo que
preconizaban los defensores del alma racional, estos trabajos demuestran que los
chimpancés aprenden los signos, los utilizan correctamente y presentan una
prodigiosa línea de progreso en sus vidas en cuanto a vocabulario, combinaciones
de signos y frases. A su vez, este hecho revela que la primera forma de lenguaje
de nuestros antepasados fue gestual y que la versión oral de la lengua llegó
mucho más tarde. Según mis propias averiguaciones, hace tan sólo unos 200 000
años.
En mi opinión,
los chimpancés son auténticos artistas de la comunicación no verbal, un tipo de
inteligencia social que tiene mucho sentido para unas criaturas nacidas en una
pequeña comunidad cerrada y que, probablemente, pasen sus 60 años de vida
viviendo en comunidad. Es decir, su inteligencia está adaptada a la
supervivencia en el nicho ecológico en el que viven.
La inteligencia
humana también tiene algo de esta naturaleza, aunque ha ido mutando hacia lo que
denominamos inteligencia causal o lógica, es decir, la que nos sirve para
resolver problemas mentalmente. Los chimpancés comparten este tipo de
cualidades, si bien en un grado mucho menor. Por nuestra parte, los humanos no
somos capaces de interpretar con tanta precisión como ellos el comportamiento no
verbal. Se trata, en definitiva, de diferencias de grado y
objetivos.
En este sentido,
mi posición se sitúa del lado de la continuidad entre las especies preconizada
por Darwin y reforzada ahora por las evidencias sobre los enormes parecidos (de
hasta el 98 %) entre el DNA de los simios y de los humanos. Todos estos avances
científicos deberían ayudarnos a abandonar la desapasionada noción cartesiana
del alma racional y aportar un poco de ética a nuestra relación con nuestros
parientes los simios.
Profesor
de psicología de la Universidad Central de Washington y codirector, junto con su
esposa, Deborah Fouts, del Instituto de Comunicación Humana y de Chimpancés
fundado en 1992. Desde 1967 forma parte del Proyecto Washoe, la primera
demostración importante sobre la adquisición de lenguaje en especies no humanas.
Sus últimos estudios se han centrado en los signos de los chimpancés y en la
representación de los gestos en estos animales. Realiza frecuentes conferencias
sobre el comportamiento de los chimpancés y el interés de estos estudios en la
investigación biomédica.