Título original: Dinosaur Planet
Traducción: Domingo Santos
Portada: Antoni Garcés
1ª Edición: Agosto, 1986
© by Anne McCaffrey
© Ultramar Editores, S.A., 1986
Mallorca, 49 - Tel 3212400 - Barcelona-08029
ISBN: 84-7386-404-2
Edición digital: Carlos Palazón
Revisión: caronish
Kai oyó el eco de los ligeros pasos de Varian en la
vacía sección de pasajeros de la lanzadera en el momento en que desconectaba la
unidad de comunicaciones y colocaba la cinta en su depósito de almacenamiento.
—Lo siento, Kai, ¿me he perdido el contacto?
Varian estaba sin aliento, el traje chorreante de
sudor, y traía consigo el penetrante hedor del aire «fresco» de Ireta, que
inundó el filtrado aire de la cabina del piloto de la lanzadera. Miró primero
el apagado panel de comunicaciones, luego desvió la mirada hacia el rostro del
hombre para ver si estaba irritado por su tardanza, pero una sonrisa triunfante
hendió su fingido pesar.
—¡Hemos capturado finalmente uno de esos herbívoros!
Kai no pudo por menos que sonreír ante su
excitación. Varian era capaz de pasar largas horas rastreando un animal en los
pantanos y las hediondas junglas de Ireta; horas de paciente búsqueda jalonada
de obstáculos que, la mayor parte de las veces, resultaba improductiva. Pero
consideraba tediosamente nauseabundo el sentarse inmóvil en un confortable
sillón durante un contacto con los theks. Kai había estado seguro de que esta
vez conseguiría eludir también el tedioso intercambio con alguna excusa
razonable. Sus noticias eran buenas y su excusa válida.
—¿Cómo conseguiste capturar uno? ¿Con una de esas
trampas que has estado construyendo? —preguntó con auténtico interés, aunque
aquellas mismas trampas habían impedido que sus mejores mecánicos terminaran la
parrilla sismológica que necesitaban sus geólogos.
—No, no han sido las trampas —y había un punto de
pesar en el tono de Varian—. No, la maldita criatura estúpida estaba herida y
no pudo escapar corriendo con el resto de la horda. —Hizo una pausa para dar
todo su énfasis al resto de la frase—. ¡Y, Kai, sangra auténtica sangre!
Kai parpadeó ante la afirmación.
—¿De veras?
—¡Sangre roja!
―¿Y?
—¿Acaso eres un idiota en biología? La sangre roja
significa hemoglobina…
—¿Y qué hay de extraño en ello? Muchas otras especies
utilizan como base el hierro.
—No en el
mismo planeta de esos serpenteantes seres acuáticos que Trizein ha estado
disecando. Ellos utilizan un fluido
pálido y viscoso. —Varian se mostró ligeramente despectiva ante el fracaso del
hombre en reconocer el significado de la noticia—. Este planeta es una masa de
anomalías, tanto biológicas como geológicas. Ningún mineral que valga la pena
echar por nuestras tolvas, y yo encontrando animales más grandes que cualquier
cosa mencionada en las cintas de texto de ningún planeta de todos los sistemas
que hayamos explorado en los últimos cuatrocientos años galácticos estándar.
Por supuesto, es posible que todo encaje, después de todo —añadió
pensativamente, mientras echaba hacia atrás los flexibles rizos oscuros que enmarcaban
su rostro.
Era alta, como lo eran generalmente aquellos nacidos
en la gravedad normal de un planeta como la Tierra, con un cuerpo esbelto pero
musculoso que el mono de vuelo color naranja de una sola pieza remarcaba
admirablemente. Pese a los utensilios que colgaban de su cinturón pantalla de
fuerza, su talle era delgado, y los bultos en los bolsillos de sus muslos y
pantorrillas no desmerecían el gracioso aspecto de sus piernas.
Kai se había alegrado cuando Varian fue designada
como su co-comandante. Habían sido algo más que amigos a bordo desde que ella
se había unido a la ARCT-10 como xenoveterinaria, con un contrato por tres años
galácticos estándar. Aunque la ARCT-10, como sus naves hermanas del Cuerpo de
Exploración y Evaluación, poseía un personal básico administrativo y de
operaciones que había nacido y se había educado en la nave, el complemento de
especialistas adicionales, técnicos en prácticas y, ocasionalmente, viajeros de
las altas esferas de los Planetas Sentientes Federados cambiaba constantemente,
dando a los nativos de la nave el estímulo de conocer a miembros de otras
culturas, subgrupos, minorías y creencias.
Kai se había sentido atraído por Varian, primero
porque era una muchacha extraordinariamente atractiva y segundo porque era el
opuesto de Geril. Llevaba tiempo intentando cortar una insatisfactoria relación
con Geril, que se había mostrado tan insistente que lo había obligado a cambiar
de aposentos de la zona nativa al área de visitantes terrestres del la ARCT-10
a fin de evitarla. Varian resultó ser su nueva vecina de la puerta de al lado.
Era alegre, con un humor burbujeante e intensamente interesada en todo lo
referente a la nave exploradora del tamaño de un satélite. Le contagió su
entusiasmo al tiempo que le perseguía para que la condujera en una visita
guiada por las distintas zonas especiales que albergaban a las más esotéricas
razas sentientes de los PSF en sus propias atmósferas o gravedades. Ella era
nacida y educada en planetas, le dijo Varian, el número de ellos y su
diversidad no tenía demasiada importancia ahora, pero había llegado un momento
en que creía que ya era hora de ver cómo vivían los exploradores y los
evaluadores. Especialmente, añadió, puesto que como xenoveterinaria había
tenido que corregir a menudo algunos de los más locos juicios erróneos y
equivocaciones de las NE.
Varian era una buena narradora, y los relatos de sus
aventuras planetarias, tanto de los tiempos en que era una adolescente
arrastrada por unos padres también xenoveterinarios como de cuando estaba
aprendiendo la misma especialidad, fascinaron a Kai. Éste había efectuado los
habituales viajes por los planetas para combatir la agorafobia condicionada por
la nave, y de hecho había pasado todo un año galáctico con sus abuelos maternos
en su mundo natal, pero
tenía la sensación de que
todos ellos habían sido mundos opacos y sin vida en comparación con aquellos
que habían generado las excitantes y divertidas experiencias de Varian.
Otro aspecto en el que Varian superaba a Geril era
su habilidad en discutir agradable y contundentemente sin perder en ningún
momento el temperamento o el control. Geril había sido siempre opresivamente
seria y demasiado ansiosa de denigrar cualquier cosa que no aprobara
incondicionalmente. De hecho, mucho antes de que Kai oyera que Varian iba a ser
su co-comandante, se había dado cuenta de que debía haber recibido Disciplina,
por joven que pareciera ser. Había ido hasta tan lejos como pedir al ordenador
una copia de impresora de su historial público de los archivos del banco de
datos de la NE. Su lista de misiones era impresionante, pese a que el registro
no daba ninguna evaluación de los resultados conseguidos por ella en esas
expediciones. De todos modos, observó
que había sido promocionada muy rápidamente: esto, combinado con el número de
misiones, señalaba a una mujer joven marcada por una creciente responsabilidad
y misiones cada vez más difíciles. Su inclusión en la misión iretana se había
efectuado casi en el último minuto, cuando las sondas preliminares habían registrado
formas de vida; pero, con sus antecedentes, Ireta no debería plantearle
demasiados problemas. Y sin embargo, como ella misma había dicho, el lugar
burbujeaba con anomalías.
—Supongo —estaba diciendo en aquellos momentos— que
si una tiene un sol de tercera generación con planetas, debe esperar rarezas:
como Ireta, con polos más cálidos que su ecuador y apestando a… nunca
conseguiré recordar el nombre de esa planta…
—¿Planta?
—Sí, una pequeña planta, lo bastante resistente como
para crecer por todas partes en los mundos templados tipo Tierra, y que se usa
a menudo para cocinar. En cantidades juiciosas, por supuesto —dijo con una
irónica sonrisa—. Si pones demasiada, el guiso sabe del mismo modo que huele
este planeta. Lo siento, estoy yéndome del asunto. ¿Qué dicen los theks?
Kai frunció el ceño.
—Nuestra errante Nave Exploradora sólo ha recogido
los primeros informes.
Secándose enérgicamente su chorreante cuerpo, Varian
se volvió para mirarle, con la toalla inmóvil entre sus manos.
—¡Mierda! —Se sentó lentamente en el sillón al lado
del de él—. ¡Eso es irritante! ¿Sólo los primeros?
—Eso es lo que dicen los theks…
—¿Les diste tiempo suficiente de elaborar una
respuesta? Piensa en ello. —Varian se dejó caer desmayadamente contra el
respaldo y añadió—: Oh, sí, por supuesto que lo has hecho —dándole todo el crédito que se merecía por su habilidad en tratar
con las especies de movimientos y reacciones más lentas del Sistema Federado—.
Eso no es propio de las NE. Normalmente están desesperadamente ansiosas por los
informes iniciales, sean o no correctos.
—Mi explicación
es que las interferencias espaciales…
—Por supuesto —y la ansiedad se despejó del rostro
de Varian—. Esa tormenta cósmica del sistema vecino… esa que los atronómos
están tan ansiosos por echarle el ojo…
—Eso es lo que dicen los theks.
—¿Con cuántas palabras? —preguntó Varian,
reafirmándose de nuevo en su irónico humor.
Los theks eran una forma de vida a base de
silicatos, como las rocas, extremadamente duradera y, aunque no inmortal, sin
duda la especie que había evolucionado hasta más cerca de esa meta. Los
irreverentes decían que era difícil distinguir a un thek viejo de una piedra
hasta que hablaba, pero que un humano podía morir de senilidad esperando a que
pronunciara su primera palabra. Ciertamente, cuanto más viejo era un thek y más
conocimientos había adquirido, más tiempo se necesitaba para conseguir
arrancarle una respuesta. Afortunadamente para Kai, había dos theks jóvenes en
el equipo enviado al séptimo planeta de aquel sistema. A uno de ellos, Tor, Kai
lo conocía de toda la vida. De hecho, aunque Tor era considerado joven en
relación con las expectativas de vida de su especie, llevaba en la ARCT-10
desde que la nave exploradora había efectuado su primera misión, hacía ciento
cincuenta años galácticos estándar. Tor confundía constantemente a Kai con su
tatarabuelo, que había sido oficial ingeniero en la ARCT-10 y a quien se decía
que se parecía Kai. Éste sentía una curiosa satisfacción ante el hecho de
hallarse en la misma misión y ser un co-comandante planetario con Tor. Su
conversación con Tor, dilatada por la distancia espacial y las costumbres
oratorias de los theks, había sido como siempre breve.
—De hecho, Tor dijo una sola palabra, Varian:
Tormenta. —Kai añadió su propia risa a la de la mujer.
—¿Se han equivocado alguna vez?
—¿Qué? ¿Los theks equivocarse? Nunca, en todo lo que
registra la historia.
—¿La de ellos o la nuestra?
—La de ellos, por supuesto. La nuestra es demasiado
corta. Ahora, háblame de esa sangre roja.
—Bueno, no se trata solamente de la sangre roja,
Kai. Hay demasiadas coincidencias inverosímiles. Esos herbívoros que hemos
estado rastreando no sólo son vertebrados y con sangre roja, sino que ahora que
nos hemos podido acercar lo suficiente y echarles una buena mirada, hemos
descubierto que también son pentadáctilos. —Abrió y cerró los dedos hacia él,
en actitud de agarrar.
—Los theks también son pentadáctilos… en cierto
sentido. —Kai se sentía agradecido de que no hubiera contacto visual durante
sus conversaciones con los theks, puesto que éstos tenían la inquietante
costumbre de emitir seudópodos de su masa amorfa, lo cual tendía a veces a
alterar a su interlocutor hasta el punto de la náusea.
—Pero no vertebrados,
ni con sangre roja. Y no coexistentes con otra forma de vida totalmente
distinta, como los cuadrados marinos de Trizein. —Varian rebuscó en la bolsa de
su cinturón y extrajo un objeto plano, bien envuelto en plástico—. Será
interesante —dijo, espaciando las sílabas— ver el análisis de esta muestra de
sangre. —Con un grácil movimiento se levantó del sillón giratorio y salió a
largas zancadas de la cabina del piloto, con Kai tras sus pasos.
Los tacones de sus botas resonaron en el vacío de la
desnuda sección de pasajeos. Su mobiliario equipaba ahora los domos de plástico
agrupados bajo la lanzadera en el campamento protegido por una pantalla de
fuerza. Pero el trabajo de Trizein se realizaba mejor en el antiguo
compartimiento de almacenaje provisto de aire acondicionado, que había sido
convertido en su laboratorio. En un ángulo de la estancia se había instalado un
terminal conectado al ordenador de la nave, de modo que Trizein raras veces
salía de sus dominios.
—Así que finalmente has conseguido un ocupante para
tu corral —dijo Kai.
—Con lo que se demuestra que estaba en lo cierto
planeando por anticipado. Al menos disponemos de un lugar lo suficientemente
grande como para alojarlo… a él-ella-ello.
—¿No sabes cuál es su sexo?
—Cuando lo veas, comprenderás por qué no le hemos
echado una mirada tan de cerca como para averiguarlo. —De pronto se
estremeció—. No sé qué le pasó, pero tiene trozos enteros arrancados de su
costado, junto a su pata trasera… casi como si… —tragó apresuradamente saliva.
—¿Como si qué?
—Como si algo se hubiera estado alimentando de él…
vivo.
—¿Qué? —Kai sintió un repentino nudo en la garganta.
—Esos predadores parecen lo bastante salvajes como
haberlo hecho… ¿pero por qué mientras el animal aún estaba vivo?
La abrumadora idea los mantuvo en silencio durante
varios pasos. La alimentación civilizada ya no incluía la carne.
—Me pregunto si Tanegli habrá tenido suerte con esos
árboles frutales —dijo la mujer, dirigiendo rápidamente la conversación hacia
otros temas.
—¿Sabes si se llevó a los jóvenes con él? Yo estaba
preparando la comunicación.
—Sí —dijo Varian—. Divisti fue también, de modo que
los chicos están en buenas manos.
—Mejor si alguien puede manejarlos —dijo Kai con una
hosca sonrisa—. No me gustaría tener que darle explicaciones a la tercer
oficial de la NE si le ocurriera algo a su orgullo y alegría.
Kai vio con el rabillo del ojo a Varian morderse el
labio, mientras sus ojos resplandecían con reprimido regocijo. Era un hecho
embarazosamente bien sabido que el joven Bonnard adoraba al co-comandante
masculino como a un héroe.
—Bonnard es un buen chico, Kai, y sabe arreglárselas
bien…
—Lo sé, lo sé.
—Me pregunto si la comida de este planeta sabrá del
mismo modo que huelen todas las cosas —dijo Varian, cambiando nuevamente de
tema—. Si la fruta sabe a telurhídrico…
—¿Andamos escasos de comida?
—No —dijo Varian, que estaba encargada, según las
reglamentaciones de la expedición, de proporcionar cualquier comida
suplementaria que se necesitase—. Pero Divisti es un alma cautelosa. Cuanto
menos provisiones básicas de subsistencia utilicemos, mejor. Y la fruta fresca…
puede que vosotros, los nativos de las naves, no la echéis en falta, pero…
—Los primates nacidos en tierra firme no tienen
disciplina alimentaria.
Ambos estaban sonriendo. Varian inclinó la cabeza
hacia un lado, sus ojos grises brillando. El primer día que se conocieron, en
una mesa en la zona comedor humanoide de la enorme nave del CEE, no dejaron de
pincharse mutuamente acerca de sus idiosincrasias alimentarias.
Nacido y criado en la nave, Kai estaba acostumbrado
a las comidas sintetizadas, que ofrecían un limitado número de texturas.
Incluso cuando había descendido a algún planeta por un breve período de tiempo,
nunca había acabado de ajustarse a la infinita variedad y consistencia de los
alimentos naturales. Varian había alardeado de que podía comer cualquier cosa
vegetal o mineral y había encontrado la dieta de la nave, incluso cuando era
suplementada con las reservas de productos frescos del domo de apoyo vital, más
bien monótona.
—Yo los llamo sabores educados. Y si el sabor de la
fruta de aquí es como mínimo decente, puede que llegues a pervertirte y a
apreciar la auténtica comida.
En el momento en que alcanzaban el compartimiento de
almacenaje, el panel se abrió de golpe y un excitado hombre avanzó a la carga
hacia ellos.
—¡Maravilloso! —Se detuvo a media zancada y,
perdiendo el equilibrio, tuvo que apoyarse contra la pared—. Precisamente a
quienes necesito ver. Varian, la formación celular de esos especímenes marinos
es una auténtica innovación. Hay filamentos de cuatro tipos distintos…
simplemente echa una ojeada… ―Trizein empujó a la mujer por la espalda
hacia el laboratorio, haciendo gestos a Kai de que les siguiera.
—Yo también tengo algo para ti, amigo —y Varian le
tendió la muestra—. Capturamos uno de esos pesados herbívoros, herido,
sangrando sangre roja…
—Pero… ¿no comprendes, Varian? —prosiguió Trizein,
aparentemente sordo a lo que ella le decía—. ¡Se trata de una forma de vida
completamente distinta. Nunca, en toda mi experiencia
expedicionaria, he encontrado tal formación celular…
—Ni yo me he encontrado con una anomalía como ésta,
contrastando con tu nueva forma de vida. —Varian cerró los dedos en torno a su
muestra—. Anda, sé gentil y efectúa un espectroanálisis de esto.
—¿Sangre roja, has dicho? —Trizein parpadeó, cambiando
sus bisagras mentales para enfrentarse a la petición de Varian. Tomó la muestra
y la llevó a la luz, frunció el ceño—. ¿Sangre roja? No es compatible con lo
que acabo de decirte.
En aquel momento la alarma lanzó su inquietante y
prolongado gemido a través de toda la lanzadera y el campamento exterior, y
hormigueó en las unidades de pulsera que llevaban Kai y Varian como comandantes
del equipo.
—Grupo explorador en problemas, Kai, Varian —dijo
Paskutti por el intercomunicador, con su voz pastosa sin precipitarse en lo más
mínimo—. Un ataque aéreo.
Kai pulsó el botón de emisión-recepción de su unidad
de pulsera.
—Reúne a tu grupo, Paskutti. Varian y yo llegamos en
seguida.
—¿Un ataque aéreo? —murmuró Varian, y ambos se
dirigieron rápidamente a la compuerta iris de la lanzadera—. ¿De qué?
—¿Se halla el grupo todavía en el aire, Paskutti?
—preguntó Kai.
—No, señor. Tengo las coordenadas. ¿Debo llamar a
los demás equipos para que acudan?
—No, deben estar demasiado lejos para resultar
útiles. —Y dirigiéndose a Varian—: ¿Con qué
pueden haberse encontrado?
—¿En este loco planeta? ¿Quién sabe?
Varian parecía crecerse con las distintas alarmas
que producía Ireta, de lo cual Kai se alegraba. En su segunda expedición el
co-comandante había sido un pesimista tan convencido que la moral de todo el
grupo se había visto profundamente deteriorada, ocasionando innecesarios y
desastrosos incidentes.
Como de costumbre, el primer azote de la hedionda
atmósfera de Ireta cortó el aliento de Kai. Había olvidado volver a ponerse los
tampones desodorizantes que se había quitado mientras estaba en la lanzadera.
Los tampones ayudaban, pero no cuando uno se veía obligado a respirar
oralmente, como ocurría mientras echaba a correr para reunirse con el pelotón
que Paskutti estaba formando apresuradamente.
Aunque los equipos pesados, bajo la dirección de
Paskutti, eran quienes tenían más camino que recorrer, fueron los primeros en
llegar al punto de reunión mientras Kai y Varian descendían la rampa desde la
lanzadera hasta la abertura de acceso de la pantalla de fuerza. Paskutti
entregó cinturones, máscaras y aturdidores a los dos comandantes, sin darse
cuenta en aquel momento de urgencia de que el empuje casual de su pesada mano
hacía vacilar sobre sus talones a los otros dos, menos corpulentos que él.
Gaber, el cartógrafo, que era el oficial de guardia
para emergencias, llegó jadeando de su domo. Como de costumbre, había olvidado
el cinturón con pantalla de fuerza, pese a que había una orden de que esos
cinturones debían ser llevados permanentemente. Kai tendría que amonestar a
Gaber por ello cuando regresaran.
—¿Cuál es la emergencia? Nunca terminaré esos mapas
con todas estas interrupciones.
—El equipo de búsqueda de víveres se halla en
problemas. ¡Y no se pase usted todo el tiempo escabullándose por ahí! —exclamó
Kai.
—Oh, Kai… nunca , nunca haría algo así, se lo
aseguro. Le prometo que no me moveré de los controles ni un centímetro, aunque
no sé cómo voy a terminar alguna vez con mi
trabajo… Ya llevo tres días de retraso, y…
—¡Gaber!
—Sí, Kai. Sí, comprendo. De veras.
El hombre se sentó ante los controles del hangar,
mirando tan ansiosamente de Paskutti a Varian que Kai tuvo que hacerle un signo
tranquilizador con la cabeza. El denso rostro de Paskutti permanecía
inexpresivo, al igual que sus oscuros ojos, pero de alguna forma el silencio en
sí del equipo pesado podía indicar más agudamente desaprobación o desagrado que
cualquier palabra que hubiera podido gruñir.
Paskutti, un hombre de mediana edad, llevaba a cargo
de la seguridad de la nave la mayor parte de su período de enganche de cinco
años con el CEE. Se había presentado voluntario para este puesto cuando la nave
madre había pedido subalternos para ayudar a un equipo xenobio. Los equipos
pesados aceptaban a menudo períodos de enganche en puestos de
semirresponsabilidad para otros mundos en las naves del CEE puesto que la paga
era extremadamente buena; dos o tres de esos períodos significaban ganar lo
suficiente como para vivir el resto de la vida en relativa comodidad en uno de
los mundos en desarrollo. Los equipos pesados eran preferidos como subalternos,
fuera cual fuese su especialidad básica, debido a su fuerza muscular. Se decía
de ellos que eran los músculos de los PSF humanoides, un comentario que había
adquirido una cierta respetabilidad, puesto que los equipos pesados no eran
solamente «músculos», sino que contaban entre ellos tantos especialistas de
alto rango como cualquier otro subgrupo humanoide.
Nadie discutía, sin embargo, que su presencia
física, con sus poderosas piernas, su compacto torso, sus enormes hombros y su
piel curtida por la intemperie, proporcionaban una impresión visual que
impulsaba a muchos grupos sentientes a contratarlos como fuerzas de seguridad,
ya fuera simplemente para exhibición o como unidades realmente agresivas. Para
contribuir a la falsa noción de que los equipos pesados estaban mal equipados
en habilidades mentales, se hallaba el problema genético de que, así como sus
músculos y estructuras óseas se habían alterado para resistir las fuertes gravedades,
sus cabezas no. A la primera ojeada, parecían estúpidos. Apartados de las
enormes gravedades y las condiciones climáticas que los habían producido, los
equipos pesados tenían que pasar buena parte de su tiempo en gimnasios de alta
gravedad para mantener su fuerza muscular y conservar las condiciones que les
permitieran regresar en su momento a sus mundos natales. De una forma más bien
perversa, los equipos pesados se sentían intensamente ligados a sus mundos
natales, y la mayor parte de ellos, una vez reunido el dinero necesario para
retirarse con una cierta comodidad, regresaban felices a las crueles
condiciones que habían dado nacimiento a su subgrupo.
Paskutti y Tardma se habían unido a la expedición
por puro aburrimiento de los deberes de seguridad de la nave. Berru y Bakkun,
como geólogos, habían sido elegidos por Kai, puesto que siempre era bueno tener
a unos cuantos equipos pesados en cualquier grupo para aprovechar sus atributos
físicos. Tanto él como Varian se habían sentido complacidos cuando Tanegli,
como botánico, y Divisti, como biólogo, habían respondido a la petición de
estas especialidades.
Cuando llegaron al planeta y Varian vio el tipo
inesperadamente grande de vida animal que poblaba Ireta, bendijo el que hubiera
equipos pesados en su grupo. Cualquier emergencia con la que tuvieran que
enfrentarse ahora podía ser resuelta con mayor confianza con una tal compañía.
Paskutti hizo un gesto afirmativo con la cabeza a
Gaber mientras las manos del cartógrafo se agitaban sobre los controles del
hangar. La lona se alzó lentamente mientras Varian, al lado de Kai, se agitaba
con impaciencia. Era imposible activar a Gaber recordándole que se trataba de
una emergencia y que la rapidez era esencial.
Paskutti se inclinó bajo la ascendente lona, preparado,
con su pelotón a los talones, antes de que Gaber hubiera completado la
apertura. Como siempre, caía una fina llovizna que había sido desviada, excepto
las gotas más pesadas, por la pantalla principal, junto con los insectos lo
bastante pequeños como para ser asados al contacto.
Pudieron oír a Gaber murmurando ansiosamente para sí
mismo acerca de la gente que nunca aguardaba para nada, al tiempo que Paskutti
alzaba el puño cerrado en el gesto que significaba hacia arriba. Los
rescatadores activaron sus cinturones y ocuparon en la formación los puestos
asignados por Paskutti para las emergencias. Kai y Varian se situaron en las
posiciones protegidas de la formación volante en V.
Ya en el aire, Kai sintonizó a una señal de Tanegli
los mandos de su comunicador a localización. Paskutti hizo un gesto hacia el
oeste, en dirección a las pantanosas tierras bajas, e indicó un aumento de la
velocidad mientras se ajustaba la máscara con la otra mano.
Volaron al nivel de las copas de los árboles. Kai
recordó que debía mantener la vista horizontal, fija en la espalda de Paskutti.
Sorprendentemente, el prurito de su agorafobia le molestaba menos en el aire,
siempre que no mirara directamente hacia abajo, al suelo que se deslizaba
velozmente hacia atrás. Se sentía sostenido por el flujo del aire creado por su
paso, un apoyo casi táctil a aquella velocidad. El monótono suelo de coniferas
y gimnospermas que salpicaba aquella parte del continente oscilaba brevemente a
su paso. Arriba, alto, muy alto, Kai captó un atisbo de monstruos alados
trazando círculos. Varian no había tenido todavía la posibilidad de identificar
o registrar las formas aéreas de vida: ninguna de ellas se dejaba ver demasiado
cuando los exploradores se hallaban en el aire con sus cinturones o sus deslizadores.
Incrementaron la altitud para rebasar la primera de
las prominencias basálticas y luego se deslizaron de nuevo hacia abajo por el
otro lado, rozando el interminable bosque primigenio con su follaje de
eternamente cambiantes esquemas de azul verdoso, verde y verde púrpura.
Encontraron la primera de las corrientes térmicas y tuvieron que corregir su
vuelo, azotados por el aire. Paskutti señaló el descenso como la mejor
solución. Para él lo era, con sus enormes músculos, carne y huesos entrenados
para la alta gravedad, pero Kai y Varian tuvieron que seguir compensando con
los chorros auxiliares de sus cinturones.
Mientras el zumbido del localizador se
intensificaba, Kai empezó a regañarse a sí mismo. No hubiera debido permitir
que ningún grupo explorador se alejara más allá del razonable radio de los
cinturones del campamento. Por otra parte, Tanegli era perfectamente capaz de
combatir la mayor parte de las formas de vida vistas hasta entonces y la exuberante naturaleza de los
jóvenes a su cargo. Así que, ¿en qué problema aéreo podían haber caído? Y tan
rápido. Tanegli se había marchado con el deslizador justo antes del contacto
previsto de Kai con los theks. Era difícil que hubiera llegado a su destino
antes de que se le presentaran las dificultades, fueran cuales fuesen.
Seguramente Tanegli lo habría mencionado si se hubiera producido algún herido.
Luego Kai se preguntó si el deslizador no habría resultado dañado. Solamente
disponían de una unidad grande, y los cuatro deslizadores biplazas para los
equipos sismográficos. Los deslizadores pequeños podían llevar, en caso de
necesidad, cuatro pasajeros, pero nada de equipo.
El suelo se hundió de nuevo bajo ellos y corrigieron
su línea de vuelo. Allá delante, en la distancia púrpura, podía divisarse ya la
primera cordillera de volcanes al borde del mar interior; un lago condenado a
ser destruido por la incansable acción tectónica de aquel activo mundo. Aquella
era la primera zona que habían comprobado sismográficamente, debido a su
preocupación de que quizá su plataforma granítica estuviera demasiado cerca de
la actividad tectónica y pudieran producirse movimientos. Pero los primeros
resultados de las sondas habían sido tranquilizadores. El lago terminaría
desapareciendo, probablemente para dejar paso a una serie de pequeñas colinas
empujadas desde abajo, porque aquél era el borde más cercano de la placa
continental estable sobre la que habían situado el campamento.
El humeante y nocivamente hediondo calor de las
llanuras pantanosas empezó a ascender a su encuentro: una pegajosa humedad
intensificó el básico hedor telurhídrico. El zumbido del localizador aumentó de
intensidad y se hizo continuo.
Kai no era el único miembro del grupo que escrutaba
hacia delante. La aguda vista de Paskutti vio primero el deslizador, en un
bosquecillo de angiospermas, aparcado en un elevado promontorio que se erguía
por encima del pantano, alejado de la más firme masa de la jungla. Las grandes
ramas de corteza púrpura, enormemente ramificadas, de los inmensos árboles de
hojas desgarradas por los asaltos de los herbívoros estaban desprovistas de
vida alada, y Kai empezó a sentir la furia del alivio por encima de la
preocupación.
El gesto del brazo de Paskutti llamó su atención, y
siguió la dirección hacia el pantano señalada por el equipo pesado. Varios
objetos de color tostado estaban siendo arrastrados lentamente bajo las aguas
por los puntiagudos hocicos de los moradores del pantano. Se inició una pequeña
batalla cuando dos de ellos lucharon por la posesión de uno de los cadáveres. El
vencedor reclamó los despojos mediante el sencillo expediente de sentarse sobre
el cuerpo y hundirse con él en las lodosas aguas.
Tardma, la equipo pesado situado directamente
delante de Kai, señaló en la otra dirección, hacia tierra firme, donde una criatura
alada se estaba recobrando obviamente del golpe de un aturdidor, oscilando
sobre sus patas en un intento de ponerse en pie.
Paskutti disparó tres veces a modo de aviso y luego
hizo un gesto al grupo para que aterrizaran en el lado interior del bosquecillo.
Entraron en contacto con el suelo, y los equipos pesados se desplegaron
automáticamente hacia el pantano, puesto que cualquier posible ataque
provendría a buen seguro de aquel lado. Kai, Varian y Paskutti avanzaron hacia
el deslizador, de detrás del cual surgieron los otros exploradores.
Tanegli se mantuvo en pie, formando con su sólida y
cuadrada masa un bastión junto al que se alineaban los miembros más pequeños
del grupo: Kai se sintió aliviado al comprobar que los tres jóvenes parecían
estar bien, al igual que la xenobotánica Divisti. Entonces observó Kai el
reducido montón de variados objetos amarillos y brillantes en el compartimiento
de almacenaje del deslizador: más objetos de forma y color similares estaban
esparcidos por el terreno despejado del pequeño bosquecillo.
—Os llamamos prematuramente —dijo Tanegli, a modo de
saludo—. Los animales del pantano demostraron ser unos curiosos aliados.
—Volvió el aturdidor a su funda y se sacudió las enormes manos como si con ello
desechara el incidente.
—¿Qué fue lo que os atacó? —preguntó Varian, mirando
a su alrededor.
—¿Eso? —quiso saber Paskutti, arrastrando una
flaccida criatura alada y velluda desde detrás del tronco de un grueso árbol.
—¡Cuidado! —dijo Tanegli, lanzando su mano hacia su
cinturón antes de ver el aturdidor en la de Paskutti—. Puse la pistola a carga
mínima.
—Es uno de esos planeadores. Mirad, no tiene cavidad
para poder doblar el ala —dijo Varian, ignorando las protestas de los equipos
pesados mientras movía los flaccidos apéndices alares hacia delante y hacia
atrás.
Kai observó con aprensión el puntiagudo pico del
animal, reprimiendo un irracional deseo de dar un paso atrás.
—Se trata de un carroñero, a juzgar por el tamaño y
la forma de esta mandíbula —observó Paskutti, mirando con considerable interés.
—Está completamente aturdido —dijo Varian, con un
tirón final a las alas para colocarlas en su sitio—. ¿Qué había por aquí lo
suficientemente muerto como para atraerlos?
—¡Eso! —Tanegli señaló hacia el borde del claro,
hacia un bulto marrón moteado que sobresalía entre la vegetación.
—¡Y yo he rescatado esto! —dijo Bonnard, apartándose
de sus amigos para que Kai y Varian pudieran ver la pequeña réplica del animal
muerto que sostenía entre sus brazos—. Pero él no atrajo a los planeadores. Ya
estaban aquí. Es muy joven. Y su madre está muerta.
—Lo encontramos ahí, oculto entre las raíces del
árbol —dijo Cleiti, apoyando lealmente a su amigo Bonnard contra la
desaprobación de los adultos.
—El deslizador debió alarmar a los planeadores —dijo
Tanegli, prosiguiendo con su relato—, alejándolos de su presa. Una vez hubimos
aterrizado y empezamos a recoger las frutas, volvieron. —Encogió sus enormes
hombros.
Varian estaba examinando el pequeño y tembloroso
animal, mirando dentro de su boca, estudiando sus patas. Lanzó una risita.
—Más anomalías. Patas de perisodáctilo y dientes de
herbívoro. Es un buen compañero. Qué suerte tener algo de tu propio tamaño, ¿no
es así, Bonnard?
—¿Se encuentra bien? Está temblando mucho. —El
rostro de Bonnard era solemne en su preocupación.
—Yo también temblaría si hubiera sido atrapado por
unas cosas enormes que no huelen como deberían oler.
—Esos periso… lo que sea, ¿son peligrosos?
Varian se echó a reír y revolvió el corto pelo de
Bonnard.
—No, simplemente es una forma de clasificación.
Perisodáctilo significa un número impar de dedos en las patas. Quiero echarle
una ojeada a su madre. —Tomando precauciones contra las cortantes plantas con
sus engañosamente decorativas hojas púrpuras, se abrió camino hacia el animal muerto.
De sus labios brotó un largo silbido—. Supongo que es posible —dijo con un
compasivo tono de voz—. Bien, tiene una pata rota. Eso es lo que debió
convertirla en una presa fácil para los carroñeros.
Un fuerte ruido atrajo la atención de todos; un ominoso
sonido de succión. Una enorme cabeza y un cuello emergieron de la lodosa
superficie del pantano y oscilaron en su dirección.
—Puede que nosotros seamos considerados también una
presa fácil para según quién —dijo Kai—. Salgamos de aquí.
Paskutti frunció el ceño hacia la enorme cabeza de
ominoso aspecto y reguló su aturdidor a intensidad máxima.
—Puede que ese bicho requiera toda la carga de que
dispongamos para detenerlo.
—Vinimos a por fruta… —dijo Divisti, señalando hacia
la esparcida por todo el claro—. Parece viable,
y un poco de comida fresca no nos irá nada mal —añadió con un tono mucho más
nostálgico del que Kai hubiera oído nunca en un equipo pesado.
—Diría que tenemos un margen de seguridad de unos
diez minutos antes de que el cerebro de este bicho del pantano llegue a la
conclusión lógica de que somos comestibles —dijo Tanegli, tan
despreocupadamente como siempre ante una amenaza física.
Empezó a recoger las esparcidas frutas de gruesa
piel y a meterlas en el compartimiento de almacenaje del deslizador de seis
plazas.
De hecho, se sabia que esos deslizadores eran
capaces de transportar a veinte personas, una capacidad que no se hallaba
mencionada en las especificaciones de los diseñadores. El deslizador de
exploración era un vehículo todo uso, cuyo potencial definitivo aun no había
sido determinado. Era de casco alto, con una longitud ligeramente superior a
los ocho metros, una cabina delantera cerrada para almacenamiento, el compacto
motor y la célula de energía debajo de la zona trasera de carga, y se le podían
adaptar seis confortables asientos para pasajeros ademas de los del piloto y el
copiloto, como estaba ahora. Cuando los asientos eran retirados o encajados en
la cubierta, el deslizador podía llevar un peso enorme, a bordo o unido a las sujeciones
de proa, popa y los lados. La cabina transparente de plástico que lo cerraba
podía ser retirada a los lados o desmontada en secciones. Tenía chorros
propulsores delante y detrás, asi como la posibilidad de despegue vertical,
todo lo cual podía ser utilizado como defensa o en vuelos de emergencia. Los
deslizadores biplazas eran réplicas en tamaño reducido del grande, y tenían la
ventaja de poder ser desmantelados y almacenados fácilmente en vuelo,
generalmente en el vehículo mayor.
Ayudados por el grupo de rescate, los
expedicionarios acumularon fruta suficiente como para llenar el compartimiento
de almacenaje del deslizador en el tiempo que necesitó un nuevo grupo de
carroñeros para empezar a sobrevolar en circuitos el bosquecillo. La cabeza
surgida del pantano parecía como hipnotizada por las idas y venidas del grupo,
oscilando lentamente hacia delante y hacia atrás.
—Kai, no vamos a tener que dejarlo aquí, ¿verdad?
—pregunto Bonnard, con una aprensiva Cleiti a su lado. Sujetaba fuertemente al
huérfano entre sus brazos.
—Varian, ¿te sirve de algo?
—Por supuesto. No tengo ninguna intención de
abandonarlo. Es un alivio no tener que perseguir algo por todo el continente
para echarle una ojeada de cerca. —Frunció el ceño ante la idea del abandono—.
En el deslizador contigo, Bonnard. Échale una mirada, Cleiti: tú siéntate a su
derecha, yo lo haré a su izquierda. Bien, ya estamos listos. Adelante.
Los demás retrocedieron mientras Tanegli hacía
despegar el deslizador, que planeó indolentemente sobre el estanque y el
indeciso animal que había surgido de él, y que seguía contemplando el
bosquecillo con hipnotizado interés.
—Preparados para potencia máxima en los aturdidores
—dijo Paskutti, mirando hacia arriba—. Esos carroñeros vuelven otra vez.
Mientras el grupo de rescate se alzaba nuevamente
del suelo, Kai vio a los carroñeros descender trazando círculos, las cabezas
apuntadas hacia el animal muerto entre la espesura. Kai se estremeció. Los
peligros del espacio, instantáneos y absolutos, eran impersonales y el
resultado del quebrantamiento de leyes inmutables. La mortífera intensidad de
aquellas cosas tenía una repulsiva malignidad personal que lo inquietaba
profundamente.
La lluvia y los fuertes vientos de cara azotaron de
tal modo a la formación en V durante su camino de vuelta que el deslizador
había aterrizado hacía ya rato cuando Kai y los equipos pesados pusieron
finalmente pie en el campamento. Varian y los tres muchachos estaban atareados
construyendo un corralito para el huérfano.
—Lunzie está intentando deducir una dieta para él
—le dijo Varian a Kai.
—¿Cuál es exactamente su anomalía?
—Contra todas las posibilidades en la galaxia, hemos
socorrido a un joven mamífero. Al menos, su madre tenía tetas. No tiene mucha
edad, sino que ha nacido ya maduro, capaz de caminar e incluso correr casi
desde su nacimiento…
—¿Lo has…?
—¿Desparasitado? Externamente sí. De no hacerlo,
todos estaríamos rascándonos dentro de poco. He interrumpido casi todo el
trabajo previsto por Trizein para que le tome una muestra de tejido a fin de
que podamos averiguar qué proteínas necesita en su dieta. Tiene que crecer
hasta alcanzar el tamaño de su madre. Aunque no era muy grande.
Kai contempló al pequeño animal de pelaje rojo
amarronado: una criatura no muy agraciada, pensó, sin ningún rasgo que la
redimiera excepto unos ojos melancólicos, que seguramente no enternecerían a
nadie aparte su propia madre. Pero, recordando la oscilante cabeza del morador
del pantano y la voraz malevolencia de los carroñeros acercandose en sus despiadados
circuitos, se alegro de haberlo traído con ellos. Además, ocuparía a Bonnard e
impediría que el muchacho le siguiera por todas partes.
Kai se despojó de su cinturón y su máscara facial,
frotándose las marcas dejadas por las correas. Estaba cansado tras el viaje de
retorno. Los equipos pesados tenían inmensos recursos de resistencia, pero los
músculos de Kai, adaptados a las condiciones de la nave, le dolían por el
esfuerzo de la mañana.
—¿No tenemos que entrar en contacto con los ryxis
también? —pregunto Varian, mirando su unidad de pulsera y tabaleando sobre el
13:00 que parpadeaba en rojo, recordando una hora determinada.
Kai le dio las gracias sonriendo por el
recordatorio, y se encamino hacia la lanzadera con un convincente despliegue de
energía. Todavía tenia un ajetreado día por delante. Tomaría un estim para
mantener alto su nivel energético, y luego respiraría un poco mientras entraba
en contacto con las aves. Luego tendría que ir a ver ese complejo de lagos
coloreados que Berru había documentado ayer en su exploración al sur.
Encontraba malditamente extraño que no hubiera más que rastros de los metales
normales que uno considera que debería haber en abundancia en aquel mundo aún
virgen. Las aguas coloreadas indicaban depósitos minerales. Solamente esperaba
que las concentraciones fueran suficientes para que valiera la pena
explotarlas. Tenía que haber algo en las viejas montañas de plegamiento, aunque
tan sólo fuera estaño, o cinc y cobre. Habían encontrado menas minerales, pero
no depósitos que merecieran ese nombre.
Las órdenes que había recibido Kai del Cuerpo de
Exploración y Evaluación eran localizar y comprobar el potencial minero y
metalúrgico de aquel planeta E Ireta; un satélite de un sol supuestamente de
tercera generación, tenía que ser rico en elementos pesados, rico en neptunio,
plutonio y los mas esotéricos de los raros metales transuránicos y actínicos
por encima del uranio en la tabla periódica, tan urgentemente y constantemente
solicitados por la Federación de Poblaciones Sentientes, que su búsqueda era
una de las tareas primordiales del CEE.
Los diplomáticos decían que el CEE estaba explorando
la galaxia a fin de llevar a su esfera de influencia a todos los seres
sentientes racionales, aumentando así el número de dieciocho especies amantes
de la paz incorporadas ya a los PSF. Pero la búsqueda de energía era el motor
principal. La diversidad de sus especies miembros daba a la Federación la
posibilidad de explorar más tipos de planetas, pero la colonización era
incidental a la explotación.
Los tres planetas útiles del sol Arrutan llevaban
mucho tiempo señalados en los mapas estelares como prometedores, pero hasta
recientemente no había decidido el Consejo Ejecutivo organizar la presente
expedición a tres bandas. Kai había oído el rumor de que esto era debido a que
los theks deseaban ser incluidos. El rumor fue sostenido parcialmente durante
su conferencia privada con el Oficial Jefe del CEE a bordo de la nave de
exploración ARCT-10. El OJ había informado particularmente a Kai de que los theks
poseían un control superior de los tres equipos, y de que tenía que
considerarse bajo sus órdenes si ellos decidían pasar por encima de él. Vrl, el
comandante del grupo ryxi, había recibido las mismas órdenes, pero todo el
mundo conocía a los ryxis. Y era bien sabido que tener a un thek en el equipo
representaba el éxito asegurado: los theks eran de confianza y concienzudos,
los altruistas definitivos. Los cínicos respondían que el altruismo era fácil
cuando una criatura calculaba sus expectativas de vida en miles de años. Los
theks habían elegido dedicarse al séptimo planeta de la primaria, un planeta de
enorme gravedad y rico en metales, exactamente lo que convenía a los theks.
El planeta de núcleo ligero, el quinto del sol
Arrutan, con escasa gravedad y un clima templado, estaba siendo evaluado por
los ryxis, una especie alada que se hallaba en necesidad crítica de nuevos
planetas para aliviar sus presiones demográficas y dar industria y oportunidad
a sus impacientes juventudes.
El planeta asignado a Kai, el cuarto del sistema,
exhibía curiosas anomalías. Arrutan, designado originalmente como un sol de
segunda generación, con elementos transuránicos, no encajaba patentemente con
esa clasificación. Una sonda enviada para un examen preliminar registró que el
cuarto planeta era innegablemente de forma ovoide; los polos eran más cálidos
que el ecuador: los mares fueron registrados como más cálidos que la masa de
tierra firme que cubría el polo norte. Había una lluvia casi constante, y un
viento continental de velocidad variable que alcanzaba intensidades
considerables. Se calculó una inclinación axial de unos quince grados. Las
lecturas indicaban formas de vida en agua y tierra firme. Al equipo geológico
fue añadido otro xenobiológico.
Kai había pedido un sensor remoto para localizar las
concentraciones metálicas, pero en ese punto había sido detectada la tormenta
en el sistema vecino y su petición fue colocada muy abajo en la lista de
prioridades. Se le dijo que las cintas de la sonda original le proporcionarían
amplia información para localizar metales y minerales, y que habría que hacer
el trabajo in situ. En aquellos
momentos la ARCT-10 tenía una oportunidad sin precedentes de observar la
materia liberada en acción.
Kai aceptó filosóficamente el desaire oficial. A lo
que puso objeciones fue a que los jóvenes fueran puestos a su cuidado en el
último minuto. A su queja de que aquélla era una expedición de trabajo, no un
ejercicio de entrenamiento, se le contestó que los nacidos en las naves debían
adquirir suficientes experiencias planetarias en su juventud para superar el
peligro de la agorafobia condicionada. Los nacidos en las naves sabían muy bien
la realidad de este peligro; era inútil intentar explicárselo a los criados en
los planetas. Pero Kai protestó contra la orden que obligaba a su grupo a
expandir los horizontes de tres miembros que apenas habían superado la mitad de
su segundo decenio de vida. Aquel planeta era demasiado activo, tanto volcánica
como tectónicamente, y peligroso para unos jóvenes nacidos y criados en una
nave. Las dos chicas, Cleiti y Terilla, eran dóciles y no causaron problemas
hasta que Bonnard, el hijo de la tercer oficial de la NE, empezó a instigar
todo tipo de juegos peligrosos.
El primer día, mientras Kai y su grupo estaban clavando
núcleos de sondaje en torno al lugar de aterrizaje para asegurarse de que se
habían posado en la parte más estable de la placa continental, Bonnard salió a
«explorar», y desgarró un traje protetor porque no se acordó de activar la
pantalla de fuerza. Tropezó con las plantas-navaja, tan hermosas como las
inofensivas plantas decorativas del invernadero de la NE pero capaces de cortar
en rodajas traje y carne al más descuidado de los contactos. Se habían
producido otros incidentes durante los nueve días que llevaba el grupo en el
planeta. Mientras los demás miembros del equipo parecían hacer la vista gorda a
las escapadas del muchacho y se mostraban divertidos ante su adoración por Kai,
el comandante del grupo esperaba sinceramente que el pequeño animal huérfano
sirviera para distraer a Bonnard.
Kai tomó un largo sorbo de estim, sintiendo que su
áspero frescor suavizaba sus nervios tanto como su paladar. Miró a su unidad de
pulsera, conectó el comunicador, dispuso el equipo grabador a la velocidad
necesaria para retardar el habla ryxi a tonos comprensibles para una revisión
posterior. Generalmente podía arreglárselas con sus rápidas voces, pero una
grabación ayudaba a desentrañar cualquier duda.
Kai había sido designado oficial de enlace entre los
dos grupos. Tenía la paciencia y el tacto requeridos para tratar con los lentos
theks, y el oído y la atención para seguir a los rápidos y aéreos rykis, que
nunca habían conseguido comunicarse directamente con los theks, y de quienes
los theks preferían no molestarse.
A la hora prevista el comandante ryxi, Vrl, hizo el
contacto, gorjeando las cortesías de rigor. Kai transmitió la información de
que solamente los primeros informes de cada uno de los equipos habían sido
recogidos por la NE, y lanzó su suposición de que la tormenta espacial avistada
antes de que los grupos de exploración abandonaran la nave debía estar causando
suficientes interferencias como para impedir la recepción de otros informes.
Vrl, frenando educadamente su habla a un ritmo que
debía resultarle frustrante, dijo que no estaba preocupado; era cosa de los
lentos el inquietarse por esas cosas. El primer informe de Vrl era el
importante para su gente: confirmaba el análisis inicial de la sonda de que su
planeta no contenía formas de vida indígenas inteligentes y que podía sostener
adecuadamente a su raza. Vrl le transmitía a continuación, a velocidad
controlada, un informe completo, por si era de interés a Kai. Terminó diciendo
que todos estaban con buena salud y conservando todas sus plumas. Luego preguntó
qué vida alada había sido detectada en Ireta.
Kai le dijo, hablando tan rápido como consiguió
hacer pasar las palabras entre sus dientes, que habían observado diversas
formas de vida aéreas a distancia, y que investigarían con mayor detenimiento en
cuanto fuera posible. Se contuvo de citar que una de las formas que sí habían
examinado era carroñera, pero prometió, ante la gorjeante insistencia de Vrl,
transmitirle un informe grabado completo tan pronto como lo tuviera listo. Como
especie, los ryxis tenían un gran pecado de presunción: odiaban pensar que
alguna otra forma aérea de vida pudiera algún día disputarles su posición única
en los PSF. Su prejuicio era una de las razones de que los ryxis no fueran
incluidos a menudo en las NE. La otra razón válida era que los ryxis se sentían
abrumados en los espacios cerrados hasta el punto del suicidio. Muy pocos
calificaban para los Servicios de Exploración, puesto que estaban tan mal
adaptados psicológicamente de una forma innata. La necesidad los había obligado
a esta misión, y la mayor parte de los miembros habían pasado todo el tiempo
del viaje en suspensión criónica. Vrl había sido despertado dos semanas antes
de la llegada de la nave a destino para comunicarle todos los datos rutinarios
de información y contacto con las otras dos secciones exploradoras. Vrl, como
todos los de su raza, era una criatura interesante, vital, llameante en su
plumaje y en su personalidad, por lo que tanto Kai como Varian se sentían
aliviados de tener al otro lado a los theks para mantener el equilibrio.
—¿Ha comunicado Vrl? —preguntó Varian, entrando en
la cabina de control.
—Sí, y todo va bien por su lado, aunque no puede
reprimir su curiosidad acerca de la vida alada de aquí.
—¡Siempre serán así esos celosos plumíferos! —Varian
hizo una mueca—. Recuerdo la delegación ryxi en la universidad de Chelida.
Querían viviseccionar a aquellos árboles alados ryliade de Eridani 5.
Kai reprimió un estremecimiento de simpatía. Aquello
no era sorprendente. Los ryxis eran bien conocidos por sus actitudes
sanguinarias. Bastaba contemplar su danza de apareamiento… machos armados con
espolones, y el vencedor matando casi
siempre a su oponente. Ni siquiera se podía poner la excusa de la supervivencia
del más apto. Uno no necesita matar para mejorar el genotipo.
—¿Tienes algún otro estim por aquí? He intentado
mantenerme al ritmo de mis compañeros de equipo. —Varian se dejó caer en un
sillón.
Kai lanzó un bufido ante tamaña insensatez y le
tendió un vaso de estimulante junto con una risita.
—Ya sé que no debemos intentar ponernos al ritmo de
los equipos pesados —dijo Varian con un gruñido—, y sé también que ellos saben
que no podemos, pero ¡no puedo evitar seguir intentándolo!
—Es frustrante, lo sé.
—Yo también. Oh, Trizein dice que el pequeño animal
que nos hemos traído es indudablemente un mamífero y que necesitará una
lactoproteína, rica en calcio, glucosa, sal y un buen puñado de fosfatos.
—¿Pueden preparar algo así Divisti y Lunzie?
—Ya lo han hecho. Bonnard está alimentando… o
debería decir intentando alimentar a Dandy.
—¿Ya le habéis puesto nombre?
—¿Por qué no? Aunque por supuesto no está programado
para responder a una llamada para comer… todavía.
—¿Inteligente?
—En una forma restringida. Se halla programado ya
para un cierto número de respuestas instintivas, al nacer bastante maduro.
—Ese herbívoro tuyo, ¿es también mamífero?
—Noooooo…
—¿Cuál es el sí en ese no?
—Admito que los tipos vivíparos y ovíparos coexisten
a menudo en un mismo planeta… y que se necesita alguna especialización genética
muy peculiar para luchar aquí con el entorno, pero no puedo racionalizar la
formación celular de esa vida acuática con Dandy o con ese gran herbívoro.
»Y hablando del animal, Trizein dice que su
estructura celular es sorprendentemente familiar; está trabajando en una
comparación en profundidad. Mientras tanto, he recibido su autorización para
utilizar un gas CHCL3 en él a fin de poder curar esas heridas antes
de que se infecten. ¿Podemos instalar un arco de fuerza sobre ese corral que
construimos para mantener las heridas libres de organismos chupadores de sangre
mientras se curan? —Cuando Kai asintió, prosiguió—: Y… ¿querrías decirles a tus
grupos geológicos que se mantengan atentos a cualquier carroñero que vean dando
vueltas? Fuera lo que fuese lo que hirió al herbívoro, probablemente ataque a
otros animales. Uno, me gustaría saber qué tipo de predador es tan salvaje con
su presa; y dos, siempre hay una posibilidad de que podamos hallar especímenes
dóciles salvando sus vidas. Son mucho más fáciles de capturar cuando se hallan
demasiado débiles para debatirse o huir.
—¿Eso es todo? Daré instrucciones a los grupos. Pero
no conviertas este campamento en un hospital veterinario, ¿quieres, Varian? No
tenemos espacio.
—Lo sé, lo sé. Aquellos que son lo suficientemente
grandes como para valerse por sí mismos escaparían del corral de todos modos.
Se levantaron, reavivados ambos por los estims. Pero
su breve respiro en el aire acondicionado de la lanzadera hacía peor la vuelta
al exterior.
—El hombre es un animal adaptable —dijo Kai, como
para sí mismo—; un organismo flexible, que comprende su universo, capaz de
sobrevivir a cualquier cosa. Pero ¿tenemos que ocupar un planeta que hiede?
—No podemos ganar siempre, Kai —dijo Varian, con una
carcajada—. Y encuentro este lugar fascinante.
Lo dejó allí, de pie junto a la compuerta.
La lluvia había cesado, observó Kai, al menos por el
momento. El sol se asomó entre la capa de nubes, dispuesto a tostarles por un
tiempo. Con el cese de la lluvia, batallones de insectos de Ireta se lanzaron
de nuevo contra la pantalla de fuerza que se curvaba encima del campamento.
Destellos azules chisporrotearon por todos lados a medida que las pequeñas
criaturas eran incineradas, y resplandecieron azuladamente allá donde los
organismos más grandes resultaron aturdidos por la descarga.
Recorrió con la vista el campamento, experimentando
un cierto sentimiento de realización. Tras él, y por encima del campamento en
sí, se alzaba la lanzadera, con su duro casco cerámico y sus veintiún metros de
largo, con el cono de su morro ennegrecido por el calor de la fricción de la
entrada en la atmósfera de Ireta. Sus cortas alas estabilizadoras estaban
retraídas ahora, mostrando su forma ligeramente ovoide, con su parte central
más ancha que los dos extremos. En su parte superior se erguía la espira de
comunicaciones y el dispositivo localizador que servía de guía a los
deslizadores. Al contrario de los primeros modelos de naves-campamento de las
lanzaderas planetarias, la mayor parte del aparato estaba destinada a zona de
carga y alojamiento de los tripulantes y pasajeros, puesto que las
increíblemente eficientes celdas de energía de diseño thek que utilizaba eran
tremendamente compactas y apenas ocupaban espacio útil en el interior de la
lanzadera. Un beneficio adicional de las celdas de energía thek era que las
naves de carga ligeras, que disponían de cascos cerámicos especialmente
desarrollados, podían cargar lo mismo que las antiguas naves de casco de titano
estructuralmente reforzado necesario para los anticuados motores de fisión y
fusión.
La lanzadera descansaba sobre una plataforma de
granito que, alzándose por delante y por detrás, formaba un poco profundo
anfiteatro de aproximadamente cuatrocientos metros de diámetro. Varian había
señalado que el primer contacto de la lanzadera con el suelo se había producido
en medio mismo de algún camino de animales, a juzgar por el bien apisonado
polvo. Kai no había considerado necesario ni urgente cambiar de emplazamiento.
Las amplias vistas podían proporcionar la ventaja de divisar con tiempo a
posibles visitantes, pero eran demasiado para sus ojos acostumbrados a los
limitados espacios de una nave.
Los postes de la pantalla de fuerza rodeaban el
campamento en sí, en el que habían sido erigidos los domos temporales
destinados a viviendas, dormitorios y lugares de trabajo. El agua, tomada de
una fuente subterránea, tenía que ser suavizada y filtrada. Pese a ello,
aquellos que, como Varian, estaban menos acostumbrados al agua reciclada, que
siempre tenía un débil sabor a productos químicos, gruñían ante el ligero
regusto mineral.
Divisti y Trizein habían ensayado varias formas de
vegetación iretana, hallándolas seguras para el consumo humano. Divisti y
Lunzie habían colaborado y producido una pulpa a partir de plantas que podía
ser alimenticiamente correcta pero que tenía un sabor tan nauseabundo y una
consistencia tan curiosa que solamente los equipos pesados podían comerla: eran
famosos por comer cualquier cosa…, incluso carne, según se rumoreaba.
De todos modos, teniendo en cuenta el poco tiempo
que llevaban en Ireta, Kai se sentía complacido con sus logros. El campamento
estaba bien situado, seguro en una posición protegida, sobre un suelo estable
compuesto de una base de roca que habría resistido por encima de los 3000 MA.
Había un abundante suministro de agua y recursos indígenas de comida
sintetizable a mano.
De repente, le invadió una repentina inquietud.
Deseó que la NE hubiera podido conseguir más informes del satélite de enlace.
Probablemente no se trataba más que de interferencias de aquella tormenta
espacial. La NE, tras establecer que las tres expediciones estaban en pleno
funcionamiento, puede que no sintiera la necesidad de sondear el enlace por un
tiempo. Estaría de vuelta allí dentro de un centenar de días o así. Aquella era
una expedición de rutina. Del mismo modo que el interés de la NE por la
tormenta. A menos, por supuesto, que la NE hubiera tropezado con los Otros.
Los estim lo volvían a uno hiperimaginativo, además
de hiperenergético, se dijo firmemente Kai mientras empezaba a bajar la rampa
hacia el suelo del campamento. Los «Otros» eran un mito, pensado para asustar a
los niños malos, o a los adultos con alma de niños. Aunque las unidades del CEE
hallaban ocasionalmente planetas muertos, y en los mapas figuraban sistemas
prohibidos sin ninguna razón ostensible, pese a que sus planetas debían ser
seguramente adecuados para una u otra raza miembro de la Federación…
Kai se sintió furioso consigo mismo y, rechazando
esas reflexiones, echó a andar por entre el polvo alienígena hacia el domo de
Gaber.
El cartógrafo había vuelto a su paciente traslado de
las cintas grabadas al mapa maestro, en el que habían sido sobreimpresas las
fotos de la sonda. A medida que los equipos de Kai traían nuevos informes más
detallados, Gaber actualizaba la cuadrícula correspondiente y retiraba la foto.
En aquellos momentos el globo tridi tenía un aspecto más bien escabroso. En la
otra mitad del domo se hallaba la pantalla sismográfica que estaba elaborando
Portegin. Mirándola rápidamente de pasada, Kai tuvo la impresión de que
Portegin estaba perdiendo cualidades: la pantalla estaba conectada y registraba
demasiados puntos de sondaje, algunos apenas visibles.
—Llevo un retraso de días. Se lo dije, Kai —se quejó
Gaber, equilibrando ligeramente su tono agraviado con una reacia sonrisa. Se
enderezó en su asiento, girando el cuello a uno y otro lado para aliviar sus
tensos músculos—. Y me alegra que haya venido, porque no puedo trabajar con la
pantalla de Portegin. Dice que está terminada, pero puede ver que no funciona
correctamente.
Gaber hizo girar su silla basculante y señaló con su
entintada pluma hacia la pantalla monitora de sondeos.
Kai le echó una mirada desde más cerca y luego
empezó a trastear con los controles manuales.
—¿Ve lo que quiero decir? ¡Ecos! Y luego respuestas
débiles donde sé perfectamente bien que sus equipos no han tenido ninguna
posibilidad de instalar sondas. Aquí en el sur y en el sudeste… —Graber fue
dando golpecitos a la pantalla con su pluma—. A menos, por supuesto, que sus
equipos estén duplicando los esfuerzos… pero las lecturas deberían ser más
claras. De modo que tengo que suponer que es el aparato el que está funcionando
mal.
Kai apenas prestaba atención a las quejas de Gaber.
Sintió que en su vientre se formaba una frialdad, una terrible frialdad que
tenía que ver con su pensamiento acerca de los Otros. Pero, si hubieran sido
los Otros quienes habían dejado aquellas sondas que respondían débilmente,
entonces este planeta formaría parte de los prohibidos. Una cosa era segura en
la mente de Kai: sus equipos no habían instalado aquellas otras luces, no
habían duplicado su trabajo.
—Esto es interesante, Gaber —respondió con una
indiferencia que estaba muy lejos de sentir—. Obviamente se trata de alguna
investigación anterior. Este planeta ha estado en los archivos del CEE desde
hace mucho tiempo, ya sabe. Y las sondas son virtualmente indestructibles. ¿Ha
visto aquí, en el norte, donde aparecen estas señales más débiles? Es ahí donde
la acción de la placa ha deformado la masa terrestre formando esas nuevas
montañas de plegamiento.
—¿Por qué no disponemos de esos viejos registros?
Naturalmente, una investigación anterior explicaría por qué no hemos encontrado
más que huellas de depósitos de metales y minerales aquí. —Gaber se refería a
la placa continental—. Pero no puedo llegar a comprender por qué, bajo un
régimen lógico, no se ha hecho ninguna mención de una historia sísmica
anterior.
—Oh, debe ser algo muy viejo, y probablemente fue
borrado de los modernos programas. Piense que un ordenador no posee una
capacidad infinita de almacenamiento de datos.
Gaber lanzó un bufido.
—Diría que es indignantemente extraño el enviar a
una expedición sin poner a su disposición todos los datos.
—Quizá, pero acortará nuestra permanencia aquí:
parte del trabajo ya está hecho.
—¿Acortar nuestra estancia aquí? —Gaber dejó escapar
una burlona risita—. No lo creo.
Kai se volvió lentamente para mirar al hombre.
—¿Qué idea tiene ahora en la cabeza, Gaber?
Gaber se inclinó hacia delante, pese al hecho de que
los dos hombres estaban a solas en el domo.
—Puede que hayamos sido… —vaciló afectamente—
…plantados.
—¿Plantados? —Kai no pudo evitar el gritarlo—.
¿Plantados? ¿Sólo porque el sismógrafo muestra la existencia de viejos núcleos
de sondaje aquí?
—No sería la primera vez que a las víctimas no se
les comunica su destino.
—Gaber, llevamos con nosotros al querido y único
hijo de la tercer oficial. Seremos recogidos. ―Pero el rostro de Gaber
siguió en sus trece—. No tiene ningún sentido plantarnos. Además, están los
ryxis y los theks.
Gaber bufó irónicamente.
—A los theks no les preocupa cuánto tiempo deban
pasar en cualquier lugar. Viven prácticamente una eternidad, y lo ryxis merecen
que se los plante, ¿o no? Y no son solamente
esas sondas lo que me ha convencido. Llevo pensando en ello mucho tiempo…
desde que supe que iban a venir con nosotros un xenobiólogo y varios equipos
pesados.
—¡Gaber! —Kai pronunció el nombre tan secamente como
para sobresaltar al viejo—. No vuelva a mencionar la posibilidad de haber sido
plantados, ni a mí ni a nadie de la expedición. ¡Es una orden!
—Sí, señor. Seguro, señor.
—Además, si vuelvo a verle una sola vez más sin su
cinturón…
—Señor, se me clava en el estómago cuando estoy
inclinado sobre el tablero. —Pero Gaber se apresuró a ponerse el cinturón con
la pantalla de fuerza.
—Deje el cinturón flojo entonces, y sitúe la hebilla
a un lado, ¡pero llévelo encima! Ahora tome su grabadora y algunas cintas
nuevas. Quiero efectuar un reconocimiento a esos lagos que cartografió Berru…
—Eso fue solamente ayer, y como le dije, llevo tres
días de retraso…
—Más razón todavía para que comprobemos
personalmente esos lagos. Quiero poder mostrar algunos progresos en mi próximo
informe a la NE sobre depósitos. Y… —Kai tecleó un código, aguardando
impacientemente a que el terminal le imprimiera una relación de los
emplazamientos de las sondas misteriosas—, bajaremos a echar una mirada desde
el suelo a un par de esos puntos.
—Bueno, será un alivio alejarme un poco de este
tablero. Todavía no he hecho ningún trabajo de campo en esta expedición —dijo
Gaber, cerrando las sujeciones de su mono. Tomó la unidad de grabación y unas
cuantas cintas en blanco, que distribuyó en los bolsillos de sus perneras.
Su tono era tan animado que Kai se preguntó si no
había sido injusto mantener al hombre constantemente en el domo. Puede que
fuera esa la razón por la que Gaber había llegado a convencerse de la
sorprendente idea de que habían sido plantados. Demasiado poca acción limitaba
las percepciones.
Pero Gaber, como demostraba su despreocupación
acerca del cinturón, era tan descuidado que era menos de fiar que el más joven
de los jóvenes del grupo de aterrizaje. Como bien recordaba Kai, las
credenciales de Gaber lo identificaban como nacido en una nave, que había
participado solamente en cuatro expediciones a lo largo de sus seis décadas de
existencia. Aquella podía ser la última si Kai hacía un informe sincero de su
eficiencia. A menos ―y el insidioso pensamiento se infiltró en Kai―
que hubieran sido realmente plantados. Kai sabía mejor que cualquier otro
comandante lo desmoralizador que podía llegar a ser un rumor así. Sí, sería
mejor mantener a Gaber tan completamente ocupado que no tuviera tiempo para
pensar.
Sin embargo, Kai tuvo que recordarle a Graber que se
sujetara al asiento del deslizador, cosa que el cartógrafo hizo con profusas
disculpas.
—Me gustaría haber nacido thek —dijo Gaber, mientras
Kai comprobaba los controles del deslizador y los niveles de energía—. Vivir lo
suficiente para observar la evolución de un mundo. ¡Oh, qué oportunidad!
Kai dejó escapar una risita.
—Si no se hallan demasiado ocupados en pensar como
para distraerse echando una mirada a su alrededor de vez en cuando.
—Nunca olvidan una cosa cuando la han visto u oído.
—¿Quién puede decirlo? Se necesita un año para
entablar cualquier tipo de diálogo con un Viejo.
—Ustedes los jóvenes solamente saben pensar en
resultados rápidos, no en resultados definitivos. Son los resultados
definitivos los que cuentan. A lo largo de mis años en la ARCT-10 he tenido
muchas interesantes charlas con los theks. Con los más viejos, por supuesto.
—¿Charlas? ¿Cuál era el lapso entre las frases?
—Oh, no muy largo. Programábamos las respuestas
sobre una base de una semana de la nave. Por mi parte, encontré realmente
estimulante formular la mayor cantidad de información en el menor número de
frases.
—Oh, admito que los theks son unos auténticos
maestros en el arte de formular una frase.
—Bien, incluso una sola palabra puede tener un
significado importante cuando es formulada por un thek —siguió Gaber con una
inesperada volubilidad—. Cuando uno llega a darse cuenta por completo de que
cada thek alberga en su cerebro el conocimiento total de sus antepasados, y
puede destilar su infinita sabiduría en una sola y sucinta palabra o frase…
—Eso no cuenta… —Kai estaba concentrado en hacer
despegar el deslizador y alejarlo del campamento.
—¿Perdón? —la palabra, en boca de Gaber, era más una
reprimenda que una disculpa.
—Su sabiduría es sabiduría thek, y no es aplicable a
nuestras condiciones humanas.
—Nunca pretendí que lo fuera. O que debiera serlo.
—Gaber estaba claramente irritado con Kai.
—No, pero la sabiduría debería ser algo relevante.
El conocimiento es algo distinto, pero no debe destilar necesariamente de la
sabiduría.
—Mi querido Kai, ellos comprenden la realidad, no simplemente la ilusión de una vida
breve y transitoria como la nuestra.
El detector del aparato, tan sensible a las corrientes
térmicas como al movimiento de cualquier objeto más grande que el puño de un
hombre, emitió un sonido, informando que estaban pasando sobre criaturas vivas,
ocultas en aquellos momentos a sus ojos por la densa vegetación. El sonido
descendió de tono y se convirtió en un zumbido de fondo mientras la sensible
grabadora indicaba que la forma de vida ya había sido registrada por los
distintos grupos exploradores que habían investigado a todos los animales con
que se habían encontrado.
—Allí hay otra forma de vida no detectada hasta
ahora —exclamo Gaber mientras el detector empezaba a zumbar de nuevo tras un
corto intervalo de silencio.
Kai altero su rumbo en la dirección que el
cartógrafo señalaba con el dedo.
—Y avanzando hacia nosotros a una respetable velocidad…
Gaber se inclinó hacia el parabrisas para comprobar
el detector, haciendo una seña con la cabeza a Kai para indicarle que estaba
preparado para registrar.
—Puede que sea uno de esos predadores que Varian ha
estado intentando atrapar —dijo Kai—. Los herbívoros van en grupos. Prepárese,
hay una brecha en la jungla inmediatamente delante de nosotros. No puede
desviarse.
—Estamos directamente sobre él —dijo Gaber, con la
voz ronca por la excitación.
Animal y deslizador alcanzaron el pequeño claro
simultáneamente. Pero, como si reconociera el peligro de un espacio abierto con
un enemigo desconocido sobre su cabeza, el animal no fue mas que un destello,
un tenso y veloz cuerpo moteado rematado por una larga y rígida cola; eso fue
todo lo que pudo retener Kai.
—¡Lo tengo! —El triunfante grito de Gaber indicó que
el animal había sido registrado—. Y lo he fotografiado también. Vaya rapidez…
—Creo que es uno de los predadores de Varian.
—No creo que los herbívoros sean capaces de tales
velocidades. Ha ganado al deslizador —Gaber sonaba asombrado—. ¿Lo seguimos?
—Hoy no. Pero lo hemos registrado. Introduzca las
coordenadas, ¿quiere, Gaber? Seguro que Varian deseará venir a echar una
mirada. Se trata de uno de los primeros predadores que hemos conseguido
registrar. Ha sido una suerte encontrarnos con este claro.
Kai regreso a su rumbo original, ligeramente al
norte, hacia la primera masa de agua que Berru había avistado. Debía estar
cerca del mar interior mostrado en las fotos del satélite.
Realidad, pensó Kai, haciéndose eco de Gaber. Las fotos del satélite habían
sido teóricas en un cierto sentido, puesto que habían sido tomadas a través de
la omnipresente capa de nubes, mientras que Kai, volando sobre el terreno
fotografiado, era la realidad, la experiencia directa. Kai podía apreciar la
esencia del comentario de Gaber: ¡qué increíble experiencia seria contemplar la
evolución de aquel planeta, ver las masas terrestres torturadas y transformadas
por los temblores, los corrimientos, las fallas, las deformaciones y los
pliegues! Suspiró. Aceleró mentalmente el proceso, como si pasara rápidamente
una serie de fotos sucesivas tomadas de un mismo objeto. Era difícil para la
corta vida de los hombres abarcar los millones de años, los miles de millones
de días necesarios para formar continentes, montañas, ríos, valles. Y por hábil
que fuera un geofísico en predecir los cambios, las realidades que los
geofísicos habían sido capaces de observar en su no muy larga historia siempre
habían excedido las proyecciones.
El detector de vida de Gaber zumbaba ahora
constantemente, y en un momento determinado se desviaron de nuevo, esta vez
para registrar una numerosa horda de devoradores de árboles.
—No recuerdo haber visto nunca monstruos así antes
—le dijo Kai a Gaber mientras trazaban círculos en torno a los animales, ahora
parcialmente visibles a través del claro bosque—. Quiero echarles una buena
mirada. Prepare la cámara y el registrador, Gaber. Vamos a hacer otra pasada.
—Kai hizo dar media vuelta al deslizador, disminuyendo la velocidad hasta
adaptarla al movimiento de los pesados animales—. ¡Son las cosas más grandes
que haya visto hasta ahora!
—¡Suba! —exclamó Gaber con nerviosa excitación,
porque Kai había hecho descender excesivamente el aparato—. ¡Esos cuellos son
poderosos! —Los animales tenían unos cuellos muy largos, que nacían de unos
masivos hombros sostenidos por piernas del tamaño de tocones de árboles.
—Puede que los cuellos sean poderosos, pero los
cerebros no lo son —dijo Kai—. Y su tiempo de reacción es doblemente lento.
—Los animales estaban mirando en dirección al lugar por donde Kai había
aparecido la primera vez, acercándose a ellos. Algunos ni siquiera habían
captado la aparición de los extraños, sino que continuaban mordisqueando los
árboles a medida que caminaban—. Herbívoros gigantes, alimentándose incluso
mientras avanzan. Deben dar cuenta de medio bosque al día.
Una de las criaturas de largo cuello arrancó
limpiamente la copa de una cicadácea y prosiguió su torpe avance con las
enormes frondas colgando de su no demasiado grande boca. Un miembro más pequeño
de la horda se hizo cargo obsequiosamente de las hojas y ramas que colgaban y
se puso a masticarlas.
—¿Se encaminan hacia el agua? —preguntó Kai, tan
impresionado como desconcertado por el tamaño de los animales. Oyó zumbar el
registrador.
—Parece haber un sendero bien señalado por entre la
vegetación. Los he grabado casi a todos. —Gaber palmeó el aparato.
Kai hizo inclinar el deslizador para poder observar
a los animales. Allá delante, al final de una larga pendiente, resplandecían
las aguas de uno de los lagos de Berra. Kai tomó la transparencia del registro
de las sondas y la situó sobre la réplica a escala del mapa que Gaber había
estado trazando pacientemente a partir de los datos de los equipos de Kai.
—El acantilado tiene que estar a nuestra derecha,
Gaber. Ajuste su máscara facial a visión de distancia y vea si puede
localizarlo.
Gaber miró intensamente hacia la lejanía.
—Hay nubes, pero debería cambiar el rumbo unos cinco
grados.
Sobrevolaban un terreno que se iba volviendo
gradualmente más y más pantanoso hasta que el agua reemplazó por completo a la
tierra firme. En aquel punto apareció una definida orilla, alzándose primero en
pequeños riscos de piedra gris carcomida por la intemperie, que dieron paso a
abruptos farallones que se alzaban varios cientos de metros, en una antigua
falla de transformación. Kai elevó el aparato, y el paso del deslizador alarmó
a los moradores del acantilado, que alzaron el vuelo, provocando una
exclamación de sorprendida alegría en Gaber.
—¡Hey, son dorados! ¡Y con pelaje!
Kai, recordando las malignas cabezas de los
carroñeros, desvió apresuradamente su trayectoria.
—Nos están siguiendo —exclamó Gaber, imperturbable.
Kai miró por encima del hombro. Por todo lo que
sabía, los carroñeros solamente atacaban a los muertos o a los moribundos.
Juiciosamente, aplicó mayor velocidad. El deslizador podía distanciarlos
fácilmente.
—Todavía nos siguen.
Kai volvió a mirar por encima del hombro. No había
la menor duda: las doradas aves los estaban siguiendo, manteniendo una discreta
distancia y distribuyéndose en distintos niveles. Mientras Kai observaba, las
aves cambiaron posiciones, como si cada una de ellas deseara ver distintos
aspectos del intruso. Kai imprimió de nuevo mayor velocidad al aparato. Los
perseguidores hicieron lo mismo, aparentemente sin demasiado esfuerzo.
—Me pregunto lo rápido que pueden llegar a volar.
—¿Supone que son peligrosos? —preguntó Gaber.
—Posiblemente, pero diría que este deslizador es
demasiado grande para que se decidan a atacarlo, aisladamente o todos los que
nos siguen ahora a la vez. Debo traer a Varian para que los vea. Y decírselo a
los ryxis.
—¿Por qué decírselo? No pueden volar en esta pesada
atmósfera.
—No, pero Vrl me preguntó por la vida aérea de
Ireta. Odiaba tener que decirle que solamente había carroñeros.
—Oh, por supuesto. Estoy de acuerdo. Dios bendito,
mire abajo, a su izquierda…
Ahora estaban sobrevolando el agua, teñida de rojo
por el contenido mineral de las rocas que la rodeaban y formaban su lecho. El
fondo cubierto de plantas era claramente visible, hundiéndose lentamente en una
lodosa turbiedad marrón hasta una considerable profundidad, según los
instrumentos de Kai. De esta profundidad surgió repentinamente un enorme
cuerpo, respondiendo a la sombra arrojada por el deslizador. Kai tuvo la
sobresaltada impresión de una roma cabeza, una brillante piel gris azulada, y
demasiadas hileras de afilados dientes blanco amarillentos, casi como agujas.
Oyó el sobresaltado grito de horror de Gaber. Instintivamente, dio un manotazo
al acelerador de emergencia. Y corrigió apresuradamente el rumbo cuando
comprobó que se lanzaban a toda velocidad contra los acantilados del otro lado.
Kai miró atrás, y lo único que vio fueron los
círculos concéntricos creados por la repentina salida y entrada del monstruo en
la superficie del agua, unos círculos que convergían a mitad de la distancia de
los veinticinco metros de su salto. Tragó dificultosamente saliva. Como si
aquel ataque hubiera sido una señal, más moradores acuáticos saltaron y se
sumergieron, y otras batallas se iniciaron debajo y en la superficie del agua.
—Creo… que hemos iniciado algo —dijo Gaber,
tartamudeando visiblemente.
—Bien, pueden terminarlo por ellos mismos —respondió
Kai, mientras hacía girar la roma proa del deslizador.
—Los pájaros dorados aún nos siguen —dijo Gaber,
tras unos instantes—. Se están acercando.
Kai lanzó una mirada hacia atrás y vio la primera
fila de aves acercarse por los lados al deslizador, con las cabezas vueltas hacia
él y el cartógrafo.
—Fuera —dijo Gaber, poniéndose en pie y agitando
ambos brazos hacia las aves—. Fuera. No os acerquéis tanto. ¡Os haréis daño!
Entre divertido y preocupado, Kai observó a los
animales apartarse ante los gesticulantes brazos de Gaber. Pero siguieron
manteniendo su velocidad y su atenta inspección.
—Estamos rodeados por ellos, Kai —murmuró Gaber con
voz preocupada.
—Si fueran peligrosos, creo que tendrían todo el
tiempo del mundo para atacar. Dejemos que sigan escoltándonos. Siéntese, Gaber,
y sujétese al asiento.
Kai accionó nuevamente el acelerador, y bruscamente
dejó a los animales atrás en la sobrecalentada neblina cuando el deslizador
aumentó bruscamente su velocidad. Puede que los dorados rostros no reflejaran
ninguna expresión, pero Kai tuvo la clara sensación de que les asombraba el
repentino aumento de velocidad.
Tenía que preguntarle a Varian qué grado de
inteligencia era posible en aquellas aparentemente primitivas formas de vida.
Los ryxis no eran la única especie alada en la galaxia, pero muy pocas especies
aéreas eran inteligentes. La inteligencia parecía tener una relación directa
con la cantidad de tiempo pasado en el suelo.
Fuera cual fuese la forma de vida dominante en aquel
planeta, le faltaban todavía miles de años para emerger. Eso no impedía que Kai
siguiera pensando y especulando. Sería divertido ver a los ryxis superados por
otra especie.
—¿Ha tomado buenas cintas de ellos? —preguntó a
Gaber, mientras reducía de nuevo la velocidad a la de crucero. No servía de
nada gastar más energía de la necesaria.
—Oh, sí, por supuesto que lo he hecho —dijo Gaber,
palmeando la grabadora—. ¿Sabe, Kai?, creo que han exhibido una inteligencia
considerable. —Sonaba sorprendido.
—Tendremos que pedirle opinión a Varian. Ella es la
experta.
Kai devolvió el deslizador a las coordenadas del eco
más cercano de los núcleos de sondaje. Varian iba a conseguir unos cuantos
rompecabezas biológicos, pero ahora ellos tenían uno geológico.
Pese a lo que le había dicho a Gaber, la inesperada
materialización de aquellos ecos le había intranquilizado. Sí, aquel planeta y
el sistema llevaban mucho tiempo en los bancos de datos, pero seguramente si
hubiera sido explorado quedaría alguna indicación. De todos modos, una
exploración anterior explicaría la no existencia de depósitos minerales en
aquellas viejas montañas. El primer grupo habría prospectado la zona, y con
toda seguridad cualquier otra zona continental rica en minerales, o incluso el
mar, si su explotación fuera practicable; luego, el terreno habría vuelto a
recuperar su aspecto de siempre a lo largo de los años y de la actividad
geológica normal. ¿Por qué, sin embargo, no había ninguna anotación al respecto
en los ordenadores?
Enviarlos a ellos allí, como si se tratara de un
planeta totalmente inexplorado, era algo contrario a todo lo que sabía del
proceder del CEE. La teoría de Gaber de que la expedición había sido en
realidad plantada volvía una y otra vez a atormentar sus pensamientos. La NE
había aguardado hasta verificar que se habían posado sanos y salvos en el
planeta y luego había desaparecido convenientemente trass aquella tormenta.
Pero estaban los jóvenes, cuya decisión de incluirlos en la expedición parecía
más una idea tardía que algo planeado. Y por encima de todo estaba la urgente necesidad
de transuránicos. Entre los chicos y la energía, Kai estaba convencido de que
podía desechar el lúgubre presentimiento de Gaber.
Pese a la habilidad de poder señalar la localización
exacta de la sonda que emitía tan débiles señales, Gaber y Kai necesitaron una
ardua y paciente búsqueda entre densas y peligrosas plantas-navaja y mucho
cavar antes de poder desenterrarla.
—Bien, parece similar a las que tenemos nosotros
—dijo Gaber, sin poder ocultar una casi ultrajada sorpresa.
—No —dijo Kai, dando vueltas pensativamente al
dispositivo entre sus manos—. La caja es más gruesa, el cristal más opaco, y
parece vieja.
—¿Cómo hace una sonda para parecer vieja? ¿Acaso la
caja está llena de arañazos, o abollada, o ha perdido su brillo?
—Compruébelo usted mismo. Parece vieja —dijo Kai con un ligero toque de impaciencia, y se
sintió en cierto modo regocijado al ver a Gaber examinar vacilantemente la
vieja sonda y devolvérsela aprisa.
—Las fabrican los theks, ¿verdad? —preguntó el
cartógrafo, lanzando a Kai una mirada de reojo.
—Lo han hecho, pero creo… Gaber, esto no encaja.
—Pero… ¿es que no lo ve, Kai? Los theks saben que
este planeta ha sido explorado. Nos trajeron de vuelta por alguna razón
particular suya. Usted sabe muy bien cómo les gusta observar el desarrollo de
una colonia…
—¡Gaber!
Kai deseaba sacudir al viejo, sacarle su estúpida y
peligrosa idea de que la expedición había sido plantada en aquel planeta. Pero,
mientras contemplaba el ansioso e intenso rostro del hombre, Kai se dio cuenta
de lo patético que era el cartógrafo. Gaber tenía que saber seguramente que
aquélla iba a ser su última misión, y estaba esperando en vano poder
prolongarla.
—Gaber. —Kai dio al hombre un ligero empujón,
sonriendo amistosamente—. Aprecio que me haya confiado su teoría. Ha hecho
exactamente lo que debía. Y aprecio los hechos en los que la basa. Pero, por
favor…, no se lo diga a nadie. Odio dar a los equipos pesados cualquier excusa
para ridiculizar a alguien de mi grupo.
—¿Ridiculizar? —Gaber se mostró sorprendido e indignado.
—Me temo que sí, Gaber. La finalidad de esta
expedición estaba demasiado claramente establecida en el programa original.
Ésta es simplemente una expedición ordinaria de búsqueda de recursos
energéticos, con algo de xenobiología para que Varian practique un poco y para
mantener a los equipos pesados en buena forma y a los jóvenes ocupados mientras
la NE persigue esa tormenta cósmica. Para tranquilizarle, sin embargo,
informaré a la NE de su teoría en mi próximo informe. Si, por cualquier remota
posibilidad, estuviera usted en lo cierto, nos lo dirán. Pero estamos aquí
abajo, y eso ya no puede remediarse. Mientras tanto, le aconsejo lealmente que
mantenga sus opiniones estrictamente entre nosotros dos, ¿de acuerdo, Gaber? Le
tengo en demasiado buen concepto como cartógrafo como para desear que los
equipos pesados se burlen de usted.
—¿Burlarse?
—Como hacen con sus pequeños chistes sobre nuestras
pequeñas gravedades. No quiero que hagan chistes sobre usted. Será mejor que
seamos nosotros quienes nos riamos, de los theks al menos, por esto —y Kai alzó
la sonda—. Nuestros rocosos amigos no son tan infalibles después de todo.
Aunque no puedo culparles por olvidarse completamente de este planeta, teniendo
en cuenta en modo en que huele.
—¿Los equipos pesados harían chistes sobre mí?
Gaber estaba teniendo dificultades en aceptar la
posibilidad, pero Kai estaba seguro de que había encontrado el arma de
convicción adecuada para impedir que el hombre siguiera difundiendo su
insidioso rumor.
—Bajo las presentes circunstancias sí, si menciona
usted esa teoría. Como le he dicho, tenemos con nosotros a los jóvenes. No
creerá realmente que la tercer oficial de la NE aceptaría plantar a su propio
hijo…
—No, no, por supuesto que no lo haría. —La impresión
de Gaber cambió de inquieta a irritada—. Tiene usted razón. Se habría opuesto.
—Gaber encajó los hombros—. Me ha tranquilizado, Kai. Realmente no me gustaba la idea de haber sido plantado:
dejé una investigación sin terminar, y solamente acepté esta misión para
obtener una nueva perspectiva sobre ella…
—Buen chico —Kai le dio una palmada en el hombro al
cartógrafo y se volvió hacia el deslizador.
Se le ocurrió que iba a tener que pensar en
argumentos para parar a Gaber, y a los demás, cuando supieran que la NE no
había recibido los informes secundarios. Pero se preocuparía de aquello cuando
llegara el momento. Ahora tenía que pensar en la antigua sonda que tenía en sus
manos. No creía que tuvieran en la lanzadera ningún aparato para determinar la
edad del dispositivo. No podía recordar haber discutido alguna vez acerca de lo
que podían durar hasta que dejaban de funcionar. Portegin era el más adecuado
para preguntárselo. ¿Acaso no se sentía desconcertado por el mal funcionamiento
de su pantalla?
De hecho, Portegin estaba ya cavilando sobre los
resultados de los datos de su pantalla cuando Kai y Gaber penetraron en el domo
de mapas.
—Kai, tenemos algunos ecos locos en el sísmico… ¿Qué
es eso?
—Uno de esos ecos que tanto te preocupan.
Portegin, con su delgado rostro fruncido en desmoralizadas
arrugas, sopesó el dispositivo entre sus manos, lo examinó, lo volvió de todos
lados, y terminó mirando a Kai con intensa acusación.
—¿Dónde lo consiguió?
—Aproximadamente aquí —dijo Kai, señalando el hueco
en la línea de viejos ecos de la pantalla.
—Todavía no hemos plantado sondas en esa zona, jefe.
—Lo sé.
—Pero jefe, esto es de fabricación thek. Puedo
jurarlo.
Margit, que había estado redactando su informe, se
acercó a los dos hombres. Tomó el núcleo de sondaje de las manos de Portegin,
que no opuso resistencia.
—Parece más pesada. Y su cristal parece casi
apagado. —Miró a Kai como buscando una explicación.
Kai se alzó de hombros.
—Gaber vio los ecos en la grabadora, pensó que usted
se había equivocado en algo, Portegin… —sonrió cuando el mecánico miró ceñudo
al cartógrafo—, pero decidí que sería mejor ir a comprobarlo. Esto es lo que
encontramos.
Margit produjo un sonido gutural, entre disgustado e
irritado, que sonó casi como si surgiera de su estómago.
—¿Quieren decir que hemos malgastado horas haciendo
lo que ya había sido hecho? ¡Ustedes, cabezas gordas, hubieran podido
ahorrarnos un montón de tiempo y energía inútiles en montar esta maldita
pantalla!
—Según los bancos de datos de nuestro ordenador,
este planeta no había sido explorado nunca —dijo Kai apaciguadoramente.
—Bien, pues lo ha sido. —Margit miró con ojos
llameantes la pantalla—. Y si observan bien, hemos seguido paralelamente su
propia línea de sondajes con toda exactitud. No está mal para una primera
expedición de trabajo —añadió, hablando casi para sí misma—. Hey —dijo de
pronto, con voz mucho más fuerte y menos alegre—, no es extraño que no hayamos
encontrado nada digno de echarle una mirada. Ya lo hicieron. ¿Hasta donde llega
la antigua línea de sondajes?
—Se detiene al borde de la placa, amiga mía —dijo
Portegin—, y ahora que sabemos por las antiguas sondas dónde termina la placa,
podemos empezar a buscar en algún otro sitio para variar. No creo que hayamos
duplicado demasiado el trabajo…, excepto en el norte y el nordeste.
Kai dio las gracias al compasivo ordenador que había
puesto a aquellos dos elementos en su equipo con él: podían quejarse un poco,
pero ya estaban hablando constructivamente acerca de la duplicación de
esfuerzos.
—Me siento mucho mejor ahora, sabiendo que había una
buena razón de que no encontráramos ninguna mena en nuestro camino. —Margit
estudió la pantalla y luego señaló varias zonas—. Aquí no hay nada, y aquí
tampoco. ¡Y debería haberlo!
—Las señales son muy débiles —dijo Portegin—. Puede
que algunas simplemente hayan desaparecido. Si todo esto ya ha sido trabajado,
no veo ninguna razón en seguir plantando nuevas sondas. ¿Kai?
—Ninguna.
Aulia y Dimenon entraron en el domo cartográfico,
seguidos de cerca por los otros cuatro geólogos.
—Adivinad lo que Kai y Gaber han descubierto —dijo
Margit—. ¡Han averiguado por qué no hemos podido encontrar nada todavía!
La declaración fue recibida con expresiones de
sorpresa y desagrado. Kai y Gaber contaron de nuevo sus actividades
vespertinas, y el alivio que se difundió por toda la habitación fue
tranquilizador para el comandante del grupo. Cada cual se tomó su turno en
examinar el viejo dispositivo, comparándolo con aquellos que estaban plantando,
haciendo bromas sobre fantasmas y ecos.
—Podemos establecer campamentos secundarios en los
bordes de la placa —dijo excitadamente Triv—. ¿Podríamos empezar mañana, Kai?
—Por supuesto, reasignaré a cada uno a la zona
aparentemente más aprovechable. Déjenme trabajar un poco en ello. Y… Bakkun,
mañana saldré contigo.
Sonó el gong de la cena, reverberando de mal modo
bajo la pantalla de fuerza, pero todos lo ignoraron, ocupados en establecer los
nuevos esquemas de vuelo para el día siguiente. Iban a tener que instalar
campamentos secundarios, como sugería Triv, pero Kai todavía dudaba.
Varian aún no había tenido tiempo ni oportunidad de
catalogar a los peores predadores y, pese a las pantallas de fuerza personales,
cualquiera de los grupos podía verse atrapado demasiado lejos para que ninguna
ayuda pudiera llegar a tiempo. Ese predador que habían visto hoy no se vería
detenido por una insignificante pantalla de fuerza personal. Tampoco podía
poner trabas a que los equipos descubrieran nuevos depósitos: conseguían
bonificaciones importantes basadas en las muestras de sus descubrimientos
individuales. Ésa era una de las razones por las cuales la falta de hallazgos
hasta entonces había minado seriamente su moral. No podía correr el riesgo de
seguir poniendo a prueba su espíritu y ambiciones, pero tampoco podía
arriesgarse a enviarlos a luchar contra predadores como aquellos que había
visto hoy.
Debía tener una charla con Varian.
Emergió a una noche zumbante de ruidosos insectos.
La pantalla de fuerza, formando un arco sobre el campamento, resplandecía con
azules destellos de luz a medida que las criaturas nocturnas intentaban
alcanzar las hipnóticas luces que iluminaban el campamento.
¿Había acampado allí mismo aquel otro grupo
explorador, hacía milenios? ¿Volvería algún otro grupo, dentro de otros
milenios, cuando sus sondas emitieran huecos fantasmas de blips en otra pantalla?
¿Habían
sido realmente plantados?
El inquietante pensamiento flotó hasta la superficie
de sus pensamientos, casi del mismo modo que los monstruos acuáticos habían
sido atraídos por la sombra del deslizador sobre el agua. Intentó hundir de
nuevo la inquietante idea. ¿Había acaso alguien de los demás que hubiera sido
advertido privadamente de aquello? ¿Varian? No; como co-comandante, era la
menos probable en ser informada. ¿Tanegli, y era por eso por lo que estaba tan
interesado en buscar frutas comestibles? No, Tanegli era un hombre responsable,
pero no el tipo del hombre al que se le dieran instrucciones privadas mientras
los comandantes del grupo eran mantenidos en la ignorancia.
En absoluto tranquilizado con sus propios
pensamientos, Kai decidió que necesitaba un poco de compañía para alejar
aquellos pensamientos de su cabeza, y se encaminó decididamente hacia el mayor
de los domos y su cena.
Varian se sintió divertida ante la recepción que
hizo Kai de la fruta cuando fue servida en la cena. Divisti y Lungie habían
colaborado, y la mesa fue desplegada con la fruta en su forma natural, cortada
a rodajas en verdes y jugosas porciones: fruta sintetizada como pasta,
reforzada con nutrientes y vitaminas, fruta añadida a las proteínas de
subsistencia, fruta en almíbar, fruta seca… Kai probó melindrosamente un trozo
pequeño de la fruta fresca, chasqueó educadamente la lengua, y terminó su cena
con la pasta. Luego se quejo de un regusto metálico.
—Son los aditivos. No hay regusto en la fruta fresca
—dijo Varian, reprimiendo una mezcla de irritación ante sus gustos
conservadores, y de regocijo ante su reacción. Los nativos de las naves siempre
se mostraban recelosos ante cualquier cosa en su forma natural.
—¿Por qué fomentar la afición hacia algo de lo que
no podré disponer siempre? —pregunto Kai, cuando ella intentó animarle a que
comiera más fruta fresca.
—¿Por que no concederte este capricho, ahora que
tienes la oportunidad? —respondió ella—. Además —añadió—, una vez tengas el
sabor, puedes programarlo en el sintetizador y duplicarlo a bordo de la nave,
con gran alegría de tu corazón.
—Un punto a tu favor.
Varian había decidido hacia algún tiempo que eran precisamente esas pequeñas diferencias derivadas de su nacimiento y crianza en una nave lo que más le fascinaba de Kai. Físicamente no era muy distinto de los atractivos jóvenes que había conocido en los distintos planetas de su infancia y primer entrenamiento como especialista. Si acaso, Kai se adaptaba físicamente más a los diversos deportistas humanoides de las NE que a los de sus contemporáneos planetarios. Poseía un cuerpo esbelto y resistente, algo más alto que la media; era más alto que ella, y ella no era precisamente baja para un planeta normal tipo Tierra, con su 1,75 metros. Pero mas importante que su apostura era la fuerza que reflejaba su rostro, la chispa de humor en sus ojos castaños y la serenidad interior que emanaba de él cuando se conocieron por primera vez en la zona del comedor humanoide de la NE. Ella había reconocido rápidamente en él el aura de la Disciplina, y se había sentido abrumadoramente aliviada de que fuera un Discípulo, y se sintió regocijada al pensar que el hecho de que había pasado el Entrenamiento significara tanto para ella cuando hacia tan poco que lo conocía. Ella misma había aceptado la Disciplina no hacía mucho, y únicamente porque significaba que podría proseguir su promoción en el servicio de los PSF. Un comandante tenía que poseer Disciplina, puesto que era la única defensa personal contra otros humanoides permitida por los PSF y el CEE, y de un inestimable valor en situaciones de emergencia.
Varian se había sentido animada a crear una relación
con Kai, y se había alegrado particularmente cuando supo que había sido elegida
inesperadamente como xenob en su expedición geológica a Ireta.
—¿Qué es lo que he oído? —quiso saber ahora—. ¿Que
este planeta ya había sido explotado antes?
—La placa continental sobre la que nos hallamos ha
sido a todas luces despojada ya —respondió Kai, sonriendo ante su franca
pregunta—. Portegin no terminó la pantalla sismográfica hasta ayer por la
noche. Gaber pensó que funcionaba mal, puesto que obteníamos ecos donde no
habíamos clavado ninguna sonda, y débiles impulsos allá donde no debía
haberlos. Así que efectué una pequeña exploración… y descubrí un antiguo, muv
antiguo núcleo de sondaje.
Varian había oído ya algunos de los detalles.
—Durante la información que recibimos en la nave se
nos dijo que el sistema había permanecido almacenado mucho tiempo en la base de
datos.
—Si, pero no hubo ninguna mención de que hubiera
sido explorado geológicamente con anterioridad.
—Cierto —dijo Varian, y miró pensativamente hacia un
punto impreciso a media distancia, como si dudara en hacer una afirmación
categórica. Había habido algo así como un apresuramiento de último minuto para
formar aquella expedición iretana, aunque los theks y los ryxis habían sido
designados por sus respectivos planetas hacía ya algunos meses—. Mi grupo fue
añadido sin lugar a dudas a toda prisa, después de que obtuvieran indicios de
formas de vida en las sondas automáticas enviadas al planeta.
—Con los debidos respetos, mi querida colega, la
inclusión de tu grupo no me desconcierta tanto como la no mención de un sondeo
geológico anterior.
—Lo comprendo perfectamente. ¿Cuál crees que es la
antigüedad de esas sondas?
—Demasiado viejas para mi gusto, Varian. ¡La línea
termina en el borde mismo de la placa estable!
Varian contuvo el aliento y silbó suavemente.
—Kai, eso puede significar millones de años. ¿Es
posible que un dispositivo, incluso fabricado por los theks, dure tanto tiempo?
—¿Quién sabe? Ven, puedes echarle un vistazo al
chisme por ti misma. Y tenemos algunas grabaciones que creo te gustará ver.
—¿Esas cosas voladoras de las que no deja de hablar
Gaber?
—Entre otras.
—¿Seguro que no quieres otro trozo de fruta fresca?
—no pudo resistir el pincharle de nuevo.
Kai le lanzó una breve e irritada mirada, luego
sonrió. Tenía una atractiva sonrisa, pensó ella, y no por primera vez. Habían
tenido tiempo de conocerse bien el uno al otro durante las etapas de
planificación, pero demasiado poco ahora que tenían que ocuparse de sus
separadas responsabilidades.
—Ya he comido suficiente. Gracias, Varian.
—Y yo soy una glotona, ¿eh? —Pero tomó una rodaja
más de una bandeja, al levantarse de la mesa—. ¿Cuál es exactamente el aspecto
de esos pájaros? No confío en las observaciones de Gaber.
—Tenían un pelaje dorado, y me atrevería a decir que
eran inteligentes. La curiosidad corre pareja solamente con la inteligencia,
¿no?
—Generalmente sí. ¿Pájaros inteligentes? Eso no va a
gustarles nada a los ryxis. —Varian lanzó una risita divertida—. ¿Dónde
tropezasteis con ellos?
—Fuimos a ver esos lagos coloreados de Berra, y
nuestro paso los hizo salir de los acantilados. Por cierto, el lago contiene
monstruos tan grandes y peligrosos como esos moradores de los pantanos que
vimos esta mañana.
—Este planeta parece ideal para las cosas grandes…
—Y para los grandes enigmas también. —Habían
penetrado en el domo cartográfico, y Kai tomó la vieja sonda y se la tendió a
la mujer—. Éste es el último.
Varian la sostuvo en la palma de su mano. Vio otra
sonda sobre la mesa.
—¿Ésa es una de las vuestras?
Kai miró por encima de las cintas que estaba
eligiendo y asintió.
Puestas una al lado de la otra, Varian pudo ver las
ligeras diferencias en circunferencia, longitud y peso.
—¿Explican esas sondas antiguas por qué habéis
tenido tan poca suerte en encontrar menas?
—Sí. La placa ha sido despojada de todas ellas. Mi
grupo se ha sentido aliviado al saber que había una buena razón para ello; este
planeta tendría que estar rebosante de minerales. Ahora, sin embargo, vamos a
establecer campamentos secundarios en las montañas de plegamiento reciente…
—¿Campamentos secundarios? Kai, eso no es seguro.
Incluso si lo peor con lo que tenéis que enfrentaros es con ese caracolmillos…
—¿Caracolmillos?
—Bueno, así es como le llamo a lo que fuera que
clavó sus dientes en el costado de Mabel.
—¿Mabel?
—¿Quieres dejar de repetir lo que digo? Considero
mucho más fácil darles un nombre que llamarles el «herbívoro número uno» o el
«predador con dientes A».
—No sabía que hubieras identificado al predador.
—No lo he hecho. Pero puedo suponer, por las marcas
de los dientes…
—¿Podría ser éste tu caracolmillos? —preguntó Kai,
mientras las cintas que él y Gaber habían tomado aquella tarde empezaban a
desfilar por la pantalla visora. Detuvo la cinta en la imagen que habían tomado
de la cabeza del predador.
Varian dejó escapar una exclamación y se acercó para
echarle una buena mirada a la cabeza de dentada boca entreabierta y ojos
vueltos hacia el deslizador mientras el animal corría a toda velocidad cruzando
el pequeño claro.
—Sí, ése podría ser el malo de la película. Seis
metros hasta los hombros. No podréis montar un campamento secundario que lo
mantenga fuera. Podría derribarte aunque llevaras un par de cinturones de
pantalla de fuerza. No, no puedo aconsejar campamentos secundarios hasta que
descubramos hasta dónde se extiende el radio de acción de estos animales.
—Podemos trasladar la lanzadera…
—No hasta que Trizein haya completado su serie
actual de experimentos. Y ¿por qué trasladarla? ¿Tenemos poca energía para ir
de un lado a otro?
—No, pero estaba teniendo en cuenta el tiempo que
llevan los traslados. Reducen enormemente el tiempo efectivo sobre el terreno.
—Cierto. Francamente, Kai, preferiría examinar bien
la zona antes de que instalaras ningún campamento secundario. Incluso esos
herbívoros como Mabel, por inútiles que sean, pueden ser peligrosos si se
produce una estampida ante el ataque de un caracolmillos. De todos modos…
—añadió, viendo que él se mostraba inflexible—, cada animal de la creación
tiene miedo de algo. Investigaré contra qué animales tenéis que protegeros
dentro de una zona determinada y podremos establecer algunas salvaguardias en
torno a, digamos, un campamento secundario más grande y situado en un lugar
conveniente, donde tus grupos puedan hallarse relativamente a salvo.
—No suenas muy segura.
—No estoy segura de nada respecto a este loco planeta,
Kai. Y tu descubrimiento de hoy sólo hace que mi incertidumbre sea más… segura
—sonrió.
Él se echó a reír.
Ella examinó de nuevo más detenidamente las hileras
de dientes afilados como agujas del predador, y luego pidió a Kai que
prosiguiera con la cinta.
—Seguro que te alegraste de estar en el aire cuando
os encontrasteis con ese bicho. ¿Consiguió Gaber clasificarlo? Eso ayudaría a
estimar su territorio. Oh, mira… ¡son encantadores!
Los animales voladores dorados estaban en la
pantalla, y aunque hubieran podido ser muy bien la yuxtaposición del anterior
predador, parecían tan benévolos y graciosos…
—¡Oh, detén ese encuadre, Kai, por favor! —Varian
hizo gestos de que retrocediera la cinta hasta conseguir el encuadre que quería
del animal, suspendido en pleno vuelo, su crestada cabeza ligeramente vuelta
hacia la cámara de tal modo que eran visibles sus ojos dorados.
—Sí, estoy de acuerdo en que es inteligente. ¿No es
eso una bolsa bajo su pico para almacenar peces? Y creo que es también un
planeador. Sigue adelante, Kai, quiero ver si esa ala puede girar. ¡Sí, mira,
aquí! Y puede doblarse también. Sí, sí. Mucho más avanzado que el carroñero de
esta mañana. ¿Por qué tanto de nuestra reacción depende de los ojos de un
animal? —alzó la mirada hacia Kai, cuyos grises ojos se abrieron con sorpresa.
—¿Los ojos?
—Sí. Los ojos de ese pequeño mamífero de hoy… No
hubiera podido dejarlo atrás, Kai, aunque se hubiera producido un motín, una
vez vi la asustada y perdida confusión en sus ojos. Sin contar la súplica en los
de Bonnard y Cleiti. Esos horrores del pantano tenían ojos pequeños en
comparación con el tamaño de su cráneo… unos ojos malignos, ansiosos, como
cuentas… —Varian se estremeció ante el recuerdo—. Y los ojos de ese nuevo
predador… Caracolmillos tiene un perverso apetito. Por supuesto, no se trata de
una regla fija e inamovible; los galormis fueron un horrible ejemplo de
malignidad camuflada…
—¿Estuviste en esa expedición?
Varian hizo una mueca.
—Sí, era uno de los miembros más jóvenes del equipo
en Aldebarán 4 cuando fueron hallados. Mi primera misión fuera de la
universidad xenoveterinaria. Tenían unos ojos blandos, ¿recuerdas? —unos ojos
que ocasionalmente seguían atormentándola en sueños—, y eran unas criaturas de
aspecto apacible, blandas, perfectamente controlables hasta que, cuando se
hacía oscuro… ¡bang!
—Carniceros nocturnos…
—¡Sangradores! Chupaban la sangre y luego masticaban
la carne… como ése que se alimentó de Mabel… No, no podía ser un galormi. Los
dientes eran demasiado grandes.
—¿Por qué demonios lo llamaste Mabel?
—Conocí una vez a alguien así, un apetito andante,
que odiaba el mundo en torno a ella, suspicaz y constantemente confusa. Sin
demasiada inteligencia.
—¿Qué nombre les pondrás a esas aves?
—No lo sé —dijo tras contemplar el velludo rostro—.
No es fácil hasta que te encuentras personalmente con el animal. Pero esta
especie posee inteligencia y personalidad. Quiero saber más de ellos.
—Supuse que sería así, aunque no pudimos
clasificarlos. Se movían demasiado aprisa. Se mantuvieron junto a nuestro
deslizador a velocidad de crucero.
—Muy bien. —Un bostezo la cogió por sorpresa—. Todo
este aire libre, persiguiendo animales heridos para curarles cuando no desean
ser ayudados. —Acarició ligeramente la mejilla de él y le dirigió una mirada de
disculpa—. Me voy a la cama. Y tú deberías hacer lo mismo, co-comandante. Sueña
con nuestros rompecabezas. Quizá el sueño los resuelva.
Kai deseó que así fuera, pero despertó a la mañana
siguiente sintiéndose descansado, y los grupos, cuando se reunieron, se
mostraron con la misma buena disposición que él.
―He discutido el asunto de los campamentos
secundarios con Varian. Hasta que haya catalogado las costumbres de los
predadores, no puede garantizar nuestra seguridad —dijo Kai—, pero va a buscar
zonas dentro de las cuales podamos movernos si nos atenemos a las medidas de
seguridad que ella indique. ¿De acuerdo? Lo siento, pero lo comprenderéis mejor
si habéis visto las señales en el flanco del herbívoro.
Observó por las hoscas expresiones que todos ellos
las habían visto.
—Jefe, ¿que hay acerca de las interrupciones en la
linea de las antiguas sondas, aquí, aquí y aquí? —pregunto Triv, señalando las
zonas al sudoeste y al sur
—Son fallas —dijo Gaber, deslizando una
transparencia a escala sobre el mapa sismológico—. He detectado profundas
alteraciones aquí. Es una zona que vale la pena explorar. Las sondas pudieron
resultar destruidas por los movimientos, o quedar enterradas demasiado
profundas para poder seguir transmitiendo.
—Triv, tú y Margit exploraréis esa falla hoy. Aulia
y Dimenon, vuestro sector sera éste —y les entrego unas coordenadas al
sudoeste, y a Berru y Portegin, explicándoles que él y Bakkun intentarían
explorar el valle de la hendidura, puesto que había antiguas sondas que
conducían hasta él. Insistió en que mantuvieran todos los procedimientos de
seguridad, identificaran o registraran a todos los animales que les fuera
posible, y anotaran e informaran de todos los carroñeros que vieran merodeando
sobre lo que pudieran ser especímenes heridos, para información de Varian.
Mientras se elevaban en su deslizador, Kai vio a
Varian dirigiéndose al corral. Vio al herbívoro Mabel devorando dedicadamente
lo poco que quedaba de los árboles que había dentro del recinto.
Bakkun, que había preferido pilotar, orientó el
deslizador hacia el sudeste.
—¿Como es que los theks no supieron que este planeta
había sido explorado? —preguntó el equipo pesado.
—No he tenido ocasión de preguntarles si lo sabían.
Pero sí puedo decir que Ireta no estaba señalado como explorado.
—Los theks tienen sus razones.
—¿Como cuáles?
—No presumo de adivinarlo —respondió Bakkun—, pero
siempre tienen buenas razones.
A Kai le gustaba Bakkun: como companero de equipo
era inagotable, sereno como todos los de su raza, concienzudo y de confianza.
Pero carecía de imaginación y de flexibilidad, y una vez convencido de algo, se
negaba a cambiar de opinión aun frente a los hechos mas evidentes. Los theks
eran para él, como para muchas de las especies de corta vida, infalibles y como
dioses. Kai no deseaba, sin embargo, enzarzarse en ninguna discusión con
Bakkun, particularmente sobre una herejía tal como la falibilidad de los thek…
demostrada por la existencia de sondas sismológicas en aquel planeta.
Afortunadamente, el detector empezó a chasquear.
Bakkun corrigió automáticamente el rumbo y Kai observó atentamente la pantalla.
Esta vez eran más herbívoros, huyendo asustados del sonido del deslizador a
través del denso bosque, golpeando ocasionalmente los troncos con tanta fuerza
que las copas se estremecían alocadamente.
—Da otra pasada, Bakkun —pidió Kai, y pulso el botón
de puesta en marcha de la cinta, reclinándose contra las correas de sujeción
del asiento mientras Bakkun obedecía rápidamente su orden. Pero maldijo para sí
mismo, porque ninguno de los animales cruzó ninguno de los claros, casi como si
esperaran un ataque aéreo y se apiñaran bajo cualquier protección que pudieran
encontrar.
—No importa, Bakkun. Prosigamos nuestro camino. Creo
que vi otro animal con el flanco herido.
—Nosotros los vemos cada día, Kai.
—¿Por que no lo habéis mencionado nunca en vuestros
informes?
—No sabíamos que fuera importante, Kai. Hay
demasiadas otras cosas que mencionar relativas a nuestro trabajo.
—Esto es un esfuerzo conjunto.
—De acuerdo, pero necesitamos saber cómo debemos
contribuir a él. No sabáa que el simple equilibrio ecológico fuera también un
conocimiento esencial.
—Es culpa mía. Pero deberíais informar siempre de
cualquier cosa desacostumbrada que observéis.
—Mi impresión, Kai, es que no hay nada
desacostumbrado en Ireta. Llevo varios años estándar como geólogo, y nunca
encontré un planeta mantenido constantemente en una era mesozoica e incapaz de
evolucionar más allá de ese estadio. —Bakkun lanzó una mirada de reojo a Kai,
furtivo y misterioso—. ¿Quién esperaría encontrar antiguas sondas en un planeta
así?
—«Espera lo inesperado». Ése es el lema no oficial
de nuestra profesión, ¿no?
El sol, tras aparecer brevemente en el cielo
matutino para observar el nacimiento del día, se retiró ahora tras las nubes.
Una neblina local a ras del suelo hizo el vuelo momentáneamente difícil, de
modo que la conversación se interrumpió. Kai se ajetreó con el detector,
comprobando las antiguas sondas que resplandecían débilmente en la pantalla en
respuesta a su señal.
Las sondas avanzaban más allá de la línea de vuelo,
hundiéndose directamente en el valle de la hendedura, descendiendo con el suelo
que componía la amplia meseta. Ahora estaban penetrando en el valle, y Bakkun
necesitaba toda su atención para dirigir el aparato mientras las corrientes
térmicas se apoderaban del deslizador y lo agitaban a un lado y a otro. Una vez
pasada la línea de antiguos volcanes, con sus picos parecidos a demacrados
dedos tendidos hacia las ahora bajas nubes y sus laderas pobladas por una
vegetación marginal, Bakkun condujo el deslizador hacia la hendidura central
del valle.
La cara de la falla mostraba los distintos estratos
de la elevación que había formado el valle. Mientras el pequeño deslizador
cruzaba rápidamente el paisaje, mancillando irreverentemente la congelada
geohistoria, Kai se sintió invadido por una mezcla de maravilla y regocijo:
maravilla ante las grandes fuerzas que aún actuaban allí ―y que habían
formado las grandes paredes y podían volver a formarlas un número inimaginable
de veces en la existencia de aquel planeta―, y regocijo ante el
atrevimiento del hombre de disturbar un pequeño momento de aquel inexorable
curso de acontecimientos e intentar dejar su marca en ellos.
—Carroñeros, Kai —dijo Bakkun, cortando sus
pensamientos. Señaló ligeramente a proa y estribor. Kai observó la escena a
través del visor.
—Son los pájaros dorados, no los carroñeros.
—¿Hay alguna diferencia?
—Por supuesto que la hay, pero… ¿qué están haciendo
aquí, a un par de centenares de kilómetros de la extensión de agua más cercana?
—¿Son peligrosos? —pregunto Bakkun con una muestra
de interés.
—No lo creo. Son inteligentes, mostraron su
curiosidad hacia nosotros ayer, pero… no sé qué están haciendo tan tierra
adentro…
—Pronto lo sabremos. Nos estamos acercando aprisa.
Kai hizo girar el visor para observar a los grupos
en el suelo. Los pájaros habían sido alertados por la presencia de un objeto
aéreo no familiar, y todas las cabezas estaban vueltas hacia arriba. Kai vio
jirones de dura hierba colgando de varios picos. Y, por supuesto, cuando el
deslizador dio una vuelta sobre ellos, todas las alargadas cabezas siguieron
con curiosidad su curso. Algunos de los ejemplares más pequeños volvieron a
dedicarse a la hierba.
—¿Por qué habrán venido hasta tan lejos? ¿Por la
hierba?
—No soy un xenobotánico entrenado —dijo Bakkun, a su
estólida manera. Luego su voz adquirió una nota de urgencia tan innatural que
Kai se volvió en redondo, visor incluido, y retrocedió instintivamente en el
asiento—. ¡Mire!
—¿Qué demo…?
Las paredes del valle se estrechaban ligeramente
allá donde emergía un saliente rocoso, y del estrecho desfiladero había brotado
una de las más grandes criaturas que Kai hubiera visto nunca, estremecedora en
el inexorable avance de sus torpes pasos. Variando el foco del visor para
graduarlo a la mayor distancia, Kai observó cómo el coloso penetraba en el
pacífico valle con un golpe de sus poderosas patas traseras.
―¡Demonios! Es uno de esos predadores
caracolmillos…
—¡Observe a los pájaros, Kai!
Odiando apartar su mirada de la amenaza, Kai alzó la
vista hacia las aves doradas. Habían adoptado una formación curiosamente
defensiva en el cielo. Aquellas que aún se hallaban en el suelo seguían
pastando, sí podía describirse así el rápido picotear con el que arrancaban y
engullían la hierba. Varian debía tener razón respecto a sus bolsas, pensó Kai,
puesto que los picos de los animales tenían un aspecto alargado. Debían estar
almacenando la hierba en las bolsas.
—¡El predador los ha visto! Los que están aún en el
suelo no van a poder alzar el vuelo a tiempo si decide cargar contra ellos… —la
mano de Bakkun se cerró sobre la empuñadura de la unidad láser.
—¡Espera! ¡Mira!
La pesada cabeza predadora apuntaba ahora en
dirección a las aves, como si el animal acabara de darse cuenta de su
presencia. Alzó la cabeza, registrando evidentemente la formación de dorados
cuerpos allí arriba. Las patas delanteras del animal, ridiculamente pequeñas en
comparación con el grueso de sus patas traseras y la longitud de sus huesos, se
retorcieron. Su gruesa cola, que le servía para equilibrarse, se agitó como
reacción ante la presencia de los seres alados. Casi ávidamente, pensó Kai. El
bípedo permaneció inmóvil durante otro largo momento, y luego se dejó caer
torpemente hacia delante y empezó a arrancar la hierba con sus ridiculas patas
delanteras, llevándose grandes manojos, raíces y tierra incluidos, a sus
enormes fauces.
Mientras los dos geólogos observaban, los pájaros
empezaron a correr a lo largo de lo que Kai identificó como un bajo
promontorio. Se sumergieron casi entre las hierbas antes de emprender el vuelo
hacia la seguridad.
—Se están llevando más hierba, Kai.
El comandante enfocó el visor y vio los jirones de
hierba que colgaban de sus patas traseras y de las pequeñas garras que
remataban las puntas de sus alas mientras los animales voladores se alzaban en
el aire alejándose del valle.
—¿Toman rumbo al mar, Bakkun?
—Así es. Y contra un fuerte viento de frente.
Kai volvió su atención al predador, que no había
interrumpido su voraz consumo de hierba.
―¿Para qué necesitarán tanto los pájaros como
ese monstruo la hierba?
—Parece un aditivo poco usual —respondió Bakkun, sin
darse cuenta del hecho de que Kai había estado hablando para sí mismo.
—Haz bajar el deslizador, Bakkun. Al otro lado del
valle, lejos de esa bestia. Quiero tomar algunas muestras de la hierba.
—¿Para Varian, o para Divisti?
—Quizá para ambos. Es extraño que el predador no
intentara atacar, ¿eh?
—Quizá no le guste la carne de pájaro. O tal vez
sean unos formidables antagonistas.
—No. No hubo ningún asomo de ataque en la actitud
del predador, y sólo una débil defensa por parte de las aves. Casi como si…
como si ambos reconocieran que éste es un lugar distinto. Que aquí hay una
tregua.
—¿Una tregua? ¿Entre animales? —Bakkun sonaba
escéptico.
—Sea lo que fuere, eso es lo que parecía, aunque el
predador es evidentemente demasiado primitivo para actuar sobre una base lógica
de este tipo. Debo preguntarle a Varian.
—Sí, ella es la persona adecuada a quien preguntar
—dijo Bakkun.
Restablecida su compostura, condujo el deslizador
hasta un suave aterrizaje en el bajo promontorio que las aves habían utilizado
para alzar el vuelo.
—Nosotros no somos pájaros dorados —dijo el equipo
pesado en respuesta a la sorpresa de Kai ante el lugar elegido para el
aterrizaje—. Ese animal puede decidir sazonar un poco su hierba con carne
humana. —Tomó suavemente el visor—. Usted recoja hierba. Yo vigilaré.
El monstruo no había dejado de comer ni había
prestado ninguna atención al deslizador. Kai bajó con rapidez y, desconectando
su pantalla de fuerza, empezó a recoger hierba. Se alegró de llevar guantes,
porque algunas de las hojas tenían bordes afilados, parecidos a los de la
planta-navaja, decidió. Arrancó todo un matojo, raíces y tierra incluidas,
añadiendo un nuevo aroma al maloliente aire. Kai sacudió la tierra, recordando
que las aves doradas habían tomado solamente la parte superior, no las raíces.
Aunque los animales no se habían dedicado a la
vegetación de hojas más gruesas, Kai tomo muestras de todo lo que halló en las
inmediaciones. Almacenó todo lo recogido en un contenedor y volvió a su asiento
en el aparato.
—No ha dejado de comer hierba, Kai —dijo Bakkun,
devolviéndole el visor.
Mientras Bakkun hacia elevar nuevamente el vehículo,
Kai mantuvo el visor enfocado en el predador. Seguía comiendo, y no alzó
siquiera la cabeza cuando los dos geólogos pasaron por encima de él.
Bakkun, al no recibir ordenes de lo contrario, hizo
deslizarse el aparato por el estrecho final del valle. Mas allá el suelo
descendía de nuevo a un nivel inferior, sin una vegetación tan lujuriante, con
un suelo más arenoso y poblado por plantas más propias de un semidesierto.
—Las sondas prosiguen a lo largo de este valle, Kai
—dijo Bakkun, arrancando su atención del monstruo y volviendo a sus asuntos.
Kai contempló el detector sismológico.
—La última se halla justo al otro lado de ese
saliente de allá.
—Este valle es muy antiguo —dijo Bakkun. Kai se
sintió complacido de detectar una semipregunta en la voz del hombre—. ¿Y las
sondas terminan inmediatamente después del saliente?
—Exacto.
—¡Oh!
Era la primera vez que Kai oía inseguridad en la voz
del equipo pesado. Lo comprendió y simpatizó con él, porque también se sentía
en buena parte del mismo modo.
Las alteraciones geológicas que sobrevolaban ahora
se habían producido al menos un millón de años antes de su llegada a aquel
planeta. Sin embargo, la manufactura de la unidad de sondaje era indudablemente
thek. A menos que… ―y el pensamiento divirtió ligeramente a Kai―
…que los theks hubieran copiado a una civilización mas antigua ―¿los
Otros?― el diseño de sus sondas.
La idea de los theks como copistas restableció el
sentido de la proporción en Kai. Al igual que no podía esperar competir con los
equipos pesados sobre una base física, tampoco podía esperar competir con los
theks en longevidad. El aquí y ahora era importante también: dos veces, tres
veces importante para él, teniendo en cuenta el corto lapso de tiempo que podía
anticipar, incluso con todos los milagros de la ciencia médica. Él y su grupo
tenían un trabajo que hacer ahora en
Ireta. No importaba que hubiera sido hecho ya antes, cuando el hombre se
hallaba todavía en un estadio unicelular flotando en un medio acuoso en el
principio de una larga ascensión evolutiva.
Con ayuda de Paskutti y Tardma, Varian consiguió vendar el flanco herido de Mabel. El animal había conseguido de alguna forma soltarse los bordes de la película sellante y, pese a la pantalla de fuerza que cubría el corral, los chupadores de sangre se habían pegado a la supuración. El herbívoro se había abierto aún más la herida en su frenesí por liberarse de las cuerdas que los equipos pesados habían utilizado para sujetarlo. Tuvieron que atar su cabeza a su pata trasera no herida antes de que Varian pudiera acercársele.
Afortunadamente, una vez hubo desprendido a los
chupadores de sangre, Varian comprobó que la herida parecía estar curándose.
—Voy a lavarle y sellarle toda la pierna —le dijo a
Paskutti, que estaba ayudándola—. Afortunadamente, estoy curando al mordido en
vez de al mordedor. No me gustaría en absoluto encontrarme con él ―y
pensó en la maligna cabeza de terribles dientes mirándola desde la imagen que
Kai había tomado.
—Este animal no opuso mucha resistencia —dijo
Paskutti.
Su entonación sorprendió tanto a Varian que le hizo
mirarle. No esperaba ver ninguna emoción reflejada en los impasibles rasgos del
equipo pesado, pero había una intensidad en sus pálidos ojos que le causó una
momentánea punzada de temor. Tuvo la clara impresión de que el hombre estaba
excitado ―de alguna forma extraña y revulsiva― por la herida, por
la idea de un animal devorando a otro vivo. Volvió rápidamente a su tarea,
temerosa de dejar ver a Paskutti que le había observado.
Completaron la cura de Mabel sin más problemas, pero
la cola del animal, cuando lo soltaron de sus cuerdas, restalló tan fuertemente
que todos retrocedieron apresuradamente fuera de su alcance. Sin la proximidad
de sus cuidadores, Mabel pareció incapaz de proseguir su comportamiento
agresivo. Se detuvo a medio bramido y miró a su alrededor, como desconcertado
por aquel inesperado respiro. Sus ojos miopes miraban tan fijamente por encima
de sus cabezas que Varian, una vez todos se hubieron inmovilizado, se dio
cuenta de que Mabel no los vería nunca. Entonces, decidió, el peor enemigo de
Mabel era mucho mayor que el propio herbívoro, y generalmente era percibido por
el olfato ―a juzgar por la rápida dilatación de las fosas nasales de
Mabel― y desde una respetable distancia.
—¿Y ahora que, Varian? —preguntó Paskutti mientras
abandonaban el corral.
En la propia falta de tono de sus palabras, Paskutti
parecía impaciente por saber su respuesta.
—Ahora comprobaremos qué criaturas habitan las
regiones desconocidas mas allá de la placa, de modo que Kai y sus equipos
puedan erigir campamentos secundarios. Hoy disponemos del deslizador, Paskutti,
de modo que si recoges unas cuantas cintas, podemos salir de prospección.
—¿Llevaremos armas?
—Las normales de defensa personal. No vamos a cazar.
Vamos a observar.
Habló más secamente de lo que pretendía, porque
había en la inocente pregunta de Paskutti una ávida intensidad que la
desconcertaba. Tardma permanecía tan inexpresiva como siempre, pero nunca hacía
nada ―ni siquiera sonreír― sin mirar primero a Paskutti en busca de
su permiso.
Cuando entraron de nuevo en el campamento en busca
del equipo, Varian vio a los chicos agrupados en torno al recinto de Dandy,
observando como Lunzie lo alimentaba. Su gruesa y corta cola se agitaba de un
lado para otro con ansiedad o alegría.
—¿Está comiendo bien?
—Es la segunda botella —dijo Bonnard con un orgullo
posesivo.
—Lunzie dice que podemos darle nosotros de comer
cuando nos conozca un poco mejor —añadió Cleiti, y Terilla asintió, con sus
brillantes ojos enormemente abiertos ante la anticipación de la increíble
experiencia.
Pobres
muchachos, pensó Varian, atados a una nave desde su nacimiento. Su propia infancia había
transcurrido entre animales de multitud de mundos, con sus padres veterinarios.
No podía recordar ningún momento en el que no hubiera tenido animales a los que
cuidar. Habían pasado muchas veces a su cargo pequeñas criaturas traídas a sus
padres para que los curaran u observaran cuando éstos decidieron que ya era lo
suficientemente responsable como para asumir la tarea. Las únicas criaturas que
nunca le habían gustado eran los galormis. Su instinto hacia los animales le
había advertido contra ellos en el mismo momento en que aquellos suaves diablos
fueron descubiertos en Aldebarán 4, pero como xenob muy joven que era tuvo que
guardarse para sí misma sus sospechas. En eso tuvo suerte: solamente resultó
con señales de dientes en su brazo cuando los galormis que atacaron a aquellos
que estaban en el domo iniciaron su alimentación nocturna. El animal había
matado ya a su cuidador; se demostró luego que sus incisivos contenían un
paralizante con el que controlaba a sus víctimas. Afortunadamente, el guardia
nocturno, alertado ante la no aparición de su relevo, despertó a toda la
expedición, y los galormis fueron atrapados, inmovilizados y exterminados. El
planeta fue prohibido.
—Primero veremos cómo se comporta Dandy, Terilla
―dijo Varian, que creía firmemente en un viejo adagio: «una vez mordido,
dos veces cauteloso». El originador de la frase puede que no tuviera a los
galormis en mente, pero la aplicación era perfecta.
―¿Cómo está Mabel? —preguntó Lunzie, lanzando
una breve mirada a Varian.
Varian se lo dijo.
―Hoy vamos a explorar el norte. Los equipos de
Kai tendrán que instalar pronto campamentos secundarios, pero no deseamos
encontrarnos con caracolmillos como los que mordieron a Mabel. Se supone
también que los equipos geológicos informarán si han visto animales heridos,
así que tendremos que estar preparados. ¿De acuerdo, Lunzie?
La doctora asintió de nuevo.
—¿Podemos ir contigo, Varian? —preguntó Bonnard—. ¿Si vas en el deslizador grande? Por favor, Varian…
—Hoy no.
—Estás de guardia en el campamento, Bonnard, y tú lo
sabes —dijo Lunzie—. Y además están las lecciones.
Bonnard parecía tan rebelde que Varian le dio un
pellizco en el brazo y le dijo que se comportara. Cleiti, más sensible a la
desaprobación de los adultos, le dio un codazo en las costillas.
—Salimos ayer, Bon. Lo haremos de nuevo cuando
corresponda. —Cleiti sonrió a Varian, aunque su expresión era pensativa.
Una chica encantadora aquella Cleiti, pensó Varian,
mientras ella y los equipos pesados se dirigían hacia el almacén para recoger
sus cosas. Varian comprobó el gran deslizador, pese al hecho de que Portegin lo
había revisado aquella misma mañana.
Estaban en el aire a buena hora, justo después de la
primera lluvia matutina. Como parecía ser regla en Ireta, luego las nubes se
abrieron reluctantemente, permitiendo a la luz blanco amarillenta del sol
llegar hasta el suelo. La máscara facial de Varian se oscureció en respuesta al
cambio de luz, y dejó de fruncir los ojos. A veces encontraba la curiosa luz
amarilla del nublado día de Ireta más penetrante que los rayos directos del
sol.
Tuvieron que volar diez kilómetros más allá del
radio del campamento antes de que el detector empezara a registrar formas de
vida, la mayor parte de ellas ya identificadas. El perímetro «muerto» se había
ido extendiendo desde su aterrizaje, como si el conocimiento de los intrusos se
hubiera ido diseminando lentamente entre los animales indígenas. Aquél era un
mundo lento en reacciones, pensó Varian, porque en mundos más… civilizados…
¿era ésa la palabra que necesitaba? Avanzados, ésa era más exacta. En mundos
más avanzados, la noticia de la llegada de extraños parecía derivar con el
viento de su descenso, y sus habitantes se hacían escasos. A menos, por
supuesto, que se tratara de un mundo inteligente y no violento, donde todos sus
habitantes se reunieran en torno de los recién llegados para verlos.
Algunas veces la bienvenida era discreta, ni
defensiva ni ofensiva, sino distante. Varian pensó en la pantalla defensiva en
torno a los domos y se rió para sí misma. No era necesaria… excepto para
mantener fuera a los insectos. Al menos no bajo las actuales circunstancias,
con los animales manteniéndose a distancia. Quizá la solución al problema de
Kai fuera simplemente establecer físicamente el campamento secundario, completo
con su pequeña pantalla de fuerza, darle a la vida salvaje local el tiempo
suficiente para alejarse de la zona, y luego trasladar a él los equipos.
Pero estaba caracolmillos. Y su tamaño. Recordó las
copas de los árboles agitándose a su paso en la cinta que había tomado Kai. La
pantalla de fuerza principal lo quemaría, y probablemente lo disuadiría. No
había mucha vida animal en torno a esos volcanes activos, de modo que los
animales de Ireta, grandes y pequeños, conocerían lo que era el fuego y las
quemaduras. El problema era que las pantallas más pequeñas no eran lo
suficientemente potentes como para detener un intento decidido de caracolmillos
si estaba hambriento o asustado, y eso era
lo que tenía de averiguar: el apetito de los predadores como caracolmillos.
Varian había tecleado un rumbo hacia el nordeste, la
alta y gran meseta rodeada por las tremendas Montañas de la Luna, como Gaber
las había llamado. Dos subcontinentes habían tenido que chocar el uno contra el
otro, le había dicho pedantemente Gaber, para producir esos enormes picos de
piedra. La meseta debajo de ellos había sido en un tiempo el lecho de un
océano. Cualquiera que fuese a esa zona recibía la petición de Gaber y Trizein
de buscar fósiles en las rocas. Era allí, a los pies de las nuevas montañas de
plegamiento, que Kai esperaba encontrar minerales explotables.
Aquello estaba mucho más allá de los antiguos
sondajes. Por alguna razón, el descubrimiento de las viejas sondas
tranquilizaba a Varian. Kai parecía preocupado acerca de ellas, y la mujer no
podía imaginar por qué. El CEE no parecía dispuesto a perder un planeta que ya
había explorado dos veces. Ademas, los theks vivían lo suficiente como para
corregir cualquier error que pudieran haber cometido ―si es que alguna vez
habían cometido alguno―. O quizá parecieran infalibles simplemente debido
al hecho de que tenían el tiempo suficiente de corregir cualquier error que
hubieran cometido alguna vez
Entre la meseta hacia la que se dirigían, con su
recia maleza ―algo intermedio entre la hierba y los arbustos y
matorrales―, se extendía una ampia franja de bosque tropical habitado por
la especie de Mabel, y donde era probable que acechara el caracolmillos. Lejos
hacia el este se veían nubes y actividad volcánica, y los sensores del deslizador
resonaban débilmente con ocasionales truenos, no de origen meteorológico.
Divisaron un grupo de acechantes carroñeros y
aterrizaron para investigar, pero el animal objeto de atención llevaba tiempo
ya reducido a una pura osamenta, sin evidencias del predador que primero lo
había atacado. Los muertos no duraban mucho en Ireta. Tenaces insectos se
dedicaban al esqueleto con industriosas tenazas y mandíbulas, de modo que los
huesos habrían desaparecido al día siguiente El cráneo, más resistente, estaba
aun intacto, y Varian, tras rociarlo con antiséptico, lo examinó.
—¿Uno como Mabel? —interrogo Paskutti, y Varian giro
el cráneo a uno y otro lado con su bota.
—Crestado, al menos. Mira, el conducto nasal se
extiende. Diría que Mabel y los suyos huelen mucho mejor de lo que ven.
¿Recuerdas su actuación esta mañana?
—Todo huele en este planeta —respondió Paskutti con
la suficiente vehemencia como para hacer que Varian alzara la cabeza y le
mirara. Había creído captar una cierta ironía en sus palabras, pero el equipo
pesado estaba completamente serio.
—Si, el lugar hiede, pero si uno se acostumbra a
ello puede captar los olores mas importantes y actuar de acuerdo con ellos. Sí,
su nariz es su principal línea de defensa.
Tomó algunas imágenes tridi de los despojos desde
corta distancia, y arrancó, con un cierto esfuerzo, una pieza de cartílago
nasal y una astilla de hueso, para posterior estudio. El cráneo era demasiado
voluminoso para transportarlo entero.
Los carroñeros permanecieron en el aire, pero tan pronto
como Varian hizo despegar el deslizador descendieron, como si esperaran que los
intrusos hubieran descubierto algo que se les había pasado por alto en la monda
carcasa.
—No deseamos restos y desechos —murmuró Varian para
sí misma.
La vida y la muerte se movían rápido en Ireta. No
era sorprendente que Mabel, por terriblemente herida que estuviese, hubiera
luchado por mantenerse en pie. Una vez derribados, los heridos raramente
volvían a levantarse. ¿Le habían hecho algún favor al animal, socorriéndolo de
aquel modo? ¿O simplemente habían retrasado un poco su prematura muerte? No,
has heridas estaban sanando: las dentelladas no habían incapacitado ningún
músculo ni roto ningún hueso. Vivía y, a su debido tiempo, estaría de nuevo
completamente sana.
El deslizador se acercaba ahora a la zona general de
pastos donde habían encontrado a Mabel. Varian desconectó el motor principal,
dejando que el aparato planeara. La horda estaba allí. Varian divisó los
moteados lomos bajo las amplias y chorreantes hojas de los árboles, a favor del
viento. Antes se habían precipitado y habían asustado a la horda, que había
huido, excepto Mabel, incapaz de correr lo suficientemente aprisa.
Varian se preguntó acerca del nivel de inteligencia
de los herbívoros. Cabía imaginar que aquella especie hubiera aprendido a
establecer centinelas, de la misma forma que lo hacían los animales en otros
mundos hostiles, para advertir al grueso de la horda de la llegada de
predadores peligrosos. Pero no, el tamaño del cerebro en aquel cráneo mondo era
demasiado pequeño, se dio cuenta Varian, para gobernar a aquel gran animal. ¿Un
cerebro secundario, quizá? Hacía mucho tiempo, muy lejos de allí, había oído
hablar de esa combinación. No era raro poseer una segunda unidad motora de
control en un animal tan grande. Y luego los conductos nasales habían empujado
la caja craneana hacia atrás. Más olfato que sentido, ésa era Mabel.
—Veo uno con el flanco dañado —dijo Tardma, mirando
por el lado de babor—. ¡Un ataque reciente!
Varian avistó el animal indicado por Tardma y
reprimió un estremecimiento. Vio el sanguinolento amasijo de aquel flanco y se
interrogó acerca del estoicismo del animal herido, que seguía mordisqueando las
hojas de los árboles. El hambre trasciende el dolor, pensó. Ésa es la búsqueda dominante
en este planeta: el aplacamiento del hambre.
—Ahí hay otro —dijo Paskutti, tocando a Varian en el
hombro para llamar su atención—. Una herida antigua.
La herida del segundo animal parecía ya encostrada,
pero cuando Varian intensificó los aumentos pudo ver la hormigueante vida
parasitaria que cubría la herida. El herbívoro interrumpía ocasionalmente su
alimentación para mordisquearse el flanco, y masas de parásitos caían al suelo,
abandonando su presa sobre la carne desnuda.
Avanzando lentamente y a favor del viento, siguieron
observando. Con pocas excepciones, todos los herbívoros mostraban terribles
cicatrices en los flancos. Y las excepciones eran los especímenes más jóvenes y
pequeños.
—¿Acaso pueden correr más aprisa? —preguntó Tardma.
—No lo suficiente, imagino —respondió Varian.
—Entones, ¿son protegidos por los adultos? —preguntó
Paskutti—. Recuerde que los más pequeños corrían en el centro de la horda
cuando nos tropezamos con esa especie por primera vez.
—Sigo deseando saber por qué…
—Podemos averiguarlo ahora —dijo Paskutti, señalando
hacia abajo.
En el borde más alejado del bosque, uno de los
herbívoros había dejado de comer y se había tensado sobre sus patas traseras,
con su crestada cabeza apuntando directamente al norte. Se dejó caer de nuevo
sobre las cuatro patas, gimiendo, emitiendo una especie de sonido bufante,
mezcla de lamento y silbido, y echó a correr hacia el sur. Otro animal, no
alarmado por la partida del primero, pareció captar el mismo olor. También se
puso a silbar, se dejó caer sobre sus cuatro patas y echó a trotar hacia el
sur. Uno a uno, independientemente, los herbívoros se alejaron, los más
pequeños siguiendo a los mayores y rebasándoles gradualmente. Los silbidos se
hicieron más ruidosos, asustados.
—¿Aguardamos? —preguntó Tardma, con sus dedos
revoloteando sobre los controles.
—Sí, aguardaremos —dijo Varian, incómodamente
consciente de la reprimida ansiedad en la actitud de Tardma.
No tuvieron que aguardar mucho. Oyeron la ruidosa
aproximación algunos segundos antes de ver al acechante animal, la cabeza baja,
las cortas patas delanteras extendidas como para correr, su gruesa y pesada
cola equilibrando el pesado cuerpo. La enorme boca llena de dientes estaba
abierta y la saliva espumeaba en ella, aunque sin impedir la visión de las
hileras de dientes como púas. Cuando pasó por debajo del suspendido deslizador,
Varian pudo ver sus ojos, unos voraces y pequeños ojos, los malignos ojos del
predador.
—¿Lo seguimos? —preguntó Tardma, con su voz
curiosamente falta de aliento.
—Sí.
—¿Para detener el equilibrio ecológico? —preguntó
Paskutti.
―¿Equilibrio? Lo que hace este animal no es
equilibrio, no mata por necesidad: mutila por simple placer.
Varian sintió que la fuerza de sus propias palabras
la sacudía internamente. No hubiera debido sentirse tan trastornada.
—Quizá sí, quizá no —dijo Paskutti, y puso en marcha
el motor del aparato para seguir al predador.
Aunque no siempre estaba en el visor, su camino
podía ser seguido fácilmente por los árboles rotos o sacudidos, la brusca
agitación de las formas aéreas de vida o el repentino huir de los pequeños
animalillos del bosque. Su velocidad era considerablemente mayor que la de los
torpes herbívoros, y era sólo cuestión de tiempo el que eliminara la distancia
que los separaba. Si bien Varian se descubrió a sí misma respondiendo al
estímulo de la caza, la respiración entrecortada, la garganta seca y un ligero
estremecimiento interior, se sintió atónita ante la metamorfosis sufrida por
los equipos pesados. Por primera vez desde que trabajaba con ellos estaban
exhibiendo emociones: sus rostros estaban contorsionados por la excitación, por
una ansiedad y una avidez que no tenía nada que ver con ninguna reacción
civilizada.
Varian se sintió atónita ante aquello, y si hubiera
sido ella quien estaba a los controles en vez de Paskutti hubiera hecho girar el
aparato para alejarse de aquella caza. Pero esto hubiera sido un acto que
hubiera minado su autoridad sobre los equipos pesados. Eran tolerantes a las
limitaciones físicas que producía la gravedad escasa, pero despreciaban la
cobardía moral. Después de todo, se dijo Varian, era ella quien había
organizado aquella expedición para descubrir lo peligroso que era el predador
para los herbívoros y en consecuencia para los campamentos secundarios. No
podía echarse atrás ahora. Y tampoco comprendía sus propias reacciones. Había
visto formas de muerte mucho más horribles, peores batallas de animales contra
animales.
El predador había llegado a la altura de la horda.
Seleccionó a uno de sus miembros, persiguiendo al aterrado animal hasta un
callejón sin salida formado por unos árboles derribados. Frenético, el
herbívoro intentó escalar los troncos, pero sus patas delanteras no le servían
para ello, y pesaba demasiado para que los troncos lo sostuvieran. Bramando y
silbando, cayó en poder del predador. Con un poderoso golpe de una de sus patas
traseras, el carnívoro derribó al herbívoro paralizado por el terror. El
predador midió la distancia al estremecido flanco; sus garras delanteras, mucho
más pequeñas que sus poderosas patas traseras, eran casi obscenas en su gesticulación.
El herbívoro chilló cuando los dientes del predador se hundieron en su costado
y desgarraron un horrible bocado de carne. Varian sintió una arcada.
—Quita de en medio a ese horror, Paskutti. ¡Mátalo!
—No puede rescatar a todos los herbívoros de este
mundo matando a un solo predador —dijo Paskutti, con los ojos fijos en la
escena de abajo, radiando lo que Varian reconoció como anhelo de sangre.
—No los estoy rescatando a todos, sólo a ése
—exclamo la mujer, tendiendo la mano hacia los controles.
Paskutti, con el rostro adoptando una actitud más
familiar, menos emotiva, hizo girar al deslizador y picó sobre el carnívoro,
que estaba preparándose para un segundo mordisco. Cuando los chorros del
deslizador rozaron la piel de su cabeza, rugió. Alzándose sobre sus patas
traseras, equilibrándose con su enorme cola, intentó agarrar el aparato.
—Otra vez, Paskutti.
—Sé lo que estoy haciendo —dijo Paskutti, con voz
clara y peligrosa.
Varian miró a Tardma, pero ella no tenía ojos más
que para la curiosa batalla. ¡Y está del lado del predador!, pensó Varian,
abrumada.
Esta vez Paskutti atrapó al predador desequilibrado.
Para mantenerse erguido tuvo que soltar al herbívoro.
—¡Levántate, animal estúpido! ¡Levántate y corre!
—exclamó Varian, mientras el gimiente y sibilante comedor de hierba permanecía
tendido allá donde había caído, rezumando sangre por el mordido flanco.
—No es lo bastante listo como para saber que está
libre —respondió Tardma, sin asomo de desdén en su voz.
—Haz retroceder al carnívoro, Paskutti.
Varian no necesitaba decirlo, porque aquello era
precisamente lo que estaba haciendo el equipo pesado. El predador, reconociendo
ahora como un enemigo a lo que tenía sobre su cabeza, intentó derribar del
cielo a la amenaza con sus patas delanteras y su enorme cabeza. En vez de ello
fue empujado hacia atrás, hacia atrás, lejos del herbívoro.
Paskutti jugueteó con el animal, que intentó
impotentemente defenderse. Antes de que Varian se diera cuenta de lo que
pretendía Paskutti, el hombre hizo girar el deslizador y arrojó toda la
potencia de sus chorros contra la cabeza del predador. Un aullido de dolor
retumbó en sus oídos mientras el aparato aceleraba violentamente, arrojando a
Tardma y Varian contra sus correas de seguridad. El empuje se invirtió cuando Paskutti
cambió la dirección del vuelo para observar el efecto de su castigo.
El carnívoro estaba intentando llevarse las patas
delaneras a su rostro, ahora ennegrecido y sangrante por el golpe de los
chorros. Agitaba agónicamente su cabeza de uno a otro lado y se tambaleaba
ciegamente.
—Veamos ahora si ha aprendido la lección —dijo
Paskutti, y condujo el deslizador de vuelta hacia el animal.
Éste oyó el aparato, rugió y echó a correr
ciegamente en dirección opuesta.
—Bien, Varian. Ha aprendido que un deslizador
significa dolor. Ese no volverá a molestar cuando oiga el ruido de uno de
nuestros aparatos.
—No es eso lo que yo intentaba hacer, Paskutti.
—Ustedes los xenob tienen el corazón demasiado
blando. Ese asesino es duro. Se recobrará. ¿No desea atender al herbívoro
herido?
Controlando con un tremendo esfuerzo su repentina
revulsión hacia Paskutti, Varian asintió y tomó su equipo veterinario. El
herbívoro estaba aún tendido de costado, demasiado aterrado para levantarse y
huir. Su pierna afectada se estremecía y los músculos puestos al descubierto se
tensaban y destensaban, haciendo que a cada movimiento el herbívoro silbara y
berreara de dolor. Varian ordenó a Paskutti que inmovilizara el deslizador
directamente encima del animal, que no reparaba en nada excepto en sus propios
terror y dolor. Era más sencillo rociar el antibiótico y el spray sellante
desde arriba. Siguieron flotando, a bastante altura, hasta que el animal se dio
cuenta de que ya no había ningún peligro y se puso tambaleante en pie. Luego olisqueó
a su alrededor y, tranquilizado, echó a andar, berreando cuando la acción
refleja lanzó una oleada de dolor a través de su pata. Arrancó bruscamente unas
colgantes ramas y las masticó. Buscó más comida, yendo de un lado para otro, y
finalmente echó a andar alejándose de la trampa, olisqueando ocasionalmente al
viento y silbando cuando recordaba que estaba herido.
Varian se dio cuenta de que Paskutti estaba
observándola. No quiso mirarle directamente por temor a que él pudiera leer la
revulsión en sus ojos.
—Bien, extenderemos nuestra búsqueda por esta zona.
Necesitamos saber qué otras formas de vida hay en estas colinas antes de que
los geólogos puedan trabajar seguros aquí.
Paskutti asintió e hizo girar el deslizador de nuevo
hacia el nordeste.
Encontraron y registraron otros tres tipos de
herbívoros en hordas. Varian, aún entumecida por el incidente anterior, fue
despertando gradualmente al hecho de que cada una de las nuevas especies debía
haber tenido un antepasado común antes de que el desarrollo de las diferencias
evolutivas las situara en un subgrupo.
Cuando regresaron al campamento base, tras el inicio
de la lluvia de la tarde, Varian observo que Tardma y Paskutti se sentían tan
felices de liberarse del encierro del deslizador como ella. Le dijo a Paskutti
que revisara el aparato, a Tardma que llevara a Gaber las cintas, y se dirigió
a examinar a Mabel. El herbívoro había reducido los árboles de su recinto a
meros tocones. El sellado de la pierna había resistido, y no parecía
preocuparse por su herida. Varian se sentía a la vez ansiosa y reluctante de
soltar a su paciente, pero la logística de proporcionarle a Mabel suficiente
forraje hacía necesaria su independencia.
Decidió soltarla por la mañana y seguirla a una
discreta distancia con el deslizador. Quería establecer si emprendería
instintivamente el camino hacia una dirección determinada, o si tenia algún
medio de comunicarse con otros miembros de su horda o especie. Hoy, los
herbívoros habían respondido a la peligrosa aproximación del predador de una
forma individual. Era una lástima que aquellos estúpidos animales no supieran
unirse para hacer frente a su atacante. En masa, podrían vencerle si tenían el
valor necesario. O algún líder.
Tal vez pudiera estimular la inteligencia de Mabel
de alguna manera, pensó. Pero rápidamente decidió que un programa así sería
imposible. Tomaría demasiado tiempo, y las posibilidades de éxito con el
espacio cerebral de que disponía Mabel eran demasiado escasas. Mabel necesitaba
alguna modificación física para conseguir un cierto grado de inteligencia. No
había espacio suficiente en su cráneo mas que para la locomoción esencial. A
menos que tuvieran un segundo cerebro de reserva… y dispusieran también de
mejor control motor. Naturalmente, había encontrado especies con centros
nerviosos auxiliares para el control de las extremidades mientras su
inteligencia, o cerebro principal, estaba localizado centralmente en la parte
más protegida de su cuerpo. El hombre, se recordó Varian no por primera vez,
estaba bastante mal diseñado corporalmente. Comprendía que los theks
mantuvieran esa opinión.
Regresaba pensativamente al campamento cuando oyó el
zumbido de un deslizador regresando, y a alguien que la llamaba. Tuvo un atisbo
del rostro de Kai; parecía contento por algo. Le hizo señas de que acudiera
rápidamente a su encuentro. Cuando lo hizo, su rostro normalmente serio y
tranquilo resplandecía de excitación. Incluso Bakkun mostraba una aureola de
satisfacción.
—Hemos conseguido algunas cintas que tienes que ver,
Varian. Encontramos a uno de tus caracolmillos…
—¡No me hables de ellos!
—¡Eh! ¿Has tenido un mal día? Bueno, esto te
alegrará. Necesito tu opinión de experto.
—Llevaré lo que hemos encontrado a Gaber —dijo
Bakkun, dejando a los dos co-comandantes y dirigiéndose a largas zancadas hacia
el domo del cartógrafo.
—Entonces, ¿has tenido un buen día? —Varian echó a
un lado su taciturno humor. No tenía derecho a deprimir a Kai, o a estropearle
su logro.
—Muy bueno. Espera a verlo… —la estaba conduciendo
hacia la lanzadera—. Oh, y el tuyo, ¿cómo ha ido? ¿Has investigado esa zona del
nordeste de las colinas, para ver si podemos instalar un campamento secundario?
—Veamos primero tus cintas —dijo ella, y ambos
penetraron en la lanzadera y se dirigieron rápidamente a la cabina del piloto.
—Admito que no sé mucho sobre comportamiento animal
—dijo, mientras deslizaba la cinta en el visor y lo activaba—, pero esto
simplemente no me parece lógico. ¿Sabes?, encontramos a esas aves doradas a
unos buenos ciento sesenta kilómetros del mar…
—¿Qué? Eso no tiene sentido…
La cinta estaba funcionando ya, y la mujer contempló
a los animales voladores aparecer en la pantalla, con los jirones de hierba
visibles en sus picos.
—No pensarás que…
―He tomado muestras de todos los vegetales que
había allí: hierba, matorrales… Y son
verdes, en vez de semipúrpuras o azules. Ahora mira…
―¡Demonios! ¿Qué está haciendo ahí esa cosa?
—El predador había entrado en el valle, una figura enana hasta que las lentes
de aproximación aumentaron su tamaño casi al real—. Ése es el animal que mordió
a Mabel, y…
—No puede ser el mismo.
—Me doy cuenta de ello, pero son doblemente
peligrosos. Nos enfrentamos a uno hoy, le pegó un buen bocado a otro hervíboro
hasta que intervinimos. ¡Hey, mira eso, está comiendo hierba! —la sorpresa
mantuvo a Varian en silencio unos instantes—. Me pregunto qué hay tan esencial
en esa hierba. Malditamente curioso. Una creería que tienen todo lo que
necesitan en su propio entorno. Bien, puede que sea algo local. Pero las aves
no pueden…
—Eso es lo que creo yo también. Ahora viene la parte
realmente asombrosa…
El visor llegó a la escena en la cual las doradas
aves se daban cuenta de la presencia del predador y éste de la suya, la línea
defensiva de los animales alados y su ordenada evacuación.
—¡Kai! ¡Kai! ¿Dónde está? —Era la voz de Dimenon, el
geólogo jefe de Kai—. ¡Kai!
—Hey, Dimenon, estamos en la parte delantera
—respondió Kai, cortando el visor.
—Vinimos aquí en busca de transuránicos, ¿no?
—preguntó Dimenon de forma espectacular, mientras entraba en la pequeña cabina
con una igualmente excitada Aulia a su lado.
—Por supuesto…
―Encontramos la mena más grande que puedas
imaginarte de pechblenda… ¡con una concentración que no podras llegar a creer!
—¿Dónde?
―¿Sabes que fuimos a seguir esa línea de
viejas sondas, para continuar la exploración allá donde terminaba? Bien,
terminaba al borde mismo de un geosinclinal; la orogénesis es muy posterior a
la de esta zona. Fue Aulia quien observó la vena, el lustre amarronado, en el
único intervalo soleado que tuvimos. Plantamos sismodetectores en una
triangulación aproximada, produjimos un falso seísmo de poca intensidad, y
estas son las lecturas que conseguimos —blandió el resultado como quien exhibe
un tesoro—: rica lo mas arriba posible en la escala. Bueno, sólo esto justifica
ya toda la expedición. Y con todas esas nuevas montañas de plegamiento, apuesto
a que solamente es el primero de muchos. ¡Lo conseguimos, Kai! ¡Lo conseguimos!
Kai estaba dándole palmadas a Dimenon mientras
Varian abrazaba a Aulia con una completa falta de inhibición, al tiempo que el
resto del equipo geológico empezaba a reunirse en el pequeño compartimiento
para sumarse a las congratulaciones.
—Estaba empezando a hacerme preguntas acerca de este
planeta. Había huellas, sí, pero tenían que existir más depósitos minerales
—estaba diciendo Triv.
—Triv, olvida usted que nos hallamos en una vieja
placa continental, donde probablemente nunca ha habido demasiados —dijo Gaber,
con su rostro manchado de tinta reflejando por una vez un genuino buen humor.
—Todo lo que teníamos que hacer era ir mas allá de
la placa, y mirad lo que hemos conseguido —Dimenon inicio de nuevo su danza
triunfal, agitando la cinta de sus resultados como una bandera hasta que se
enganchó en el hombro de Portegin y empezó a romperse. Inmediatamente detuvo
sus giros y empezó a enrollar cuidadosamente la importante cinta, guardándola
en el bolsillo de su pechera—. ¡Sobre mi corazón, siempre!
—Pense que era yo quien estaba ahí —sonrió traviesa
Aulia.
—Creo que esto se merece una celebración —dijo
Lunzie, asomando la cabeza por la puerta
—¡No me digas que tienes escondido algún brebaje de
la felicidad por alguna parte! —exclamó Dimenon, agitando hacia ella un dedo
acusador.
—Las formas en que puede servirse esa fruta son
mterminables, ¿sabes? —respondió ella, tan inocentemente que Varian se puso a
lanzar vítores.
—¿Acaso no sabíais que Lunzie era capaz de conseguir
cualquier cosa?
—¡Tres hurras por Lunzie, la dietista destiladora!
—¿Y como sabéis que las destilé? —pregunto Lunzie
suspicazmente.
—¿Para que otro motivo montaría Trizein una columna
de destilación fraccionada?
Aquello arranco nuevas risas y felicitaciones, y fue
eso lo que hizo observar a Varian que los solemnes equipos pesados estaban
ausentes. No dijo nada al respecto, aunque no dejó de hacerse preguntas. Seguro
que Dimenon no había mantenido en secreto su descubrimiento en la zona de
aparcamiento de los deslizadores. ¿Dónde estaban los equipos pesados, que no se
reunían con el resto para celebrar el primer auténtico triunfo de la
expedición?
Lunzie estaba diciendo que no estaba segura de lo
bueno que podía ser el brebaje. El producto no había tenido tiempo de asentarse
ni de envejecer. Pero seguramente, dijo Dimenon con tono lisonjero, todos
sabrían apreciarlo, fuera cual fuese su sabor. El grupo empezó a desfilar fuera
de la lanzadera y se dirigió hacia el domo central. Varian no vio ninguna señal
de los equipos pesados, pero había luz en los compartimientos que ocupaban. Al
pasar junto al cuadro central de mandos, hizo sonar la campana de alarma en
secuencia de aviso. El iris de los aposentos de los equipos pesados se abrió
ligeramente y unos enormes hombros y una cabeza se asomaron, silueteados por la
luz interior.
—¿Sí? —era Paskutti.
—¿No has oído, Paskutti? Hemos encontrado un enorme
deposito de pechblenda. Lunzie ha destilado un poco de bebida de las frutas que
trajimos. Vamos a probarla para celebrarlo.
Una enorme mano hizo un gesto inconcreto, y el iris
se cerró.
—¿Vuelven a mostrarse reservados? —pregunto Kai,
haciendo una pausa en su camino al domo central.
—Tienen distintos entusiasmos que nosotros, es
cierto… —y repentinamente Varian recordó el destello de intensa reacción que
había visto en Paskutti ante el ataque del predador sobre el herbívoro.
—Siempre trabajo, nada de diversión… ¡Vamos,
Paskutti! —rugió Kai—. ¡Tardma, Tanegli, Bakkum… hatajo de…!
El iris volvió a abrirse, y los equipos pesados
salieron lentamente y cruzaron el campamento para unirse a la celebración.
Cuando hubieron terminado el primer contenedor del
brebaje de Lunzie, Kai sentía un respeto mucho más considerable hacia la
versatilidad de aquellas frutas y hacia los recursos de Lunzie, que ya eran una
leyenda en la expedición. Casi empezaban a gustarle. Sus preferencias iban
hacia las bebidas un tanto ácidas, y aquella tenía un punto que satisfacía su
paladar.
Se sorprendió al ver que Lunzie llenaba gravemente
tres jarras pequeñas para los tres muchachos, pero cuando empezó a levantarse
para protestar, ella le hizo un plácido gesto con la cabeza. Kai observó
mientras Bonnard daba un sorbo experimental y luego hacía una mueca de
decepción.
—Uf, Lunzie, eso es solamente zumo.
—Exacto. ¿Qué otra cosa esperabas a tu edad?
—Pero le has añadido algo, ¿verdad, Lunzie?
—Sí, lo he hecho. Intenta determinar qué.
—Probablemente algo bueno para nosotros —dijo Bonnard en un murmullo que problablemente
Lunzie no oyó, puesto que estaba vuelta hacia otro lado.
Kai, divertido por el incidente, se dirigió hacia la
mesa de la comida y empezó a llenarse un plato. Había una mezcla de productos
sintetizados y naturalezas, incluida una empanada hecha con las algas que
Trizein había estado cultivando. Sabía débilmente al ácido telurhídrico que lo
empapaba todo en aquel planeta. Kai pensó de nuevo que de no ser por aquel
hedor, Ireta sería un lugar maravilloso.
Permaneció un poco apartado mientras comía,
observando a los demás miembros de su equipo, calibrando la reacción general al
descubrimiento de Dimenon y Margit. Un golpe de suerte como aquél incrementaba
automáticamente los beneficios del grupo expedicionario que había hecho el
descubrimiento, y esto podía producir algunos resentimientos. Por supuesto,
ahora que sabían que la zona de la placa había sido explotada, iban a tener que
ir directamente a las más cercanas zonas orogénicas. A partir de ahora los
descubrimientos serían la regla, y no la excepción.
Y eso significaría que Kai tendría que informar de
los descubrimientos a la NE. ¿Cuánto tiempo serían Varian y él capaces de
seguir ocultando el hecho de que la expedición ya no se hallaba en contacto con
el CEE? Los equipos estarían esperando alguna especie de reconocimiento de sus
logros por parte de la nave madre.
Bien, pensó Kai, entraba dentro de los
procedimientos estándar el aguardar hasta que hubieran efectuado una
concienzuda exploración del lugar y probado el filón. Eso le daba algunos días
de gracia. Luego estaba dentro del curso normal de las operaciones el que la NE
no recogiera el mensaje del enlace hasta unos ocho o diez días después. Tras lo
cual, él y Varian podían verse obligados a reconocer la falta de comunicación.
Por supuesto, por aquel entonces quizá la nave hubiera superado la zona de
interferencia de la tormenta y recogido los informes enviados hasta entonces.
Kai decidió no preocuparse por ese problema en aquellos momentos. Tomó un largo
sorbo del brebaje de Lunzie; descendió suavemente por su garganta, con apenas
un débil regusto de telurhídrico.
Mirando a su alrededor, Kai observó que Varian
estaba estudiando atentamente a los equipos pesados, con el ceño contraído en
una expresión de suave desconcierto. Paskutti estaba riendo, lo cual ya era
bastante raro, ante algo que había dicho Tanegli. ¿Era posible que el brebaje
de Lunzie tuviera un efecto liberador sobre los equipos pesados? Pero eso no
debería desconcertar a Varian. Se acercó a la mujer.
—¿Nunca habías visto reír a Paskutti antes?
—Oh. Me has asustado, Kai. Lo siento, pero… no están
borrachos, evidentemente… —Miró su propia jarra, examinándola meditativamente—.
Han bebido exactamente lo mismo que yo, pero ellos… son diferentes.
—Yo no veo ninguna diferencia, Varian. Excepto que
ésta es la segunda vez en mi vida que veo a Paskutti reír, y llevo tres años
estándar trabajando con él. No es nada de lo que preocuparse, o… —la miró intensamente
por un momento—. ¿Ha ocurrido algo hoy?
—Sí y no. Oh, solamente un incidente más bien
brutal… un predador atacando a un herbívoro del tipo de Mabel. Fue algo
desagradable —agitó la cabeza y le sonrió con decidido buen humor—. No estoy
demasiado acostumbrada a los animales domésticos, supongo.
—¿Como los galormis?
Ella se estremeció.
—Sabes como animarme —dijo. Le sacó la lengua y
luego se echó a reír cuando él hizo lo mismo—. No, los galormis eran listos, a
su manera. Tenían la habilidad de actuar conmovedoramente, como los animales
que aprendemos a conocer y a amar a través de las cintas tridi. Mi viejo
instructor veterinario siempre nos advertía de que no debíamos confiar nunca en
ningún animal, no importaba lo bien que lo conociéramos, amáramos o confiáramos
en él. Pero… Oh, bueno. Llevo mucho tiempo con esa sosa gente, y supongo que
estoy imaginando cosas. Ésta es una ocasión feliz, de modo que divirtámonos.
Mañana vamos a tener mucho trabajo. Y —añadió, girándose ligeramente para
ocultar sus palabras de cualquiera que estuviese cerca— ¿qué vamos a hacer
respecto al mensaje a la NE?
—Yo he pensado en lo mismo —dijo Kai, y le explicó
cómo se proponía manejar el problema.
—Me parece bien, Kai; es lo más sensato. Solamente
espero oír alguna noticia de ellos dentro de ese período. ¿Sabes?, podrías
preguntarles a los theks en nuestro próximo contacto si recuerdan algo acerca
de una expedición anterior a este planeta.
—¿Debo mostrar curiosidad o desaprobación ante el
hecho de que aterrizamos sin tener ningún conocimiento de una expedición
anterior?
—¿Apreciarán los theks algún estímulo emocional?
—Lo dudo, pero el truco es conseguir que piensen
activamente en algo.
—Cuando logremos que se decidan a pensar en algo, es
probable que ya estemos muy lejos de aquí. —Varian hizo una pausa y luego, como
sorprendida ante sus propias palabras, añadió—: ¿Crees que el thek más viejo
pudo formar parte del grupo original?
—Varian, se necesita un millón de años para producir
los cambios tectónicos que enterraron esas antiguas sondas. Ni siquiera un thek
vive tanto.
—¿Su hijo, entonces? ¿Transferencia directa de la
memoria? Sé que practican eso de generación en generación.
—¡Ése puede que sea el motivo!
—¿De qué?
—De que se haya perdido todo el conocimiento sobre
Ireta. Inadecuada transferencia de memoria.
—Kai, ya estás acusando de nuevo a los theks de
falibilidad. ¡Y han hecho la mitad del trabajo por ti!
Kai le lanzó una rápida y preocupada mirada, pero se
dio cuenta de que ella estaba bromeando.
—No la mitad peligrosa… simplemente delimitaron la
placa. Lo cual me recuerda, si puedes prescindir de ellos, que mañana me
gustaría tomar prestados los equipos pesados. Vamos a tener que trasladar un
montón de equipo y Dimenon dice que el terreno es malo. Gaber tendrá que acudir
al lugar para trazar un mapa detallado.
—¿Quién se quedará entonces en el campamento?
—Lunzie prefiere quedarse de guardia. Divisti desea
efectuar algunas pruebas, y Trizein no saldrá de su laboratorio. Oh, mierda,
los jóvenes…
—No te preocupes por ellos. Yo me haré cargo. Me
gustará ir a echarle una ojeada a la veta. Y les hará bien venir conmigo.
Podemos dar una vuelta y luego dejarte trabajar en paz. Creo que Bonnard podrá
ocuparse del detector, aunque tú no consideres…
—Sabes mis motivos, Varian.
—Estaba bromeando, Kai. Pero los chicos pueden
ayudarme tanto como los equipos pesados comprobando las inmediaciones en busca
de las deposiciones de la vida salvaje. Siempre que permanezcamos en el
deslizador —añadió, cuando se dio cuenta de que Kai iba a decir algo.
Lunzie se reunió con ellos en aquel momento, y Kai
la felicitó por la bebida. Lunzie frunció el ceño mientras contemplaba
dubitativamente la jarra.
—Todavía no está bien del todo. Debo destilarla de
nuevo, ver si puedo filtrarla para eliminar ese regusto telurhídrico.
—Sí, hazlo, Lunzie, por todo lo que quieras —dijo
Kai, y tendió su jarra para que volviera a llenársela, quejándose cuando ella
no lo hizo.
—No necesitas una resaca para mañana. Esta fruta es
potente. —Lunzie señaló hacia los equipos pesados, cuyas profundas risas
resonaban en el domo con creciente frecuencia—. Ellos sienten sus efectos, y su
metabolismo puede tolerar más alcohol que el nuestro.
—¿Parecen borrachos, Varian?
—¿Borrachos? Quizá.
Era posible, pensó Varian, atribuir a aquello la
forma en que se estaban comportando entre sí, acariciándose y sobándose. El
alcohol era un afrodisíaco ligero para algunas especies, aunque nunca había
oído que afectara de aquella forma a los equipos pesados. Estaba preguntándose
si debía decirles algo al respecto cuando de pronto, como movidos por una señal
espontánea, los equipos pesados abandonaron al unísono el domo.
—Es bueno ver a alguien que sabe reconocer sus
limitaciones —dijo Lunzie—. Tomaré su tácito consejo y resistiré a la
tentación.
Varian protestó diciendo que ella solamente se había
servido una vez: Kai lo había hecho dos veces. Lunzie le echó un poco más y
luego salió del domo. Gaber fue a seguirla, pero una seca observación lo detuvo
en la puerta. Con el ceño fruncido, el cartógrafo regresó junto a Varian y Kai.
—La velada apenas ha comenzado —dijo con tono
agraviado—. ¿Por qué tiene que llevarse la bebida?
—Está preocupada por su fuerza. —Varian estudió el
líquido verde pálido de su jarra con marcada suspicacia—. Seguro que causó efecto
en los equipos pesados.
Gaber lanzó un bufido.
—No tiene por qué privarnos a nosotros por el hecho
de que ellos posean cabezas blandas pese a sus duros músculos.
Kai y Varian intercambiaron miradas, porque Gaber se
trabucaba en algunas de sus palabras, se diera cuenta del hecho o no. El
cartógrafo dio un cuidadoso sorbo, cerrando los ojos para concentrarse en la
apreciación del sabor.
—Es la primera cosa decente en este planeta —dijo—.
La única que no hiede. Y Lunzie se la lleva. No es justo. No es justo en
absoluto.
—Mañana vamos a tener un día duro, Gaber.
—¿Le ha dicho usted
que nos racionara? —Gaber estaba completamente dispuesto a transferir su
irritación de Lunzie a Kai y Varian.
—No. Ella es la dietética y la doctora, Gaber. Este
brebaje ha de tratarse al parecer con cuidado. Pueden producirse reacciones
adversas, y mañana…
—Lo sé, lo sé. —Y Gaber agitó irritadamente su mano
para cortar la frase de Kai—. Mañana vamos a tener un día duro. Es bueno que
tengamos algo como esto para consolarnos cuando estemos… —Cortó bruscamente su
frase, mirando aprensivamente a Kai, que fingió no darse cuenta—. He de
reconocer que tiene un curioso sabor —concluyó, y se alejó apresuradamente.
—¿Consolarnos cuando estemos… qué, Kai? —preguntó
Varian, preocupada.
—Gaber me vino con la estúpida idea de que habíamos
sido plantados.
—¿Plantados? —Varian reprimió la palabra tras su
mano, y luego dejó escapar libremente la risa—. Lo dudo. No en un planeta tan
rico en transuránicos como éste. En absoluto. Se necesitan demasiado esos
elementos. Y no han bajado al planeta ningún tipo de equipo pesado para que
podamos efectuar ninguna clase de extracción minera. Y mucho menos para el
refinado de elementos transuránicos. Gaber siempre ha sido un tipo pesimista.
No sabe ver el lado bueno de las cosas.
—Yo también me reí de él, Varian. Sólo que…
—Co-comandante Kai —Varian le miró fijamente—, por
supuesto que lo hiciste. Es estúpido, absurdo, y lo único que deseo es que los
demás informes hayan sido recogidos del satélite para que nadie pueda tener
ninguna duda. —Lanzó a Kai una frenética mirada, luego agitó la cabeza—. No, no
encaja. No fuimos plantados. Pero, si no tenemos noticias de la NE, no confío
en que Gaber no difunda el rumor. —Contempló su vacía jarra—. ¡Maldita Lunzie!
Justo cuando necesitaba otro sorbo.
—Creí que habíamos decidido no preocuparnos acerca
de la NE.
—No estoy preocupada. Sólo refunfuño. ¡Me gusta este
brebaje! Hay algo curioso en él.
—Probablemente algún aditivo alimenticio —dijo Kai,
recordando la queja de Bonnard.
Varian estalló en una carcajada.
—Apuesto a que sí: es muy propio de Lunzie. Nuestra
salud es su principal preocupación.
Dimenon, rodeando posesivamente a Margit con el
brazo, avanzó hacia ellos. No podía haber bebido más que cualquier otro, pues
Lunzie había mantenido muy controladas las dosis, pero su rostro estaba
enrojecido y se mostraba decididamente alegre. Informó a Kai que insistía en
que la mina de pechblenda fuera bautizada Margit. Se mostró también insistente
en que compartieran el triunfo, como era costumbre, y los dos se enzarzaron en
un benevolente altercado, cada cual llamando en su apoyo a sus correspondientes
amigos del equipo hasta que todos se vieron implicados en la discusión.
Gaber no era el único irritado por la precipitada
partida de Lunzie con la bebida, y Kai se sintió sorprendido al recibir toda
una serie de veladas quejas acerca de los equipos pesados. Aquello le preocupó,
pues siempre había sido muy sensible a las fricciones entre los grupos
geológicos.
A la mañana siguiente tuvo otros motivos adicionales
para pensar en los equipos pesados, puesto que no estaban actuando de su
habitual forma estólida y digna de confianza: se movían torpemente, casi
arrastrándose, parecían cansados, y permanecían hoscamente inmóviles.
—No pueden haberse emborrachado con dos medias
jarras —murmuró Varian a Kai, tras observar ella también la taciturna actitud
del grupo—. Y sus aposentos estaban a oscuras muy temprano. Han dormido lo
suficiente.
—Si es que fueron a dormir —respondió Kai,
sonriendo.
Varian abrió mucho la boca, sorprendida, y luego
soltó una risita.
—Tiendo a olvidar que ellos también poseen impulsos sexuales. Es un ciclo extraño, compulsivo en la época de celo, por decirlo así, sobre su propio planeta. Generalmente no se comportan así cuando se hallan en una misión.
—¿Acaso hay alguna ley prohibiéndoselo?
—No, simplemente ellos no… —Pareció encontrar
aquello embarazoso—. Bien, sudarán lo que tengan en esas laderas, esta mañana
—añadió, mirando hacia las colinas que se alzaban altas y más altas hasta las
enormes montañas que dominaban el horizonte.
Estaban en la base de la depresión de la cordillera
donde se hallaba la pechblenda, contemplando el plegamiento. La lustrosa vena
amarronada era visible allá donde el suelo había sido marrón claro.
—Es un depósito fantástico, Kai. Del mismo modo que
su localización. Una de las grandes naves mineras puede descender simplemente
encima e iniciar la extracción sin apenas moverse.
Reforzó enfáticamente sus palabras con gráficos
gestos de sus manos, curvando los dedos como si arañara la tierra.
—No sabía que hubieras trabajado con un grupo
geológico antes.
—Galorm fue explorado por sus minerales, no por su
vida salvaje, Kai. De acuerdo, fue su vida salvaje lo que lo hizo célebre, pero
los xenob bajamos allí solamente para catalogar otra variación de la vida.
—¿Y no te importó?
—¿El qué? ¿Que mi misión fuera secundaria? —se alzó
de hombros y sonrió para tranquilizarle—. No, Kai. La energía es mucho más
importante que la vida salvaje.
—La vida —y Kai hizo una pausa para reforzar la
inclusividad de la palabra— es mucho más importante que cualquier objeto
inanimado —e hizo un gesto hacia la pechblenda.
—Que resulta ser esencial para sustentar la vida, en otros planetas y en el espacio. Tenemos que sustentar, proteger e investigar. Yo estoy aquí para inspeccionar la vida que existe en Ireta, y tú estás aquí para asegurar que la vida en otros lugares pueda continuar en su gran y gloriosa escala. La experiencia que yo consiga aquí puede situarme algún día donde realmente deseo estar.
—Que es… —Kai estaba intentando ver al mismo tiempo
lo que Paskutti y Tardma estaban haciendo con un sismógrafo.
—Conservación planetaria. Ahora —prosiguió, dándose
cuenta de que la atención de él se desviaba hacia otro lado—, será mejor
aumentar la reputación necesaria para conseguirlo estudiando esas aves tuyas.
Primero puedo examinar esta zona.
Ambos contuvieron la respiración cuando Tardma
vaciló, luchó por recobrar el equilibrio de su cuerpo y de la pesada mochila de
delicados instrumentos que estaba subiendo por la ladera.
—¿Qué diablos puso Lunzie en ese brebaje para
afectarles de tal modo?
—¡Es Ireta el que les está haciendo esto! La bebida
no nos afectó a nosotros de este modo. Ahora me voy, Kai. Sólo para tener un
poco entretenidos a los chicos.
—Necesitaré el deslizador grande aquí, ya sabes.
—Sí, al atardecer. Silba si lo necesitas antes —dijo
ella, haciendo un gesto hacia su comunicador de pulsera.
Bonnard se mostró decepcionado de tener que alejarse
antes de la primera sacudida sísmica, pero cuando Dimenon le dijo que iba a
tomar varias horas prepararlo todo, se fue de buen grado con Varian.
Terilla se había mostrado encantada con las
sorprendentes enredaderas en flor y, enfundándose cuidadosamente sus gruesos
guantes, había reunido varios tipos, que fue colocando en las bolsas que
Divisti le había proporcionado para este fin. Cleiti, que tendía a ser la
ayudante de Bonnard en todo, contempló la actividad de la otra muchacha, más
joven que ella, con un altanero desdén. Varian los condujo a todos hacia el
gran deslizador y les dijo que ocuparan sus puestos y aseguraran sus
cinturones.
Estaba comprobando el tablero de a bordo cuando se
sorprendió ante las horas de uso del aparato. Evidentemente, ella no lo había
utilizado doce horas el día anterior. Incluso restando las dos horas necesarias
para alcanzar esas colinas, no podía haber estado funcionando durante más de
seis horas ayer. Eso dejaba un enorme lapso sin explicar… y hacía que el
deslizador necesitara una revisión y una recarga.
Le preguntaría a Kai al respecto cuando regresara.
Quizá simplemente ella no había anotado correctamente las cifras, o tal vez el
deslizador había sido utilizado cuando ella estaba atareada en otras cosas.
Mostró a Bonnard cómo operar el detector, a Cleiti
cómo leer las indicaciones del rastreador de formas de vida, y a Terilla cómo
asegurarse de que la grabadora estaba funcionando mientras pasaban por encima
de un terreno relativamente poco interesante. Los jóvenes se sintieron
encantados de tener algo de responsabilidad y escucharon atentamente mientras
Varian explicaba el esquema en cuadrícula que iban a seguir mientras exploraban
las inmediaciones generales en busca de formas de vida peligrosas. Aunque
Varian era escéptica respecto a la duración de su entusiasmo una vez las tareas
se convirtieran en rutina, la exuberancia de los muchachos constituyó un
agradable cambio respecto a la sobria compañía de los equipos pesados.
Los tres jóvenes no habían tenido mucha ocasión de
ver la vida salvaje de un planeta virgen, y solamente habían efectuado una
salida desde su aterrizaje en Ireta. Empezaron a charlar alegremente mientras
Varian elevaba el deslizador y trazaba un círculo sobre el emplazamiento
geológico.
Al principio no hubo mucho que detectar o registrar.
La mayor parte de la vida animal era pequeña y permanecía oculta de la vista.
Bonnard se mostró jubiloso cuando detectó algunos animales arborícolas que
Varian supuso debían ser nocturnos, puesto que apenas se movieron de sus
lugares en los árboles cuando el aparato pasó por encima de ellos. Terilla
informaba periódicamente que la grabadora seguía funcionando, pero la
vegetación que cubría el suelo hacía los detalles de la zona difíciles de
interpretar.
En las colinas bajas, cuando dieron la vuelta para
regresar al emplazamiento de la pechblenda, el ruido del deslizador ahuyentó a
un grupo de pequeños animales huidizos que Bonnard localizó con alegría y
Terilla registró triunfante. Ligeramente mohíno por el éxito de los otros, el
turno de Cleiti llegó cuando localizó una forma de vida que vivía en cuevas. No
pudieron verla, pero las lecturas de los aparatos eran lo suficientemente bajas
en la escala como para sugerir criaturas pequeñas, subterráneas o tímidas
bestezuelas nocturnas que era difícil que causaran problemas a un campamento
secundario.
De hecho, Varian tuvo que llegar a la conclusión de
que no podía hallarse nada de un tamaño potencialmente peligroso en las colinas
que rodeaban el descubrimiento de la pechblenda. De todos modos, como señaló a
los muchachos, el tamaño no estaba relacionado con el peligro potencial de una
criatura. Algunos de los animales más pequeños eran los más mortíferos. Aquel
cuya llegada podías oír era el más seguro: podías tomar una acción evasiva.
Bonnard lanzó un bufido ante la idea de echar a correr.
—A mí me gustan más las plantas que los animales
—dijo Terilla.
—Las plantas también pueden ser peligrosas
—respondió Bonnard con tono de censura.
—¿Como esa planta-navaja? —preguntó Terilla, con tal
inocencia que Varian, que estaba reprimiendo su risa ante la pregunta de la
muchacha, no pudo llegar a creer que estuviera burlándose.
Bonnard gruñó ante el recuerdo de su doloroso
encuentro con aquella planta en particular, e intentó ostensiblemente pensar en
algo para devolverle la pelota a Terilla.
—Vuestros instrumentos están transmitiendo —dijo
Varian, previendo una pelea.
El deslizador estaba sobrevolando una zona de
achaparrados árboles y densa maleza que disparó el detector a una escala y con
una concentración suficientes como para merecer una investigación. El terreno
era rocoso y empinado, lo cual sugería que sus moradores no eran rumiantes. De
todos modos, tras dar unas vueltas sin poder detectar a los animales, Varian
decidió que la zona estaba lo suficientemente lejos del depósito mineral como
para constituir un peligro prescindible. Marcó las coordenadas para un estudio
posterior, cuando pudiera establecerse un grupo expedicionario.
Pese al nivel generalmente alto de vida y muerte
violentas en Ireta, uno podía ser demasiado cauteloso. Si Kai emplazaba el
campamento secundario lo suficientemente alto en las colinas como para evitar
lo peor de la vida predadora, la pantalla de fuerza sería suficiente para
detener a los insectos venenosos y a los animales pequeños peligrosos. No lo
sería si una horda de Mabeles podía presentarse en cualquier momento por las
laderas y penetraba cruzando en estampida la pantalla de fuerza.
Terminada la exploración, advirtió a los muchachos
que comprobaran sus cinturones de seguridad ―que habían aflojado para
ocuparse de los instrumentos― y, tecleando las coordenadas del mar
interior, dio toda la potencia al aparato.
Incluso así, les tomó una buena hora y media llegar
a su destino. Deseó que Divisti hubiera tenido posibilidad de efectuar un
análisis de las plantas que habían recogido Kai y Bakun en el valle de la
hendidura. El informe hubiera podido darle a Varian algún indicio de las
costumbres de los animales alados, pero quizá fuera más juicioso observar
aquellas fascinantes criaturas sin nociones preconcebidas.
Varian se sintió complacida con el comportamiento de
los jóvenes durante el viaje: hicieron preguntas más inteligentes de las que
había sido conducida a esperar de ellos, relativas ocasionalmente a temas sobre
los que poseía pocos conocimientos. Parecieron irritados de que no llevara
consigo una unidad portátil de consulta de datos.
Cleiti fue la primera en descubrir a las aves, y se
vanaglorió más tarde de ello. Los animales no se hallaban, como
inconscientemente había esperado Varian, perchados en los farallones y las
rocas de su habitat natural, ni tampoco pescando. Un amplio grupo —no una
bandada, porque eso era un conjunto de individuos aislados, y esas aves daban
la apariencia de una organización— se hallaba reunido sobre el extremo mas
amplio del agua interior, en su parte más profunda, allá donde los farallones
se estrechaban para formar un angosto istmo a través del cual el mar madre
empujaba las aguas de la marea para alimentar el extenso mar interior; una
marea que raramente tenía la fuerza suficiente para trepar más que unos pocos
centímetros en la más lejana orilla, a cincuenta kilómetros de distancia.
—Nunca he visto a los pájaros hacer esto —exclamó
Bonnard.
—¿Cuándo has visto pájaros volando en libertad?
—preguntó Varian, lamentando que su tono brotara un poco más incisivo de lo que
pretendía.
—He bajado a los planetas, ¿sabes? —dijo Bonnard,
con un ligero reproche—. Y hay cosas como las cintas de entrenamiento. Las veo
muy a menudo. Así que puedo decir que ésos no están actuando como ninguna otra
especie que haya visto nunca.
—Aceptadas tus calificaciones, Bonnard; yo tampoco.
Las doradas aves estaban planeando bajas en lo que
podía considerarse como una formación planificada. El deslizador estaba un poco
demasiado lejos para que los observadores pudieran percibir a ojo desnudo lo
que ocurrió exactamente para que la hilera de aves redujera de pronto a la
mitad su velocidad anterior. Algunas de ellas fueron atraídas brevemente hacia
abajo pero batieron violentamente sus alas para compensar, recuperaron sus
posiciones en la línea y, lentamente, todo el conjunto empezó a elevarse,
alejándose de la superficie del agua.
—Hey, llevan algo en sus garras —dijo Bonnard, que
se había apropiado de la pantalla de Cleiti y había ajustado el factor
distancia—. Juraría que es una red. ¡Lo es! Y están arrastrando peces fuera del
agua. ¡Hey! ¡Y mirad lo que está ocurriendo debajo!
Varian había tenido tiempo de ajustar los aumentos
de su máscara, y las chicas se habían apiñado sobre la pequeña placa visora
junto a Bonnard. Todos pudieron ver claramente las ondulaciones del agua, y los
frenéticos tirones y saltos de la vida acuática que intentaba sin éxito
penetrar en la red y apoderarse de las presas capturadas.
—¡Redes! ¿Cómo demonios pueden conseguir redes esas
aves? —el comentario de Varian fue más para sí misma que para los muchachos.
—He visto garras a media altura de sus alas, ahí
donde se vuelven triangulares. No puedo verlas claramente, Varian, pero si
poseen un dedo oponible, pueden hacer redes.
—Pueden y tienen, porque no hemos visto ninguna otra
cosa en Ireta lo suficientemente lista como para hacerlas por ellos.
Cleiti lanzó una risita, ahogando el sonido con su
mano.
—A los ryxis no va a gustarles esto.
—¿Por qué no? —preguntó Bonnard, mirando a su amiga
con el ceño fruncido—. La vida alada inteligente es muy rara, dice mi xenob.
—A los ryxis les gusta ser los únicos listos —dijo
Cleiti—. Ya sabes cómo es Vrl…
De alguna forma, la muchacha consiguió alargar el
cuello, echó los hombros hacia delante, echó las manos y los brazos hacia atrás
como unas alas dobladas, y adoptó una expresión tan altiva frunciendo su boca y
adelantando su barbilla que hizo una perfecta imitación del arrogante Vrl.
—Nunca les dejes ver eso —dijo Varian, notando que
los ojos se le llenaban de lágrimas—. Pero es una magnífica imitación, Cleiti.
Magnífica.
Cleiti sonrió ante su éxito mientras Bonnard y
Terilla la observaban con expresiones rayanas en la admiración.
—¿A quién más puedes imitar? —preguntó Bonnard.
Cleiti se alzó de hombros.
—¿A quién quieres?
—Ahora no, muchachos. Luego. Quiero grabar este
fenómeno.
Los tres jóvenes ocuparon inmediatamente sus puestos
asignados, y el deslizador siguió a las cargadas aves hacia los distantes
acantilados.
Varian tuvo tiempo de meditar en las más sutiles
implicaciones de la pesca de aquellos alados animales. Eran a todas luces la
especie más inteligente que habían hallado en Ireta. Tampoco había tropezado
nunca hasta entonces con otra raza alada cooperativa: al menos, no a tal nivel.
El xenob de Bonnard no era exacto sin embargo al decir que la vida alada
inteligente era rara: la vida alada inteligente dominante sí lo era, sin embargo. La vida alada se hallaba a menudo
en una competencia tan desesperada con la basada en tierra firme para la
obtención de los mismos alimentos, que todas sus energías debían ser dirigidas
a conseguir comida, o a la conservación del nido y a la protección de los
jóvenes. Cuando una forma de vida especializada desechaba el antebrazo con cualidades
manipuladoras a favor del ala, perdía una tremenda ventaja en la batalla por la
supervivencia.
Las aves doradas de Ireta parecían haber conseguido
retener la mano vestigial sin renunciar al ala, con lo cual utilizaban
magníficamente su ventaja del vuelo.
Ocasionalmente los peces más pequeños caían de las
redes y volvían al agua, para causar más agitación cuando los moradores
submarinos luchaban por apoderarse de aquellas presas. En dos ocasiones enormes
cabezas se asomaron ávidamente desde las profundidades, agitándose fútilmente
mientras las aves pasaban por encima con su tentadora carga.
Ahora los cuatro observadores vieron materializarse
más aves que surgieron del nublado cielo, descendiendo en picado para ocupar
posiciones a lo largo de los bordes de las redes, ayudando a cargar el peso y
aliviando a los primeros pescadores. Así auxiliada, la formación ganó rapidez.
—¿A qué velocidad están yendo ahora, Varian?
—preguntó Bonnard, puesto que la xenob había estado manteniendo cuidadosamente
la velocidad del grupo, situándose detrás pero por encima de las aves.
—Con este viento de cola, vamos a veinte kilómetros
por hora, pero creo que aumentarán la velocidad con todos estos refuerzos.
—Son tan hermosos… —dijo Terilla suavemente—.
Incluso en pleno trabajo son graciosos en sus movimientos, y mirad cómo
relucen.
—Parece como si estuvieran viajando con su propia
luz solar —dijo Cleiti—. Pero no hay sol.
—Sí, este es un planeta completamente loco —dijo
Bonnard—. Apesta, y nunca hay sol. Me gustaría ver el sol en alguna
oportunidad.
—Bien, aquí lo tienes —dijo Terilla, lanzando un
gritito de deleite cuando ocurrió lo impredecible y las nubes se abrieron para
ofrecer un atisbo del verde cielo y el amarillo sol al rojo blanco.
Varian se echó a reír con los otros y casi deseó que
las máscaras faciales no se ajustaran instantáneamente al cambio de luz. El
único indicio por el que supo que había sol en aquel momento fue por las
sombras en el mar.
—¡Estamos siendo seguidos! —el divertido tono de
Bonnard tenía una nota de asombro.
Enormes cuerpos submarinos surgieron ahora a la
superficie y volvieron a hundirse en la sombra que arrojaba el deslizador sobre
el agua, a sus espaldas.
—Me alegro que estemos por delante de ellos —dijo
Cleiti con una débil voz.
—¡Ésta es la mayor locura que haya visto nunca!
—Bonnard sonaba tan sorprendido que Varian se volvió en redondo.
—¿Qué ocurre, Bonnard?
—No sabría decírtelo. Nunca he visto nada parecido
en toda mi vida, Varian.
—¿Estaba enfocada la grabadora en ello?
—No en eso —dijo
Terilla, como disculpándose—. Estaba apuntando hacia delante, a los pájaros.
—Espera, déjamelo a mí. Sé dónde apuntar. —Bonnard
tomó el control, y Terilla se apartó a un lado.
—Es como un trozo plano de tela, Varian —estaba
diciendo Bonnard, mientras miraba por la popa del aparato—. Los bordes aletean
y luego… se hunde o gira sobre sí mismo. ¡Ahí viene otro!
Las chicas lanzaron débiles grititos de excitada
revulsión y temor. Varian hizo girar en redondo el asiento del piloto y captó
un atisbo de algo de color gris azulado que, como había dicho Bonard, se
agitaba como un trozo de tela en una fuerte brisa. Vio algo como dos puntos a
medio camino en un lado (¿algo parecido a garras?), luego la criatura dio una
voltereta sobre sí misma y penetró de nuevo en el agua más con un silbido que
con un chapoteo, como lo definió Cleiti.
—¿Cuál dirías que era su tamaño, Bonnard?
—Calcularía un metro por cada lado, pero no dejaba
de retorcerse. He obtenido una buena grabación de este último salto. Puse la
velocidad al doble, para que así puedas reproducirlo con mayor detalle.
—Eso es usar la cabeza, Bonnard.
—¡Ahí viene otro! ¡Demonios! ¡Mirad la velocidad de
esa cosa!
—Prefiero no hacerlo —dijo Terilla—. ¿Cómo sabe que
estamos aquí? No veo ningún tipo de ojos, ni antenas, ni nada. No puede ver las
sombras.
—¿Los flecos? —preguntó Bonnard—. ¿Una especie de
sonar?
—No para saltar fuera
del agua —respondió Varian—. Posiblemente descubramos cómo nos percibe
cuando reproduzcamos la grabación. Es muy interesante. ¿Y eran garras eso que
vi? ¿Dos de ellas?
—¿Es eso malo? —había una nota de desconcierto en la
voz de Bonnard.
—No malo, Bonnard, pero condenadamente raro. Las
aves, los herbívoros y los predadores son pentandáctilos, lo cual no es una
evolución improbable, pero ¿dos dedos en un reborde lateral?
—Vi unas cosas volantes parecidas en una ocasión
—dijo Cleiti, con voz deseosa de ayudar—. Tenían como un metro de largo y
ondulaban. No tenían pies, pero podían ondular por el aire durante kilómetros.
—¿En un planeta de baja gravedad?
—Sí, Varian. ¡Y muy seco!
El sol había vuelto a ocultarse tras las nubes, y la
fina llovizna del mediodía empezó a caer a su alrededor, haciendo que todos los
demás se rieran de su melancólico comentario.
—Los dedos son importantes en la evolución, ¿verdad,
Varian? —preguntó Bonnard.
—Mucho. Puedes encontrar vida inteligente, como esas
aves, pero hasta que una especie no empieza a poder utilizar herramientas no
tiene muchas posibilidades de elevarse por encima de su entorno.
—Esos pájaros sí las tienen, ¿verdad? —preguntó
Bonnard, con una amplia sonrisa ante su exhibición de perspicacia.
—Sí, Bonnard, las tienen —respondió la mujer con una
sonrisa.
—He oído que los vieron en el valle de la hendidura,
con hierbas —siguió Bonnard—. ¿Es para eso para lo que recogían aquel tipo de
hierba? ¿Para hacer las redes?
—Había mucha hierba dura y resistente en el lugar
donde salvamos a Dandy, y estaba mucho más cerca de ellos —dijo Cleiti.
—Tienes razón en eso, Cleiti. Yo había pensado que
esos animales necesitaban la hierba del valle de la hendidura para alguna
necesidad dietética.
—Tengo algo de la vegetación del bosquecillo de
frutales, Varian —dijo Terilla.
—¿De veras? Eso es estupendo. Podremos efectuar una
auténtica investigación. Eres muy lista, Terilla.
—No tan lista, ya me conoces a mí y a las plantas
—dijo la muchacha, pero sus mejillas enrojecieron como reacción a la alabanza.
—Retiro todo lo que dije acerca de tus estúpidas
plantas —dijo Bonnard, con magnanimidad poco habitual.
—Siento gran interés por saber lo maduras que son
sus crías —dijo Varian, tras examinar atentamente los curiosos hábitos de las
criaturas doradas durante unos minutos.
—¿Maduras? ¿Sus crías? ¿No es eso una contradicción?
—preguntó Bonnard.
—Realmente no. Pensad que vosotros nacisteis muy
jóvenes…
Cleiti dejó escapar una risita.
—Todo el mundo nace, o debería nacer, muy joven.
—No me refiero a la edad, sino a la habilidad,
Cleiti. Ahora veamos qué comparaciones podemos sacar para vosotros, los nacidos
en las naves…
—Yo viví mis primeros cuatro años en un planeta
—dijo Terilla.
—¿De veras? ¿En cuál?
—Arthos, en la sección de Auriga. Bajé a otros dos y
permanecí varios meses en ellos.
—¿Y qué animales viste en Arthos? —Varian lo sabía,
pero Terilla tenía pocas ocasiones de ofrecer su información, ante unas
personalidades tan agresivas como las de Cleiti y Bonnard.
—Teníamos vacas lecheras, y perros de cuatro patas,
y caballos. Luego había perros de seis patas, zorrunos, cantílopes y espurgues.
—¿Habéis visto vosotros alguna cinta con vacas, perros
y caballos, Cleiti y Bonnard?
—¡Por supuesto!
—Bien, vacas y caballos dan a luz hijos que son
capaces de mantenerse en pie aproximadamente a la media hora de haber nacido y,
si es necesario, correr junto a sus madres. En consecuencia, han nacido maduros
y programados ya para algunas acciones y respuestas instintivas. Los humanos
nacemos muy pequeños y físicamente inmaduros. Tenemos que ser enseñados por
nuestros padres o cuidadores a comer, andar, correr, hablar y cuidar de
nosotros mismos.
—¿De veras? —Bonnard miró fijamente a Varian,
aguardando para averiguar a dónde quería ir.
—Así, el caballo y la vaca no aprenden mucho de sus
padres: no se les pide mucha versatilidad o adaptabilidad. En cambio, los niños
humanos…
—Tienen que aprender demasiadas cosas, demasiado
pronto, demasiado bien y durante todo el tiempo —dijo Cleiti, con un suspiro
tan exagerado de resignación que Varian se echó a reír.
—Y cambiar la mitad de lo que has aprendido cuando
la información ha quedado superada —añadió con simpatía—. La principal ventaja
que tenemos los humanos es que aprendemos, somos flexibles y podemos
adaptarnos. Adaptarnos a algunas condiciones más bien extrañas…
—Como lo mal que huele aquí —señaló Bonnard.
—Es por eso por lo que siento curiosidad hacia la
madurez de esos animales en su nacimiento.
—Son ovíparos, ¿verdad? —preguntó Bonnard.
—Es muy probable. No veo por qué tengan que ser
ovo-vivíparos… demasiado peso para la madre si tiene que llevar a su hijo
durante un cierto tiempo. No, diría que tienen que ser ovíparos, y que los
polluelos tienen que ser inexpertos, incapaces de volar durante cierto tiempo.
Lo cual puede explicar también lo de la pesca. Es más fácil alimentar a los
hambrientos jóvenes si todo el mundo coopera.
—Hey, mira, Varian —exclamó Bonnard, que no había
dejado de observar por la pantalla—, ha habido un cambio en los que llevan la
red. ¡Demonios! Pero están organizados. Ha sido un cambio más perfecto de lo
que nunca haya visto. Apostaría a que estos pájaros son la especie más
inteligente de Ireta.
—Muy probable, pero no te precipites a hacer ninguna
conclusión. Apenas hemos empezado a explorar este planeta.
—Oh, ¿vamos a tener que pasar por todo el proceso?
—Bonnard pareció desanimado.
—Oh, tanto como podamos mientras estemos aquí —dijo
la mujer con tono casual. ¿Y si habían sido realmente plantados?—. Aparte el
olor, Ireta no es un lugar tan malo. He estado en otros peores.
—Realmente no me importa el olor… —empezó Bonnard,
medio disculpándose, medio a la defensiva.
—Yo ya ni siquiera lo noto —dijo Terilla.
—Y no me importa la lluvia… —prosiguió Bonnard,
ignorando el comentario de Terilla—. Ni el cielo siempre encapotado.
En aquel momento salió el sol.
—¿Puedes hacer eso otra vez siempre que sintamos la
necesidad de un poco de luz solar? —preguntó Varian, mientras las chicas reían
ante la oportunidad.
—¡Te aseguro que me gustaría!
De nuevo el ángulo del sol proyectó una sombra
distorsionada del deslizador sobre el agua y los peces, grandes y pequeños,
rompían la superficie en vanos intentos de apoderarse de su sombra. Varian y
Bonnard grabaron los ataques para visionarlos más tarde. Era una forma sencilla
de catalogar la vida submarina, dijo la mujer.
—Una vez navegué durante un permiso de estancia en
Boston-Betelgeuse —dijo Bonnard después de que el sol, y los peces predadores,
desertaran.
—¡No me convencerás de que navegue ahí! —dijo
Cleiti, señalando el agua.
—Ni a mí tampoco, pero alguien sí puede hacerlo,
¿no?
—¿Eh?
—¡Oh, cállate, tonta!
—¡Tú eres el tonto!
Surgieron más aves doradas de entre las nubes para
relevar a los transportadores de la red, que se alejaron remontándose, como
felices de verse libres de su tarea. El convoy, reforzado por el relevo, ganó
velocidad, girando ligeramente al este, hacia la más alta de las prominencias.
No iban a tener que cruzar todo el mar, como había supuesto Varian, para llegar
a su hogar.
—Hey, se encaminan hacia allí. Puedo ver otros
pájaros en la parte de arriba del acantilado, ¡y la parte frontal está
horadada, llena de cuevas! —exclamó Bonnard, encantado.
—Viven en cuevas para mantener su pelaje seco y sus
polluelos a salvo de los animales marinos —dijo Terilla, con una sorprendente
autoridad.
—Los pájaros tienen plumas, estúpida.
—No siempre —respondió Varian—. Y esas aves parecen
tener pelaje, que a veces es una variante de las plumas, en algunos animales.
—¿Aterrizamos y nos aseguramos? —preguntó Bonnard,
con un osado tono de voz que todo el mundo captó como una baladronada. Cleiti
le lanzó un golpe y Varian gruñó, agitando la cabeza.
—No, no nos posaremos ahora. Es peligroso acercarse
a los animales cuando están comiendo. Ahora sabemos dónde viven. Ya es
suficiente por un día.
—¿No podemos quedarnos un rato, simplemente
flotando? Eso no les molestará.
—Sí, eso sí podemos.
Más criaturas doradas emergieron de las hendiduras y
cuevas del acantilado, y planearon graciosamente hacia la cima, que Varian pudo
comprobar que era relativamente plana a lo largo de unos quinientos metros,
antes de hundirse en una empinada ladera escabrosa y llena de peñascos.
—¿Qué van a hacer ahora? —preguntó Bonnard—. Esa red
es demasiado grande para meterla en una de esas cuevas. Oh…
La pregunta de Bonnard quedó contestada cuando todo
el grupo de aves que ahora llevaba la red rebasó el borde del acantilado y
repentinamente soltó uno de los lados, derramando los peces sobre la meseta
superior.
Las aves convergieron desde todas direcciones.
Algunas se posaron, con las alas ligeramente abiertas, para caminar de una
manera algo torpe hacia los resplandecientes montones de peces. Otras picaron,
llenaron las bolsas de su garganta y desaparecieron en los agujeros del
acantilado. Pese a las variadas formas de aproximarse a la comida, no se
produjo ninguna disputa sobre la elección de las presas. Mientras los cuatro
observaban, hubo períodos en los cuales ningún animal recogía peces. Parecían
ser selectivos.
—Enfoca el visor, Bonnard —dijo Varian—. Tomemos
algunas imágenes de lo que no comen…
—Esas cosas planas con flecos, las pequeñas.
—Quizá por eso nos perseguían e intentaban atraparnos.
Se llevaron a sus pequeños… —dijo Terilla.
—¡Bah! —Bonnard se mostró despectivo—. Esas cosas no
tenían ojos, y mucho menos cerebros, de modo que ¿cómo podían sentirse
sentimentales hacia sus pequeños?
—No sé. Pero ignoramos lo que son exactamente. Tal vez
los peces tengan emociones. Leí en alguna parte que…
—¡Oh, vamos! —Bonnard le hizo un gesto perentorio de
que se callara.
Varian se volvió, preocupada de que la actitud del
muchacho pudiera molestar a la chica, puesto que su tono era injustificado,
pero la muchacha parecía imperturbada. Varian se prometió tener una charla con Bonnard. Y luego se vetó a sí misma.
Los jóvenes de todas las especies parecían arreglar las cosas muy bien entre
ellos.
Miró por el visor, observando lo que era rechazado.
—Algunos animales marinos son capaces de lealtad y
amor hacia su propia especie, pero diría que ese organismo aplanado es todavía
demasiado primitivo. Probablemente depositan millones de huevos a fin de que
algunos de ellos sobrevivan hasta la madurez… para poner más huevos. Nuestras
aves no los incluyen en su dieta, sin embargo. Como tampoco a ese otro tipo, de
aspecto espinoso. Bonnard, tú has estado ayudanto a Trizein y Divisti: echa una
buena mirada. ¿Ves algunos de los que tomamos como muestras?
—No. Todos son nuevos para mí.
—Naturalmente, cogimos las muestras en los océanos
principales…
Por entonces la mayor parte de las aves habían
desaparecido, y solamente quedaban los especímenes desechados, para que se
pudrieran sobre las piedras.
—¡Varian, mira! —Bonnard, de nuevo a la pantalla,
hizo un gesto de urgencia—. Lo tengo enfocado… ¡mira!
Varian apartó a un lado la mano del muchacho, que
estaba tan excitado que oscurecía con ella la pantalla. Una de las pequeñas
criaturas planas estaba moviéndose, de aquella extraña manera suya, hundiendo
un lado y dando así media vuelta sobre sí mismo. Entonces vio lo que había
excitado a Bonnard: sin el sostén del agua, su elemento natural, el esqueleto
interno de la criatura se veía silueteado a través de su cubierta. Pudo ver
claramente las articulaciones en cada esquina. Se movía a través de una
deformación de paralelogramos. Se movió una vez, otra, otra, y luego se quedó
quieto, sus flecos apenas ondulando, luego inmovilizándose por completo.
¿Cuánto tiempo había sobrevivido sin agua?, pensó Varian. ¿Estaba equipado con
un par de pulmones para sobrevivir durante tanto tiempo fuera de lo que era su
elemento natural? ¿Se hallaba aquella criatura en el camino de salida de su
fase acuática, avanzando hacia tierra firme?
—Lo has grabado todo, ¿verdad? —preguntó Varian a
Bonnard.
—Por supuesto, desde que empezó a moverse. ¿Puede
respirar oxígeno?
—Espero que no pueda —dijo Cleiti—. No me gustaría
encontrarme con esta sábana mojada en un oscuro bosque chorreante… —se
estremeció y cerró fuertemente los ojos.
—A mí tampoco —dijo Varian, y era sincera.
—¿No es posible que sean amistosos? ¿Si no están
hambrientos todo el tiempo? —preguntó Terilla.
—Húmedos, viscosos, envolviéndote con sus flecos y
asfixiándote hasta la muerte —dijo Bonnard, haciendo movimientos descriptivos
de la terrible imagen evocada.
—No podría envolverme —dijo Terilla, sin dejarse
impresionar—. No puede doblarse por la mitad. Sólo por los bordes.
—Ahora no se mueve en absoluto —dijo Bonnard, y sonó
decepcionado y triste.
—Hablando de moverse —dijo Varian, mirando un punto
brillante en el grisáceo cielo—, el sol se esta poniendo
—¿Como puedes asegurarlo? —pregunto Bonnard
sarcásticamente.
—Estoy mirando el crono.
Cleiti y Terilla rieron.
—¿No podemos aterrizar y echar una mirada a los
pájaros desde más cerca? —preguntó Bonnard, ahora pensativo.
—Regla numero uno, nunca molestes a los animales
cuando están comiendo. Regla numero dos, nunca te acerques a animales
desconocidos sin observar primero de cerca sus hábitos. El que esas aves no
hayan intentado hasta ahora despedazarnos no quiere decir que no sean tan
peligrosas como esos estúpidos predadores.
—Entonces, ¿no vamos a observarlos más de cerca?
—Bonnard era insistente.
—Por supuesto, cuando hayamos aplicado la regla numero
dos, pero no hoy. Regresamos al emplazamiento de la pechblenda.
—¿Podré venir contigo cuando vuelvas aquí?
—Es posible.
—¿Prometido?
—No. Simplemente he dicho que era posible, Bonnard,
y eso era precisamente lo que quería decir.
—No voy a aprender nada en este viaje si no salgo y
efectúo un poco de trabajo de campo, fuera de pantallas y…
—Si te devolvemos a la nave con un miembro amputado, dejado entre los flecos de uno de esos rectángulos o en el buche de un ave dorada, tu madre la va a montar. Así que tú tranquilo.
Varian utilizó un tono más seco del que empleaba normalmente con Bonnard, pero la insistencia del muchacho, su aire de que lo único que tenía que hacer era insistir lo suficiente para conseguir lo que deseaba, la irritaban. Comprendía su frustración ante las constantes restricciones. Para los nacidos en las naves, los planetas daban ilusión de seguridad porque los peligros aprendidos en la nave quedaban aislados de uno por una atmósfera de kilómetros de espesor, mientras que en el espacio tan sólo un delgado cascarón de metal impedía el desastre, y cualquier rotura en ese cascarón podía ser mortal. En términos sencillos, desaparecido el cascarón, desaparecido el peligro.
—¿Quieres revisar esa cinta, Bonnard, y ver si hemos
obtenido unas buenas tomas de los chicos de los flecos? —pidió tras una larga
pausa, rebelde por parte del muchacho, firme por la de ella—. Hay algo que
quiero comprobar con Trizein cuando volvamos al campamento. Mierda, cómo me
gustaría tener acceso a los bancos de datos de la NE.
Tras otra larga pausa, durante la cual escuchó el
ligero zumbar de las cintas siendo pasadas rápidamente, Bonnard dijo:
—¿Sabes?, esos pájaros me recuerdan algo que vi en
una ocasión. Casi puedo ver la etiqueta impresa en el lomo de la cinta…
—¿Qué hay con esa grabación?
—Oh, unas imágenes claras, Varian.
—A mí también me recuerdan algo, Bonnard, pero
tampoco puedo extraerlo del almacenamiento de mi cabeza.
—Mi madre siempre dice que si algo te preocupa, vete
a dormir pensando en ello y lo recordarás por la mañana —dijo Terilla.
—Buena idea, Terilla. Lo haré, y tú también puedes
hacerlo, Bonnard. Mientras tanto, estamos otra vez sobre territorio nuevo.
Adelante con los detectores, muchachos.
Obtuvieron unas buenas tomas de un rumiante de
cortas y macizas piernas, localizaron pero no pudieron grabar más mamíferos
pequeños como Dandy, y sorprendieron varias bandadas de carroñeros en pleno
trabajo.
Regresaron al emplazamiento de la mina justo en el
momento en que «se espesaban las sombras», como dijo Terilla. Kai estaba
aguardando con Dimenon y Margit y el equipo que debía transportar el
deslizador.
—Es una veta tremendamente rica, Varian —dijo
Dimenon. Parecía muy cansado y enormemente satisfecho. Fue a decir algo más,
pero se detuvo y se volvió hacia Kai.
—Y el siguiente valle muestra otro depósito tan
grande y rico como éste —dijo Kai, con una sonrisa cruzando su sucia y sudorosa
cara.
—Y probablemente el otro también —dijo Margit,
suspirando débilmente—. Pero eso puede esperar hasta mañana.
—La NE hubiera debido proporcionarnos al menos una
unidad exploradora a control remoto, Kai —dijo Dimenon, mientras ayudaba a
cargar los instrumentos. Aquello le sonó a Varian como la continuación de una
discusión.
—Pedí una, estándar. Pertrechos me dijo que ya no había
ninguna en stock. Si lo recuerdas, pasamos por unos cuantos sistemas
prometedores durante el último año estándar.
—Cuando pienso en el trabajo que nos hubiéramos
ahorrado…
—Yo prefiero no pensarlo —dijo Margit,
interrumpiendo a Dimenon. Colocó un rollo de cable en la cubierta del
deslizador—. Hubiéramos podido hacer todo a control remoto. Sé muy bien lo que
he hecho hoy —gruñó—. Lo siento en cada hueso y músculo de mi pobre cuerpo.
Somos blandos. No me sorprende que los equipos pesados se burlen de nosotros.
—¡Ellos! —había todo un mundo de desdén en aquella
palabra de Dimenon.
Kai y Varian intercambiaron una rápida mirada.
—Sé que estaban malditamente borrachos o algo así
hoy por la mañana, pero me alegró poder disponer de los músculos de Paskutti
esta tarde —prosiguió Margit, subiendo al deslizador y dejándose caer en un
asiento detrás de Terilla—. Vámonos, Di, me muero por un baño, y espero que
Portegin haya conseguido instalar ese desodorizador en los depósitos del agua.
Los telurhídricos no hacen nada por mejorar el cuerpo. ¿Cómo habéis pasado el
día vosotros, muchachos? —preguntó a Terilla.
Mientras los tres jóvenes mantenían viva la
conversación, Varian se preguntó, al tiempo que orientaba el aparato hacia la
base, qué había ocurrido exactamente para motivar la actitud crítica de
Dimenon. Quizá no fuera más que irritación hacia el comportamiento de los
equipos pesados por la mañana y excitación por el descubrimiento. Se lo
preguntaría más tarde a Kai. No deseaba que su grupo entrara en discusiones a
causa de ello, y ella era la primera en admitir que los equipos pesados habían
sido menos que eficientes. ¿O acaso Dimenon estaba molesto todavía por el
racionamiento de alcohol de la noche pasada?
Había peligros inherentes en mezclar grupos de
nacidos en naves y nacidos en planetas, y las NE procuraban mantener esa mezcla
al mínimo siempre que era posible. La expedición iretana había necesitado la
fuerza muscular de los equipos pesados, y Varian y Kai no tenían más remedio
que hacer frente a los problemas secundarios.
Varian se sentía un tanto deprimida. Un ordenador
puede proporcionarte un índice de probabilidades sobre cualquier situación.
Esta misión había sido buena. Pero un ordenador no podía ajustar su input a detalles tan inesperados como un
olor hediondo del aire y un cielo constantemente encapotado y una lluvia
permanente afectando al temperamento de los miembros de la expedición, o una
tormenta cósmica interrumpiendo las comunicaciones con la nave madre:
ciertamente no había previsto el hecho de que un planeta señalado como
inexplorado estuviera ofreciendo ahora pruebas innegables de una exploración
anterior, sin mencionar anomalías como… Pero si había habido una exploración
anterior, pensó Varian, entonces quizá cosas tales como el desarrollo de los
pentadáctilos y los paralelogramos acuáticos fueran enteramente posibles. Sin
embargo, ¿cuáles eran indígenas? ¡Ambas no podían serlo!
¿Tenían que ir a buscar las aves su hierba tan lejos de su habitat natural? Los ánimos de Varian se elevaron de nuevo con la excitación. Y si las aves doradas, que eran pentadáctilas, no eran indígenas, entonces los hervíboros y los predadores encontrados hasta entonces no lo eran tampoco. No se trataba de anomalías, sino de un acertijo. ¿Cómo? ¿Por quiénes? ¿Los Otros? No, no los ubicuos Otros. Ellos destruían toda vida, si había que dar crédito a los rumores de que existían tales seres sentientes.
Los theks puede que supieran de la antigua
exploración… si Kai podía conseguir impulsarles a un intento serio de recordar.
¡Por cierto! ¡Ella también tenía una noticia que comunicar! ¡Espera a que se lo
contara a Kai!
Tanto como Varian, Kai tenía cosas en las que pensar
mientras el aparato regresaba al campamento. Por una parte, habían perdido un
equipo irreemplazable, que Paskutti y Tardma habían dejado caer por una grieta.
La NE les había concedido solamente el mínimo de repuestos sismológicos, y el
último grupo que esperaba que fuera descuidado con el material era los equipos
pesados. Se movían de una forma tan deliberada que evitaban la mayor parte de
los accidentes. No podía prohibirles que bebieran la destilación, pero tendría
que pedirle a Lunzie que diluyera todo el que les proporcionara a partir de
ahora. No podía permitirse más pérdidas.
Una fuerza expedicionaria tenía adjudicado un margen
de pérdidas en equipo debido a accidentes imprevisibles, pero por encima de ese
margen, los comandantes verían cargadas las pérdidas en sus cuentas personales.
Pero era la pérdida del equipo en sí, y no la posible resta en su cuenta de
crédito, lo que preocupaba a Kai: era una pérdida causada por pura y simple
negligencia. Eso lo irritaba. Y esta irritación lo molestaba aún más porque
aquel debería haber sido un día de satisfacción personal y de grupo: habían
conseguido lo que habían ido a buscar. Reprimió bruscamente los sentimientos
negativos.
A su lado, Gaber estaba charlando con el mejor ánimo
que el cartógrafo había exhibido desde el aterrizaje. Berru y Triv estaban
discutiendo el trabajo del día siguiente, en términos de cuál de los lagos
coloreados sería más rico en menas minerales. Triv deseaba poder disponer al
menos de un sensor a distancia, con un ojo infrarrojo decente para atravesar
las perennes nubes. Una semana de filmación desde una órbita polar, y el
trabajo estaría terminado.
—Tenemos las cintas de la sonda —dijo Berru.
—Pero ésa tan sólo sondeó las masas continentales y
las profundidades de los océanos. Sin definición, sin infrarrojos para penetrar
la eterna envoltura de nubes.
—Yo pedí una exploración a control remoto
pre-aterrizaje adecuada —dijo Gaber, de nuevo con una nota de petulancia en su
voz.
—Yo también —dijo Kai—, y se me dijo que no había
satélites adecuados en reserva. Que teníamos que hacerlo a la manera difícil,
en persona.
—Ése parece que fue desde un principio el criterio
para esta expedición —dijo Gaber, lanzando a Kai una mirada de soslayo—.
Hacerlo todo a la manera difícil.
—Te has vuelto blando, Gaber, eso es todo —dijo
Triv—. No pasaste el tiempo suficiente en el gimnasio gravitatorio de la nave.
A mí, francamente, me gusta el desafío. Yo también me he vuelto blando. Este
viaje es bueno para todos nosotros. Nos hemos estropeado con un cómodo sistema
aprietabotones. Necesitamos volver a la naturaleza, probar nuestro vigor, hacer
que nuestra sangre circule y…
—¿Inspirar profundamente este hediondo aire?
—preguntó Gaber cuando Triv, arrastrado por su propia elocuencia, dudó
brevemente.
—¿Qué, Gaber? ¿Has vuelto a perder tus filtros
nasales?
Era fácil tomarle el pelo a Gaber, y Triv prosiguió
haciéndolo burlonamente hasta que Kai hizo girar el deslizador para cruzar el
paso entre las colinas que conducía a su campamento. Kai había fingido no darse
cuenta de la mirada de soslayo de Gaber, relativa a la idea de Gaber de que
habían sido plantados, y de que el tener que hacerlo todo «del modo difícil»
podía ser muy bien un preludio al abandono que eufemísticamente denominaba
«plantarles» en el planeta para que echaran raíces en él.
Eso se correspondía también con un cierto número de
tachaduras en la lista original de peticiones de Kai. Los sensores a control
remoto eran un equipo caro para abandonarlo en una colonia plantada. Pero, si
se suponía que la colonia debía ser autosuficiente, seguro que se incluirían
algunos pertrechos de minería para que pudieran refinar los metales necesarios
para construir edificios y fabricar repuestos para las piezas gastadas de su
maquinaria, como los componentes de los deslizadores. Podía ser… Hacerlo todo del modo difícil, resonó
ominosamente en la mente de Kai. Sería mejor que tuviera una larga charla con
Varian tan pronto como le fuera posible.
Sin embargo, si esta expedición era genuina —la urgente necesidad de transuránicos era una condición crónica para los PSF—, entonces alguien, si no su propia NE ARTC-10, recogería el mensaje del satélite de enlace y tomaría las medidas necesarias para acudir a Ireta a extraer los importantes minerales e, incidentalmente, rescatarles. Aquel pensamiento positivo animó a Kai, y empleó el resto del viaje en formular mensajes; primero a los thek y luego a la cápsula de larga distancia.
No, retendría el de la cápsula. Dos depósitos
grandes no constituían realmente motivo para enviarlo. Primero redactaría un
mensaje para su próximo contacto con los theks respecto a las viejas sondas y
los depósitos de uranio. Retendría todo lo demás hasta que pudiera
justificarlo. Las vagas sospechas de un viejo cartógrafo no eran causa
suficiente de alarma.
Para su sorpresa, los equipos pesados, que habían
abandonado la prospección mucho antes que ellos para regresar utilizando sus
cinturones, aún no habían llegado al campamento. Todos los demás deslizadores
habían regresado sin problemas. Los muchachos estaban mimando a Dandy bajo la
atenta mirada de Lunzie. Utilizó esa vigilancia como una disculpa para no responder
a las peticiones de Portegin y Aulia de un poco más de su brebaje. No vio ni a
Varian ni a Trizein, y supuso que la mujer estaría en el laboratorio del
xenoquímico en la lanzadera.
Los equipos pesados llegaron, en perfecta formación,
desde el norte. ¿El norte? Echó a andar hacia Paskutti para preguntarle los
motivos de aquel rodeo cuando Varian lo llamo desde la lanzadera. Sonaba
excitada, así que acudió rápidamente a su encuentro, dejando a Paskutti para
otra ocasión.
—Kai, Trizein cree saber por qué las aves necesitan
la hierba —dijo Varian cuando el hombre estuvo lo suficientemente cerca—. Está
llena de caroteno… vitamina A. Deben necesitarla para mantener su agudeza
visual y su pigmentación.
—Es extraño que tengan que ir hasta tan lejos para
proveerse de un elemento básico para ellas.
—Pero sostiene mi teoría de que los pentadáctilos no
son indígenas de este mundo.
Kai estaba cruzando el iris; trastabilló,
sujetándose a los lados para mantener el equilibrio.
—¿Qué no son indígenas? En nombre de Dios… ¿qué quieres decir con eso? Tienen que ser indígenas. Están aquí.
—No se originaron aquí —y Varian le hizo un gesto
para que penetrase en la lanzadera—. Más aún, esos paralelogramos con flecos
que vi hoy no son ni siquiera vagamente artrópodos, lo cual no encaja con los
vertebrados que hemos descubierto, como los herbívoros, los predadores e
incluso las aves.
—Lo que dices no tiene ningún sentido.
—Sí lo tiene. Es este planeta el que no tiene ningún
sentido. No se encuentran animales obligados a recorrer cientos de kilómetros
desde su entorno natural para proveerse de una necesidad dietaria.
¡Generalmente disponen de lo esencial en el mismo lugar donde viven!
—Espera un minuto, Varian. Piensa. Si tus
pentadáctilos no son indígenas, entonces fueron traídos hasta aquí. ¿Quién y
por qué querría realojar animales tan grandes como ese predador o tu Mabel?
Ella le miró firmemente, como si esperara que él
supiera la respuesta a su pregunta.
—Deberías saberlo. Ya hemos tenido un indicio de
ello. Los theks, torpe —dijo con cierta aspereza cuando él permaneció en
silencio—. Los inescrutables theks. Han estado aquí antes. Ellos fueron los que
dejaron esos dispositivos sísmicos.
—No tiene sentido, Varian.
—Tiene mucho sentido.
—¿Qué razón pudieron tener los theks para una acción
así?
—Probablemente la han olvidado —dijo Varian,
sonriendo maliciosamente—. Junto con el hecho de que exploraron este planeta
antes.
Habían alcanzado el laboratorio de Trizein, y éste
estaba contemplando la imagen ampliada de algunas fibras.
—Por supuesto, necesitamos disponer de una de esas
aves, Varian, para descubrir si necesita caroteno —estaba diciendo Trizein,
como si no se hubiera dado cuenta de que Varian había abandonado el
laboratorio.
—Tenemos a Mabel y al pequeño Dandy —dijo Varian.
—¿Tienes animales en este campamento? —Trizein
parpadeó, desconcertado.
—Te lo dije, Trizein. Las muestras que analizaste
ayer y anteayer…
—Oh, sí, ahora lo recuerdo. —Pero resultaba obvio
para sus oyentes que no recordaba nada de aquello.
—Mabel y Dandy no son aves —dijo Kai—. Son especies
completamente distintas.
—Por supuesto que lo son, pero también
pentadáctilas. Como también lo es el caracolmillos, y necesita la hierba.
—Mabel y Dandy son herbívoros —dijo Kai—, y el
predador y las aves no lo son.
Varian meditó en el asunto.
—Sí, pero hablando de un modo general, los
carnívoros absorben suficiente vitamina C de los animales que devoran para
tener que buscarla suplementariamente en su dieta. —Agitó la cabeza al pensar
en el dilema—. En consecuencia, caracolmillos no necesitaría ir al valle.
Tendría suficiente con masticar el flanco de Mabel. No veo sentido en todo eso…
todavía. Además, las aves puede que tengan otra razón para acumular hierba,
como Terilla señaló hoy.
—Me he perdido —dijo Kai, y dirigió la atención de
Varian hacia Trizein, que había vuelto a su microscopio y había olvidado de
nuevo su presencia.
—Lo comprenderás cuando veas las cintas que
obtuvimos hoy de esas aves, Kai. Vamos, a menos que tengas alguna otra cosa más
importante que hacer.
—Redactar mensajes para los theks, pero déjame ver
primero lo que grabaste.
—Por cierto, Kai —dijo Varian, mientras le seguía
fuera del laboratorio—, no encontramos ninguna forma de vida en las
inmediaciones del yacimiento de pechblenda que pudiera constituir un peligro
para un campamento secundario. Si es erigido adecuadamente, preferiblemente
sobre una prominencia, y la pantalla de fuerza hundida profundamente, tu grupo
tiene que estar suficientemente seguro.
—Ésas son buenas noticias. Aunque no creo que hayas
conseguido asustar a nadie con esos relatos de hordas de caracolmillos.
—Para tu información, los caracolmillos son
cazadores solitarios.
Habían alcanzado la cabina del piloto, y Varian
insertó la cinta para visionarla, explicando sus conclusiones y su deseo de
investigar más de cerca la colonia de las velludas criaturas aladas de color
dorado a la primera oportunidad.
—¿Qué tan cerca, Varian? —preguntó Kai—. Esos
animales no son pequeños y, según creo recordar, sus alas son fuertes y pueden
ser peligrosas. Y no me gustaría ser atacado por ese pico.
—A mí tampoco, de modo que no voy a precipitarme.
Iré lentamente, Kai, pero si son tan inteligentes como sugieren las evidencias,
incluso puedo ser capaz de aproximarme a ellos sobre una base personal. —Cuando
Kai empezó a protestar, ella alzó una mano—. Esas aves no son estúpidas como
Mabel, ni están asustadas como Dandy, ni son peligrosas como los caracolmillos.
No puedo perderme la oportunidad de investigar una especie alada que actúa de
una forma tan organizada.
—De acuerdo, pero no hagas nada por tu cuenta,
co-comandante. Quiero equipos pesados contigo durante todo el tiempo.
—¡Eres un amigo! ¿Han mejorado a lo largo del día?
—Nunca los había visto tan torpes: lentos, sí, pero
nunca como si tuvieran los dedos llenos de grasa. Paskutti y Tardma dejaron
caer uno de esos aparatos sismográficos en una grieta. No dispongo de tantos
como para permitirme perder uno, no si debo completar la investigación. —Agitó
de nuevo la cabeza al pensar en la pérdida—. No estoy culpándote, ni a ti ni a
ellos; pero es un engorro. ¿Y qué vamos a hacer con esa destilación de frutas?
No comprendo por qué les ha afectado tanto cuando nosotros, que somos mucho más
débiles, no hemos sufrido ningún trastorno.
—Puede que no haya sido la bebida.
—¿Qué quieres decir?
Varian se alzó de hombros.
—Sólo una idea. Nada específico.
—Entonces hagámosla específica, y que Lunzie realice
algunas pruebas. Puede que se trate de alergia mutativa. Dime, ¿enviaste a los
equipos pesados a alguna misión hoy? ¿Al norte?
—¿Al norte? No. Hoy estuvieron todo el día a tu
disposición. Bien, respecto al emplazamiento de la pechblenda, ¿trabajaréis
también allí mañana? De acuerdo, entonces enviaré un grupo para efectuar una
inspección más detallada del terreno. Parece que solamente hay animales
pequeños, pero, como les he dicho a los chicos, el tamaño no es una indicación
de peligrosidad potencial. ¿Qué otra zona quieres que revisemos
xenobiológicamente como posible base secundaria?
Kai tecleó en el ordenador pidiendo una copia del
mapa de Gaber, puesto ahora al día con el emplazamiento de la pechblenda y las
viejas sondas.
—El borde de la placa se halla solamente a
doscientos kilómetros al noroeste de aquí, de modo que todavía no necesitaremos
un segundo campamento allí. Pero Portegin y Aulia desean examinar esos lagos e
ir más allá en esa zona llana. Está previsto que Berru y Triv vayan hacia el
oeste, donde parece que hay una amplia cuenca continental. Es posible que
encontremos depósitos petrolíferos: no es que sean muy interesantes como fuente
energética, naturalmente, pero el petróleo crudo tiene sus usos. Puede que
seamos capaces de refinar el suficiente como para utilizarlo como combustible
auxiliar para los…
—Kai, ¿ha utilizado alguien el deslizador grande
esta mañana?
—Sólo para ir a la pechblenda. Luego te lo llevaste
tú. ¿Por qué?
—Porque su tiempo de vuelo registrado es mucho más
largo del que debería haber sido. Necesita urgentemente una recarga.
―¿Sí?
—Puedes jurarlo. Ya sabes que no acostumbro a
cometer errores con las cifras.
—Ya tenemos bastantes problemas, Varian, sin
imaginar más.
Varian hizo una mueca.
—Como no tener contacto con la NE. Tus equipos
aguardarán algún reconocimiento…
—Disponemos de un cierto margen de tiempo, y pienso
utilizar cada uno de sus días.
—Sí, tenemos un período de gracia. Por cierto, los
jovencitos me resultaron muy útiles. Creo que me los llevaré de nuevo cuando no
tenga necesidad de aterrizar. —Al ver las objeciones que se formaban en el
sorprendido rostro de Kai, se apresuró a añadir, con una taimada sonrisa—: Creo
que deberías tomar en consideración el llevarte contigo a Bonnard en tus
expediciones de sondeo.
—Hey, espera un minuto, Varian…
—Dicen que la sobreexposición cura un montón de
falsas creencias.
—Cierto. ¿Qué te parece si me ayudas con ese mensaje
a los theks?
—Lo siento, Kai, pero tengo que soltar a Mabel,
comprobar con Lunzie y darme una ducha antes de comer. —Varian abrió
rápidamente el iris—. Pero me gustará echarle una mirada a lo que piensas
decirles.
Él hizo como si le arrojara algo; ella se marchó,
riendo.
Una hora más tarde Kai estaba convencido de que
Varian, aún en sus peores momentos, hubiera podido construir un mensaje mucho
mejor a los theks. Al menos, cubría todos los puntos principales, y pedía información
en la respuesta.
Radió el mensaje, confirmando un contacto para dos
días más tarde. No les daba a los theks mucho tiempo para meditar sus
respuestas, pero había especificado solamente sí, no o respuesta diferida.
El día siguiente transcurrió como estaba previsto, y
los equipos pesados volvieron a trabajar eficientemente. Tardma y Tanegli
efectuaron una exploración sobre el terreno de la zona densamente poblada
vegetalmente cuyas formas de vida habían sido registradas por Varian y los
jóvenes. Los animales había mantenido su anonimato, pero los restos de
esqueletos no desintegrados todavía por insectos y carroñeros indicaban que
como carnívoros, los animales eran probablemente cazadores nocturnos y no lo
suficientemente grandes como para constituir un auténtico peligro. Además, era
improbable que fueran descubiertos tan lejos de su propio territorio como el
campamento secundario. Kai pasó la tarde con Dimenon y Margit eligiendo un
emplazamiento. Se decidió que Portegin y Aulia podían utilizar también el
campamento para sus investigaciones al oeste.
Lunzie les dijo confidencialmente a Kai y Varian que
los equipos pesados, por el hecho de ser originarios de planetas con fuertes
gravedades, deberían poseer una mayor tolerancia hacia la bebida extraída de la
fruta que aquellos nacidos en gravedades ligeras o en la nave. No podía
comprender sus reacciones. Sin embargo, no recomendaba racionar o aguar la
bebida. Llamaría a los equipos pesados para someterlos a un examen médico de
rutina, e indicó que eso era una buena medida para todos los miembros de la
expedición, a fin de averiguar si existía alguna tendencia alérgica o
infecciones sutiles adquiridas desde la llegada al planeta.
Aquella noche Lunzie suministró suficiente bebida de
fruta como para hacer la velada extremadamente agradable. Los equipos pesados
no bebieron más que los otros, rieron con poca frecuencia como era su
costumbre, y se retiraron al mismo tiempo que los demás. Al día siguiente no
hubo ninguna alteración en su eficiencia, lo cual incrementó el misterio de su
comportamiento aquella primera mañana.
La hora del contacto con los theks fue debidamente
observada por Kai. Varian llegó a la mitad de la laboriosa y lenta respuesta.
«No», era la respuesta a su pregunta respecto a si
sus mensajes habían sido recogidos del satélite y se había establecido contacto
con la NE. Recibió el esperado aplazamiento de respuesta en lo relativo a si
tenían algún conocimiento de una exploración anterior y al descubrimiento de
las antiguas sondas. «Excelente» fue su respuesta a las noticias del depósito
de pechblenda, con un «prosigan» a continuación. A su comentario de que habían
recibido noticias de los ryxis recibió un «enterados». Los theks eran
reputadamente tolerantes con todas las especies, de una forma benévola e
imparcial, pero Kei se quedó con la impresión de que a los theks no les
importaba en absoluto si los ryxis mantenían o no el contacto.
Su opinión respecto a la dilación de su respuesta
sobre una anterior investigación era ambivalente. Por una parte, medio había
esperado que hubieran hallado alguna referencia al asunto, aunque desconocía
cómo podían hacerlo, fuera de contacto con su propia raza y los bancos de datos
de la NE. Por otra parte, se hubiera sentido oscuramente aliviado si los theks
hubieran demostrado su falibilidad. Sin embargo, si este caso destruía su
reputación, algo estable y seguro quedaría perdido para siempre.
—Así que no lo saben —dijo Varian, ostensiblemente
complacida.
—No activamente, en cualquier caso —respondió,
dispuesto a tomar la parte de los theks para compensar su deslealtad mental—.
Por supuesto, sólo hay varios millones de planetas en el universo en los cuales
ha evolucionado algún tipo de vida…
—De modo que estamos constantemente informados —dijo
Varian—, pero nuestra esfera de intereses está normalmente limitada a esta
hedionda bola de tierra. Por cierto, a fin de establecer un campamento
secundario, vamos a tener que formular algunos planes. Según el viejo esquema
de sondajes, la placa se extiende unos dos mil kilómetros en punta hacia el
sudeste. Eso hace que el trasladarnos cada vez desde aquí sea irrealizable.
Quiero llevarme a Tanegli, Paskutti, Tardma y Lunzie y comprobar esa zona.
Desenrolló varios mapas de la zona, donde algunos de
los rasgos topográficos estaban ya señalados por la evidente maestría de Gaber:
recubiertos con colores a la aguada, y con la clave a su lado.
—He marcado aquí los territorios de los animales que
hemos clasificado. Creo que la guía es adecuada, pero hay tanta vida animal en
esta zona —y señaló la meseta y el bosque tropical justo más allá de los
parámetros muertos junto al campamento—, que solamente me he ocupado de los
grandes y los peligrosos. Hay un esquema para cada tipo que hemos podido
observar lo suficientemente bien como para identificarlo como hervíboro,
carnívoro u omnívoro. Como puedes ver, queda aún mucho por hacer antes de que
podamos elaborar un catálogo incluso de lo más superficial —golpeó con el dedo
enormes zonas de la masa continental silueteada que estaban completamente en
blanco—. ¡Aquí hay dragones! —añadió con voz sonora.
—¿Dragones?
—Bueno, eso es lo que decían los antiguos
cartógrafos cuando no sabían ni un bit binario acerca de la vida indígena.
—¿Alguna otra noticia de cuál especie es cuál aquí?
—preguntó Kai.
Ella agitó la cabeza, tendiéndole varias copias de
los mapas.
—Eso no es tan urgente como tu trabajo geológico, y
necesitabas alguna especie de guía.
—Este mapa es estupendo, Varian. Pensé que habías
salido con tus equipos…
—No, los envié a recoger esta información, y llené
algunas de las lagunas en nuestra exploración. Terilla y yo colaboramos en la
composición.
—¿Terilla hizo esto contigo? —impresionado, Kai miró
los mapas.
—Sí, por supuesto. Ya sé que los jóvenes nos cayeron
en el último momento, pero me hubiera gustado que alguien hubiera pensado en
facilitarnos sus historiales. Terilla ha sido un auténtico descubrimiento, y
hubiera podido aprender junto a Gaber al tiempo que le impedía retrasarse
tanto. El mismo aprueba con entusiasmo su trabajo. —Varian sonrió
descaradamente a Kai—. Te alegrará saber que los intereses de Bonnard han
sufrido una transferencia.
—¿A Dandy, o a Mabel? En ninguno de los dos casos me
siento halagado.
—Mabel ya no está desde hace tiempo. No, Bonnard
quiere participar en mi expedición a las aves doradas.
—Al menos ha elegido algo demostrablemente
inteligente.
—Nunca dije que no tuviera buen gusto.
—¡Varian!
—¿Cuándo es el contacto con los ryxis?
—Esta tarde a las 15:30 horas. Si lo recuerdan.
—Tenemos problemas de memoria en este viaje, ¿eh?
Los ryxis que olvidan comunicarse con nosotros, los theks que olvidan pensar y
la NE que olvida permanecer en contacto. Bien, volveré a mi mesa de trabajo…
—Empezó a salir de la cabina—. Oh, hola, Gaber…
—Varian, ¿se llevó todas las copias de mi mapa?
—Excepto aquella en la que estaba trabajando
Terilla. ¿Por qué?
—No lo sabía. No lo sabía, y estaba…
—Se lo dije, Gaber, pero supongo que estaba
demasiado enfrascado con la cinta y no me oyó. Lo siento. Le he dado copias a
Kai, y ahora iba de vuelta a su cubil con ésta.
—Oh, muy bien entonces. Y lamento no haberle oído
antes.
Kai tuvo la impresión de que Gaber no lo sentía en
absoluto. Se dedicó de nuevo al estudio de los esquemas de animales. Los
mayores herbívoros, como Mabel y otros tres tipos de gran tamaño, podían
encontrarse en todos los bosques tropicales, con sus pasos probables a través
de las cordilleras montañosas claramente señalados con pequeños dibujos de los
animales. Los predadores, como los caracolmillos, cazaban en solitario: solamente
habían sido descubiertos un par, que se hallaban envueltos en una feroz lucha,
la que se había deteriorado, en palabras de Paskutti, a un apareamiento. El
alcance de los mapas se veía obstaculizado por las grandes zonas no
cartografiadas, sobre las que se había situado una transparencia señalando los
rasgos topográficos generales tal como habían sido registrados por la sonda
inicial.
Se habían concentrado principalmente en la parte
relativamente fría de la masa continental, puesto que la región polar era mucho
más cálida que la ecuatorial debido al caliente núcleo termal del planeta.
Pronto tendrían que penetrar en aquellas junglas llenas de vapores, una tarea
que a Kai no le gustaba en absoluto. La proliferación y diversidad de formas de
vida debía ser increíble en aquel calor, según le había advertido Varian
durante sus sesiones previas a bordo de la nave. Las lujuriantes junglas
tropicales alimentaban la vida, proporcionando grandes cantidades de comida,
así como una inmensa competencia para todas y cada una de las sustancias
comestibles. En climas más fríos ―aunque Ireta no podía alardear de zonas
muy templadas― tendía a haber menos especies, puesto que la provisión de
alimentos se veía limitada por las condiciones de vida mucho más severas.
Con comprensible satisfacción, Kai tomó sus propios
mapas y los marcó con los dos depósitos de pechblenda, y aquellos del día
anterior donde Portegin y Aulia habían señalado dos extensos depósitos de cobre
y Berru y Triv habían marcado tres montañas de mineral de hierro. Quienquiera
que fuese el que había estado allí antes había despojado las zonas de la placa
continental, pero la acción geológica de los siguientes milenios había
convertido las zonas inestables en doblemente ricas. Aquella era realmente la
primera expedición de búsqueda de Kai: sus otras misiones habían sido
remediadoras… encontrar vetas que se habían quebrado, o controlar la extracción
de manganeso en zonas inundadas o en las profundidades marinas: todo ello
experiencias valiosas y destinadas a ayudarle en una exploración planetaria a
escala total como ésta.
Estaba tan profundamente sumido en sus pensamientos
que la alarma de su crono le sobresaltó, haciéndole pensar, entre desconcertado
y asustado, en para qué había ajustado la alarma.
¡El contacto con los ryxis! Demasiado tarde se dio
cuenta de que hubiera debido preparar un mensaje para ellos. Era más fácil leer
con rapidez un mensaje escrito que farfullar espontáneamente a la velocidad
requerida para los ryxis. Garabateó algunas notas mientras la unidad de
comunicación se calentaba. Diplomáticamente, pulió los comentarios de Varian
respecto a las aves doradas.
Vrl estaba al otro lado en el momento previsto,
pidiendo confirmación de contacto con la NE. Kai respondió negativamente, pero
Vrl no pareció muy preocupado por ello. Dijo que habían enviado su informe
completo por cápsula de larga distancia a su mundo natal. Dio a entender que no
le importaba el tiempo que empleara en llegar, puesto que él y su grupo estaban
bien y agradablemente establecidos. Kai pensó en no decir nada acerca de las
aves doradas si Vrl no lo preguntaba. Pero el otro lo hizo. Kai le dijo lo que
la pequeña Varian y él habían observado. Afortunadamente tenía conectada la
grabadora, puesto que la excitada respuesta de Vrl estalló en los oídos de Kai
a una velocidad imposible de seguir. Kai tuvo la impresión de que era acusado
de ser un decontento mentiroso, envidioso de los ryxis y deseoso de enfrentar
entre sí a las especies. Vrl cortó la comunicación antes de que Kai pudiera
protestar o acordar otro contacto.
Se quedó contemplando el aparato comunicador,
desconcertado y en cierto modo irritado por la excesiva reacción de Vrl, cuando
oyó el sonido de un carraspeo. Gaber estaba en el iris.
—Lamento molestar, Kai, pero echamos en falta uno de
los mapas de la zona. ¿No tendrá usted dos copias de alguno de ellos aquí?
Kai comprobó las resistentes pero finas hojas. A
veces se pegaban cuando la solución copiadora se secaba.
—No, solamente tengo una hoja de cada uno.
—Bien, entonces falta todo un juego —dijo Gaber, con
su habitual tono agraviado, y se fue.
Kai lo vio agitar la cabeza mientras se dirigía
hacia la compuerta de entrada de la lanzadera. Conectó el comunicador para
volver a pasar con mayor lentitud la conversación con Vrl, prometiéndose que
Varian tenía que efectuar un estudio intensivo de aquellos animales voladores
tan pronto como fuera posible.
En los siete días siguientes la expedición estuvo
demasiado atareada erigiendo los campamentos secundarios como para dedicarse a
cualquier actividad no estrictamente relacionada con esos objetivos primarios.
Varian halló tiempo para regresar a la roca de los peces y traerse varios
pequeños especímenes disecados de los rectángulos con flecos para que Trizein
los estudiara. El hombre se encerró en su laboratorio hasta que Lunzie lo
encontró dormido ante su escritorio. Le obligó a tomarse un descanso, a comer y
a dormir. Lo hizo a regañadientes y, cuando despertó, recorrió el campamento
con ojos que apenas veían nada, aunque en una ocasión se detuvo para mirar con
ojos muy abiertos y expresión desconcertada a Dandy.
El pequeño animal era muy manso y se dejaba hacer
cualquier cosa cuando Bonnard y Cleiti estaban a mano. Varian había decidido no
soltarlo porque, como huérfano que era, no tenía ningún protector natural. Kai
tuvo que aceptar sus argumentos, puesto que era obvio que el animal nunca
alcanzaría un tamaño excesivo y en consecuencia no iba a causar problemas ni a
la expedición ni a sus recursos. Dandy era por naturaleza tímido, y se mostraba
feliz siguiendo a los jóvenes por todas partes, con sus grandes ojos líquidos
pensativos o asombrados por turno. Kai hubiera preferido particularmente una
personalidad más extrovertida en un animal domesticado, pero Dandy no planteaba
problemas de comportamiento agresivo. Kai seguía considerándolo como un asunto
sobre el que no podía aún definirse.
Las aves doradas se veían ahora constantemente en el
aire, casi como si, según dijo Varian una tarde, estuvieran tan interesadas en
los nuevos ocupantes de su cielo como lo estaba la expedición por ellas. Se sintió
alegremente encantada de la reacción de Vrl a su existencia, puesto que, como
confirmó la grabación a marcha lenta, los ryxis habían farfullado un repudio al
informe de Varian, indicando que una especie aérea inteligente era algo muy
improbable de producirse nuevamente en un planeta, bajo cualquier condición:
los ryxis eran únicos y seguirían siendo únicos, y cualquier intento de
suplantar su preeminente posición en la Federación sería enfrentado con severas
medidas. Vrl sugería que aquello era un fraude que los bípedos harían bien en
olvidar, retractándose y abandonando el asunto, o en otro caso recomendaría que
todo contacto entre ryxis y humanos fuera cortado inmediatamente.
Una vez los mapas de animales de Terilla comenzaron
a circular, Tanegli y Gaber empezaron a rivalizar para aprovechar su tiempo y
habilidad, hasta el punto que Varian y Kai tuvieron que intervenir. Sin
preocuparse por aquella competencia por conseguir su ayuda, Terilla dejó muy
claro que prefería sobremanera las plantas a los mapas o animales. Riendo para
sus adentros, Varian mostró a Kai el mapa que la muchacha había preparado para
Tanegli indicando la posición de la flora, la hierba y los matorrales en las
llanuras y zonas pantanosas. Fue preparado un plan de trabajo por el cual Terilla
pasaría tres tardes con cada hombre, mientras que las mañanas serían suyas. Con
una incrementada carga de trabajo, Kai asignó tareas a Bonnard y Cleiti como lo
haría con cualquier otro miembro de la expedición. Tanegli optaba normalmente
por Bonnard y Cleiti cuando Terilla no estaba disponible para sus excursiones
botánicas. Algunas veces Bonnard actuó como grabador para Bakkun, cuando los
deberes administrativos impedían a Kai realizar algún trabajo de campo junto al
geólogo equipo pesado. Lunzie se anexionó a Cleiti durante algunos días para
que la ayudara en sus pruebas con el suelo y la vegetación de Ireta en busca de
propiedades medicinales inesperadas.
Fueron erigidos y ocupados dos campamentos
secundarios, pero pronto se hizo evidente que iba a tener que establecerse un
tercer campamento en el lejano este para proseguir la exploración en las masas
de tierra orientales. Esperaban que la inclinación axial de quince grados
significara un clima un poco más frío en las regiones polares cuando los equipos
tuvieran que trasladarse para completar la exploración en el hemisferio
occidental.
En ninguno de sus dos siguientes contactos con los
theks tuvieron éstos ninguna buena noticia que darle respecto a la respuesta
diferida o la NE. Las esperanzas de Kai referentes a una respuesta de la NE
fueron esfumándose rápidamente. Estaba preparado y tenía el apoyo de Varian
cuando Dimenon forzó una admisión de la interrupción del contacto. Kai citó la
tormenta cósmica de una forma tan casual que Dimenon nunca pensó en preguntarle
si el informe de los yacimientos era el único mensaje que no había sido
recogido por la nave.
—No me atrevo a estimar el período de gracia que
tenemos ahora —dijo más tarde Kai a Varian.
—Manténlos tan ocupados contando las bonificaciones de
sus hallazgos que se olviden de preguntar.
—Éste es un planeta malditamente rico, Varian.
—¿De veras? Entonces es asunto de la NE ponerse en
contacto con nosotros, si desean los materiales energéticos que hemos
encontrado. Saben dónde estamos. —Varian clavó la mirada en Kai, y éste enarcó
una ceja—. Supongo que no estarás pensando en la estúpida hipótesis de Gaber,
¿verdad?
—Se me ocurre de tanto en tanto —dijo Kai,
frotándose un lado de la nariz y sintiéndose estúpido pero en realidad aliviado
por oír a Varian airear el asunto.
—Hummm, sí. A mí también se me ocurre de tanto en
tanto. ¿Han informado de nuevo los ryxis?
—No. —Kai le dirigió una sonrisa—. ¿Acaso esperabas
que lo hicieran?
—No —rió ella—. Son tan… pomposamente paranoicos.
Como si otra raza avícola inteligente pudiera amenazarles. Quiero decir, los
giffs —éste era el nombre que había dado a las doradas aves— son inteligentes, pero se hallan tan
alejados de la posición ryxi que es estúpido por su parte sentirse ofendidos
por ello —suspiró—. Me gustaría evaluar su inteligencia.
—¿Por qué no lo haces?
—¿Con toda esta agitación que te traes respecto al
campamento oriental?
—¿Qué te parece el próximo día de descanso? Haz un
pequeño avance. Ve a observarlos, tómate el día libre.
—¿Puedo? —Varian irradió ante la perspectiva—.
¿Puedo llevarme el deslizador grande, dormir en él? Actualmente tenemos sus
hábitos de vuelo bien establecidos, hemos captado su actuación en la pesca lo
suficientemente a menudo como para deducir su conducta en este aspecto, pero no
sé mucho acerca de su vida personal, sus hábitos matutinos. Y está este lugar
único para la hierba que comen. Utilizan la hierba de los pantanos para tejer
sus redes, pero no sé exactamente cómo realizan esta labor. —Le lanzó una
mirada de soslayo, con el ceño fruncido—. Tú también necesitas una pausa tanto
como yo. Vayamos los dos, el próximo día de descanso. Paskutti y Lunzie pueden
sustituirnos aquí.
—¿Qué ocurrirá si ése es también el día de descanso
de los giffs? —preguntó Kai con una expresión muy suave.
—Siempre existe la posibilidad, ¿no? —respondió
ella, sin morder su anzuelo.
Kai se sintió sorprendido de darse cuenta del ansia
con que estaba aguardando el siguiente día de pausa en la rutina del trabajo.
Eso demostraba la razón que había tenido Varian en sugerírselo. Lunzie aprobó
de buen grado la idea, diciéndole a Kai que había estado a punto de
recomendarles un día de descanso a los dos. No estaba demasiado segura de que
observar de cerca a los giffs constituyera un descanso adecuado, pero ella
también estaba ansiosa por saber más acerca de las aves.
—¿Qué tienen esas aladas criaturas que nos fascina
tanto a todos? —preguntó Lunzie tras la cena, mientras se sentaban ante unas
jarras del brebaje de frutas.
—¿Su independencia? —argumentó Kai.
—«Si se hubiera querido que voláramos, se nos habrían dado alas» —citó Varian con una fina voz nasal, y luego continuó con tono normal—: Sospecho que es la libertad, o quizá la visión, la perspectiva, la sensación de espacio infinito a tu alrededor. Vosotros los criados en las naves no podéis apreciar los espacios abiertos en la forma que lo hacemos los criados en los planetas, pero yo necesito grandes vistas para regocijar mis ojos y mi alma.
—El confinamiento, voluntario o involuntario, puede
tener efectos adversos sobre el temperamento y la psicología, dando como
resultado serios desajustes —dijo Lunzie—. Ésa es una de las razones de que
incluyamos a los jóvenes en las expediciones a los planetas tan a menudo como
nos sea posible.
Kai guardó silencio, agudamente consciente de su
propia agorafobia, a menudo abrumadora.
—Tenemos alas sustitutas —prosiguió Lunzie— en los
deslizadores y en los cinturones elevadores…
—Que no producen en absoluto la misma libertad —dijo
Kai lentamente, preguntándose qué se debería sentir siendo independiente de
todo tipo de ayudas artificiales: picar, planear, flotar y deslizarse sin la
inconsciente consideración restrictiva del combustible, la tensión, la fatiga
mental.
—Vaya, Kai —dijo Varian, contemplándole con alegre
sorpresa—. Eres el último que esperaría que lo comprendiera.
—Quizá vosotros los criados en los mundos
subestiméis a los criados en las naves —dijo él con una irónica sonrisa.
Dimenon, que estaba de un extraordinario buen humor
aquella velada, puesto que él y Margit habían regresado para informar del
descubrimiento no sólo de un riachuelo lleno de pepitas de oro sino del
yacimiento madre, había traído su piano de mano. Empezó a tocar una estrepitosa
balada ―con interminables versos y un estúpido estribillo silábico―
tan pegadiza que todo el mundo no tardó en unírsele. Ante la sorpresa de Kai,
incluso los equipos pesados lo hicieron, golpeando el suelo de plástico con sus
pesadas botas y palmeando con sorprendente entusiasmo.
Margit sentía deseos de bailar y arrastró a Kai al
centro de la estancia, gritándole a Dimenon que dejara a un lado las
interminables estrofas y tocara alguna melodía decente. Kai nunca estuvo seguro
de cuándo desaparecieron los equipos pesados, pero la alegre reunión prosiguió
hasta mucho después de que se alzara la tercera luna.
Despertó de pronto a la mañana siguiente con una
urgencia que sugería peligro. Sin embargo, cuando se arrastró fuera del saco de
dormir y se dirigió a la ventana de su domo, la escena estaba tranquila. Dandy
estaba dormido, espatarrado, en su corral. No había ningún movimiento. El día
había despuntado ya, la mancha más brillante de nubes que era el sol estaba muy
por encima de la suave pendiente de las colinas orientales. Cualquier cosa que
hubiera alarmado a su subconsciente no se veía por ninguna parte.
Se había desvelado de tal modo con el repentino
despertar que decidió no volver a la cama. Se puso un mono limpio, unos
calcetines nuevos bajo las botas, y se ató éstas. Tenía una pequeña despensa en
su domo, y abrió una lata de vigorizante matutino, recordándose que debía
comprobar con Lunzie las reservas. No podía quitarse de encima la sensación de
que algo iba mal, de modo que decidió dar una vuelta por el campamento.
No había olor a humo en el domo principal. Gaber
estaba profundamente dormido en el suyo, las ventanas de los otros
compartimientos-dormitorio estaban opacadas, de modo que no entró. Recordando
la tendencia de Trizein de trabajar por la noche, se dirigió rápidamente hacia
la lanzadera, abriendo la compuerta iris. El aire acondicionado del interior le
hizo detenerse. De pronto se dio cuenta de que no se había puesto sus filtros
nasales: ¡y no había olido a Ireta!
—¡Vaya! Estoy empezando a acostumbrarme.
Su suave exclamación resonó en la desnuda cabina
principal de la lanzadera. Kai caminó lentamente hacia el laboratorio de
Trizein, abrió el iris y miró al interior. Había algunos experimentos en curso,
a juzgar por la actividad de diales y calibradores, pero la forma de Trizein en
el camastro a un lado estaba inmóvil.
Cuando Kai regresaba del laboratorio, observó que el
iris del almacén estaba abierto. Debía comentar a Trizein al respecto. Lunzie
guardaba allí su brebaje destilado de frutas. Kai había observado el liberal
consumo que había hecho del licor la noche antes, y su agresividad cuando
Margit le sugirió que ya era bastante. Kai no permitió que el hombre se
apropiara de un contenedor para uso vespertino en el campamento secundario. No
era una costumbre que aprobara ni condenara en ninguno de los miembros de su
grupo.
Aunque su inspección lo satisfizo respecto a que no
había nada demostrablemente mal en el campamento, su intranquilidad subsistió
hasta que, tras regresar a su domo, se sumergió en el archivo restringido de la
base de datos de la nave. Cuando el resto de la expedición empezó a
desperezarse, se había puesto al día de todo el trabajo atrasado. El levantarse
temprano había sido fructífero.
Dimenon, con aspecto completamente fresco tras la
juerga de la noche anterior, llegó al domo principal con Margit, ambos vestidos
y preparados para regresar a su base. Comieron rápidamente, puesto que deseaban
partir temprano, y Dimenon le preguntó a Kai cuándo esperaba contactar de nuevo
con los theks. No pareció alterado cuando Kai le dijo que dentro de tres días.
—Bien, haznos saber cómo aprecia la NE nuestro
trabajo sobre este hediondo planeta. Aunque… —Dimenon frunció el ceño y se
palpó la nariz—. ¡Mierda! ¡Olvidé de nuevo ponérmelos!
—¿Hueles algo? —preguntó Kai, divertido.
Los ojos de Dimenon empezaron a abrirse mucho, y su
mandíbula cayó blandamente en una exagerada reacción.
—¡Me he acostumbrado al mal olor! —su afirmación fue
casi un rugido, lleno de afligida incredulidad—. Kai, por favor, cuando te
comuniques con la NE, ¿puedes decirles que nos recojan antes del tiempo
previsto? Por favor. Me he acostumbrado al hedor del telurhídrico. —Se agarró
la garganta, contorsionando su rostro como en una terrible agonía—. No puedo
soportarlo. No puedo.
Lunzie, que se tomaba las cosas literalmente, acudió
corriendo, con el ceño fruncido por la ansiedad, mientras Kai intentaba
transmitirle tranquilidad. Otros estaban sonriendo ante los histriónicos gestos
de Dimenon, pero los equipos pesados, tras lanzar miradas de desinterés al
geólogo, volvieron a sus propias conversaciones en voz baja. Lunzie aún no se
había dado cuenta de que Dimenon estaba actuando. Él la sujetó por los hombros.
—Dime, Lunzie, dime que eso no va a quedar así. Que
recuperaré mi sentido del olfato. Cuando respire de nuevo un aire decente. Oh,
no me digas que nunca más volveré a poder oler nada…
—Si la aclimatación resultara permanente, siempre
podrías disponer una climatización iretana en tus aposentos de la nave
—respondió Lunzie, aparentemente preocupada.
Dimenon pareció horrorizado y, por un momento, no
captó el tono de la doctora, que finalmente se había dado cuenta de la broma.
—Vamos, amigo, ya te has lucido —dijo Margit,
tomando a Dimenon del brazo—. Será mejor que vengas a oler el dulce aroma de
otro hallazgo…
—¿Puede alguien acostumbrarse tanto al hedor iretano
que nunca vuelva a oler bien de nuevo? —preguntó Bonnard a Lunzie, un poco
preocupado mientras contemplaba a los dos geólogos marcharse.
—No —dijo Lunzie con una risita seca—. El olor es
poderoso, pero dudo que pueda producirse una desensibilización permanente. El
efecto temporal es más bien una bendición. ¿A ti también te ocurre?
Bonnard asintió, inseguro.
—Pero no me había dado cuenta de que ya no podía
olerlo hasta que Dimenon lo mencionó… ―aquello pareció preocuparle.
—Puesto que ahora te has acostumbrado al abrumador olor, comprueba si puedes distinguir otros olores que antes no captabas, puesto que hoy vas a salir fuera.
—¿Otros peores? —Bonnard miró a Lunzie, consternado.
—Yo puedo oler la diferencia entre las flores que he
estado catalogando —dijo Terilla—. Y algunas de las hojas también dejan olor si
las aplastas. Y no es un mal olor, de veras —añadió, con ganas de ayudar.
Aquella mañana Kai comprobó con Lunzie los
almacenes. Ella no era el tipo de persona que lo tiene todo desordenado, y la
inspección se efectuó rápidamente.
—No echo en falta ni un gramo del destilado de
frutas, si es eso lo que te preocupaba, Kai —dijo de un modo franco y directo—.
Además, no hemos utilizado mucho de las reservas de alimentos tampoco. He ido
eliminándolas gradualmente, en favor de las proteínas locales.
—¿De veras? —Kai se mostró sorprendido.
—¿No te habías dado cuenta? —había un ligero énfasis
en sus palabras. Lunzie sonrió brevemente, complacida del éxito de su
programa—. Sin embargo, hemos estado perdiendo otros pertrechos a un ritmo que
empieza a preocuparme.
—¿Otros pertrechos?
—Cuchillos, eyectores de película sellante, cargas
de repuesto para los cinturones elevadores…
—¿Qué se llevaron los campamentos secundarios?
—No lo suficiente para que se haya producido ese
descenso en las existencias. A menos, por supuesto, que no hayan informado de
las pérdidas y hayan cogido por su cuenta repuestos cuando yo estaba atareada
en otro lugar. —Esa explicación sonaba plausible—. Si puedo, nombraré a Cleiti encargada
de pedidos de material, y haré que esté por ahí cuando alguien necesite visitar
los almacenes. Podemos organizar un poco de control sin que nadie se sienta
ofendido por ello…
—O avisado —dijo Kai casi para sí mismo, y luego
decidió que su imaginación estaba trabajando demasiado. Necesitaba ese día de
respiro.
Varian regresó al campamento de uno de sus barridos
de búsqueda e identificación a primera hora de la tarde de la víspera del día
de descanso. Acorraló a Kai en su domo, haciendo resonar burlonamente los
casilleros de cintas apilados ante él, apartando a un lado el informe
sismográfico que había estado estudiando. Las presiones estaban aumentando en
una larga falla de transformación, y esperaba que fueran advertidos con tiempo
suficiente para poder observar el temblor cuando se produjera el fenómeno.
—Deja eso, Kai. Podrás dedicarte más eficientemente
al trabajo con una mente fresca.
—Todavía es temprano…
—Una mierda lo es. He vuelto temprano especialmente
para sacarte de aquí antes de que empiecen a llegar los equipos y te dejen
encima de la mesa una serie de resplandecientes informes que te creas en la
obligación de examinar. —Retrocedió hasta el iris—. ¡Cleiti! ¿Puedes
prepararnos algunas provisiones? ¿Y dónde está Bonnard? —La respuesta fue inaudible
para Kai pero satisfactoria para Varian, que asintió—. Si está seguro de que
tiene todo lo que necesita, dile que lo empaquete y lo deposite en el
deslizador al lado de mis cosas. Kai, ¿dónde están las tuyas? ¡Ja! Lo imaginé.
De acuerdo: ¿qué necesitas?
Varian se dirigió decidida hacia su armario, de modo
que Kai echó hacia atrás su asiento y le hizo señas de que se apartara. Se puso
en pie, sonriente pero obstinado, y empezó a guardar las cosas en su saco de
dormir, recogiendo el equipo de seguridad. Indicó con un cortés gesto de la
mano que ya estaba listo.
—Sabía que iba a tener que arrastrarte fuera de aquí
—dijo Varian, complacida de sí misma.
—Entonces, ¿por qué agitas tanto los pies? —preguntó
Kai con una sonrisa, y salió delante de ella.
Tras pensarlo mejor, cerró con su huella dactilar el
control del iris. No quería que nadie viera las cintas de los mensajes
intercambiados con los theks.
Mientras Varian elevaba limpiamente el gran
deslizador sobre el campamento, resplandeciente con el arco azul de la muerte
de innumerables insectos, lanzó un gruñido.
—Hubiéramos debido tomar una unidad pequeña para
esta noche. ¡Vamos a tener que dormir con la pantalla de los cinturones!
—No harán falta si extendemos los sacos en el suelo
del deslizador —dijo Bonnard, estudiando el espacio disponible—. Creo que hay
sitio suficiente si apilamos nuestras cosas en el asiento delantero y quitamos
los bancos laterales. ¿Activo el detector?
—Por esta vez vamos a dejar que descanse —dijo
Varian—. De todos modos, no creo que haya tan cerca del campamento nada que no
hayamos catalogado ya.
Un amistoso silencio envolvió a los tres y se
mantuvo durante todo el viaje hacia el mar interior, que alcanzaron justo
cuando el último destello del atardecer ―como lo definió Bonnard―
empezó a desvanecerse en el sombrío cielo. Varian había señalado un buen lugar
de aterrizaje, una somera terraza más allá y un poco por debajo de la
congregación principal de giffs pero con una espléndida vista de la cima donde
era depositada la red con los peces.
Durante la primera hora tras el ocaso hubo un breve
cese de la actividad diurna de los insectos antes de que las criaturas
nocturnas se convirtieran en una amenaza. Durante este ínterin, Varian calentó
su cena sobre la terraza de piedra desnuda. Luego, ante el desconcierto y la
sorpresa de Bonnard y la consternación de Kai, tomó ramas secas de la sección
de almacenamiento del deslizador y encendió un pequeño fuego.
—Un fuego de campaña es muy reconfortante, aunque
vosotros los tipos nacidos y criados en las naves penséis que es un atavismo.
Mi padre y yo acostumbrábamos a encender uno cada noche en nuestras
expediciones.
—Es muy hermoso —dijo Bonnard con tono tentativo, y
miró a Kai para ver su reacción.
Kai sonrió y se dijo a sí mismo que debía relajarse.
Un fuego a bordo de una nave era algo peligroso: su reflejo instantáneo había
sido coger algo para sofocar las llamas, pero mientras contemplaba el pequeño
fuego, que no planteaba ningún peligro para él, las danzantes lenguas se
volvieron agradablemente hipnóticas. El pequeño calor que transmitía les
proporcionaba un círculo de luz y mantenía efectivamente a distancia a los
insectos.
—Es el más viejo cinturón pantalla del mundo —dijo
Varian, agitando el fuego con un palo para reavivarlo—. En Protheon eran muy
particulares respecto a sus maderas para encender fuegos, eligiendo aquellas
que desprendían aromas agradables. Les gustaba el olor junto al calor y la luz.
No me atrevería a hacer lo mismo en Ireta.
—¿Por qué no? —preguntó Bonnard, con los ojos fijos
en un punto muy profundamente sumergido en las llamas—. Terilla dice que hay
algunas que huelen muy bien… según los estándares iretanos. Ya sabes, Varian,
que no he sido capaz de oler nada excepto el propio Ireta. ¿Crees que Lunzie
puede estar equivocada y que he perdido totalmente el olfato?
Varian y Kai se echaron a reír.
—Muy pronto lo sabrás, cuando volvamos a la NE —le
dijo Varian.
—Ajá —la respuesta de Bonnard carecía de entusiasmo
ante la perspectiva del regreso.
—¿Lamentarás tener que irte?
—Claro que sí, Kai, y no debido a que tenga que
abandonar a Dandy. Hay mucho que hacer aquí. Quiero decir que las cintas son
algo estupendo, y mejor que nada, pero en este viaje estoy aprendiendo
centenares de cosas. Aprendiéndolas punto a punto…
—Tienes que poseer estudios teóricos antes de
emprender los prácticos —dijo Varian, pero Bonnard echó a un lado aquella
consideración con un gesto de la mano.
—He estudiado cosas básicas hasta que los datos han
empezado a rezumar por mis poros, ¡pero no es en absoluto lo mismo que estar
aquí y hacerlo! —Bonnard se palmeó enfáticamente la rodilla—. Como este fuego,
y todo lo demás. ¡Cielos, en la nave ves llamas y corres hacia el extintor más
próximo!
Varian le sonrió a Kai y captó su expresión
desconsolada.
—Estoy de acuerdo contigo, Bonnard —dijo—. Y creo
que puedo decirte que vas a estar muy solicitado para otras expediciones una
vez Kai y yo hayamos hecho nuestro informe. Bakkun tiene en muy alto concepto
tu trabajo como grabador suyo.
—¿De veras? —la expresión de Bonnard, que se había
ensombrecido ante la perspectiva del regreso a la NE, se iluminó ante la idea—.
¿Estás segura? —su mirada fue de Varian a Kai.
—Tanto como puede estarlo alguien cuando habla de un
equipo pesado.
—¿Hay planeadas más expediciones, Varian? —preguntó
Bonnard con urgencia.
—Más o menos —respondió ella, captando la mirada de
Kai—. Firmé en este viaje para tres expediciones que necesitaran un xenob
dentro de un período de cuatro años estándar. Tú puedes ser elegible como
miembo junior en esas ocasiones. Por
supuesto, puedes optar por la geología en vez de la xenobiología.
—Me gustan los animales —dijo Bonnard, reteniendo
ligeramente las palabras en su boca para no ofender a ninguno de los dos
comandantes—, pero también me gustan… algunos de los aspectos más científicos
de…
—Creo que te desenvolverías mejor como grabador
interdisciplinario, abarcando tantas especialidades dentro de esa área como te
fuera posible —dijo Varian, acudiendo en su ayuda.
—¿De veras?
Su reacción puso en evidencia a Kai y a Varian que
era la mecánica de la grabación lo que fascinaba al muchacho, antes que
cualquiera de las disciplinas individuales. Hablaron sobre especialización
mientras el fuego se iba consumiendo, era reavivado con más ramas, y se
consumía de nuevo. Cuando Kai sugirió que debían irse a dormir, los dos
comandantes habían asegurado a Bonnard que le proporcionarían todas las
oportunidades que pudieran con cintas y grabadoras para ver si era realmente en
ellas donde se centraba su interés.
Seguros bajo la pantalla protectora del deslizador,
durmieron profundamente y sin ser molestados por las criaturas nocturnas de
Ireta.
Varian fue despertada a la mañana siguiente por algo
que agitaba con suavidad su hombro. Estaba medio dormida aún cuando fue
sacudida de nuevo, esta vez más fuertemente, al tiempo que su nombre era
susurrado con urgencia.
—Varian… ¡Varian, despierta! Tenemos compañía.
Eso la obligó a abrir los ojos, que volvió a cerrar
instantáneamente, sin creer lo que había visto.
—¡Varian, tienes que despertarte! —el susurro de
Bonnard era ansioso.
—Estoy despierta. Ya lo he visto.
—¿Qué hacemos?
—¿Te has movido?
—Sólo para despertarte. ¿Te he hecho daño?
—No. —Ambos estaban hablando en susurros—. ¿Puedes
despertar a Kai?
—No sé cómo se despierta…
Un tanto para el muchacho. No quería sacudir a
alguien que podía saltar fuera del saco como un torpedo. Sabía cómo despertarla
a ella puesto que lo había hecho a menudo cuando habían cogido a Dandy.
—Kai permanecerá tranquilo si lo despiertas tan
suavemente como lo has hecho conmigo.
Varian sonrió para sí misma. No lamentaba haber
incluido a Bonnard en aquel viaje: la conversación de aquella noche había
demostrado lo mucho que necesitaba el muchacho tanto los ánimos como la
oportunidad de hablar sin las reservas impuestas sobre él por la presencia de
los miembros mayores del equipo o las dos chicas. Aquella velada había
demostrado también que Kai hubiera preferido que aquel viaje hubiera sido en
pareja, rompiendo así por completo las exigencias de su liderazgo. Ahora que
había conseguido arrancarlo una vez de su escritorio y sus cintas, podían
hacerlo de nuevo, esta vez sin un tercer miembro.
Habían dormido alternando cabezas y pies, de modo
que mientras Bonnard agitaba el hombro de Kai con el pie, Varian le susurró una
advertencia al oído.
—Kai, despierta suavemente, no te muevas. Los
observadores están siendo observados.
Ahora Varian tenía los ojos semiabiertos, porque los
giffs estaban formando un círculo tan cerca en torno al deslizador que, al
despertarse, había visto una serie de brillantes ojos negros casi al mismo
nivel que los suyos.
Casi no pudo reprimir una risita cuando la punta de
un afilado pico anaranjado golpeó la cubierta de plástico del deslizador,
suavemente, como si no quisiera sobresaltar a los durmientes.
—¡Caray! —pronunció suavemente Kai, y hubo el
reverberar de una risita en su tono.
—¿Puedo echar una mirada sin peligro? —preguntó
Bonnard con su apenas audible susurro.
—No veo por qué no. Ellos nos están mirando a nosotros.
—¿Pueden entrar? —la pregunta era ansiosa.
—Lo dudo —dijo Varian, imperturbable.
No podía garantizar que el plástico resistiera un
ataque concertado de una serie de duros y afilados picos adultos, pero no tenía
la impresión de que los giffs pensaran atacar de este modo.
—Creí que deseabas estudiar sus hábitos matutinos,
Varian —dijo Kai, sacando lentamente una mano del saco que dormir. No estaba
mirándola, sino que observaba los velludos rostros dorados que los escrutaban
desde más allá.
—Ésa era mi intención.
—Creo recordar que te pregunté qué ocurriría si éste
era también su día de descanso.
Varian no pudo reprimir su risa, y Bonnard se unió a
ella, sin apartar sus ojos de los giffs.
—¿Quieres decir que tienen intención de pasar su día
libre observándonos a nosotros?
—Al menos, han empezado el día haciéndolo —dijo
Varian, saliendo lentamente del saco.
Las aves se agitaban incesantemente, alzando de
forma desmañada sus alas.
—Hey, pueden hacer girar sus alas por la muñeca…
—Sí, Bonnard. Ya me había dado cuenta de ello.
Varian había visto también la flexión de los tres dedos con las amarillentas garras en las puntas. La función del pulgar y del meñique había sido incorporada al ala, de modo que Varian no podía ver cómo eran capaces de tejer con los otros tres dedos.
—Hey, no están todos aquí —dijo Bonnard, señalando con un gesto juiciosamente controlado.
Ninguno de los giffs estaba perchado en la parte
superior de la burbuja de plástico, de modo que el cielo era claramente
visible. Silueteada contra las nubes se divisaba una formación de giffs que se
dirigía hacia el sudoeste.
—Creo que los que tenemos aquí son los jóvenes —dijo
Varian.
—Más bien los bebés —dijo Kai, señalando el rastro
de amarronada suciedad que resbalaba por la parte exterior del deslizador.
Bonnard ahogó una risita.
—¿Qué hacemos ahora? Tengo hambre.
—Entonces comeremos —dijo Varian, y empezó a sacar
sus piernas del saco, lentamente, para no dar a los giffs ninguna razón de
alarma—. Sí, son todos jóvenes —dijo, mientras se ponía lentamente en pie y
contemplaba los pequeños cuerpos apretados contra el deslizador.
Vistos desde una perspectiva adecuada, comprobó que
ninguno de aquellos giffs tenía un tamaño adulto. La punta de la cresta de la
larga cabeza les llegaba solamente a la cintura. Estimó que un giff
completamente crecido debía ser tan alto como un hombre de estatura media, con
una envergadura de alas de al menos ocho o diez metros.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Bonnard.
—Siéntate lentamente. Os traeré el desayuno al saco
—dijo ella, dirigiéndose cuidadosamente hacia donde estaban las provisiones.
Kai se había sentado en el suelo, y aceptó
agradecido la humeante jarra.
—Desayuno con público —dijo, sorbiendo.
—Me gustaría que se moviesen o hablasen o hicieran
algo —dijo Bonnard, mirando nervioso a su alrededor mientras soplaba para
enfriar el líquido en su jarra. Casi la dejó caer cuando uno de los giffs
extendió y agitó bruscamente sus alas—. Ni siquiera intentan alcanzarnos.
—¿Mirar pero no tocar? —preguntó Kai—. Francamente,
prefiero que sigan así. Esos picos parecen filosos.
Miró a Varian, que ahora tenía una pequeña grabadora
en la mano y, manteniéndola al nivel de su cintura, estaba girando lentamente
sobre sí misma en un círculo completo, grabando los rostros de sus
espectadores. Con el mismo cuidado contra cualquier movimiento brusco, situó la
grabadora a la altura de su hombro y giró de nuevo, inmovilizándose largo rato
en un punto que Kai se preguntó qué ofrecería de interesante.
—He mantenido la grabadora dirigida a la cima principal.
En estos momentos hay mucha actividad allí. No puedo ver de qué se trata… Oh,
sí, ahora lo veo. Son los adultos. Juraría que… sí… están llamando a sus
polluelos.
Reluctantes como cualquier criatura joven, los giffs
que los rodeaban se alejaron de mala gana, desapareciendo tan repetinamente que
Bonnard lanzó una exclamación de alarma.
—Todo está bien, Bonnard —dijo Varian, que tenía una
mejor visión de los alrededores—. Estamos en el borde del acantilado.
Simplemente han saltado por él y, si echas un vistazo por encima de tu hombro,
los verás planeando perfectamente a salvo.
—¡Bof! —exclamó Kai, tremendamente disgustado—. Los
tuvimos al alcance de la mano, y no los sondeamos.
—¿Y asustarlos hasta que empezaran a llamar a mamá y
a papá, y los tuviéramos a todos sobre nosotros? Aparte, no necesitamos sondear
a los giffs, Kai. Sabemos dónde viven y hasta dónde llegan. —Palmeó la
grabadora—. Y tenemos sus caras en la cinta.
—Seguro que ellos también nos han echado una buena
mirada —dijo Bonnard—. Me pregunto si nos recordarán la próxima vez.
—Todos los rostros sin cesta ni pelaje se parecen
—dijo Varian con una carcajada.
Ahora se movía sin inhibiciones por el deslizador, y
tendió a sus dos compañeros una barrita de proteínas de subsistencia. Se subió
a la silla del piloto para masticar la suya.
Cuando hubieron terminado de comer, bromeando acerca
de la forma en que habían sido despertados, se prepararon para abandonar el
deslizador. Kai y Bonnard llevaban las grabadoras y cintas adicionales,
mientras Varian llevaba su obsequio de hierbas. Kai llevaba también un
aturdidor, que esperaba no tener que usar. Aunque, pensaba para sí mismo, no
iban a tener muchas oportunidades en cualquier caso, dada la forma en que
podían moverse aquellos giffs.
Cuando salieron, el sol se asomó por entre la capa
de nubes, para su inspección matutina, según dijo Bonnard. De las cuevas del
acantilado empezaron a salir cientos y cientos de doradas aves, como si fueran
atraídas inexorablemente por el fino hilo de luz solar. Bonnard apuntó
rápidamente la grabadora y captó el espectáculo de centenares de giffs, con las
alas alzadas, los picos abiertos, coreando un curioso gorjear mientras daban
vueltas a la escasa luz del sol.
—¿Habías visto antes algo como esto, Varian?
—preguntó Kai, asombrado.
—No exactamente como esto. Oh, son unos animales
hermosísimos. Rápido, Bonnard, en la tercera terraza a la izquierda, ¡graba ese
grupo!
Los giffs, uno tras otro, se dejaron caer por el
borde, abriendo las alas y alzándose en un majestuoso planeo, girando,
volviendo a girar, como si desearan que cada parte de sus cuerpos se bañara en
la luz solar. Era una lenta danza aérea que mantuvo atónitos a los
observadores.
—Tienen los ojos cerrados —dijo Bonnard, observando
a través de las lentes de enfoque de la grabadora—. Espero que sepan adónde
van.
—Probablemente dispongan de algún tipo de percepción
por radar —dijo Varian. Incrementó los aumentos de su máscara facial para
observar más de cerca—. Me pregunto… ¿llevarán los ojos cerrados por alguna
razón mística? ¿O simplemente porque el sol es fuerte?
—El caroteno es bueno para los ojos —dijo Bonnard.
Varian intentó recordar si había visto alguna vez un
caracolmillos o alguno de los herbívoros entrecerrar o cerrar completamente los
ojos durante el resplandor solar. No podía recordarlo. La luz del sol brillando
por entre las nubes era una ocasión lo suficientemente rara como para que todos
los ojos humanos se clavaran invariablemente en el sol. Tendría que revisar las
cintas cuando regresaran al campamento.
—Mira, Varian, sólo unos cuantos están haciendo el
acto del vuelo —dijo Bonnard.
Había girado en redondo, sin dejar de accionar la
grabadora, y la enfocó en los giffs jóvenes que escarbaban en la cima de los
peces. Uno de ellos lanzó un chillido, intentó retroceder de algo y, perdiendo
el equilibrio, cayó hacia atrás. Sus compañeros lo observaron durante un largo
momento mientras se debatía de espaldas, aleteando impotente.
Sin pensarlo dos veces, Varian empezó a trepar hacia
la cima para ayudar al animal. Había puesto ya una mano en ella cuando un giff
adulto, con un chillido que sonaba casi como una orden, aterrizó en la cima,
volviéndose torpemente hacia Varian. Cuando la mujer detuvo juiciosamente su
ascensión, el giff ayudó diestramente al joven espécimen a ponerse en pie con
las garras de sus alas. Una de estas alas permaneció apoyada como una envoltura
protectora en el cuerpo del joven giff.
—De acuerdo, he comprendido claramente el mensaje
—dijo Varian.
Un sonido raspante brotó de la garganta del giff
adulto, cuyos ojos no se apartaron ni un momento de la mujer.
—¡Varian! —la voz de Kai osciló entre la orden y la
advertencia.
—Estoy bien. Simplemente se me ha dicho que mantenga
las distancias.
—Entonces manten más
distancia, Varian, Yo te cubro.
—Hubiera podido atacarme si hubiera querido hacerlo,
Kai. No muestres el aturdidor.
—¿Cómo pueden saber que es un aturdidor? —preguntó
Bonnard.
—Un punto para ti. Voy a ofrecerle la hierba. —Y
Varian tomó lentamente las hierbas del bolsillo de su pernera y, con gran
cuidado, tendió el manojo para que el giff pudiera verlo.
Los ojos del animal no se apartaron de los suyos,
pero Varian se dio cuenta de que la hierba había sido captada. Movió lentamente
la mano para colocar el manojo en el suelo. El giff emitió otro sonido
raspante, más suave, de tono menos agresivo.
—Eres bienvenido —dijo Varian, y oyó el bufido de
disgusto de Bonnard—. La cortesía nunca es inútil, Bonnard. El tono lleva su
propio mensaje. Del mismo modo que los gestos. Este animal comprende bastante
tanto lo que estoy haciendo como lo que estoy diciendo.
Había empezado a descender de nuevo al nivel de la
terraza inferior donde se hallaba el deslizador, moviéndose deliberadamente y
sin apartar los ojos ni un momento del giff. Tan pronto como estuvo de vuelta
junto al aparato, con Kai y Bonnard, el giff adulto avanzó anadeando
ligeramente, tomó la hierba y luego, regresando al borde del risco, se dejó
caer. Una vez tuvo espacio suficiente para abrir las alas, se remontó planeando
y se perdió de vista entre sus congéneres.
—Eso fue fascinante —dijo Kai, al final de un
suspiro mucho rato contenido.
Bonnard miraba a Varian con franco respeto.
—¡Huau! Un golpe de ese pico y te envía por encima
del borde.
—No hubo amenaza en ningún momento en las acciones del
giff.
—Varian —dijo Kai, apoyando una mano en el brazo de
ella—, ve con cuidado.
—Kai, éste no es mi primer contacto. —Entonces vio la preocupación en los ojos del hombre—. Siempre voy con cuidado. O no estaría aquí ahora. Hacer amistad con criaturas alienígenas es mi trabajo. Pero ¿cómo voy a averiguar lo maduros que son sus polluelos si siempre son tan protectores? —Se detuvo, dejó escapar un silbido de sorpresa—. Ya sé. El giff se mostró protector porque es la costumbre proteger a los jóvenes. Así, no están equipados para protegerse a sí mismos a su nacimiento, o durante algún tiempo a partir de entonces. De todos modos… —y suspiró decepcionada— me hubiera gustado entrar en una de sus cuevas.
—Mira allá, Varian —dijo Bonnard en un susurro, y
señaló con un movimiento claro de su índice.
Lentamente, Varian se volvió para ver una hilera de
giffs jóvenes observándoles desde la cima, con las alas cerradas, dobladas
hacia arriba tras sus espaldas, con las garras alares actuando como apoyos
adicionales en su posición sentada. Varian se echó a reír, agitando la cabeza y
murmurando algo acerca del observador observado.
—Así que somos espiados con todas las de la ley —dijo Kai, reclinándose contra el deslizador y doblando los brazos—. ¿Qué viene ahora, según tu programa? ¿Ser observados en nuestras costumbres matutinas cotidianas?
—En lo que a ti respecta, adelante si quieres. Será
interesante ver cuánto tiempo mantienen su atención, pero están ocurriendo
muchas cosas ahí arriba. ―Señaló hacia el cielo, donde los giffs estaban
trazando círculos, pero algunos grupos partieron en distintas direcciones, con
decidido batir de alas—. No parece que nos hayamos encontrado con un día de
descanso precisamente —dijo, sonriéndole a Kai—. Bonnard, si te subes a la
cabina del deslizador, creo que podrás ver la cima. ¿Puedes decirme a qué le
estaban chillando los polluelos? ¿O qué fue lo que hizo caer al que intenté
ayudar?
—Por supuesto.
—Pero no te muevas mucho por ahí arriba: tus botas
arañarán el plástico. Y no, no puedes quitártelas —añadió Kai cuando Bonnard
fue a decir algo.
Lo ayudaron a subir y, avanzando con gran cuidado,
Bonnard se situó de modo que pudiera ver la cima.
—Hay flecos muertos ahí arriba, Varian, y algo
parecido a algas, de aspecto viscoso. Ugh. ¿Quieres echarle un vistazo?
Los jóvenes, atraídos por su nueva posición, habían
abandonado aquella sección de la cima y anadeado hasta situarse directamente en
la línea de visión de Bonnard. Disgustado, el muchacho se puso en jarras y los
miró con ojos llameantes, y su acción les hizo charlotear entre ellos y
apartarse del borde. Kai y Varian no pudieron contener una risita ante los dos
tipos de jóvenes.
—¡Hey, grabador, te has perdido filmar una buena
secuencia!
—¡No sé cómo hubiera podido!
—Vamos, baja —le dijo Varian, puesto que sabía ya lo
que le interesaba.
Caminó hacia el extremo de la terraza orientado al
mar, se tendió boca abajo y miró por encima del borde.
—No se me permite ir arriba. ¿Se me permitirá ir
abajo? Parece que hay una cueva a la izquierda, a unos veinte metros, Kai. Si
utilizo un arnés, probablemente puedas balancearme hasta allí.
Kai no estaba enteramente a favor de esa gimnasia,
pero el arnés, sujeto firmemente a los anclajes exteriores del deslizador,
podía sostener con seguridad incluso a un equipo pesado. Le alegró no estar al
extremo del balanceante péndulo mientras Varian intentaba alcanzar su objetivo.
—¿Están observando, Bonnard? —preguntó Varian por el
comunicador.
—Los jóvenes sí, Varian, y uno de los del aire
también está observando.
—Veamos si tienen aquí también algunas reglas
prohibitivas.
—Varian… —Kai se mostró aprensivo cuando él también
vio al giff adulto acercarse para echar una detenida mirada al balanceante
cuerpo de Varian.
—Sólo está observando, Kai. Me lo esperaba. Un
balanceo más y… ya está. —Había conseguido agarrarse a un saliente rocoso junto
a la entrada de la cueva y trepó ágilmente hasta ella.
—¡Mierda! Está abandonada. Es gigantesca. Entra tan
adentro que ni siquiera puedo ver el final. —Su voz sonó ahogada a través del
comunicador, luego hueca—. No, espera. Justo lo que deseaba. Un huevo. ¿Un
huevo? Y me han dejado entrar. Oh, suena. Es un huevo muerto. Y también
pequeño. Bien, no es más que una prueba circunstancial de que sus polluelos
nacen inmaduros. Hum. Aquí hay hierbas, formando como un nido. Pero están
demasiado esparcidas ya para poder estar segura. ¿Es posible que hayan
abandonado la cueva porque hay un huevo infértil? No se ven ni espinas ni
escamas. Parece que tienen buena digestión.
Bonnard y Kay intercambiaron miradas ante aquel
monólogo y los sonidos variados de su investigación transmitidos por el
comunicador.
—Las hierbas del nido no son del tipo del valle de
la hendidura, más bien se parecen a las fibras más duras de los pantanos. Me
pregunto… Está bien, Kai —y su voz se vio incrementada por los tonos más claros
que indicaban que había salido de la cueva—, súbeme.
Cuando llegó al borde de la terraza, de los
bolsillos de sus perneras asomaban hierbas y el huevo formaba un bulto extraño
en la parte delantera de su mono.
—¿Alguna señal de alarma? —preguntó.
Kai, asegurando el manubrio, negó con la cabeza,
mientras Bonnard se apresuraba a ayudarla a quitarse el arnés.
—Hey, sus huevos son pequeños. ¿Puedo agitarlo?
—Adelante. Lo que haya dentro lleva muerto mucho
tiempo.
—¿Por qué?
Varian se alzó de hombros.
—Dejemos que Trizein disfrute un poco con él y
averigüe lo que pueda. No quiero cascarlo. Pásame esa manta, Kai —y envolvió
cuidadosamente el huevo, rodeado por las hierbas secas, y luego se sacudió las
enguantadas manos para indicar que su tarea estaba terminada—. Este trabajo da
sed —dijo, y se dirigió hacia el deslizador, donde tomó más raciones.
—¿Sabéis? —dijo, a mitad de la rápida comida—, creo
que cada uno de esos grupos había salido con una tarea muy definida…
—Así que quieres quedarte por aquí para ver lo que
traen de vuelta a casa —dijo Kai.
—Si no os importa.
—No. —Kai hizo una inclinación de cabeza hacia los
polluelos, algunos de los cuales parecían haber perdido interés y se dedicaban
a otras cosas en el otro lado de la cima—. Estoy disfrutando del cambio de
papeles.
—Me gustaría poder entrar en una cueva que estuviese
siendo utilizada…
—¿Todo en un día?
—Sí… tienes razón, Kai. Eso es pedir demasiado. Al
menos, no hemos recibido ninguna acción agresiva por parte de ellos. El adulto
consideró mi acto como de colaboración, no de agresión. Aceptó la hierba…
Todos alzaron la vista cuando una nota poco habitual
hizo vibrar la cima, una nota sostenida, aguda. Los jóvenes de la cima se
pusieron rígidamente firmes. Varian hizo un gesto a Bonnard de que tomara la
grabadora, pero el muchacho ya la estaba cogiendo, al tiempo que examinaba el
cielo antes de enfocar el aparato hacia las jóvenes aves en estado de alerta.
Una masa de voladores cayó de las cuevas, alcanzó
espacio para desplegar sus alas y partió en una sorprendente exhibición de
velocidad hacia el brumoso sudoeste.
—Ésa es la dirección de la garganta que conduce al
mar. ¿Los pescadores con la red?
—Los jóvenes se están apartando —dijo Bonnard—. Tengo
la impresión de que ha llegado la hora de la comida.
De entre la bruma aparecieron giffs de cansadas
alas, casi rozando el agua, alzándose con evidente esfuerzo hasta una serie de
salientes, donde se posaron, las alas abiertas y caídas. Varian estuvo segura
de haber visto un manojo de hierba en las garras de atrás de uno de ellos.
Aguardaron allí, y lo mismo hicieron los jóvenes, empujándose ocasionalmente
unos a otros. Bonnard, nervioso ante el intervalo, se dirigió hacia la entrada
del deslizador, pero Varian lo detuvo, justo en el momento en que veían a un
giff adulto posarse fuera, en su terraza.
—No muevas ni un músculo, Bonnard.
El adulto se quedó observándoles, sin apartar ni un
momento los ojos del deslizador.
—Ahora retrocede lentamente de la salida —le dijo
Varian, y cuando el muchacho hubo completado la maniobra, dejó escapar un
profundo suspiro de alivio—. ¿Qué te dije el otro día? Nunca debes molestar a
los animales durante su comida. No se te ocurra importunarles entonces, si
quieres seguir en buenas relaciones con ellos.
—Lo siento, Varian.
—Está bien, Bonnard. Pero tienes que aprender estas
cosas. Afortunadamente, no se ha producido ningún daño… ni respecto a ti ni
respecto a nuestra misión. —Sonrió ante el sombrío rostro de Bonnard—. Alégrate.
Hemos aprendido algo más. No han dejado de vigilarnos ni un solo minuto. Y
saben por dónde entramos y salimos del deslizador. Unos animales tremendamente
listos, hay que reconocerlo.
Sin apartar los ojos de su guardia, el muchacho se
sentó en el suelo del aparato.
Aguardaron otros tres cuartos de hora antes de que Kai, recordando que debía moverse con lentitud, les avisó del regreso de los giffs. Surgieron gritos de todas partes, y había tantos giffs en el aire que Bonnard se quejó de que sus imágenes iban a mostrar más cuerpos velludos y alas que elementos informativos.
Bonnard y Varian presenciaron una repetición del
espectáculo al que ya habían asistido otra vez cuando los resplandecientes
montones de peces fueron soltados de las redes.
Los polluelos anadearon por entre la pesca y un
adulto, al descubrir a un joven que se estaba llenando excesivamente la bolsa
de su garganta, palmeó diestramente su cabeza y le hizo regurgitar. Kai observó
a otro adulto separando flecos de la masa y lanzándolos diestramente por encima
del borde del acantilado con hábiles barridos de su pico. Cuando hubo
completado aparentemente aquella tarea en su lado, se frotó cuidadosamente el
pico contra la piedra.
—Lo he grabado todo en la cinta, Varian —aseguró
Bonnard.
Mientras,
Kai señalaba otra curiosidad: un giff adulto cuyo pico estaba siendo llenado
por otros. Luego el giff anadeó hasta el borde del acantilado, se lanzó,
desplegó las alas y desapareció en una de las cuevas más grandes. Otro ocupó su
lugar, llenó su buche y repitió la maniobra del anterior, esta vez en dirección
a otra gran abertura. A los jóvenes se les permitía comer el pescado de uno en
uno. Hubo una repetición de terror juvenil hacia un fleco, dos de ellos cayeron
y se enredaron entre sí hasta que fueron rescatados por un vigilante adulto.
Bonnard se impacientaba por tener que permanecer dentro del deslizador en vez
de encima de su cabina, desde donde hubiera podido conseguir imágenes mucho
mejores del incidente.
Las provisiones traídas fueron menguando gradualmente,
y los jóvenes perdieron interés y desaparecieron de la cima. Poco después,
Varian observó que ya no se veían giffs. Aguardaron pacientemente hasta que Kai
se puso tan nervioso por la inactividad que Varian no pudo ignorar el hecho de
que no iban a progresar en su estudio de los giffs permaneciendo ni en el
deslizador ni en la terraza.
Era ya bien pasado el mediodía. Tenían cintas
suficientes para horas de estudio. Su anuncio de que sería mejor regresar al
campamento fue acogido con una actividad instantánea por parte de los dos
hombres. Kai comprobó el cierre hermético de la cabina para el vuelo, hizo un
gesto a Bonnard para que se sujetara en su asiento y él hizo lo mismo. Ambos
estaban ya preparados cuando ella, riendo, apenas se había sentado.
Cuando despegaron, trazó un nuevo círculo sobre la
cima, observando que los flecos pequeños habían sido abandonados para que se
secaran y pudrieran al aire. Había hallado respuesta a algunas de sus
preguntas, pero los acontecimientos del día habían suscitado muchas más. Se
sentía razonablemente complacida con la excursión, aunque fuera solamente
porque había hecho algo que realmente deseaba hacer.
Kai observó la ausencia de los deslizadores mientras
trazaban un círculo por encima de un campamento extrañamente tranquilo. Tan
sólo Dandy era visible, medio adormilado en su corral, con una de sus patas
traseras recogida bajo su cuerpo. Por alguna razón, aquello tranquilizó a Kai.
Dandy había mostrado una notable tendencia a reaccionar a cualquier tensión o excitación
en el campamento golpeando contra la valla de su corral.
—Todo el mundo debe estar descansando —dijo Varian,
que pilotaba el deslizador.
—Mis grupos deben haber vuelto pronto a sus
campamentos.
—Sí, pero ¿dónde están mis equipos pesados? No todos
los deslizadores deberían estar fuera.
—Bakkun dijo algo acerca de ir a su lugar —observó
Bonnard.
—¿Su lugar? —preguntaron Kai y Varian a coro.
—Sí. Al norte —dijo Bonnard, señalando—. El lugar
especial de Bakkun se halla al norte.
—¿Qué tipo de lugar especial? —preguntó Varian,
indicando a Kai con una rápida mirada que le dejara a ella hacer las
preguntas—. ¿Has estado alguna vez allí?
—Sí: la semana pasada, cuando salí con Bakkun. No es
lo que yo llamaría especial, tan sólo un claro circular entre los árboles,
cerrado en uno de los lados por una pared de roca. Hay cantidad de grandes
herbívoros, como Mabel, y algunos otros tipos más pequeños. Todos tienen sus
flancos arrancados a mordiscos, Varian. Bakkun me dijo que Paskutti estaba
interesado en ellos. ¿No te lo mencionó?
—Probablemente no tuvo tiempo —dijo Varian, dándole
tan poca importancia que Kai supo inmediatamente que Paskutti no le había
mencionado nada de aquello.
—¿Tiempo? Eso fue hace una semana.
—Todos hemos estado muy atareados últimamente —aseguró
Varian, frunciendo el ceño mientras hacía descender el deslizador y lo posaba
suavemente en el suelo.
Lunzie acudió junto al aparato, aguardando a que se
abriera la compuerta y salieran los ocupantes.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó.
—Estupendo —dijo Varian—. ¿Todo el mundo ha
disfrutado aquí también de un tranquilo día de descanso? —preguntó.
Lunzie le lanzó una larga mirada escrutadora.
—Por todo lo que sé —dijo lentamente, sin que sus
ojos abandonaran ni por un momento los de Varian mientras ésta cerraba la
compuerta—, Terilla está trabajando en algunos dibujos en el domo de Gaber, y
Cleiti está leyendo en el domo principal.
—¿Puedo mostrarle a Cleiti las cintas, Varian?
—Claro que sí. ¡Pero no borres ninguna por error!
—¡Varian! Llevo semanas manejando cintas, y jamás se
me ha borrado ninguna.
Kai pudo darse cuenta de que Varian deseaba a
Bonnard lejos para poder hablar. También fue consciente de que, de alguna
forma, las otras dos mujeres habían intercambiado entre ellas alguna
información tácita y se sentían impacientes por poder hablar sin inhibiciones.
Kai tenía también algunas preguntas que hacerle a Varian, respecto a Bakkun,
Paskutti y los hervíboros atrapados.
—¿Mis grupos se fueron sin problemas? —preguntó Kai
a Lunzie para cubrir el evidente silencio que se produjo mientras Bonnard
cruzaba el campamento. Se detuvo un momento para dar unas palmadas a Dandy.
—Sí, todos excepto Bakkun, que se fue con los
equipos pesados para algún asunto propio. —Lunzie hizo un gesto hacia la
lanzadera mientras avanzaban en su dirección—. ¿Recuerdas que me preguntaste
acerca de los almacenes, Kai? —dijo en voz baja—. Alguien hizo una incursión y
se llevó una selección de equipo médico básico. El sintetizador ha sido
utilizado también, hasta agotar toda una celda de energía. Puede que el
sintetizador gaste realmente mucha energía, pero yo no lo he usado hasta tal punto. De modo que he hecho que
Portegin lo revisara esta mañana antes de que se fuera, y no hay ningún fallo
de funcionamiento. Alguien ha estado utilizándolo. Ignoro lo que pudo ser
sintetizado con él.
—¿Dónde han ido los equipos pesados, Lunzie?
—preguntó Varian.
—No lo sé. Yo estaba en los almacenes cuando oí
marcharse los deslizadores y los cinturones. Luego vino Portegin y me dijo que
los equipos pesados se habían marchado… —Lunzie hizo una pausa, frunciendo
concentradamente el ceño—. Es extraño. Yo estaba en los almacenes, y no
vinieron a buscar raciones.
—¡No! —la suave exclamación de Varian sobresaltó a
la doctora y a Kai.
—¿Qué ocurre, Varian?
Se había puesto muy pálida, hasta el punto de
parecer repentinamente enferma, y se reclinó contra el casco de la lanzadera.
—No. Tengo que estar equivocada.
—¿Equivocada? —la animó Lunzie.
—Tengo que estarlo. No hay razón para que reviertan.
¿Crees que lo harían, Lunzie?
—¿Revertir? —Lunzie miró intensamente a Varian, que
seguía reclinada blandamente contra el casco—. No pensarás…
—¿Por qué otra cosa estaría interesado Paskutti en
unos hervíboros de flancos devorados de los que no sé absolutamente nada? Nunca
pensé que Bakkun fuera insensible. Pero decir algo así delante de un muchacho…
Lunzie lanzó un bufido.
—Los equipos pesados no tienen una opinión muy alta
de los adultos nacidos en gravedades ligeras, y mucho menos de los nacidos en
las naves, y los niños en sus mundos nunca hablan ni aunque los maten…
—¿De qué demonios estáis hablando? —preguntó Kai.
—Me temo que estoy de acuerdo con la hipótesis de
Varian.
—¿Que es? —preguntó Kai testarudamente.
—Que los equipos pesados han vuelto a comer
proteínas animales.
El calmado tono de voz de Lunzie no suavizó el
impacto de su revulsiva afirmación. Kai pensó que iba a ponerse enfermo, tan
aguda fue la repentina náusea.
—Son… —no pudo terminar la frase, y agitó una mano
sustituyendo las palabras—. Son miembros de la Federación. Son civilizados…
—Se adaptan cuando se hallan en compañía de la
Federación —dijo Varian en una voz suave y átona, señalando así lo
profundamente impresionada que estaba—. Pero he trabajado con ellos en otras
expediciones antes y lo hubieran hecho… de haber podido. Pero simplemente no
pensé… no quise pensar que pudiera ocurrir aquí.
—Han sido muy discretos —dijo Lunzie—. No es que los
defienda. De no ser por la observación de Bonnard… No. —Y Luncie frunció el
ceño a las baldosas del suelo—. He estado bordeando los límites de una teoría
desde aquella noche…
—Desde la noche en que serviste el destilado de
frutas —terminó Varian por Lunzie, señalando con el dedo—. ¡No estaban
borrachos! Estaban simplemente excitados. ¿Y sabes por qué? —Nadie tuvo tiempo
de responder a la hipotética pregunta—. A causa de la violencia…
—Sí, la violencia y el alcohol pueden actuar como
estimulantes en los equipos pesados —dijo Lunzie, asintiendo juiciosamente con
la cabeza—. Poseen un metabolismo lento por naturaleza —le dijo a Kai—. Y unos
lentos impulsos sexuales que los hacen una admirable mutación para las
expediciones del CEE. Dados los estimulantes adecuados y.. —Lunzie se alzó de
hombros.
—Es culpa mía. No hubiera debido dejarles beber
aquella noche. Lo sabía. Mira… —Varian sentía la necesidad de confesarse—, fue
el mismo día en que un caracolmillos atacó salvajemente a un herbívoro. Me di
cuenta de que Paskutti y Tardma reaccionaban intensamente, aunque en aquellos
momentos pensé que estaba imaginando cosas…
—Ésa fue la violencia necesaria, y yo compliqué el
problema ofreciéndoles el destilado de frutas. —Lunzie estaba dispuesta a
compartir la responsabilidad—. Debió ser toda una noche para ellos.
—¡Y nosotros pensamos que se habían ido temprano a la cama! —Varian se dio una palmada en la frente, admitiendo su estupidez—. Con un brebaje tan potente… —Se echó a reír, y de pronto se cortó, como si se hubiera quedado sin aliento—. ¡Oh, no!
—¿No qué? —preguntó Kai secamente.
—Volvieron.
—¿Volvieron dónde? —Kai estaba confuso.
—¿Recuerdas que te hablé del tiempo de vuelo del
deslizador grande? —señaló Varian a Kai.
—¿Volvieron y remataron a ese herbívoro por su
carne? —preguntó Lunzie a Varian.
—Me gustaría que no sintieras la necesidad de ser
tan revulsivamente vulgar —dijo Kai, irritado tanto con la doctora como consigo
mismo y su agitado estómago.
—Sí —prosiguió Lunzie, ignorando a Kai—;
decididamente, necesitaban proteínas animales adicionales…
—¡Lunzie! —Varian intentó detenerla, pero la doctora
siguió adelante, con su voz más clínica:
—Creo que comen proteínas animales, y disfrutan
comiéndolas. En su propio planeta tienen que hacerlo, puesto que disponen de
muy pocas materias vegetales en las tremendas gravedades de sus mundos que sean
digeribles por el estómago humano. Generalmente se adaptan a los estándares
universales de proteínas vegetales y sintéticas. Les hemos proporcionado
alimentos de subsistencia altos en… —Lunzie se detuvo—. ¿Es posible que sea por
eso por lo que el sintetizador fue tan utilizado?
—¿Proteínas? —preguntó Kai, esperando que los
miembros de su expedición no hubieran revocado todos los dogmas de los
controles dietarios aceptables.
—No, las otras exigencias cotidianas de alimentación
que no podían obtener de una dieta puramente animal. Una cosa que no falta en
nuestros almacenes es nuestro tipo de proteínas.
Varian, con aspecto verdoso, alzó una mano para
hacer callar a Lunzie.
—No sabía que fueras del tipo melindroso, Varian
—dijo Lunzie—. De todos modos, tu sensibilidad puede atribuirse a tu educación.
La tentación de comer carne animal es aún fuerte en los planetarios…
—Kai, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Varian.
—Francamente —dijo Lunzie—, aunque no me lo hayas
preguntado, yo diría que no hay nada que podamos hacer. Han sido discretos
respecto a sus viles preferencias. De todos modos —y su tono varió—, esto no
hace más que apoyar mi creencia de que nunca se puede condicionar con éxito una
ansia primaria. Se necesitan generaciones en un nuevo entorno para que los
resultados sean positivos. ¡Oh! —Lunzie había adoptado su habitual tono
confiado y pedante. Su exclamación fue de sorpresa—. Kai, Varian… —miró primero
al uno, luego al otro, con su aire más solemne—. La NE está regresando a por nosotros, ¿verdad?
—Tenemos todas las razones para creerlo así —dijo
Kai firmemente.
—¿Por qué lo preguntas, Lunzie? —Varian pareció oír
de nuevo algo en la pregunta de la mujer que a Kai se le había pasado por alto.
—Gaber no opina así.
—Como le dije a Dimenon —murmuró Kai, sintiendo la
necesidad de mostrar una autoridad sin preocupaciones—, hemos perdido el
contacto, pero si los theks no están preocupados, yo tampoco.
—Los theks nunca se preocupan —dijo Lunzie—. Las
preocupaciones son para personas presionadas por el tiempo. ¿Cuánto llevamos
fuera de contacto, Kai?
El hombre dudó tan sólo lo suficiente para captar la
mirada de Varian y su aprobación. Lunzie era una buena aliada.
—Desde que los primeros informes fueron retirados
del satélite.
—¿Hace tanto?
—Suponemos, y los theks lo confirman, que la
tormenta cósmica que la NE fue a investigar tras dejarnos aquí ha ocasionado
interferencias, y que la NE no puede alcanzar el satélite.
Lunzie asintió, frotándose la nuca como si notara
sus músculos tirantes.
—Apostaría a que Gaber ha estado difundiendo esa
estúpida teoría suya de que hemos sido plantados. —Kai consiguió lanzar una
carcajada que sonó, al menos para él, genuinamente divertida.
—Yo también me reí de Gaber, pero no creo que los
equipos pesados posean el mismo sentido del humor.
—Eso explicaría su comportamiento agresivo —dijo
Varian—. Se encuentran casi como en casa en este planeta, y son lo bastante
resistentes como para sobrevivir.
—Esta generación será lo bastante resistente —dijo
Lunzie con su tono pedante—, pero no la próxima.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó irritadamente
Kai—. ¿La próxima generación? ¡No hemos sido plantados!
—No, no creo que lo hayamos sido —dijo Lunzie con
calma—. Somos un grupo demasiado pequeño para formar una base genética, y
nuestras edades no son las adecuadas. Pero eso no impedirá a los equipos
pesados seguir su propio camino…
—¿Quedándose en Ireta? —Kai estaba desconcertado.
—Oh, aquí tienen todo lo que necesitan —dijo Lunzie—. Alcohol, proteínas animales… Los equipos pesados crean a menudo sus propias leyes. Tú has oído las historias, Varian —la mujer asintió lentamente—. Tengo noticia de varios grupos que simplemente se desvanecieron de escena. Si puedes imaginar la masa de un equipo pesado desvaneciéndose…
—No pueden hacerlo —dijo Kai, agitándose inquieto,
sintiéndose furioso e impotente por no tener ninguna idea de cómo impedir que
los equipos pesados llevaran adelante su plan. Físicamente eran superiores, y
tanto él como Varian habían tenido a menudo la impresión de que los equipos
pesados les toleraban como jefes simplemente porque les convenía.
—Pueden, y será mejor que lo admitamos para nosotros
mismos, si no para los demás —dijo Lunzie—. A menos, por supuesto, que puedas
imaginar algo tan desastroso respecto a este planeta que prefieran regresar con
nosotros. —Era obvio que tenía la impresión de que no existía ninguna
circunstancia parecida capaz de frenar a los equipos pesados.
—Bien, ése es un pensamiento constructivo —dijo
Varian.
—Tranquilas, por favor —dijo Kai—. No tenemos
ninguna indicación de que ésa sea su intención. Puede que simplemente estemos
hablando de una crisis que no existe. ¡Demonios! No es asunto nuestro
interferir en las costumbres sexuales de ningún grupo. Si necesitan tener algún
estímulo para satisfacer sus impulsos, adelante. Hemos creado indiscreción
adjudicándoles acciones ofensivas e inaceptables, y ni siquiera sabemos si
nuestras especulaciones son válidas.
Lunzie pareció algo apesadumbrada, pero Varian no se
dejaba ablandar tan fácilmente.
—¡No me gusta esto! Hay algo desfasado en todo ello.
Lo sentí desde el día en que acudimos en ayuda de Mabel.
—La violencia es un estimulo para los equipos
pesados —dijo Lunzie—. Y pese a nuestros pasos hacia un auténtico
comportamiento civilizado, puede resultar también un estímulo para nosotros:
una reacción primitiva, desagradable, pero válida. —Lunzie se alzó de hombros
en aceptación a tal fragilidad—. Ni nosotros mismos estamos tan lejos del barro
primordial de la creación y las respuestas instintivas. A partir de ahora,
deberé rebajar juiciosamente la destilación para todo el mundo. —Echó a andar
hacia la salida—. Y nadie será el más listo.
—Mira, Varian, todavía no lo sabemos —dijo Kai,
dándose cuenta de lo abatida que se sentía Varian—. Hemos tomado hechos
aislados…
—Yo he
tomado hechos aislados… Pero Kai, algo va mal.
—Demasiado ya. No necesitamos más.
—Se supone que los jefes deben anticipar los
problemas a fin de que no lleguen a surgir.
—¿Como la NE perdiendo el contacto con nosotros?
—Kai le lanzó una larga mirada divertida.
—Ése es un problema de la NE, no nuestro, Kai. He
trabajado con equipos pesados antes. Incluso… —dejó escapar una débil risita—
he sobrevivido a dos semanas de gravedad en Thormeka, lo suficiente para
comprender algo las condiciones que los crearon. Y noté que Paskutti y Tardma reaccionaron
excesivamente al ataque del caracolmillos sobre el herbívoro. Del mismo modo
que reaccionaron luego los demás equipos pesados.
—No podemos interferir con las discretas prácticas
sexuales de ningún grupo, Varian. —Kai aguardó hasta que ella asintió,
reluctante—. De modo que hemos anticipado que puede existir un problema,
¿correcto?
—Ésta es mi primera expedición grande, Kai. Tiene
que salir todo bien.
—Mi querida co-comandante, has estado haciendo un
trabajo soberbio.
Kai tiró de ella, apartándola del casco de la
lanzadera y abrazándola. No le gustaba ver a la insegura Varian tan desanimada
y, esperaba sinceramente, innecesariamente preocupada.
—Escucha, Varian. Ninguno de los componentes de mis
grupos geológicos han sido emboscados o mordidos en el costado… Tú has
descubierto algunas nuevas formas de vida, una de ellas realmente interesante. Y, ¿sabes?, creo que sería una gran cosa si
nosotros dos practicáramos también un poco de sexo.
Aquello la sorprendió, y él se echó a reír ante su
reacción, tomó su silencio por un sí y la besó. Al no hallar resistencia y sí
una discreta cooperación, se retiraron a su domo por todo el resto del día.
Un mundo que estimulaba el sexo no podía ser tan
malo, decidió Varian a la mañana siguiente, levantándose totalmente reanimada.
Quizá Lunzie estuviera equivocada pensando que simplemente porque los equipos
pesados se habían llevado consigo raciones proteínicas iban a… Bien, no había
pruebas de que no hubieran pasado su día de descanso dedicados a satisfacer sus
impulsos sexuales en vez de complacer atávicamente sus hábitos alimenticios.
Kai tenía razón también. Puesto que no tenían
pruebas de ningún comportamiento incorrecto, no servía de nada albergar
sospechas básicas.
Eso era más fácil de decir que de hacer, pensó más
tarde Varian, mientras conferenciaba con los equipos pesados respecto a la
asignación de los trabajos para la semana. No hubiera podido señalar ningún
cambio significativo, pero había una marcada diferencia en la actitud de su
grupo. Varian se había sentido siempre relativamente a gusto con Paskutti y
Tardma. Hoy, era consciente de una especie de reserva, de un buscar frases y
palabras, de una incomodidad, y de la sensación de que Paskutti y Tardma se
sentían divertidos ante ella. Tenían un aire de complacida satisfacción que la
irritaba, aunque no dejaba de repetirse que los equipos pesados no traicionaban
ninguna emoción. El equipo xenob se mantenía justo un poco más allá de las
zonas que los geólogos debían sondear. Formas de vida desconocidas acechaban en
la densa vegetación, pequeñas pero igualmente peligrosas, y las pantallas de
fuerza de los cinturones no ofrecían una protección absoluta.
Mientras los dos equipos pesados avanzaban junto con
ella hacia el aparcamiento de los deslizadores, hubiera jurado que Paskutti
cojeaba un poco. Varian y Kai habían decidido no interrogar por el momento a
los equipos pesados, y Varian no tuvo problemas en controlar su curiosidad a lo
largo de aquel día. Aquel cambio indefinible en la actitud de los equipos pesados
hacia ella actuaba como una comprobación crucial.
Fue para ella un claro alivio dar por terminada la
exploración diaria cuando una ligera lluvia combinada con un azotante viento
limitó la visibilidad e hizo imposible el registro de las formas de vida. Fue
Paskutti quien ordenó en realidad el alto, y aquello satisfizo en cierto modo a
Varian.
Cuando entraron en el campamento, Lunzie estaba
cruzando de la lanzadera a sus aposentos, y le hizo a Varian una imperceptible
seña de que acudiera a su encuentro.
—Ayer ocurrió algo —le dijo la doctora a Varian
cuando estuvieron a solas—. Tanegli tiene un corte en una de sus mejillas. Dice
que se lo hizo con el borde afilado de una hoja cuando se inclinó para recoger
un espécimen. —La expresión de Lunzie rechazaba aquella explicación.
—Y estoy segura de que Paskutti está disimulando una
cojera.
—Oh. Y Bakkun no utiliza por completo su brazo
izquierdo.
—En algunas sociedades primitivas, los machos luchan
por el favor de las hembras —dijo Varian.
—Eso no encaja aquí. Berry lleva selladora para
heridas en su brazo izquierdo, y se supone que las hembras no participan en la
lucha. No he visto a Divisti ni a las demás hoy, pero me gustaría hacerles una
revisión médica a todos. Sólo que les hice ya una hace muy poco, para estudiar
su reacción al alcohol.
—Quizá simplemente a Berry no le gustó el macho que
la ganó.
Lunzie lanzó un bufido.
—Diría que el aire estuvo electrizado ayer. ¿Cómo es
que has vuelto tan pronto?
—Una tormenta de viento y lluvia, no se podía ver
nada, y por supuesto ni asomo de registrar lo que había en el suelo. Calculo
—añadió con voz lenta— que Paskutti y Tardma estaban deseosos también de
terminar pronto.
—He puesto una nueva célula de energía en el
sintetizador, y mantendré un control estricto de su utilización. Tanegli dice
que encontró otras dos frutas comestibles, y una planta cuyo corazón posee un
alto contenido nutritivo. Al menos dice que
las encontró ayer…
—Puede que sigamos haciendo nuestros cálculos a
partir de datos equivocados —sugirió Varian pensativamente.
—Puede —Lunzie no estaba convencida.
—Podría preguntarle a Bonnard si recuerda las
coordenadas de lo que Bakkun calificó de lugar especial.
—Podrías, aunque no me gustaría implicar a los
jóvenes en un asunto como éste.
—A mí tampoco. Pero forman parte de la expedición, y esto puede afectarles a ellos tanto como a nosotros los adultos. Sin embargo, podría ocurrir que yo estuviera por casualidad en las inmediaciones del trayecto de Bakkun ese día, y…
—Sí, eso no sería un abuso tan flagrante de la
confianza del muchacho.
—Veré lo que dice Kai.
Kai puso la misma objeción general a implicar al
muchacho. Por otra parte, era importante descubrir exactamente qué había
ocurrido, y si los equipos pesados estaban revirtiendo, él y Varian necesitaban
saberlo para tomar las medidas adecuadas. Previno a Varian de que fuera
discreta, tanto con Bonnard como con su búsqueda.
La oportunidad se presentó de la forma más natural
dos mañanas más tarde. Kai y Bonnard se encaminaron al norte para efectuar una
profunda evaluación de la mena de pechblenda descubierta por Berru y Triv.
Paskutti y Tardma los siguieron con sus cinturones elevadores para rastrear y
registrar algunos monstruos de aguas someras que habían sido observados a
cierta distancia por los dos geólogos. Varian deseaba penetrar mas al nordeste
para registrar otras especies, de modo que le pidió a Bonnard que fuera su
compañero de vuelo.
Efectuó una buena cantidad de trabajo con Bonnard, y
consiguió traer de una forma casual a la conversación el tema que le
interesaba. Había comprobado las cintas de vuelo de Bakkun.
—Oye, ¿no es esto cerca de donde Bakkun localizó a
esos herbívoros?
Apartando la vista del detector, Bonnard miró en
torno suyo.
—Muchos lugares de Ireta parecen iguales, árboles
verde-púrpura y nada de sol. No, espera. Esa línea de montañas de plegamiento,
con esos tres grandes derrumbamientos…
—Veo que has aprendido alguna cosa —dijo Varian,
incitadoramente.
Bonnard dudó, azarado.
—Bueno, Bakkun ha estado enseñándome, ya sabes. Nos
encaminamos directamente hacia ese pico central, creo. Y aterrizamos justo
encima del primer pliegue de esas colinas. —Luego añadió—: Encontramos algo de
oro, ¿sabes?
—El oro es la menor de las riquezas que alberga este
planeta.
—Entonces no es probable que hayamos sido
abandonados, ¿verdad?
Varian hizo dar al aparato un giro involuntario,
arrojando a Bonnard contra las correas que lo sujetaban a su asiento. Corrigió
el rumbo, maldiciendo la bocaza de Gaber y su propia falta de autocontrol.
—Las elucubraciones de Gaber, ¿eh? —dijo, esperando
que su voz sonara lo suficientemente burlona—. Esos viejos chochos siempre
actúan así, esperando prolongar su última misión expedicionaria tanto como les
sea posible.
—Oh. —Bonnard no había considerado esa posibilidad—.
Terilla me dijo que parecía terriblemente seguro de lo que decía.
—Muchas veces las elucubraciones más estúpidas
suenan como hechos ciertos. Dime, tú no querrás quedarte también en Ireta,
¿verdad? Supongo que no te gusta este hediondo planeta.
—No es tan malo, una vez te acostumbras a su olor.
—Simplemente no te acostumbres demasiado, muchacho.
Vamos a tener que volver a la NE. Ahora mantén los ojos abiertos, quiero
comprobar…
Estaban sobrevolando la primera de las colinas, pero
Varian no necesitaba que Bonnard le dijera dónde se hallaba exactamente el
lugar especial de Bakkun. Era claramente identificable: algunos de los huesos
más grandes y los cráneos aún estaban allí. Sorprendida y preocupada muy a
pesar suyo, Varian hizo trazar un círculo al deslizador para aterrizar, y vio
también las pesadas y ennegrecidas piedras testimonio de un fuego de campaña
que la lluvia de los últimos días aún no había lavado por completo.
No dijo nada. Se sintió agradecida de que Bonnard no
pudiera o no quisiera hacer ningún comentario.
Posó el deslizador entre el emplazamiento del fuego
y el primero de los cráneos. Mostraba un agujero redondo entre los ojos:
demasiado grande para ser un golpe de un aturdidor a muy corta distancia, pero
fuera lo que fuese lo que había penetrado en la cabeza del animal, lo había
hecho con la fuerza suficiente como para transmitir líneas de fractura a lo
largo de todo el hueso del cráneo. Dos cráneos más mostraban los mismos
agujeros, mientras que el cuarto había sido aplastado por pesados golpes en la parte
más delgada del cuello. El quinto cráneo no presentaba ningún daño, y no era
evidente cómo el animal había hallado la muerte.
El suelo en la pequeña extensión cubierta de rocas
estaba revuelto y enlodado con huellas, mostrando silenciosas señales de lucha.
—Varian.
La tímida voz de Bonnard la arrancó de sus caóticas
especulaciones. Sujetaba entre sus manos un trozo de tela, acartonado y más
oscuro de lo que eran las ropas de la nave, un trozo de una manga, a juzgar por
la costura que sujetaba aún un trozo de lo que había sido un puño, el grueso
puño de una manga izquierda.
Ella retrocedió con revulsión, pero se guardó la
prueba incriminadora en el bolsillo de su muslo. Luego se dirigió resueltamente
hacia el círculo del fuego de campaña, contemplando las ennegrecidas piedras, y
los palos clavados en el suelo en lados opuestos de las piedras, donde sin duda
se había dispuesto un espetón. Se estremeció de nuevo, conteniendo la náusea.
—Ya hemos visto bastante, Bonnard —dijo, haciéndole
el gesto de que regresaran al deslizador. Hizo todo lo posible por contener sus
deseos de echar a correr alejándose de aquel lugar.
Cuando se hubieron atado de nuevo a sus asientos, se
volvió hacia Bonnard, preguntándose si su rostro estaría tan blanco como el de
él.
—No dirás nada de esto a nadie, Bonnard. Nada.
Sus dedos temblaban mientras tecleaba las
coordenadas. Cuando el deslizador se hubo elevado, lo lanzó en un estallido de
propulsión, abrumadoramente ansiosa de poner tanto espacio entre ella y aquel
lugar de carnicería como le fuera posible.
Ni ella ni Kai podían ignorar tal infracción de los
dogmas de la Federación. Por un fugaz momento deseó haber efectuado su búsqueda
a solas, así hubiera podido olvidarla luego, o intentado al menos. Con Bonnard
como testigo, el asunto no podía ser echado a un lado como una pesadilla. Los
equipos pesados deberían ser censurados oficialmente, aunque no estaba segura
de lo eficaces que podían llegar a ser las palabras contra su fuerza física.
Eran lo suficientemente despectivos respecto a su liderazgo como para haber
matado y devorado carne animal pese a todas las inhibiciones.
Varian agitó secamente la cabeza, intentando aclarar
su mente de la revulsión que inevitablemente acompañaba aquel horrible
pensamiento.
—Forma de vida no registrada —dijo Bonnard, casi con
un hilo de voz.
Agradecida ante cualquier cosa que la alejara de sus
morbosos y enfermantes pensamientos, Varian hizo girar el deslizador,
rastreando al animal hasta que cruzó un claro.
—Lo tengo —dijo Bonnard—. Es un caracolmillos,
Varian. Y, Varian, está herido. ¡Diablos!
El predador giró en medio del claro, alzándose para
golpear fútilmente el aire con sus cortas patas delanteras. Al parecer, una
gruesa rama se había clavado en sus costillas. Varian pudo ver la sangre
brotando a borbotones de la horrible herida a causa de sus esfuerzos. Luego ya
no pudo ignorar el hecho de que la rama era en realidad una tosca lanza que
obviamente había sido lanzada con gran fuerza contra el costado de la bestia.
—¿No vamos a intentar ayudarla, Varian? —preguntó
Bonnard, mientras la mujer alejaba el deslizador a toda velocidad.
—No podemos nosotros dos solos, Bonnard.
—Pero morirá.
—Sí, y no hay nada que podamos hacer ahora. Ni
siquiera acercarnos lo suficiente para aplicarle un spray sellante sobre la
herida y confiar en que pueda arrancarse él mismo esa…
No supo por qué, pero se interrumpió; no estaba
protegiendo a los equipos pesados, y Bonnard había visto el horror. ¿Acaso los
carnívoros no habían proporcionado a los equipos pesados suficiente violencia?
¿Cuántas otras criaturas heridas encontrarían ella y Bonnard por aquella parte
del mundo?
—¿Por casualidad tenías conectada la grabadora,
Bonnard?
—Sí, Varian.
—Gracias. Vamos a volver. Tengo que hablar con Kai
tan pronto como sea posible. —Cuando vio que Bonnard miraba el comunicador,
negó con la cabeza—. Éste es un asunto ejecutivo, Bonnard. Tengo que pedirte de
nuevo que no digas nada a nadie y… —Deseó añadir: «Mantente lejos de los
equipos pesados», pero por la tensa y reveladora expresión del rostro del
muchacho supo que aquel consejo sería superfluo.
Siguieron en silencio por un tiempo, camino del
campamento.
—¿Varian?
—Sí, Bonnard —Esperaba tener una respuesta para el
muchacho.
―¿Por qué han hecho algo tan horrible?
—Me gustaría saberlo, Bonnard. Ninguna violencia surge de una causa simple o de un solo motivo. Siempre me han dicho que la violencia es generalmente el resultado de una serie de frustraciones y presiones que no tienen ninguna otra salida posible.
—Una acción tiene siempre una reacción, Varian. Ésa
es la primera cosa que te enseñan en una nave.
—Sí, porque a menudo te hallas en caída libre en el
espacio exterior, de modo que lo primero que tienes que aprender, si has nacido en una nave, es a controlarte a
ti mismo y tus reacciones.
—Sin embargo, en un mundo pesado… —Bonnard estaba
intentando racionalizar tan intensamente que Varian casi podía oírle buscar una
justificación—. En un mundo pesado tienes que estar luchando todo el tiempo
contra la gravedad.
—Hasta que te acostumbras de tal modo a ello que ya
no lo consideras una lucha. Te has adaptado.
—¿Puede adaptarse uno a la violencia? —Bonnard
sonaba abrumado.
Varian lanzó una amarga carcajada que era casi un
ladrido.
—Sí, Bonnard, uno puede adaptarse a la violencia.
Hace milenios, ésa era la condición general humana.
—Me alegro de vivir en esta época.
Varian no tuvo respuesta a eso, y se preguntó si
estaba de acuerdo.
En un tiempo anterior, cuando la gente aún luchaba
por alcanzar un nivel de civilización que desdeñaba la carne animal, por
alcanzar un nivel que había aprendido a no imponer los estándares peculiares de
uno a las demás especies, por alcanzar un nivel que aceptaba como algo normal
la amistad y la asociación con seres maravillosamente distintos, una mujer de
hacía tan sólo trescientos años hubiera tenido alguna ocasión de enfrentarse a
barbaries absolutas. Era asunto enteramente de animales el luchar y matarse
mutuamente, siguiendo los dictados de una ecología ―lo cual no impedía
socorrer al débil cuando era posible―, pero para una especie más fuerte,
más flexible, básicamente más peligrosa a causa de su versatilidad, atacar a un
animal estúpido por el simple placer del deporte era algo inexpresablemente
salvaje.
¿Qué podían hacer ella y Kai ante tal
comportamiento?
Deseó de nuevo no haber traído a Bonnard. Había
cometido un terrible error implicando al muchacho. Tal vez lo había
traumatizado con todas aquellas muestras de injustificable crueldad. Pero no
había esperado nada como aquello cuando se le había ocurrido la idea de
investigar el lugar especial de Bakkun. ¿Cómo podía esperarlo? Y una vez
descubierto, era preciso tomar enérgicas medidas. Ya era demasiado tarde ahora
para decir que los equipos pesados habían sido discretos en sus viles
designios. Demasiado tarde para desear no haber querido nunca comprobar sus
actividades.
Por otra parte, un comportamiento tan aberrante como
aquél quedaba más en evidencia en un mundo donde no había comprometidas otras
especies sentientes. Halló también un cierto alivio en el hecho de que los
equipos pesados se habían cebado con los estúpidos herbívoros y predadores, en
vez de con las encantadoras aves doradas. Si hubieran llegado a hacerles algún
daño a los giffs… Una rabia pura, como jamás antes había experimentado en su
vida, la consumió con una fuerza increíble.
Sorprendida, Varian refrenó sus pensamientos. Tenía
que ejercer la Disciplina sobre sí misma si deseaba controlar a los demás.
Estaban ya casi en el campamento, descendiendo por
la amplia llanura que conducía a su elevación granítica. Varian se descubrió
deseando que, por alguna razón desconocida, Kai hubiera regresado pronto. Aquél
era el problema con las malas noticias: no podían retenerse. La inteligencia
era un doliente peso en su mente, ardiendo con especulaciones como: ¿qué
estarían haciendo los equipos pesados en aquel mismo momento?
Aterrizó, recordándole a Bonnard que no debía decir
nada, ni siquiera a Cleiti ni a Terilla, y por supuesto en absoluto a Gaber.
—Puedes apostar a que a Gaber no —dijo Bonnard con
una sonrisa—. Habla terriblemente pero dice tan poco… a menos que sea de mapas
y de proyecciones.
—Espera un minuto, Bonnard.
Varian le hizo un gesto para que volviera a su lado,
preguntándose si era prudente implicarlo más en el asunto. Miró hacia la
resplandeciente pantalla de fuerza, con su danza de insectos muriendo
registrada en destellos azules en todo el campo. Intentó pensar, calmadamente,
si había alguien más en el campamento en quien pudiera confiar. Luego miró de
nuevo al muchacho, de pie ante ella, con la cabeza ligeramente ladeada mientras
aguardaba su orden.
—Bonnard, voy a retirar la célula de energía de este
deslizador. Cuando lleguen los demás, quiero que hagas lo mismo con todos
ellos. Ocúltalas entre la maleza si no puedes llevarlas dentro. Si alguien te
pregunta algo, di que has recibido el encargo de verificarlas para descubrir
pérdidas de carga. Sí, eso suena verosímil. ¿Me comprendes? —Mientras daba sus
instrucciones estaba desprendiendo ya la célula de energía del deslizador—.
¿Sabes dónde están las celdas en los deslizadores pequeños? ¿Y cómo retirarlas?
—Portegin nos lo enseñó. Además, acabo de ver cómo
lo haces tú. —Le tendió el asa de sujeción, que ella colocó en la pesada célula
de energía para extraerla del deslizador—. Iré a buscar otra asa.
Pudo ver en su expresión que tenía más preguntas que
hacer, y que se sentía ansioso por hacerlas, mientras se dirigían hacia la
esclusa del hangar, donde Lunzie les aguardaba para dejarles paso. Cuando
cruzaron por su lado, la mujer miró la célula de energía que llevaba Varian.
—Una de las unidades de carga está atascada y pierde
energía —dijo Varian.
—¿Por eso habéis regresado tan pronto? Eso está bien
—y el normalmente solemne rostro de Lunzie se abrió en una amplia sonrisa.
Hizo un gesto hacia el corral de Dandy. Trizein
estaba inclinado sobre la verja, mirando intensamente al pequeño animal que,
sorprendentemente, estaba mordisqueando con toda tranquilidad un montón de
hierbas, sin preocuparse por el escrutinio.
—¿Trizein fuera de su laboratorio? ¿Qué ha ocurrido?
—Deja que te lo diga él. Es su sorpresa, no la mía.
—¿Sorpresa?
—Bonnard, toma la célula de energía de Varian y
llévala allá donde corresponda…
Varian indicó la lanzadera a Bonnard, un gesto que
trajo una mirada de sorpresa de Lunzie.
—Bien —dijo—, llévala a la lanzadera y vuelve
inmediatamente. Supongo que desearás saber también acerca de los probables
antepasados de tu animalito.
—¿Eh? —Bonnard se sobresaltó.
—Rápido, a la lanzadera con la célula. —Lunzie le
dio prisas agitando ambas manos—. De modo que la célula pierde energía, ¿eh,
Varian? ¿No lo encuentras una excusa más bien pobre?
—¡Varian! ¿Te lo ha dicho Lunzie? —Trizein había
apartado los ojos de Dandy y se había dado cuenta de su presencia—. ¿Por qué
nadie me cuenta las cosas? Quiero decir, puedo especular posibilidades de
muestras de tejidos, pero esta… criatura de nuestro pasado prehistórico…
Sus palabras eran tan incongruentes como siempre,
pero el tono en que eran pronunciadas hicieron que Varian avanzara rápidamente
hacia él.
—¿Pasado prehistórico? ¿Qué quieres decir, Trizein?
—Bueno, este pequeño espécimen es un excelente
ejemplo de un herbívoro primitivo.
—Ya sé que…
—No, no, mi querida Varian. No sólo un hervíboro primitivo de este planeta, sino un herbívoro tipo terrestre, del grupo perisodáctilo.
—Sí, ya sé que es un perisodáctilo. El eje del pie
pasa por el centro del dedo medio.
—Varian, ¿estás mostrándote densa a propósito para
aguijonearme? Este —e hizo un gesto dramático hacia Dandy— es es el primer paso
en el genotipo del caballo. Es un genuino hiracoterio, ¡de tipo terrestre!
El significado de lo que estaba diciendo Trizein fue
alumbrando gradualmente en Varian.
—¿Intentas decirme que esto no es algo similar a un caballo tipo terrestre,
sino que es el antepasado lineal de
un caballo tipo terrestre?
—Eso es exactamente lo que te estoy diciendo. No
intentando: ¡diciendo!
—Esto no es posible —dijo Varian llanamente, y su
expresión acusó a Trizein de estar burlándose de ella. Trizein dejó escapar una
risita, enderezando los hombros e irradiando a cada miembro de su pequeña
audiencia.
—Puede que parezca el tradicional químico analista
distraído, pero mis conclusiones son siempre demostrables: conduzco mis
experimentos eficientemente y con tanto rigor como permiten el equipo y las
circunstancias. Últimamente me he estado preguntando si alguien había estado
intentando burlarse de mí, para comprobar mi habilidad o mi tendencia a la
digresión. Os aseguro que sé muy bien cuando dos formas totalmente diferentes
de vida me son presentadas como coexistentes en este planeta. Es un truco
demasiado burdo. Y os informo desde ahora ya que soy consciente de este
subterfugio. Todos los tejidos que vosotros y vuestros grupos me habéis estado
proporcionando sugieren una suficiente variedad de animales como para poblar
varios planetas, no solamente uno. ¿Acaso los ryxis no trajeron a sus propios
técnicos? Hay vida en el planeta thek que…
—¿Qué hay del tejido animal que te trajo Bakkun hará
una semana? —Era una posibilidad, pero no se sintió sorprendida cuando Trizein
le respondió.
—Oh, sí, el nivel celular es notablemente
comparable. Un vertebrado, por supuesto, que encaja hasta las diez partes
decimales, subdivisión mitótica, mitocondria completamente normal en una
especie basada en la hemoglobina. Como este chico de ahí —dijo, y señaló con el
pulgar a Dandy—. Ah, Bonnard —exclamó cuando el muchacho se les acercaba—.
Lunzie me ha dicho que tú rescataste a este pequeño bicho.
—Sí, señor. Yo fui. Pero ¿qué es?
—Un hiracoterio, o que me aspen si me equivoco —dijo
Trizein con la forzada jovialidad que despliegan a menudo los adultos ante los
jóvenes.
—¿Y eso hace especial a Dandy? —preguntó Bonnard a
Varian.
—Si es un genuino hiracoterio, lo hace muy especial
—dijo Varian con voz estrangulada.
—Dudas de mí —dijo Trizein, agraviado—. ¡Dudas de
mí! Pero puedo probarlo. —Agarró a Varian del codo y a Lunzie del hombro y las
empujó hacia la lanzadera—. A uno no le permiten llevar muchos artículos
personales en una pequeña expedición de corta duración como ésta, pero me traje
mis propios discos de datos. Ya lo veréis.
Mientras eran empujadas al interior de la lanzadera,
Varian supo lo que iba a ver. Pese a su errática forma de hablar y sus poses
mentales, Trizein era invariablemente exacto en sus conclusiones. Lo único que
deseaba era que sus discos de datos pudieran indicar cómo había llegado la
especie de Dandy a Ireta. No era un consuelo tampoco el darse cuenta de que
Trizein iba a probar sin lugar a dudas que los pentadáctilos de sangre caliente
eran alienígenas en aquel planeta, y que los flecos, con su construcción
celular de filamentos, eran nativos. Todo aquello formaba parte de la confusión
total de aquella expedición: plantados u olvidados, explorando un planeta ya
sondeado una vez, fuera de alcance de la nave madre y en peligro de
amotinamiento.
Trizein les había conducido hasta su laboratorio y
ahora estaba rebuscando en su saco, que había descolgado de una percha en el
techo. Extrajo un paquete de discos de almacenamiento de datos cuidadosamente
envueltos. Localizó el que buscaba y, con aire de farisaico triunfo, lo insertó
en la ranura del terminal. No hubo indecisión en las teclas que pulsó, y
mientras presionaba el mando del video se volvió hacia ellas con una mirada
expectante.
Ante sus ojos apareció una réplica, excepto el
color, de Dandy. Impreso en letras claras, el pie decía: «Hiracoterio. Tierra.
Era oligocena. Extinto». Allá donde el protegido de Bonnard tenía un pelaje
marrón rojizo moteado, el animal mostrado aquí era más parduzco y de pelaje
estriado: la diferencia necesaria de camuflaje, observó Varian, entre un
entorno y el otro. Una indicación también de que el animal había evolucionado
hasta cierto punto allí en Ireta. Pero su presencia seguía careciendo de
sentido.
—No comprendo el hecho de que Dandy sea igual a este
viejo animal de la Tierra —dijo Bonnard, volviéndose interrogadoramente a
Varian—. Está extinto. Creí que era imposible encontrar formas duplicadas de
vida desarrollándose independientemente en planetas distantes espacialmente. E
Ireta ni siquiera es del mismo tipo que la Tierra. Su sol es de tercera
generación.
—Hemos observado otras inconsistencias en Ireta
—dijo Lunzie con su seca y confortante voz.
—¿Tenéis alguna pregunta respecto a las
similaridades de este animal ahora? —preguntó Trizein, excesivamente complacido
con su actuación.
—Ninguna, Trizein. Pero estuviste fuera en el
campamento antes. ¿Cómo no te diste cuenta de las similitudes de Dandy
entonces?
—Querida, ¿yo estuve fuera en el campamento?
—Trizein adoptó una expresión de desconcertada sorpresa.
—Lo estuviste, pero sin duda tu mente estaba ocupada
con asuntos más importantes —dijo Lunzie, un poco secamente.
—Es muy probable —admitió Trizein con dignidad—. He
estado muy ocupado con análisis y pruebas y todo tipo de interrupciones. He
tenido poco tiempo para contemplar este mundo a mi alrededor, aunque podríamos
decir que lo he examinado muy íntimamente.
—¿Tienes algunos otros animales antiguos tipo
terrestre, extintos, en este disco, además de Dandy?
—¿Dandy? Oh, el hiracoterio. Sí, éste es mi disco
paleontológico de la Tierra. Poseo antiguas especies de…
—Será mejor que nos dediquemos a los rompecabezas
uno a uno, Trizein —dijo Varian, insegura de ser capaz de absorber más
acertijos en un solo día. Si los flecos resultaban ser una forma de vida de
Beta Camaridae, iba a ponerse a chillar—. Bonnard, la cinta de los giffs está
en la consola principal, ¿verdad?
—La puse en el alojamiento de recuperación de datos
cuando se la mostré a Cleiti y Terilla. Archivada bajo la fecha y «giffs»,
Varian.
Varian tecleó la secuencia indicada en el terminal,
y transfirió también el disco de Trizein a la pequeña pantalla. La pantalla del
terminal se iluminó mostrando una vivida imagen de un ave dorada, su crestada
cabeza ligeramente inclinada, realzando la impresión de inteligencia.
—¡Por todos los cielos! Y con pelaje.
Definitivamente con pelaje —exclamó Trizein, inclinándose para observar
atentamente al giff—. Siempre ha habido mucha controversia entre mis colegas al
respecto. No hay forma de estar seguros, por supuesto, ¡pero se trata
indudablemente de un pteranodonte!
—¿Un pteranodonte? —exclamó Bonnard, incómodo al oir
un nombre tan resonante unido a un animal que le gustaba.
—Sí, una forma de dinosaurio, mal llamado, por supuesto,
ya que este animal es a todas luces de sangre caliente… que habitó la antigua
Tierra en la época mesozoica. Desapareció antes de que empezara el período
terciario. Nadie sabe por qué, aunque hay muchas especulaciones respecto a la
causa… —Trizen miró asombrado el rostro que apareció repentinamente en la
pantalla, porque Varian había tecleado otra secuencia del banco de datos. La
enorme cabeza de pesada mandíbula de un caracolmillos les miró burlonamente—.
¡Varian! Eso… eso es un tiranosauro rex. Querida, ¿qué tipo de maldita broma
estás intentando conmigo? —Estaba furioso.
—No es ninguna broma —dijo Lunzie, asintiendo
solemnemente.
Trizein se la quedó mirando, con los ojos muy
salidos de sus órbitas y la mandíbula caída. Volvió a mirar la imagen de predador
del reptil tirano, un nombre que Varian pensó encajaba perfectamente con su
poseedor.
—¿Esas criaturas están vivas en este planeta?
—Más bien sí. ¿Tienes a este tiranosaurio en tu
disco de datos?
Casi reluctante, y con un dedo que temblaba
visiblemente, Trizein tecleó una secuencia de su propio disco. Los suaves
rasgos y el pequeño cuerpo del hiracoterio fueron reemplazados por la altiva y
peligrosa forma erguida del prototipo del caracolmillos. De nuevo había una
diferencia en la coloración.
—La pantalla de fuerza —dijo Trizein—, ¿es lo
bastante fuerte para mantenerlo fuera?
Varian asintió.
—Debería serlo. Además, no hay ninguno de su especie dentro de un tranquilizador radio de diez a quince kilómetros de nosotros. Cuando nosotros entramos, ellos salen. Tienen otra caza mucho más dócil que atacar. —El estremecimiento que recorrió su espina no era temor al gran lagarto.
—¿Estás segura de que mantendrá su distancia? —preguntó Trizein, preocupado—. Ese animal dominó durante milenios la vieja Tierra. Era el señor absoluto. Nada podía derrotarle.
Varian recordó muy vívidamente la rama del ástil de
una lanza inextricablemente alojada en la caja torácica de un reptil tirano.
—No le gustan los deslizadores, Trizein —dijo
Bonnard, sin darse cuenta del silencio de Varian—. Huye de ellos.
El químico contempló al muchacho con considerable
escepticismo.
—Así es —repitió Bonnard—. Yo lo he visto. Hoy
mismo… —Entonces se dio cuenta de la mirada de aviso de Varian, pero Trizein no
había visto nada.
El hombre se dejó caer lentamente en el banco más
cercano de su laboratorio.
—Puede que Varian esté intentando burlarse de mí, y
también el muchacho; pero tú, Lunzie…
Era como si Trizein deseara oír una negativa que lo
tranquilizara, que restableciera las cosas a un anterior y confortable
equilibrio. Lunzie, agitando la cabeza, confirmó que el animal existía, y otros
de considerable tamaño y variedad.
—¿Estegosauros también? ¿Y el reptil trueno, el
dinosaurio original? ¿Y…? —Trizein se veía desgarrado entre la alteración y la
ansiedad ante el pensamiento de ver vivas criaturas que desde hacía mucho había
considerado extintas—. ¿Por qué nunca se me habló de ellos? ¡Hubiera debido
saberlo! Es mi especialidad, mi hobby: las formas de vida prehistóricas… —Ahora
Trizein sonaba quejumbroso y acusador.
—Créeme, amigo, no fue una omisión consciente —dijo
Lunzie, palmeando su mano.
—Yo soy la xenob, Trizein —dijo Varian,
disculpándose—. Nunca se me ocurrió que ésos no fueran especímenes únicos.
Solamente empecé a pensar en que tenía que existir una anomalía cuando tú
analizaste el animal con flecos y descubriste que era de un nivel celular
completamente distinto. Eso, y las hierbas.
—¿Las hierbas? ¡Las hierbas! Y muestras de tejidos y
muestras de sangre, y durante todo el tiempo… —Ahora el ultraje hizo que
Trizein se pusiera en pie—. Durante todo el tiempo esas fantásticas criaturas
estaban inmediatamente… inmediatamente al otro lado de la pantalla de fuerza.
¡Esto es demasiado! ¡Demasiado! ¡Y nadie me dijo nada!
—Saliste al campamento, Trizein —dijo Lunzie—. Lo
viste todo. Pero no te fijaste.
—Si no me hubierais mantenido tan ocupado
trabajando, cada uno de vosotros diciendo que era vital e importante y que
tenía prioridad absoluta. Nunca tuve que luchar tan solitariamente con tantas
prioridades absolutas, animales, vegetales y minerales. Me pregunto cómo he
conseguido…
—Es cierto, y lo sentimos, Trizein. Más de lo que
imaginas. Desearía haber conseguido que salieras del laboratorio mucho antes
—dijo Varian, con tanto énfasis, que Trizein se ablandó un poco—. En muchos
aspectos, más que para identificar a los animales.
De todos modos, ¿hubiera hecho retroceder aquel
conocimiento e identificación a los equipos pesados de su bestial actividad?
¿Hubiera importado en el resultado final?, se preguntó Varian.
—Está bien, está bien, dejemos las omisiones. Seguro
que esto no es todo lo que tenéis.
Agradecida ante cualquier excusa legítima de
retrasar lo desagradable, Varian hizo un gesto a Trizein para que se sentara en
algo un poco más cómodo que un banco y tecleó una secuencia de sus cintas,
compilada mientras ella y Terilla estaban haciendo los mapas.
—Resulta patentemente obvio —dijo el químico, cuando
hubo visto todas las secuencias de animales que habían sido grabados y
registrados— que alguien nos ha gastado una broma. No necesariamente a mí, o a
vosotras, o a nosotros —añadió, mirando a su audiencia desde debajo de unas
pobladas cejas―. Esos animales fueron plantados aquí.
Bonnard no pudo reprimir una exclamación, incapaz de
controlar su reacción como hicieron Lunzie y Varian.
—¿Plantados? —Varian consiguió dar un tono de
divertida incredulidad a su palabra.
—Bueno, ciertamente no brotaron aquí como resultado
de una evolución independiente, mi querida Varian. Tuvieron que ser traídos
hasta aquí…
—¿Los caracolmillos, y los hervíboros, y las aves
doradas? Oh, Trizein, eso es imposible. Además, la diferencia de pigmentación
indica que evolucionaron aquí…
—Oh, sí, pero se iniciaron en la Tierra. No considero el camuflaje o la pigmentación como un auténtico impedimento a mi teoría. Todo lo que necesitas es un antepasado común. Clima, alimentación, terreno, todo ello traerá consigo una especialización a lo largo de los milenios, y evolucionará una gran variedad de tipos. Los grandes herbívoros, por ejemplo, se desarrollaron indudablemente de los strutiomimos, pero también lo hizo el tiranosaurio y, muy probablemente, tu pteranodonte. Las posibilidades de un antepasado mutuo son infinitas. Mira a los humanos, por ejemplo, en nuestras infinitas variaciones.
—Admitiré que es posible, Trizein, pero ¿por qué?
¿Quién haría algo tan loco como esto? ¿Con qué finalidad? ¿Por qué perpetuar
monstruosidades como el caracolmillos? Puedo comprender que las aves doradas…
—Querida, la variedad es esencial en un equilibrio
ecológico. Y los dinosaurios fueron criaturas maravillosas. Dominaron la vieja
Tierra durante muchos más milenios de los que nuestra especie, el pobre y mal
construido Homo sapiens, lleva
existiendo como especie. ¿Quién sabe por qué desaparecieron? ¿Qué catástrofe
ocurrió…? Lo más probable es que fuera un cambio radical de la temperatura como
consecuencia de una desviación magnética… ésa es mi teoría en cualquier caso, y
la apoyaré con las pruebas que hemos encontrado aquí. Oh, considero que éste es
un gran desarrollo. Un planeta que ha permanecido en las condiciones del
mesozoico durante incontables millones de años, y que es probable que continúe
así durante otros incontables millones más. La temperatura del núcleo, por
supuesto, es el factor que…
—¿Quién, Trizein, rescató a los dinosaurios de la
Tierra y los puso aquí para que siguieran viviendo en todo su salvaje
esplendor? —preguntó Varian.
—¿Los Otros?
Bonnard jadeó.
—Trizein, estás bromeando. Los Otros destruyen la
vida, no la salvan —dijo Varian seriamente.
Trizein permaneció imperturbable.
—Se supone que todo el mundo tiene derecho a
burlarse un poco de los demás. Los plantaron los theks, por supuesto.
—¿Nos han plantado también a nosotros los theks?
—preguntó Bonnard, asustado.
—¡Dioses de los cielos! —Trizein miró a Bonnard, y
su expresión fue de la sorpresa ante la idea hasta el deleite—. ¿Piensas
realmente que podemos haber sido plantados, Varian? Cuando pienso en todo el
trabajo de investigación que habrá que hacer… ―Lunzie y Varian
intercambiaron impresionadas miradas. Sólo Trizein gozaría con algo así— …para
probar mis conclusiones sobre los sangre caliente. Me pregunto, Varian: no me
has mostrado ningún auténtico saurio, es decir, ninguna especie de sangre fría,
porque si se desarrollaron bien aquí, como especialización, por supuesto, eso
mejoraría sustancialmente mi hipótesis. Este mundo parece que permanece
consistentemente más cálido que la vieja Tierra… Bien, Varian, ¿cuál es el
asunto?
—No hemos sido plantados, Trizein.
Mortificado y decepcionado, el hombre miró a Lunzie,
que agitó también negativamente la cabeza.
—Oh, qué lástima. —Estaba tan decepcionado que
Varian, pese a la seriedad del momento, tuvo dificultades en ocultar su
sonrisa—. Bien, debo advertiros lealmente que no tengo intención de seguir con
la nariz hundida en el disco de datos y el teclado del terminal. Voy a tomarme
un tiempo para investigar mi teoría. ¿Por qué nadie pensó en mostrarme una
imagen de los animales cuya carne he estado analizando tan a menudo? El tiempo
que he malgastado…
—¿Analizando tejidos animales? —Fue Lunzie quien
habló primero, y sus ojos se clavaron alarmados en Varian.
—Sí. Ninguna de las muestras era tóxica, una
conclusión confirmada ahora por nuestro mutuo planeta de origen. Le dije a
Paskutti que no tenían que preocuparse tanto acerca de sus pantallas personales
de fuerza cuando estuvieran en contacto próximo con ellos. ¿Dónde mantenéis a
los otros especímenes? ¿Cerca de aquí?
—No. ¿Por qué lo preguntas?
Trizein frunció el ceño, tras haber iniciado y
haberse desviado de multitud de líneas de pensamiento y verse ahora devuelto a
la realidad.
—¿Por qué? Porque tuve la clara impresión de que Paskutti
estaba preocupado acerca del contacto cercano con esos animales. Por supuesto,
no hay muchas cosas capaces de penetrar en el pellejo de un equipo pesado, pero
puedo comprender su preocupación de que pueda producirse alguna reacción
tóxica, Varian. Así que supuse que los animales tenían que estar cerca, o
heridos como ese herbívoro poco después de que aterrizáramos. ¿Me mostraste
alguna vez una imagen de él?
—Sí —respondió ausentemente Varian, porque su mente
estaba enfocada en otros asuntos más apremiantes, como descubrir el nombre del
juego al que estaban jugando los equipos pesados—. Uno de los hadrasaurios.
Creo que es así como lo llamaste.
—De hecho, se trataba en realidad de una variedad de
hadrasaurio, el crestado, que llevaba como una especie de casco y que…
—Mabel tenía una cresta —dijo Bonnard.
—¿Sabes, Varian? Creo que Kai se mostrará interesado
en la identificación de Dandy que ha hecho Trizein —dijo Lunzie.
—Tienes razón, Lunzie —dijo Varian, avanzando
rígidamente hacia el comunicador del laboratorio.
Se sintió aliviada cuando fue Kai quien respondió en
vez de Bakkun, aunque se había preparado para tratar también con el equipo
pesado. Era consciente de que Bonnard contenía la respiración mientras se
preguntaba lo que iba a decir, y de la expresión calmadamente animadora de
Lunzie.
—Trizein acaba de identificar nuestra vida salvaje,
Kai, y ha explicado la anomalía. Creo que será mejor que regreses a la base
ahora mismo.
—Varian… —Kai sonaba irritado.
—Las sondas no son las únicas cosas plantadas en
esta maloliente bola de fango, Kai, o con probabilidades de haber sido
plantadas.
Hubo un silencio al otro lado del comunicador. Luego
Kai dijo:
—Muy bien, si Trizein cree que es tan urgente,
Bakkun puede seguir aquí. La veta tiene dos veces el tamaño de la primera.
Varian lo felicitó, pero se preguntó si no debería
insistir en que Bakkun volviera con él. Tenía algunas preguntas que le gustaría
hacer al equipo pesado sobre el tema de los lugares especiales y su probable
uso.
Bakkun no hizo ningún comentario respecto a la
llamada recibida por Kai. Aparentemente estaba demasiado enfrascado en las
complejidades de instalar la última sonda para determinar el tamaño real del
depósito de pechblenda mediante un falso temblor de poca intensidad.
—¿Volverás a la base cuando hayas terminado?
—preguntó Kai mientras depositaba el cinturón elevador para el equipo pesado
junto a los aparatos sismográficos.
—Si no lo hago, no se preocupe. Tal vez vuele hasta
el segundo campamento.
Había un ligero rastro de énfasis en sus palabras.
Durante todo el día el comportamiento de Bakkun había sido ligeramente áspero
con respecto a Kai. Nada que pudiera señalarse en particular y que permitiera
decir que Bakkun estaba mostrándose insolente o despectivo, pero durante toda la
semana de trabajo Kai había captado un sutil cambio en el geólogo equipo
pesado.
La ambigua observación de Varian acerca de cosas
plantadas o con probabilidades de haber sido plantadas dominó su nebulosa
irritación hacia Bakkun. Su co-comandante no era propensa a caer en el pánico
por trivialidades, y el hecho de que le hubiera molestado en medio de su
trabajo indicaba lo serio del asunto. ¿Qué demonios había querido decir Varian
con aquella críptica observación? ¿Y cómo podía mostrar anomalías la identificación
de Trizein de las formas de vida?
Quizá había un mensaje de los theks y Varian no
había querido que nadie que tuviera acceso a su código de comunicaciones se
enterara. Recordó la forma en que Varian le había transmitido el mensaje. Había
separado el logro de Trizein de la petición de que regresara. Así, el motivo no
residía en el descubrimiento de Trizein.
Antes que preocuparse innecesariamente, Kai decidió
ocupar su mente con la estimación de la riqueza probable de los materiales
energéticos en aquel planeta, a partir de los emplazamientos ya localizados y
la probabilidad de futuros hallazgos basados en la extendida actividad
orogénica en las zonas todavía no exploradas.
Cuando alcanzó la base, decidió que Ireta era
indudablemente uno de los planetas más ricos de los que jamás hubiera oído
hablar. Eso lo animó a creer que más pronto o más tarde la NE descubriría
también aquel hecho. Varian, él mismo y los miembros del equipo serían ricos
incluso bajo los hinchados estándares de los Sistemas de la Federación. El
personal de apoyo ―y eso incluía a los tres muchachos, si Kai tenía algo
que decir al respecto― obtendría también unas espléndidas bonificaciones.
Los tres jóvenes habían sido útiles a la expedición. Allí estaba ahora Bonnard,
retirando la celda de energía de uno de los deslizadores aparcados. Con tales
tareas auxiliares, los muchachos habían contribuido al éxito del grupo de
aterrizaje.
Lunzie estaba operando la cubierta del hangar y
saludó a Kai con la información de que Varian estaba en la lanzadera. Bonnard,
pidiendo disculpas mientras se agachaba al pasar junto a Kai para ir a
depositar la celda de energía, entró de nuevo en el hangar, encaminándose hacia
el deslizador de Kai.
—¿Qué está haciendo Bonnard?
—Comprobando todas las celdas de energía. Se han
detectado algunos fallos menores.
—¿En las celdas de energía? Sí, hemos estado
utilizando los aparatos casi sin cesar últimamente. ¿Es por eso?
—Probablemente. Varian te está esperando.
No se le ocurrió a Kai hasta que estaba entrando en
la lanzadera que era muy extraño que Lunzie se ocupara personalmente de
trivialidades mecánicas. Trizein estaba en la pantalla visora principal, tan
absorto en la contemplación de las imágenes de rumiantes herbívoros que no se
dio cuenta de su entrada.
Varian asomó la cabeza por el acceso al
compartimiento del piloto.
—¿Kai?
Ella le hizo señas urgentes de que se acercara. Kai
indicó a Trizein, haciendo silenciosos gestos de si debía llamar la atención
del hombre. Varian agitó la cabeza negativamente y le indicó de nuevo que
acudiera con urgencia.
—¿Qué demonios es todo esto, Varian? —preguntó Kai
cuando ella le indicó que cerrara el acceso tras él.
—Los equipos pesados han revertido. Se pasaron en grande su día de descanso jugando con
herbívoros y con un caracolmillos. Evidentemente se dedicaron a cazar a los
herbívoros antes de matarlos… y comérselos.
El estómago de Kai se contrajo revulsivamente ante
aquellas palabras.
—El rumor de Gaber ya se había difundido antes de
que él hablara contigo, Kai. Y los equipos pesados creen en él. O desean creer.
Esas provisiones que han desaparecido, las horas de utilización del deslizador
grande que no puedo explicar, la celda de energía del sintetizador, los equipos
médicos… Seremos afortunados si esto no es un motín.
—Vuelve al principio, Varian —dijo Kai, sentándose
pesadamente en la silla del piloto. No contradijo sus palabras, pero quería ver
exactamente qué hechos habían contribuido a sus sorprendentes conclusiones.
Varian le habló del horrible descubrimiento de la
mañana, de su conversación con Lunzie y luego de la revelación de Trizein
acerca de los dinosaurios terrestres plantados allí. Siguió diciendo que los
equipos pesados, aunque no claramente insubordinados o no cooperativos, habían
variado sutilmente su actitud respecto a ella. ¿Acaso él no había notado nada?
Kai asintió cuando ella hubo terminado su resumen e,
inclinándose por encima del tablero, conectó la unidad de comunicaciones.
—¿Es por eso por lo que Bonnard está retirando las
celdas de energía?
—Sí.
—Entonces, ¿tú crees que la confrontación es
inminente?
—Creo que si no sabemos nada de la NE mañana, cuando
contactes con los theks, algo va a ocurrir. Creo que nuestro período de gracia
terminó el último día de descanso.
Kai la contempló durante un largo momento.
—Tú has trabajado con ellos más tiempo que yo. ¿Qué
crees que van a hacer los equipos pesados?
—Abandonarnos —habló tranquilamente, con una calmada
resignación—. Están básicamente mejor equipados para sobrevivir aquí. Nosotros
no podríamos sobrevivir de… de la bondad del terreno.
—Ésa es una visión extrema. Pero, si han creído a
Gaber y piensan que hemos sido plantados, ¿no puede ser su reversión una forma
de prepararse al hecho de haber sido plantados?
—Aceptaría eso, Kai, si no hubiera visto los juegos
a los que se dedicaron el otro día. Me aterran, francamente. Ellos,
deliberadamente… no, escúchame. Es repugnante, lo sé, pero te dará una mejor
idea de a lo que deberemos enfrentarnos si no podemos detenerlos. Mataron… mataron con toscas armas… a cinco
herbívoros. Bonnard y yo vimos a otro
animal herido, un caracolmillos, un tiranosaurio rex, con una lanza del tamaño
de un tronco de árbol clavada en sus costillas. Ese animal dominó una vez sobre
la vieja Tierra. Nada podía detenerlo. Un equipo pesado lo hizo. ¡Simplemente
por diversión! —Inspiró profundamente—. Además, estableciendo esos campamentos
secundarios les hemos proporcionado bases adicionales. ¿Dónde están ahora los
equipos pesados?
—Bakkun está de vuelta aquí, posiblemente. Tiene un
cinturón elevador. Paskutti y Tardma…
Ambos oyeron a Lunzie gritar el nombre de Kai.
Apenas necesitaron un segundo para comprender que Lunzie jamás gritaba a menos
que fuera una emergencia. Oyeron el golpe y el resonar de pesadas botas pisando
fuerte en la parte exterior del campamento.
Varian pulsó el mecanismo de apertura del iris justo en el momento en que oían una pesada mano golpear contra el panel exterior. Kai tecleó una rápida secuencia en el comunicador, lo puso en emisión y cortó la energía. Mientras hacía esto, Varian accionó el pequeño, casi indetectable interruptor que desactivaba la energía principal de la nave. Un parpadeo imperceptible le dijo que la nave había pasado a la fuente de energía auxiliar, una celda que tenía la suficiente potencia para seguir iluminando y proporcionar pequeñas cantidades de energía para otros usos durante varias horas.
—Si no abrís este iris inmediatamente, lo volaremos
—dijo la dura voz de Paskutti, carente de emociones.
—¡No, espera! —Varian consiguió transmitir el
suficiente miedo y ansiedad en su voz, mientras le guiñaba un ojo, hacía una
mueca y le transmitía su impotencia a Kai con un encogimiento de hombros.
Éste asintió, aceptando su decisión. No serviría de
nada que ambos comandantes fueran asados vivos en el pequeño compartimiento del
piloto. Nunca dudó de que la intención de Paskutti fuera real. Solamente
esperaba que ninguno de los equipos pesados se hubiera dado cuenta del
infinitesimal descenso de tensión cuando Varian había cambiado de una fuente de
energía a otra. Él y Varian eran los únicos que conocían ese dispositivo de
seguridad que había convertido a la lanzadera en inoperante. Paskutti no entró
en la pequeña cabina cuando el iris se abrió. Tras un momento de despectivo
escrutinio de los dos comandantes, tendió una mano, agarró a Varian por la
parte frontal de su mono y la alzó como una pluma, atrayéndola hacia fuera.
Allí la soltó, con una fuerza negligente que la envió trastabillando hasta
estrellarse violentamente contra la mampara. Lanzó una risotada que era casi un
ladrido ante el grito que la mujer reprimió rápidamente. Mientras se levantaba
de nuevo, lentamente, los ojos de Varian llamearon con reprimida rabia. Su
brazo izquierdo colgaba a un lado.
Kai empezó a salir para evitar otra humillante
exhibición similar del desprecio de los equipos pesados hacia otras razas. Pero
Tardma había estado aguardando su turno. Agarró la muñeca izquierda del hombre
y la retorció tras su espalda con tal fuerza, que Kai sintió astillarse los
huesos de su muñeca. No supo cómo consiguió mantenerse en pie y consciente. Su
brusca colisión con la pared lo aturdió ligeramente Una mano lo sujetó por
debajo de su brazo derecho. Mas allá, una muchacha estaba sollozando impotente.
Decidido, Kai agitó la cabeza, aclarando su mente, e
inició la disciplina mental que bloquearía el dolor. Inspiró profundamente,
desde sus entrañas, obligándose a tragarse el odio, la impotencia, todas las
obnubilantes reacciones irracionales y emocionales.
La mano que lo había sujetado lo soltó. Se dio
cuenta de que había sido Lunzie, a su lado. Su rostro estaba blanco y
desencajado, mirando fijamente mas allá de él. Por la fuerza de su respiración
supo que estaba practicando los mismos controles psíquicos. Mas allá, era
Terilla quien estaba sollozando de miedo y aprensión.
Kai miro rápidamente el compartimiento a su
alrededor. Varian estaba en pie, luchando por contener un desafío y una furia
que no harían más que exacerbar su situación. Trizein estaba cerca de ella,
parpadeando y mirando a su alrededor, confuso, mientras intentaba comprender lo
que había ocurrido. Cleiti y Gaber estaban siendo metidos sin ceremonias en la
lanzadera, mientras el cartógrafo balbuceaba incoherentemente acerca de que
aquélla no era la forma en que esperaba que ocurrieran las cosas, y cómo se
atrevían a tratarlo con tan poco respeto.
—¿Tanegli? ¿Los tienes? —pregunto Paskutti en su
comunicador de pulsera. La respuesta fue evidentemente afirmativa, porque el
hombre asintió a Tardma con la cabeza.
¿Tanegli? ¿A quien tenía el botánico equipo pesado?
¿A Portegin, Aulia, Dimenon y Margi? Mientras su muñeca rota se convertía en un
entumecido apéndice, la mente de Kai se volvió mas lúcida, sus percepciones mas
claras. Sintió el comienzo de esa curiosa sensación de flotar que significaba
que la mente dominaba el cuerpo. El efecto podía durar varias horas, según lo
que le exigiera a su reserva de fuerzas. Esperaba disponer de tiempo
suficiente. Si todos los equipos pesados estaban reuniéndose allí, entonces
Berru llegaría con Triv. ¿Cuándo se había ido Bakkun, entonces? ¿O había
ayudado a Tanegli?
—Ninguno de los deslizadores tiene sus celdas de
energía —dijo Divisti, inmovilizándose en la entrada—. Y el muchacho ha
desaparecido.
Kai y Varian intercambiaron una aleteante mirada.
—¿Cómo consiguió eludirte? —Paskutti estaba
sorprendido.
Divisti se alzó de hombros.
—En la confusión. Creí que estaba con los demás.
Así que no consideraban al muchacho, Bonnard, como
una amenaza. Kai miró a Cleiti, esperando que no supiera dónde había ido
Bonnard, esperando que el conocimiento no se reflejara claramente en su ingenuo
rostro. Pero la boca de la chiquilla estaba cerrada en una firme y desafiante
línea. Sus ojos también mostraban una reprimida furia; reflejaban odio cada vez
que miraba hacia los equipos pesados, y disgusto cuando se posaban en Gaber,
balbuceando a su lado.
Terilla había dejado de llorar, pero Kai pudo ver
los temblores que agitaban su frágil cuerpo. Una chiquilla que prefería las
plantas encontraría aquella violencia difícil de soportar, y hasta que Lunzie
hubiera terminado de enseñarle control no podía prestarle a la muchacha ninguna
ayuda.
—Bien, empezad a desmantelar el laboratorio,
Divisti, Tardma.
Las dos mujeres asintieron y se dirigieron al
laboratorio. Mientras cruzaban el umbral, Trizein salió de su confusión.
—Esperad un momento. No podéis entrar ahí. Tengo
experimentos y análisis en marcha. Divisti, no toques ese equipo fraccional.
¿Has perdido el sentido?
—Tú vas a perder los tuyos —dijo Tardma,
deteniéndose en el umbral cuando el químico avanzó hacia ella. Con una fría
sonrisa de placer, le golpeó en pleno rostro un puñetazo que alzó al hombre del
suelo y lo envió rodando contra la dura mampara, donde quedó tendido inmóvil a
los pies de Lunzie.
—Demasiado duro, Tardma —dijo Paskutti—. Había
pensado en llevárnoslo. Nos será más útil que cualquier otro de los pesos
ligeros.
Tardma se alzó de hombros.
—¿Por qué debemos preocuparnos? Tanegli sabe tanto
como él.
Penetró en el laboratorio con un insolente
movimiento de caderas, y poco después volvió a salir con Divisti, cada una
cargando con tanto equipo como podían, con un desprecio total por su
fragilidad. El desdén de los equipos pesados por los pesos ligeros se extendía
evidentemente a sus instrumentos. Un olor acre de conservantes y disolventes
derramados se extendió por el aire.
Con los oídos ahora ultrasensibles, Kai oyó el
zumbido del aterrizaje de un deslizador, procedente del este. Tanegli había
regresado. Oyó voces. Bakkun venía con Tanegli. Poco después los otros geólogos
pesos ligeros fueron conducidos al interior de la lanzadera. Portegin, con la
cabeza ensangrentada, medio arrastraba a un semiinconsciente Dimenon. Aulia y
Margit fueron empujadas al interior por Bakkun. Triv midió todo el largo de la
cubierta, impulsado violentamente por Berru, que entró tras él, con una media
sonrisa de desdén en su rostro.
Triv fue a parar al lado de Kai, escudándose de los equipos pesados con el cuerpo de su comandante. Berru no hubiera debido ser tan despectivo, porque Triv inició inmediatamente los ejercicios de respiración que apelaban a la útil Disciplina que Kai, Lunzie y Varian estaban practicando ya. Eso hacía cuatro. Kai no creía que Aulia ni Margit estuvieran calificadas en su entrenamiento. Sabía que Portegin y Dimenon no eran Discípulos. Ellos cuatro no serían suficientes para dominar a seis equipos pesados. Con suerte, sin embargo, todavía podrían mover la deprimente balanza hacia una posición de mayor esperanza para los pesos ligeros. Kai no se hacía ilusiones acerca de su situación: los equipos pesados se habían amotinado y tenían intención de despojar el campamento de todo lo que pudiera serles útil, dejando a los pesos ligeros que se las apañaran como pudieran, sin equipo ni protección en un mundo hostil y peligroso.
—Está bien, Bakkun —dijo Paskutti—, tú y Berry
ocupaos de nuestros aliados. Queremos que esto parezca bien. Ese comunicador
estaba aún caliente cuando llegué aquí. Deben haber enviado un mensaje a los
theks.
Volvió unos blandos ojos hacia Kai, alzando
ligeramente las cejas para comprobar si su suposición era acertada. Kai le
devolvió tranquilamente la mirada. El equipo pesado no había sorprendido
ninguna expresión reveladora en él. Paskutti se alzó de hombros.
—Tanegli, ocúpate del resto de los pertrechos…
Tanegli estaba de vuelta un segundo más tarde.
—No queda ninguna celda de energía, Paskutti. Tenía
entendido que tú dijiste que había de reserva.
—Así que no hay. Bien, tenemos suficientes en los
deslizadores y en los cinturones elevadores por algún tiempo. Empezad a cargar.
Tanegli volvió al almacén y, tras unos breves y
ruidosos momentos, emergió de nuevo, tambaleándose bajo un plastisaco lleno de
artículos amontonados.
—Esto deja el almacén limpio, Paskutti. —Tanegli
lanzó una mirada al círculo de rostros de los cautivos y, riendo estentóreamente
de algún chiste privado, se marchó.
—¿Alguna protesta, comandante Kai? ¿Comandante
Varian? —El tono y la sonrisa de Paskutti eran burlones.
—Las protestas no servirían de nada, ¿verdad? —dijo
Varian.
Habló tan calmadamente que Paskutti frunció el ceño
mientras la miraba. El brazo que colgaba a su costado estaba obviamente roto
por el brusco tratamiento que había recibido, pero no había signo de dolor o
ira en su voz, simplemente un divertido distanciamiento.
—No, las protestas no servirán de nada, comandante
Varian. Ya hemos tenido suficiente de vosotros los pesos ligeros, tolerándonos
simplemente porque os éramos útiles. —Empleó un tono burlón—. ¿Dónde hubiéramos
encajado en vuestra plantación? ¿Como bestias de carga? ¿Músculos para ser
llevados de un lado para otro y dominados con un poco de comida? —Hizo un
obsceno gesto de corte con su enorme mano.
Y entonces, antes de que nadie se diera cuenta de lo
que pretendía, avanzó hasta Terilla, agarró un puñado de pelo de la chiquilla y
tiró hacia arriba hasta que sus pies se separaron del suelo, dejándola colgar
al extremo de su mano. Ante el único y aterrado grito de Terilla, Cleiti saltó
hacia delante, golpeando con sus puños el musculoso muslo de Paskutti y
pateando sus pantorrillas. Divertido y sorprendido ante tal desafío, Paskutti
bajó la vista hacia Cleiti, luego alzó su puño y dejó caer un golpe casual
sobre la cabeza de la chiquilla. Cleiti se derrumbó, inconsciente, al suelo.
Gaber entró en erupción y se lanzó contra Paskutti,
que retuvo al cartógrafo con su otra mano, mientras seguía sujetando a Terilla
colgada del pelo, los ojos de la chiquilla reducidos a meras rendijas por la
tensión de la presa.
—Decidme, comandante Varian, comandante Kai,
¿enviasteis un mensaje a los theks? Un segundo de retraso, y le romperé la
espalda a la niña con mi rodilla.
—Sí, enviamos un mensaje —respondió rápidamente
Kai—. Amotinamiento. Equipos pesados.
—¿Pedisteis ayuda de nuestros inestimables
supervisores? —preguntó Paskutti, dando una sacudida a Terilla cuando consideró
que Kai retrasaba deliberadamente la respuesta.
—¿Ayuda? ¿De los theks? —murmuró Varian, sin apartar
sus ojos de la impotente chiquilla que colgaba en el aire—. Necesitarán varios
días para considerar el mensaje. Por entonces, vuestra… operación ya habrá
terminado, ¿no? Simplemente informamos de una situación.
—¿Sólo a los theks?
Ahora Kai vio lo que Paskutti necesitaba saber: si
había sido enviado también un mensaje al satélite. Si era así, tendría que
alterar su «operación» en consonancia.
—Sólo a los theks —dijo Kai, con la parte de su
mente dominada por las emociones, deseando añadir: «ahora suelta a la
chiquilla».
—Ya sabes lo que necesitabas saber —chilló Gaber,
intentando todavía alcanzar a Paskutti y hacer que soltara a Terilla—. Matarás
a la niña. ¡Suéltala! ¡Suéltala! Me dijiste que no habría violencia. ¡Ningún
herido! Habéis matado a Trizein, y si no sueltas a esa chiquilla…
Paskutti hizo callar a Gaber con un sopapo, que
envió al cartógrafo contra el suelo con un terrible resonar y lo hizo rodar
hacia un lado. Terilla fue soltada como un trapo junto a Cleiti. Kai no pudo
decir si la muchacha había resultado muerta por la violencia. Miró
subrepticiamente a Lunzie, que estaba contemplando a las dos chiquillas. Una
cierta relajación en los ojos de la mujer lo tranquilizó: estaban vivas.
A su lado, Triv había completado los preliminares a
la Disciplina. Ahora también él podía aguardar hasta que su fuerza fuera útil.
La parte más dura era el esperar hasta el momento en que su fuerza interior
controlada pudiera ser canalizada a una vía de escape. Kai respiraba
lentamente, apoyándose en el diafragma, condicionando la paciencia requerida
para soportar aquel horrible despliegue de fuerza bruta y crueldad.
Dimenon estaba levantándose pero, aunque gemía de
dolor, Lunzie no acudió en su ayuda. Margit, Aulia y Portegin mantenían los
ojos fijos al frente, intentando no enfocarlos en escenas que no podían ni
detener ni cambiar.
Tanegli llegó subiendo a toda prisa la rampa de la
lanzadera, el rostro contorsionado por la ira, un hombre controlado por sus
emociones, ya no el calmado botánico racional interesado en las cosas que
crecen.
—No hay ni una celda de energía en ninguno de los
deslizadores —le dijo a Paskutti, pero avanzó directamente hacia Varian,
agarrándola por ambos brazos y sacudiéndola. Kai deseó que ella fingiera perder
el conocimiento. Aquellas sacudidas podían impedir cualquier posibilidad de que
aquel hombro roto sanara como debía—. ¿Dónde las has ocultado, maldita zorra?
—exclamó.
—Vigila tu fuerza, Tanegli. No le rompas el cuello
todavía —dijo Paskutti, avanzando unos pasos en su urgencia por detener al
furioso hombre.
Tanegli restó visiblemente algo de fuerza en el
bofetón que lanzó a Varian. Sin embargo, la cabeza de la mujer salió despedida
hacia atrás, aunque volvió a enderezarla, con los ojos todavía abiertos. Los
dedos de Tanegli quedaron marcados como vividos rastros rojos en su mejilla.
—¿Dónde ocultaste las celdas de energía?
—Tiene roto el hombro izquierdo —dijo Paskutti—.
Utiliza eso como persuasión. No demasiado… sólo lo suficiente. No queremos que
pierda el conocimiento por el dolor. Estos pesos ligeros no resisten mucho.
—¿Dónde? ¿Dónde, Varian, dónde? —Tanegli acompañó
cada una de sus palabras con un retorcer de su brazo izquierdo.
Varian gritó. A los oídos de Kai el grito sonó a
falso, porque gracias a la Disciplina ella no podía sentir ningún dolor en
aquellos momentos.
—Yo no las oculté. Fue Bonnard quien lo hizo.
Margit y Aulia jadearon ante aquella cobarde
traición hacia el muchacho.
—Ve a buscarlo, Tanegli. Descubre dónde se encuentran esas celdas o vamos a tener que sacar de aquí las provisiones a peso de hombros. Bakkun y Berru ya habrán puesto en marcha el plan. Nada puede detener el plan una vez ha sido puesto en marcha. —Paskutti se retorcía ahora con una sensación de urgencia.
—Ella sabe dónde está. Dime dónde, Varian.
Repentinamente, Varian colgó flaccida en los brazos
de Tanegli. Éste la dejó caer al suelo con una maldición de disgusto y caminó a
largas zancadas hasta la abierta compuerta. Kai oyó otros tres pasos antes de
que el hombre se detuviera, gritándole a Bonnard que viniera. Luego Tanegli
llamó a Divisti y Tardma para que le ayudaran a buscar al muchacho.
Paskutti bajó la vista hasta la encogida figura de Varian. Kai esperaba que el hombre no se diera cuenta de que la mujer estaba sólo fingiendo. Una expresión cercana a la sonrisa del caracolmillos cruzó el rostro del equipo pesado, pero retornó a la inexpresividad cuando se volvió de nuevo a Kai.
—¡Avanza! —Paskutti hizo un gesto perentorio hacia
la compuerta. Luego indicó a Lunzie y los demás que hicieran lo mismo; con el
índice señaló que cada uno debía cargar con uno de los inconscientes—. ¡Todos
al domo principal! —ordenó.
Mientras cruzaban el campamento, vieron que Dandy
estaba tendido en el suelo en su corral, muerto, con el lomo quebrado. Kai se
alegró de que ni Cleiti ni Terilla pudieran ver en ese estado a su animal
favorito. El suelo estaba lleno de cintas esparcidas, mapas, registros abiertos
y discos rotos. Pisó inadvertidamente uno de los cuidadosos dibujos de Terilla
de una planta. Forzando con el diafragma una profunda inspiración, controló la
furia que sentía ante una tan insensata destrucción.
El domo principal había sido despojado de todo lo
útil. Los inconscientes fueron depositados en el suelo, los otros recibieron
orden de situarse en la parte más alejada del iris de la entrada.
Afuera, la búsqueda de Bonnard proseguía. Paskutti
estaba ahora mirando constantemente su crono de pulsera y luego las llanuras
más allá de la pantalla de fuerza.
El oído agudizado de Kai captó el débil sonido de su
nombre. Giró cautelosamente la cabeza y vio a Lunzie mirándole, observó que le
indicaba imperceptiblemente que debía mirar fuera. Volviéndose ligeramente pudo
examinar el exterior, pudo ver dos puntos en el cielo, la línea negra debajo,
una línea negra agitante, una línea negra que avanzaba hacia ellos, y entonces
supo lo que los equipos pesados habían planeado hacer.
La pantalla de fuerza era lo bastante fuerte como
para contener los peligros ordinarios, pero no el ataque en masa de animales en
estampida. La ventaja de la altura del campamento con relación a la llanura y
al bosque podía ser anulada. Los equipos pesados estaban conduciendo a los
animales directamente hacia donde deseaban para que causaran todo el daño
posible.
Los theks, cuando recibieran el mensaje de Kai,
podían reaccionar… en unos cuantos días. Podían, si se sentían motivados por el
espíritu del pensamiento, enviar a uno de los jóvenes theks a investigar. Pero
Kai lo dudaba. Los theks considerarían correctamente que cualquier intervención
por su parte llegaría demasiado tarde para afectar el resultado del motín.
Los pesos ligeros tendrían que ocuparse de su propia
salvación. Los equipos pesados deberían abandonar pronto el campamento. Pero
¿sería lo bastante pronto? ¿Y cómo dejarían a sus despreciados cautivos?
¿Podría Bonnard mantenerse fuera de su alcance?
Paskutti retorcía los dedos. Miró casi
aprensivamente su crono de pulsera, desvió de soslayo la vista hacia la línea
negra que se acercaba.
—Tanegli, ¿todavía no has encontrado a ese muchacho?
—El rugido de Paskutti ensordeció sus oídos sensibilizados por la Disciplina.
—Se ha ocultado. ¡No podemos encontrarlo, ni a las
celdas de energía! —Tanegli hervía de frustración.
—Entonces vuelve. Estamos perdiendo tiempo.
—Paskutti no se sentía complacido ante aquella alteración en sus planes. La
mirada que lanzó a la flácida figura de Varian era ominosa—. ¿Cómo lo supo?
—preguntó a Kai—. Bakkun imaginó algo cuando utilizó una excusa tan trivial
para hacerte volver antes de lo previsto.
—Descubrió el lugar donde pasasteis vuestro día de
descanso. Y el caracolmillos herido que no pudisteis matar.
El instinto de Kai era seguir protegiendo a Bonnard
de cualquier represalia, tanto tiempo como le fuera posible. Si todos ellos
morían, el muchacho no podría sobrevivir por sus propios medios en Ireta. Tenía
que averiguar qué refugio podían ofrecerle los equipos pesados.
—¡Bonnard! Maldita sea. Le dije a Bakkun que había
corrido un riesgo dejando que el muchacho viera la arena. —El rostro de
Paskutti reflejó muchas emociones: desprecio, altanero desdén, satisfacción
sobre pasadas actuaciones. Su labio superior se curvó, dejando al descubierto
sus dientes en una torcida sonrisa—. Seguro que no hubiérais apreciado nuestro
día de descanso. No importa. —Paskutti miró hacia el valle—. La prueba ha
pagado sus dividendos… ¡para nosotros!
El sol, en su breve aparición vespertina, iluminó la
llanura de tal modo que Kai discernió los oscilantes cuerpos de los herbívoros
avanzando inexorablemente hacia el campamento. Los otros equipos pesados se
estaban congregando ahora junto a la entrada, sus rostros enrojecidos por el
ejercicio y brillantes de sudor.
—Ha desaparecido —dijo Tanegli con tono salvaje,
mirando furibundo a Kai—. Y con todas las celdas de energía.
—No tenemos más tiempo para mirar. Trasladad los
deslizadores fuera de la línea directa de la estampida. Apresuraos. ¿Tenéis
todos vuestros cinturones elevadores? Bien. Entonces elevaos y manteneos fuera
del peligro hasta que la estampida haya pasado.
—¿Y la lanzadera?
—Resistirá —dijo Paskutti, contemplando el aparato
perchado encima del campamento—. ¡Moveos!
Los otros se apresuraron a obedecer, dirigiéndose a
grandes pasos hacia el aparcamiento de los deslizadores.
Paskutti permaneció en el iris de acceso, las manos
apoyadas en su cinturón, mirando con no oculto placer a los dóciles cautivos.
Kai sabía que el momento del peligro definitivo era ahora. ¿Iba a sellarlos Paskutti dentro del domo, cruelmente
consciente de su destino? ¿O iba a aturdirles?
Su naturaleza esencialmente cruel venció.
—Ahora os dejaré al destino que merecéis. Pisoteados
por animales, estúpidos y obtusos vegetarianos como vosotros mismos. El único
de vosotros lo suficientemente fuerte como para merecer seguir viviendo es el
muchacho.
Cerró el iris, y el golpear de su puño contra la
pared de plástico le dijo a Kai que había destrozado los controles.
Varian, repentinamente consciente de nuevo, estaba
mirando por el extremo inferior de la ventana del fondo, con su brazo izquierdo
colgando inútil.
—¿Varian? —dijo Lunzie, haciendo algo en el inmóvil cuerpo de Trizein.
El hombre gruñó de pronto, volviendo a una
sobresaltada consciencia. Lunzie se dirigió a Terilla y Cleiti, asintiendo para
sí mismo mientras les administraba sprays reanimadores.
—Está en el hangar —informó Varian en voz baja—. Lo
ha abierto. Lo ha dejado abierto. Puedo ver a otros dos… Bakkun y Berru
probablemente. Deberíamos disponer de unos momentos cuando la horda alcance la
última elevación, cuando no sean capaces de ver nada.
—¡Triv!
Kai hizo un gesto, y el geólogo le siguió hasta el
arco posterior del domo, haciendo un gesto a los otros de que se situaran a un
lado. Los sensibilizados dedos de Kai encontraron la fina costura en la
cubierta de plástico. Ambos hombres inspiraron profundamente, aunaron sus
esfuerzos y rasgaron la resistente tela.
Lunzie había conseguido poner en pie a las dos
chiquillas, tambaleantes aún pero lo bastante conscientes como para caminar por
sus propios pies. Se volvió para ayudar a Trizein.
—¿Adonde puede haber ido Bonnard, Kai? —preguntó
Varian, con una tensa voz que traicionaba una ansiedad que ni siquiera la
Disciplina podía enmascarar.
—Ha de estar lo bastante oculto como para eludir a
los equipos pesados, y tal vez lo bastante seguro como para eludir lo que se
nos viene encima. —Se volvió hacia sus camaradas—. Ahora no debemos dejarnos
ganar por el pánico, sino que debemos aguardar hasta el momento exacto cuando
los equipos pesados no puedan vernos, o de otro modo simplemente nos derribarán
con sus aturdidores. Margit, Aulia, Portegin, ¿podéis correr? —Ellos
asintieron—. Lunzie, ¿llevarás a Terilla? ¿Está muerto Geber? Bien. Aulia, tú y
Portegin ayudad a Cleiti. Triv llevará a Trizein. Yo ayudaré a Dimenon. Varian,
¿puedes arreglártelas?
—Tan bien como tú. Os cubriré.
—No, yo lo haré —dijo Kai, agitando la cabeza y
mirando su colgante brazo.
—No, tú tienes que ocuparte de Dimenon. Me las
arreglaré. —Miró de nuevo por la ventana.
Ya no era necesario un oído sensible para captar la
aproximación de la estampida. Era preciso apelar a todo su control para
permanecer tranquilos.
—Ahora hay cuatro en el cielo —dijo Varian—, y los
animales han llegado al estrechamiento. Preparaos.
Aulia contuvo un grito de temor.
—Todos, respirad profundamente empleando el
diafragma —dijo Lunzie—, y cuando os demos la señal, soltadlo, gritad y
¡corred! No dejéis de gritar. Eso activa la adrenalina.
—No necesito más adrenalina —dijo Margit con voz
trémula pero desafiante.
El retumbar era ensordecedor, el plástico se agitaba bajo sus pies. Aulia temblaba tan visiblemente que Kai se preguntó si podría soportar la tensión.
—¡Ahora!
Sus gritos conjuntos nunca hubieran podido alcanzar
a los equipos pesados. Margit tenía razón, no necesitaban adrenalina adicional.
La visión de las oscilantes cabezas de los crestados dinosaurios, avanzando
hacia ellos, era suficiente para dar alas a cualquiera. Dimenon, gritando a
pleno pulmón, se soltó del apoyo de Kai y adelantó a los demás camino de la
lanzadera. Kai retuvo su paso hasta que Varian se puso a su altura. Entonces
los dos comandantes acompasaron su carrera tras los demás, cruzando un
campamento que se estremecía con las vibraciones de la estampida. Les
adelantaron en la primera terraza de la pendiente, casi derribando a Lunzie
cuando ésta depositaba a Trizein junto a la entrada. Varian sujetó a la doctora
mientras Kai trasteaba con los controles de la cerradura. El primero de los
herbívoros alcanzó la pantalla de fuerza.
Un agudo chillido traspasó el abrumador tronar y los
bramidos cuando la pantalla ardió, llameó fuego azul y se quebró con un
terrible zumbar. Los cuerpos de los herbívoros penetraron en el campamento, y
luego la masa tras la avanzadilla entró en tromba, pisoteó a los caídos y
siguió. El iris se cerró sobre aquella escena. Tan sólo el ruido y la vibración
no parecieron disminuir dentro de la lanzadera, hablando del caos, la muerte y
la destrucción que se estaban produciendo fuera.
Como si fueran uno, Kai y Varian avanzaron por entre
los jadeantes e impresionados miembros de la expedición hasta la cabina del
piloto. Varian buscó el interruptor oculto para restablecer la energía de la
lanzadera. Kai empezó a sentarse en la consola y se detuvo.
—Paskutti no corrió riesgos ante la posibilidad de
enviar otro mensaje —dijo a Varian, contemplando el destrozo en el tablero.
—¿Qué hay acerca de maniobrar?
—Eso sigue aún intacto. Sabía qué circuitos debía
inutilizar.
Sintieron agitarse la lanzadera, y oyeron algo que
golpeaba sordamente contra el casco exterior.
—Se pasaron con la estampida —dijo Varian, con una
risita divertida. Oyó las sorprendidas exclamaciones en el compartimiento
principal y asomó la cabeza—. Se necesitan muchos más herbívoros para mellar la
cerámica de la lanzadera. No os preocupéis. Pero yo de vosotros me sen
taría. —Se deslizó en el otro asiento, apartando su brazo inútil del
camino cuando golpeó contra el respaldo—. Tan pronto como haya pasado la
estampida será mejor que nos movamos.
—¿Bonnard? —preguntó Kai.
—¡Bonnard! —Portegin repitió el nombre como un eco,
en un alegre grito, allá en la cabina principal—. ¡Bonnard! ¡Kai, Varian! ¡Lo
he encontrado!
Los co-comandantes vieron al muchacho emerger del
laboratorio, su mono sucio y manchado, su rostro impregnado de una repentina
madurez.
—Pensé que ése sería el lugar más seguro tras ver a
Paskutti sacaros fuera. Pero no estaba seguro de quién iba a entrar. ¡Me alegra
que hayáis sido vosotros!
Cleiti estaba abrazando a su amigo, sollozando de
alivio. Terilla, a la que Trizein había recostado, le llamó una y otra vez, sin
acabar de creer en su aparición. Bonnard apartó gentilmente las manos de Cleiti
que le aferraban y se dirigió a los comandantes.
—Nunca encontrarán esas celdas de energía, Varian.
¡Nunca! Pero creí que iban a mataros cuando vi a Paskutti cerrar el domo.
Destrozó los controles, de modo que no sé cómo pudisteis salir a tiempo. De
modo que… yo… ¡me escondí! —El muchacho estalló en lágrimas de vergüenza.
—Hiciste exactamente lo que debías, Bonnard.
¡Incluso esconderte!
Otra sacudida de la lanzadera los envió a todos por
los suelos.
—¡Va a caer! —exclamó Aulia, llevándose las manos a
los oídos.
—Es posible, pero no va a romperse —dijo Kai,
sintiendo la misma excitación post-crisis que había hecho reír a Varian—.
Tranquilos. Hasta ahora hemos tenido éxito. ¡Sobreviviremos!
Aunque el crono de pulsera de Kai indicaba que
solamente habían transcurrido veinte minutos desde el momento en que habían
alcanzado la cabina del piloto, tuvo la impresión de que había transcurrido
toda una eternidad de golpes y sacudidas hasta que el ruido externo cesó.
Tras un momento de silencio, Kai abrió el iris lo
suficiente para echar una ojeada fuera. No vio nada excepto un mar de peludos
pellejos moteados. Retrocedió un paso, haciendo un gesto a Varian para que
mirase.
—Enterrados vivos en hadrasauros —dijo ella, sin
poder contenerse. Sus ojos estaban muy brillantes, su rostro crispado por la
tensión de mantener la Disciplina por encima de la agonía de su roto y
aplastado hombro—. Abre del todo. Son demasiado grandes para poder entrar.
Con una vista más amplia, solamente consiguieron
distinguir más cuerpos, y la oscuridad más allá. Kay decidió reluctantemente
que debían enviar a Bonnard, que era adecuadamente ágil y pequeño, a valorar la
nueva posición de la lanzadera. Bonnard fue advertido de mantenerse lo más
oculto posible en caso de que los equipos pesados estuvieran por las
inmediaciones.
—Recuerda que ahora ya es de noche —dijo Lunzie—.
Ellos no tienen buena visión nocturna.Si es que están por ahí.
—¿En qué otro sitio podrían estar? —murmuró Aulia,
con la histeria asomando en su temblorosa voz—. ¡Exultantes! Satisfechos
consigo mismos. Nunca me ha gustado trabajar con los equipos pesados. Siempre
piensan que están siendo utilizados, y en realidad no sirven para nada excepto
para el trabajo muscular.
—Oh, cállate, Aulia —dijo Lunzie—. Adelante,
Bonnard, comprueba si tenemos algún camino practicable para la lanzadera. Me
alegrará tanto poner distancia entre mi persona y los equipos pesados como a
cualquier otro de los que estamos aquí. —Le tendió una máscara nocturna y le
drigió una reconfortante y aprobadora sonrisa.
—Portegin, ¿quieres comprobar los circuitos del
panel de control? —pidió Kai—. Varian, deja que Lunzie te vea ese brazo ahora
que tenemos un momento de pausa.
—Si, después de eso, Lunzie le echa una ojeada a tu
mano, comandante Kai.
—No hay «si» que valga. Tú primero, luego él —dijo
Lunzie, rebuscando en las bolsas de su cinturón—. Al menos me dejaron algo con
lo que poder trabajar.
—¿Por qué preocuparnos curándonos? —preguntó Aulia,
dejándose caer al suelo con la cabeza entre los brazos—. No podremos sobrevivir mucho tiempo en este
planeta. Paskutti tenía razón al respecto. ¡Y se llevaron todo lo que
necesitábamos!
—No todo. Nos dejaron el sintetizador —dijo Varian
con un bufido—. No pudieron llevárselo, porque está construido como una parte
integrante de la lanzadera.
—No tenemos energía para hacerlo funcionar. Ya oíste
a Tanegli.
—Bonnard ocultó las celdas de energía. Servirán para
el sintetizador.
—Eso lo único que conseguirá será retrasar lo
inevitable —exclamó Aulia—. Moriremos todos cuando se agoten las celdas. No hay
forma de recargarlas.
—Kai envió un mensaje a los theks —dijo Varian,
esperando contener así la inminente histeria de Aulia.
—¡Los theks! —Aulia estalló en una carcajada, un
sonido estridente y melancólico.
Portegin salió a grandes pasos de la cabina del
piloto y le cruzo secamente la cara con un bofetón.
—Ya basta con eso, muchacha. Siempre te derrumbas
con demasiada facilidad.
—Pero ha dicho algunas duras verdades —obervó Margit
con voz débil—. Una vez no podamos utilizar el sintetizador, es como si
estuviéramos…
—Siempre podemos dormir —dijo Kai.
—No sabía que esta expedición dispusiera de equipo
criogénico —dijo Margit, pero la esperanza iluminó su expresión.
—Puede que se trate de una expedición pequeña, pero
posee todos los elementos básicos. O los poseía —respondió Kai, que, tras
hallar el lugar correspondiente entre las mamparas, pulsó el mando liberador y
mostró el compartimiento oculto con todo el equipo criogénico.
—Pero si Portegin puede arreglar la unidad de
comunicación, no necesitaremos ese helado dormir —dijo Aulia, cuyo rostro
reflejaba también alivio—. Simplemente podremos radiar a la NE…
—No, y puedo decírtelo ya en este momento —dijo
Portegin, con expresión hosca—. No puedo arreglar ese panel. No sin los
componentes de repuesto que se han llevado.
—Lo sabía —dijo Aulia, poniéndose a llorar en el
silencio que siguió al anuncio de Portegin.
—Tú no sabes nada —dijo Portegin secamente—, así que
cállate.
—Dormir es lo que necesitamos ahora —dijo Lunzie,
lanzando a Kai una significativa mirada—. Un poco de sueño normal y reparador.
Una vez agotada la Disciplina, ellos cuatro iban a
necesitar varios días enteros de descanso antes de poder recuperarse del
inevitable abuso de sus sistemas. Con Aulia en aquel estado, y los otros
propensos a reaccionar de una u otra forma al shock de sus recientes
experiencias, su escapatoria de los equipos pesados no significaría nada si Kai
y Varian no podían mantener el control.
—¿Dormir? —preguntó Margit—. ¿Con lo que hay ahí
arriba? —Señaló al techo de la lanzadera y se estremeció.
—Míralo de este modo, Margit —dijo Dimenon—: Estamos
maravillosamente seguros aquí. Incluso los equipos pesados tendrán que sudar
para limpiar esos… ¿cómo decirlo?… restos… carroña… para llegar hasta aquí.
—No, Dimenon —dijo Kai—. No vamos a quedarnos aquí.
Nuestras mayores posibilidades de escapar son ahora, bajo la protección de la
oscuridad, de modo que cuando los equipos pesados regresen, como estoy seguro
que harán, supongan que la lanzadera se halla aún aquí, enterrada bajo la
estampida.
—Los carroñeros de Ireta trabajan rápido —dijo
Varian, sintiendo que el sudor perlaba su rostro mientras Lunzie proseguía
arreglando su hombro roto—. Aunque tienen ahí afuera suficiente como para
mantenerlos ocupados durante días…
Alguien sufrió una violenta arcada.
—Lo cual nos da un cierto margen antes de que descubran
que la lanzadera ha desaparecido. Eso, si nos vamos esta noche.
—¿Dónde sugieres que vayamos? —preguntó Portegin con
tono seco.
—Eso no es problema —dijo Dimenon con un bufido—. Tenemos todo un maldito planeta donde escoger.
—No tanto —dijo Kai—. Y ellos desean esta lanzadera.
La necesitan… aunque sólo sea por el sintetizador y la unidad central de
energía. Cuando descubran que ha desaparecido, empezarán a buscarla. Y la
buscarán concienzudamente. Tienen detectores en los deslizadores, y aunque no disponen
de las celdas de energía —aquí favoreció a Bonnard con una sonrisa de
admiración—, son lo bastante fuertes como para desmantelar las unidades y
utilizarlas conectadas a sus cinturones elevadores. Y encontrarnos.
—No si estamos bien
ocultos —dijo Varian, resaltando la palabra con una voz que tenía un asomo de
regocijo—. Ningún equipo pesado pensará en ello. Y habrá un montón de lecturas
de otras formas de vida para confundirlos.
Kai miró a Varian, repasando mentalmente posibles
localizaciones, incapaz de adivinar qué tenía en mente pese a que Varian lo
observaba como si él tuviera que saberlo.
—Nuestro día de descanso también fue productivo,
aunque no nos diéramos cuenta en aquel momento.
—¿Los giffs?
—Sí, esa cueva donde encontré el huevo muerto. Era
enorme por dentro, y seca. No puedo imaginar por qué estaba abandonada. Pero
puede servirnos.
Kai sintió deseos de abrazarla y besarla por esa
sugerencia, pero aquél no era el momento ni el lugar.
—Es el escondite perfecto, Varian. Incluso damos el
mismo registro que los giffs adultos. ¡Y los chicos el mismo que los jóvenes!
Varian, esto es… es…
—La mejor idea que hemos oído en todo el día —dijo
Lunzie, terminando cuando a Kai le faltaron las palabras.
Había tanto alivio en su voz como en la de Kai.
Varian resplandeció ante la acogida de su solución.
—Espléndido. Anidaremos ahí arriba —y se agachó
cuando Lunzie le lanzó un amistoso puñetazo por su broma—, nos tomaremos una
buena noche de sueño, y luego evaluaremos a fondo nuestra situación. No
olvidéis, amigos, que envié mi mensaje a los theks —alzó una mano cuando Aulia
abrió la boca para reanudar la discusión respecto a una posible ayuda por aquel
lado—, y puesto que uno de ellos es un viejo amigo de mi familia en la ARCT-10,
creo que puedo prometer que el mensaje no será ignorado.
Tal vez Aulia no quedara convencida, pero Kai vio
que los demás estaban dispuestos a depositar una cierta confianza en aquel
hecho.
—¿Dónde ha ido Bonnard? —preguntó Varian,
estremeciéndose cuando Lunzie terminó de manipular en su hombro—. Ya hace rato
que debería haber vuelto.
—Iré a buscarle —dijo Triv, y estaba fuera antes de
que ninguno de los dos comandantes pudiera protestar.
—Ahora es tu turno, comandante Kai —dijo Lunzie,
señalando que era hora de ponerse en sus manos.
—Margit, ¿puedes prepararnos algunos estims para
todos? —pidió Kai, presentando su muñeca rota a Lunzie y apartando de allí sus
pensamientos—. No creo que se llevaran lo que había en los armarios del
compartimiento del piloto.
—¿Un estim? —Margit se dirigió con rapidez al
compartimiento de proa, con Aulia inmediatamente a sus talones—. Ésa es la
segunda mejor idea que he oído hoy. Espero que no se los llevaran también… ¡Ah,
el armario está intacto! Toma, Aulia, pásalos a los demás, ¡aprisa! —su voz se
había vuelto dura.
—¿Sabéis? Esta es la primera vez que he visto a los
comandantes tener que recurrir a la Disciplina —dijo Dimenon, rompiendo el
sello del envase que Aulia le había tendido. Ella estaba bebiendo el suyo, y
fue pasando los estims a los demás—. Soy consciente de que un comandante debe
tener el entrenamiento necesario para mandar, pero nunca lo había visto en
funcionamiento. No puedo imaginar lo que te pasó, Varian, cuando les dejaste
sacarte admisiones por la violencia.
—Tenía que jugar el papel de cobarde —dijo Varian,
dando un largo sorbo a su estim—. Los Discípulos muertos no sirven para nada.
Supuse que Bonnard sería lo bastante listo como para haberse escondido. De
todos modos, desearía que ya hubiera vuelto.
Todos oyeron los ruidos en la entrada. Kai retiró su
medio curada muñeca de manos de Lunzie y se dirigió rápidamente hacia allá, con
la mano buena cerrada en un apretado puño. Portegin y Dimenon se le unieron,
con sus manos desnudas preparadas.
—Lo encontré —dijo Triv, asomando la cabeza por el iris medio abierto—. Ha estado alineando todas las celdas de energía al final de… los animales muertos. Ahora ha ido a buscar las que faltan. —Tendió a Portegin tres celdas de energía a través de la abertura—. Dice que los equipos pesados han prendido un fuego en la cordillera a nuestras espaldas. Podremos deslizar la lanzadera hacia nuestra izquierda, siguiendo el relieve de la colina, y no podrán vernos. Los herbívoros muertos y agonizantes están concentrados casi todos en la parte alta del campamento. Van a necesitar cierto tiempo antes de darse cuenta de que ni nosotros ni la lanzadera estamos enterrados allí.
—Bien —dijo Kai, e hizo seña a Triv de que regresara
a ayudar a Bonnard—. Podemos marcharnos sin dejar ninguna huella por la que
puedan seguirnos o localizarnos: bendito sea este casco cerámico.
Una vez el ingenioso muchacho y Triv hubieron
colocado a buen recaudo todas las celdas de energía en la lanzadera, cerraron
la compuerta. Kai y Varian llevaron a Bonnard al compartimiento del piloto, donde
el muchacho pudo diagramar la posición de la lanzadera y el camino más
despejado para ascender por la colina.
El puño de Paskutti había destrozado las pantallas
visoras exteriores junto con la unidad de comunicaciones, de modo que las
maniobras iban a tener que ser a ciegas. Claro que, señaló Varian, tampoco
hubieran podido ver mucho con el enmascaramiento nocturno y no podían, bajo las
circunstancias, utilizar los rayos localizadores externos de la lanzadera.
Tanto Kai como Varian recordaban las coordenadas del mar interior sin las
cintas, ahora esparcidas por el pisoteado suelo del campamento.
Triv y Dimenon sintetizaron suficiente relleno para
acolchar a los heridos sobre el suelo desnudo de la cubierta, y pusieron a
Margit y Aulia a limpiar en la medida de lo posible los destrozos causados en
el laboratorio de Trizein. Éste había perdido de nuevo el conocimiento,
abrumado por una tensión excesiva para un hombre de sus años. Lunzie temió que
hubiera sufrido un ataque al corazón como resultado del brutal tratamiento
recibido.
Maniobrando con el mínimo de energía, Kai y Varian,
cada uno con su mano buena, liberaron a la lanzadera de su carga de cadáveres
de hadrasauros y la hicieron ascender por la colina, enfilando hacia el mar
interior.
Durante el viaje, Lunzie sintetizó un tonificante
hipersaturado para reducir los efectos del shock retardado y se aseguró de que
todos tomaran su dosis, ya fuera bebida o en spray. Con la ayuda de Triv y
Dimenon, Portegin empezó a revisar todos los circuitos innecesarios para ver si
podía montar aunque fuera una señal automática de aviso.
Cuando alcanzaron el mar interior, Kai estabilizó la
lanzadera en el aire mientras Varian, mirando por el iris parcialmente abierto,
le iba dando instrucciones para posarse en la terraza que habían ocupado
alegremente durante su día de descanso, le parecía que hacía una eternidad.
Cuando el iris estuvo a medio metro por encima de la terraza, Varian y Triv
saltaron al suelo. Iban a tener que guiar la lanzadera hasta la cueva,
facilitándole a Kai las instrucciones necesarias a través de sus comunicadores
de pulsera. Puesto que los equipos pesados estaban seguros de su muerte en el
domo, era poco probable que alguno de ellos estuviera escuchando en sus propias
unidades.
La boca de la cueva no era lo bastante ancha como
para admitir el cuerpo central de la lanzadera, pero, presionando fuertemente
contra la roca, consiguieron abrirse camino, ignorando las señales que quedaron
en la piel cerámica del aparato como prueba del esfuerzo.
Varian, de pie en la oscuridad de la terraza, no
pudo comprender por qué el tremendo ruido del roce y las vibraciones no habían
despertado a toda la población de giffs, pero ninguna cabeza crestada se asomó
a investigar.
Triv descendió a Varian hasta la cueva con una cuerda
atada a su cinturón. Luego, tras asegurar un extremo a un saliente rocoso en la
terraza, se reunió con ella. La lanzadera estaba lo suficientemente metida en
la cueva como para no ser inmediatamente visible, pero Triv y Varian reunieron
masas de vegetación seca y las arrojaron a modo de camuflaje sobre la popa de
la nave. Dimenon, Margit y Portegin salieron a ayudar, embarrando los lados y
la parte superior del aparato con lodo de la cueva reblandecido con agua.
La operación no tomó mucho tiempo, pero todo el
mundo se sintió aliviado de hallarse de nuevo dentro de la lanzadera, con el
iris cerrado tras de ellos. Luego se instalaron con toda la comodidad que
pudieron conseguir.
—Tú también tienes que descansar, Lunzie —dijo Kai,
inclinándose al lado de la mujer mientras atendía a Trizein.
La doctora rió sarcásticamente.
—Pronto no voy a tener otra opción, cuando me
abandone la Disciplina. Pero Trizein estará pronto bien. Es natural que su
sistema busque reparación en el descanso. Y aquí no habrá nada que lo moleste.
¿Cómo estás tú? —preguntó bruscamente, mirando primero a su sellada muñeca y
luego más intensamente a sus ojos.
—Todavía estoy bajo Disciplina, pero ya no por mucho
tiempo.
Ella llenó su pistola spray.
—Les administraré a todos un poco más de sedación
que la necesaria. Eso nos dará la oportunidad de descansar lo suficiente.
Recorrió la cabina, aplicando el spray.
Varian dio unos golpecitos a Kai en el hombro.
—Nosotros tenemos acomodo delante, Kai.
El hombre miró a su alrededor, a las rendidas formas,
y luego siguió a la mujer, dejándose caer agradecido en el acolchado colocado
en el suelo. Habían sido sintetizadas una serie de sábanas finas pero térmicas,
que calculó serían suficientes. La nave mantendría un nivel interior de
temperatura confortable para los durmientes. Lunzie y Triv se les unieron y se
dejaron caer también al suelo.
—Hubiera podido ser peor, Kai —dijo la doctora, como
si leyera sus pensamientos mientras el hombre miraba la desnuda cabina de abajo
y los durmientes—. Solamente hemos perdido a Gaber, y el estúpido lo pidió a
gritos con su tardío heroismo.
—¿Cómo están Terilla y Cleiti? —preguntó Varian.
—Un poco maltrechas, pero bien. Más dolidas psíquica
que corporalmente. Ese tipo de tratamiento no es deseable para nadie… —Lunzie
hizo una mueca.
—Estoy más preocupada por su reacción hacia Kai y yo
misma cuando pareció que no las defendíamos ni protegíamos…
Lunzie sonrió.
—Comprenden eso. Sé que los padres de Cleiti son
Discípulos, y sospecho que la madre de Terilla también lo es. Lo que no pueden
comprender es la metamorfosis de los equipos pesados en temperamentos brutales
y crueles. —Lunzie suspiró—. En conjunto, creo que todos nosotros nos
comportamos bastante bien, considerando las probabilidades en contra que
teníamos y lo inesperado de ese motín.
De repente su cuerpo se relajó y suspiró de nuevo,
esta vez con alivio.
—Ya estoy fuera —dijo, buscando con manos
temblorosas la pistola sedante—. ¿Estáis preparados vosotros dos?
—Déjalo —dijo Kai—. Podemos hacerlo nosotros mismos.
Triv le ofreció su brazo a la doctora.
—Yo también estoy fuera, Lunzie. —La relajación de
la Disciplina era obvia en el grisor que se estaba apoderando de su complexión.
Estaba casi dormido antes de que Lunzie terminara de administrarle la droga—.
Seré el primero en despertarme —murmuró, y su cabeza cayó a un lado.
Lunzie lanzó un bufido mientras volvía el spray
hacia sí misma.
—Yo no apostaría por ello, amigo. Ésa es la
maravilla de la Disciplina, o su aflicción, actuando incluso cuando no deseas
que lo haga. —Expiró entrecortadamente el aire y cerró los ojos—. Lo habéis
hecho bien, co-comandantes. Podéis estar tranquilos. Nunca conocí… una pareja…
mejor…
Varian rió quedamente.
—Era de esperar que Lunzie dejara un cumplido sin
terminar —dijo. Mantuvo su voz a un nivel bajo, aunque ni siquiera una
repetición de la estampida hubiera despertado a la doctora o a los demás
durmientes—. Kai, ¿responderá Tor?
—Es más probable que lo haga él que cualquier otro
thek.
—¿Cuándo?
La Disciplina debía estar abandonándola, pensó Kai,
captando la ansiedad en su enronquecida voz. Tomó su mano buena en la suya y la
llevó a sus labios. Ella sonrió, pese a su preocupación, ante su caricia.
—Diría que será una semana antes de su posible
llegada. Supongo que podremos mantenerlos unidos todo ese tiempo, ¿no crees?
—Después de lo de hoy sí, creo que podremos. Pero
Kai, ellos no saben que no tenemos contacto con la NE. La ayuda thek será
bienvenida, pero un pobre consuelo puesto que es muy debatible.
—Lo sé. De todos modos, es un contacto.
Sintió que la Disciplina lo abandonaba: notó la
enorme fatiga, como un peso intolerable, presionar sobre su maltratado cuerpo.
Iba a estar terriblemente envarado cuando despertara.
—¿Te has liberado, Kai? Parece que sí.
Rió suavemente, notando la pérdida de color de su
rostro. Alzó la pistola spray.
—Espera. —Ella se alzó sobre su codo bueno y le besó
en los labios, un beso suave pero un reconocimiento pese a todo—. No quiero
quedarme dormida besándote.
—Te agradezco la consideración —dijo él. Y le devolvió
un rápido y afectuoso beso, apretando el spray contra el brazo de ella y luego
contra el suyo propio. Colocó bien sus piernas, y apenas tuvo tiempo de
entrelazar sus dedos con los de ella cuando el sueño le venció.
Kai no fue el único en sentirse envarado cuando
finalmente despertó. Y Lunzie se había levantado antes que Triv, lo cual la
había puesto de buen humor.
―Trizein está mejorando ―dijo a los
co-comandantes, mientras les tendía sendas jarras de un humeante guiso
nutritivo―. Mi receta especial ―dijo―, garantizada para hacer
circular la sangre por los músculos entumecidos y restablecer los tejidos a la
normalidad. Necesitaréis estar en forma. Voy a hacer más cantidad en el
sintetizador, o no tendré bastante para revivir a los otros.
Kai sorbió cuidadosamente el caliente líquido.
Lunzie no había exagerado respecto a su efectividad. A medida que el calor
descendía hasta su estómago, casi pudo sentir el relajamiento de sus envarados
músculos. Tuvo que aplicar controles ligeramente Disciplinarios para reducir el
dolor en su muñeca.
—¿Cuánto tiempo hemos dormido?
—Diría que hemos dado una vuelta y media al crono —indicó Lunzie, mirando su aparato de pulsera—. Sé que no dormimos unas simples doce horas, o he perdido mi toque en la administración de sprays sedantes. Lo cual no ha ocurrido.
—¿Cuánto falta para que se levanten los demás?
—preguntó Triv, que ya se habia despertado también.
—Diría que tenemos otra hora de margen antes de que
resuciten los muertos.
—¿Un pequeño reconocimiento? —preguntó Triv a los
dos comandantes.
—Simplemente recuerda que ya no dispones de ninguno
de tus cinturones de fuerza —dijo Lunzie con su tono más seco—. No vayas a
caer.
En una acción refleja, Kai abrió el armario de los
aturdidores y encontró todos los estantes vacíos.
—Sí, por supuesto —dijo Varian con una seca risa—,
el armario está vacío.
—Y todo lo que tenemos son las manos desnudas…
—Una cada uno —dijo Varian con una segunda risa.
—Recordad que hoy no seréis capaces de utilizar
completamente la Disciplina —advirtió Lunzie—. Confío en que no surja la
necesidad.
—Lo dudo. Los giffs no son agresivos —dijo Varian,
sujetando confortablemente su mano contra su cuerpo antes de cruzar el iris—.
Otra razón por la cual éste es un escondite perfecto.
Unos pocos minutos más tarde, mientras atisbaban más
allá de la boca de su retiro, revisó su afirmación.
—Bien, hay algunos inconvenientes. —Miró de soslayo
hacia abajo, hacia las olas que golpeaban contra la base de su acantilado de
veinte metros de altura. A ambos lados había una extensión de escarpadas rocas.
La cuerda que Triv había asegurado desde la terraza chasqueaba a la ligera
brisa. Alzando la vista, Varian pudo ver volar a los giffs—. Al menos no hay
nada excepto giffs ahí arriba —añadió con un exagerado suspiro de alivio.
—Y nada tampoco para el sintetizador —dijo Kai,
intentando recordar exactamente qué había más allá de la terraza y de la cima
rocosa donde los giffs dejaban caer sus presas.
Triv había vuelto a la parte de atrás de la caverna
y regresó ahora con un puñado de hierba seca en cada mano.
—Hay montones de esta hierba. Está seca, pero puede
proporcionar algo de sustancia para el sintetizador.
—Hay un bosque más allá de los acantilados —dijo
Varian pensativamente, frunciendo concentrada el ceño—. Es una lástima, pero
confiamos demasiado en nuestras cintas y demasiado poco en nuestros propios
recuerdos.
—Vamos, no te hagas mala sangre por ello, Varian.
Recogeremos hierba al menos. Triv, ¿qué tal eres trepando por la cuerda?
—Aprenderé, pero sospecho que es el tipo de cosa que
Bonnard hace condenadamente bien —dijo con una sonrisa, tirando de la cuerda y
luego mirando su longitud con expresión dubitativa.
Lunzie no se sentía complacida con las hierbas.
Frescas hubieran sido perfectas, pero no había forma de decir cuánto tiempo
llevaban allí dentro de la cueva. ¿No podrían conseguir algo vegetal fresco…
aunque fueran frondas de árboles?
Las frondas de los árboles eran casi todo lo que
podían conseguir, informó Triv a los co-comandantes cuando él y los jóvenes
regresaron de su inspección. Había una tentadora visión de árboles frutales más
allá de un estrecho pero impracticable cañón que separaba los acantilados
principales del bosque que había a lo lejos. Al menos, desde el nivel de la
terraza, aquello era por el momento todo lo que podían alcanzar.
—Los giffs nos observaron —dijo Bonnard a Varian y
Kai—, exactamente igual que el día de descanso. Simplemente observaron.
—Y yo escruté el cielo en busca de algo más —dijo
Terilla, con una curiosa nota amarga en su suave voz y una inquietante dureza
en el rostro.
—¿Ellos? —Bonnard desechó a los equipos pesados con
un gesto de burla—. ¡Aún siguen creyendo que hemos sido reducidos a obleas en
el domo!
Había, observaron los dos comandantes con una cierta
aprobación, una decidida presunción en Bonnard, que ciertamente se merecía. Él,
solo, había conseguido eludir y alterar los planes de los equipos pesados, pese
a su superioridad física.
—Esperemos devotamente que prosigan en este engaño
durante unos cuantos días más —dijo Kai—. Hasta que Tor tenga una posibilidad
de llegar. ¿Podéis efectuar otro viaje hoy? —preguntó, observando el montón de
fresco verdor y estimando el resultado final sintetizado.
La respuesta de Triv fue volver a la cuerda e
iniciar el ascenso, con los otros pisándole los talones
—La moral es muy buena —murmuro Kai a Varian
—¡Por ahora!
La seca observación de Varian recordó a Kai que la
moral era algo volátil.
Para animarse un poco fue en busca de Portegin, que
estaba trabajando en lo que quedaba del laboratorio de Trizein sobre un montón
de placas que había extraído de la dañada consola del compartimiento de
pilotaje
—No sé si podré arreglar la unidad de comunicación,
aunque haga reparaciones de fortuna en las placas y prescinda de unas cuantas
conexiones —dijo el hombre, pasándose los dedos por su corto cabello—. No nos
dejaron demasiado que pueda utilizar como unidad selladora, y esas conexiones
son demasiado delicadas para hacerlas a mano.
—¿Puedes establecer una señal localizadora para los
theks, o incluso en las frecuencias de la ARCT-10?
—Eso sí —y Portegin pareció alegrarse de poder dar
una respuesta positiva.
—Entonces hazlo, preferiblemente algo que los
equipos pesados no puedan interceptar.
—Primero tendrían que disponer de energía, más de la
que tienen en sus unidades de pulsera —dijo Portegin, sonriendo con un toque de
malicia.
Kai siguió adelante, registrando inútilmente el
compartimiento de almacenaje con la esperanza de encontrar algo que los equipos
pesados no se hubiesen llevado. Dio gracias a la providencia por el casco
cerámico de la lanzadera, que no era registrado por los detectores que poseían
los equipos pesados. Las pequeñas cantidades de metal del aparato serían
fácilmente interpretadas como menas naturales de los acantilados.
Intento recordar de nuevo si él y Varian habían
hablado mucho acerca de los giffs en presencia de alguno de los equipos
pesados… ¡y recordó las cintas! Luchando contra el frenético pulsar del miedo,
recordó también las enmarañadas cintas y los destruidos contenedores de las
mismas esparcidos por todo el campamento y ahora enterrados bajo toneladas de
animales muertos. Los amotinados, en su desprecio hacia los pesos ligeros,
probablemente habrían arrojado las cintas registradas por él o por Varian como
algo intrínsecamente inútil. Kai se obligó a creer en esa posibilidad.
Observó que todo el mundo estaba atareado en algo.
Triv y los jóvenes se encargaban de buscar provisiones para el sintetizador,
Aulia estaba barriendo la cabina principal con una escoba hecha con hierbas
cortas y rígidas, Dimenon y Margit izaban agua a la parte superior del
acantilado con un pequeño cubo improvisado.
—Prueba una —dijo Varian, ofreciéndole una especie
de galleta amarronada—. No es mala —añadió, mientras él mordía una esquina y
empezaba a masticar.
—¿Hierba seca?
—Hummm.
—He comido cosas peores. No es muy seca.
—Pero está hecha a base de hierba seca. Comestible,
sin embargo. Hay enormes cantidades de ella, así que Lunzie está completamente
tranquila al respecto. —Luego su expresión varió a una de desagrado—. El
problema es que consume un montón de energía, al igual que el agua, que debe
ser depurada.
Kai se alzó de hombros. Tenían que disponer de
comida y agua.
—Necesitaremos al menos una semana para que Tor
responda.
Varian lo miró durante un largo momento.
—¿Exactamente qué beneficio nos reportará la
aparición de Tor?
—El motín de los equipos pesados, o debería decir
mejor su éxito, depende de nuestro silencio.
Por eso planearon tan cuidadosamente nuestras muertes, en caso de que no
hubiéramos sido plantados. Por qué le creyeron a Gaber es algo que se me
escapa, pero… —Kai se alzó de hombros. Luego sonrió—. Los equipos pesados son
grandes, pero ninguno es tan grande como un thek. Y nadie en la galaxia provoca
deliberadamente la venganza de un thek. Su concepto de la Disciplina es un
tanto… más permanente que el nuestro. Una vez tengamos el apoyo de los theks, podremos
reanudar nuestro interrumpido trabajo.
Varian consideró aquella seguridad y, por alguna
razón que irritó a Kai, no pareció tan convencida como debiera.
—Bien, Lunzie estima que disponemos de cuatro
semanas de energía, al índice actual de consumo.
—Eso está bien, pero no me hace feliz permanecer
cuatro semanas metido en esta caverna.
—Sé lo que quieres decir.
Su refugio era dos veces más largo que los veintiún
metros de la lanzadera, y la mitad más ancho, pero terminaba en un preocupante
desprendimiento rocoso que tal vez explicara por qué la cueva había sido
abandonada por los giffs. No había mucho espacio para la intimidad, y no podían
arriesgarse a iluminar la parte más interna, lo cual hubiera aliviado un poco
la sensación claustrofóbica.
Cuando la rápida noche tropical hubo oscurecido su
refugio, Portegin había conseguido montar un localizador que él y Triv situaron
en una hendidura justo fuera de la boca de la cueva. Tras una mirada final para
asegurarse de que la popa de la lanzadera estaba suficientemente camuflada, Kai
y Varian ordenaron a todos que entraran en el aparato. Con el simple expediente
de hacer que Lunzie introdujera un sedante en la ración nocturna de agua, todo
el mundo estaba pronto demasiado soñoliento como para preocuparse por el
confinamiento o el aburrimiento.
Al día siguiente, Kai y Varian enviaron a todo el
mundo excepto al convaleciente Trizein a buscar comida vegetal. Estimaron que
disponían de un segundo día de seguridad contra cualquier búsqueda de los
equipos pesados: posiblemente dispusieran también de un tercero, pero no podían
correr riesgos.
El tercer día, aparte de recoger agua al amanecer,
lo pasaron en el interior de la cueva. Portegin y Triv construyeron una
pantalla de ramas y hierba que podía ser utilizada para emplazar un centinela
en la entrada de la cueva, para advertir de cualquier signo ya fuera de
búsqueda por parte de los equipos pesados o, esperaban, de la llegada de una
cápsula thek. El ángulo de visión desde la pantalla era limitado, pero había
que conformarse.
El cuarto día transcurrió sin ningún acontecimiento
digno de mención, pero el quinto todo el mundo empezó a mostrar los efectos del
encierro en un espacio limitado. El sexto día Lunzie medicó la bebida de la
mañana a fin de que todo el mundo excepto ella, Triv y los dos comandantes
fuera mantenido en un estado de semisopor. Eso significaba que ellos deberían
montar la guardia y recoger el agua al amanecer y de nuevo al anochecer.
Al término del séptimo dia, Kai tuvo que admitir que
Tor no se había apresurado en acudir en su auxilio.
—¿Cuál es nuestra alternativa? —preguntó
calmadamente Triv en la conferencia informal que sostuvieron los cuatro
Discípulos.
—Está el sueño helado —dijo Lunzie, y pareció
aliviada cuando Kai y Varian asintieron.
—Ése es el último recurso más juicioso —dijo Triv,
jugueteando con un cuadradito de hierba que había estado entretejiendo
mecánicamente—. Los demás van a empezar a mostrarse cada vez más insatisfechos
con la reclusión en esta cueva. Por supuesto, una vez no se recojan mensajes
para la NE, acudirán a investigar. —Algo en su actitud, en su mismo silencio,
alertó a Triv, y miró a su alrededor, sobresaltado—. La NE está viniendo a por nosotros, ¿no?
—Pese a las habladurías de Gaber, no hay razón para
suponer que no —dijo Kai lentamente—. Un vez la NE recoja los mensajes,
acudirán a toda prisa. Este planeta es tan rico en todo tipo de…
—¿Mensajes? —Triv captó el involuntario desliz de
Kai.
—Sí, mensajes —dijo Varian, con una hosca mueca en
su rostro.
—¿Como cuántos? —El geólogo no pudo reprimir su
ansiedad.
—El «llegamos sanos y salvos» es el único que han
recogido.
Triv absorbió aquella deprimente admisión sin dejar
traslucir sus reacciones internas.
—Entonces… tenemos que dormir. —Frunció el ceño y
preguntó, como si se le hubiera ocurrido de pronto—: ¿Sólo el «llegamos sanos y
salvos»? No pueden habernos plantado, Kai, no hay suficiente base genética para
ello.
—Eso, y el hecho de que tenemos con nosotros a los
jóvenes, es lo que nos tranquiliza —dijo Kai—. Tengo la sensación de que la NE
se ha visto demasiado implicada con esa tormenta cósmica, y los theks fueron de
la misma opinión.
—Oh, sí, había olvidado la tormenta. —El alivio de
Triv fue visible—. Entonces dormiremos. ¡Queda fuera de toda discusión! No
importa si somos despertados dentro de una semana o dentro de un año.
—Bien, entonces dormiremos mañana, una vez se lo
hayamos comunicado a los otros —dijo Kai.
Lunzie agitó la cabeza.
—¿Por qué decírselo? Aulia se pondrá histérica,
Portegin insistirá en que intentemos lanzar una llamada de emergencia, seréis
acusados de retener información acerca del silencio de la NE…
—Ahora ya están a medio camino —dijo Varian,
haciendo un gesto hacia las durmientes formas—. Y nos ahorraremos algunas
discusiones inútiles.
—Y cualquier posibilidad de ser encontrados por los
equipos pesados —dijo Triv—, hasta que la NE vuelva a por nosotros o lleguen
los theks como refuerzos. No hay forma de que los equipos pesados puedan
localizarnos en nuestro helado sueño. Y hay un auténtico peligro si seguimos
despiertos.
Una decisión tan importante, sabía Kai, debería ser
decidida democráticamente, pese al hecho de que él y Varian, como
co-comandantes, podían actuar a su libre albedrío en el mejor beneficio de la
expedición. Pero las afirmaciones de Lunzie respecto a las reacciones eran
válidas. Kai abrió los brazos, aceptando lo inevitable. Le había concedido a
Tor una semana; si el thek tenía intención de responder, había dispuesto del
tiempo suficiente para efectuar el viaje desde el otro planeta. Si el mensaje
había sido recibido por Tor, por supuesto. Podía haber sido recibido por uno de
los otros dos, que no tenía por qué habérselo pasado necesariamente a Tor o
haberse molestado en responderlo.
—Será mejor que la próxima vez que me encuentre con
esos equipos pesados sea con el hombro curado —observo Varian—. Espero que
gasten toda la energía que les quede intentando hallar algún rastro nuestro.
Triv lanzó una abatida risa y se levantó, mirando
expectante a Lunzie.
—Normalmente no soy rencorosa —dijo la doctora,
poniénose en pie—, pero tengo la misma opinión.
Lunzie preparó un preservante, que administró a los
durmientes. Triv, Varian y Kai los fueron comprobando uno a uno hasta que sus
pieles se enfriaron y sus respiraciones menguaron hasta hacerse casi
imperceptibles. Kai jugueteó brevemente con la idea de quedarse despierto, de
pedirle a Varian que se uniera a él en la vigilia hasta que llegaran Tor o la
NE. Pero eso significaba que deberían quedarse fuera mientras el vapor del
sueño criogénico permeaba la lanzadera. No deseaba permanecer separado de su
equipo y desvelar inadvertidamente su escondite a los rastreadores equipos
pesados. Pronto los demás estarían bien en el sendero del sueño criogénico.
—¿Sabes? —anunció Varian en un sobresaltado tono de
voz, mientras se preparaba a sí misma—, el pobre viejo Gaber tenía razón. Hemos
sido plantados. ¡Al menos temporalmente!
Lunzie la miró, luego hizo una mueca carente de
alegría.
—Ése no es el consuelo que quiero llevarme conmigo
al sueño helado.
—¿Se sueña en la criogénesis, Lunzie?
—Nunca me he sometido a ella.
—Parece una pérdida de tiempo no hacer nada.
Lunzie les tendió la poción que había preparado para
ellos en vez del spray.
—El concepto mismo de sueño helado indica una
suspensión del sentido del tiempo subjetivo —dijo—. Te duermes, luego
despiertas.
—Y pueden haber pasado siglos —añadió Triv.
—Ayudas menos que Varian —murmuró Lunzie, y bebió su
poción, al tiempo que se preparaba.
—No serán siglos —dijo Kai categóricamente—. No,
puesto que la NE tiene los datos del uranio.
—Eso es un consuelo —dijo Triv, y bebió su dosis.
Tácitamente, Kai y Varian aguardaron hasta que los
otros dos se hubieron sumergido en el sueño helado.
—Kai —dijo Varian suavemente—, es culpa mía. Tenía
todos los indicios que señalaban un posible motín…
—Varian —dijo él gentilmente, y cortó sus palabras
de disculpa con un beso—, no fue culpa de nadie, tan sólo una concatenación de
fuerzas. Conténtate con que estemos vivos, como se contentan ellos. Gaber se
buscó su propio fin con una esencial estupidez temperamental. Y será mejor que
suspendamos el tiempo subjetivo por ahora.
—¿Durante cuánto?
La besó de nuevo ligeramente, sonriendo con una
convicción que deseó intensamente que pareciera genuina.
—La NE volverá a por nosotros. ¡No importa el tiempo
que tarde en hacerlo! —No era la observación más acertada que podía hacer—.
¡Bebe, Varian! —Alzó la jarra hacia la mujer, y aguardó hasta que ella se la
llevó a los labios, y bebieron juntos—. Nada parece tan malo cuando duermes.
—Espero que sí. Es… simmmmpl…
El silencio inundó la lanzadera. El mecanismo que
liberaba el vapor que reforzaba el sueño abrió la válvula correspondiente. Todo
signo de vida descendió a un mínimo indetectable. Fuera, los dorados animales
recubiertos de fino pelaje alzaron el vuelo con la llegada de otra lúgubre y
bochornosa mañana mesozoica.