I.
¿POR QUÉ
EXISTE LA GENTE?
La vida inteligente sobre un planeta alcanza su mayoría de edad
cuando resuelve el problema de su propia existencia. Si alguna vez visitan la
Tierra criaturas superiores procedentes del espacio, la primera pregunta que
formularán, con el fin de valorar el nivel de nuestra civilización, será: «¿Han descubierto, ya, la evolución?» Los organismos
vivientes han existido sobre la Tierra, sin nunca saber por qué, durante más de
tres mil millones de años, antes de que la verdad, al fin, fuese comprendida
por uno de ellos. Por un hombre llamado Charles Darwin. Para ser justos debemos
señalar que otros percibieron indicios de la verdad, pero fue Darwin quien
formuló una relación coherente y valedera del por qué existimos. Darwin nos
capacitó para dar una respuesta sensata al niño curioso cuya pregunta encabeza
este capítulo. Ya no tenemos necesidad de recurrir a la superstición cuando nos
vemos enfrentados a problemas profundos tales como: ¿Existe un significado de
la vida?, ¿por qué razón existimos?, ¿qué es el hombre? Después de formular la
última de estas preguntas, el eminente zoólogo G. G. Simpson
afirmó lo siguiente: «Deseo insistir ahora en que todos los intentos efectuados
para responder a este interrogante antes de 1859 carecen de valor, y en que
asumiremos una posición más correcta si ignoramos dichas respuestas por
completo.»1
En la actualidad, la teoría de la evolución está tan sujeta a dudas como la
teoría de que la Tierra gira alrededor del Sol, pero las implicaciones totales
de la revolución de Darwin no han sido comprendidas, todavía, en toda su
amplitud. La zoología es, hasta el presente, una materia minoritaria en las
universidades, y aun aquellos que esconden su estudio a menudo toman su
decisión sin apreciar su profundo significado filosófico. La filosofía y las
materias conocidas como «humanidades» todavía son enseñadas como si Darwin
nunca hubiese existido. No hay duda que esta situación será modificada con el
tiempo. En todo caso, el presente libro no tiene el propósito de efectuar una
defensa general del darwinismo. En cambio, examinará las consecuencias de la
teoría de la evolución con el fin de dilucidar un determinado problema. El
propósito de este autor es examinar la biología del egoísmo y del altruismo.
Aparte su interés académico, es obvia la importancia humana de este tema.
Afecta a todos los aspectos de nuestra vida social, a nuestro amor y odio,
lucha y cooperación, al hecho de dar y de robar, a nuestra codicia y a nuestra
generosidad. Estos aspectos fueron tratados en Sobre la agresión de Lorenz, The Social Contract de Ardrey y Love and Hate de Eibl-Eibesfeldt. El problema con estos libros es que sus autores
se equivocaron por completo. Se equivocaron porque entendieron de manera
errónea cómo opera la evolución. Supusieron, incorrectamente, que el factor
importante en la evolución es el bien de la especie (o grupo) en lugar
del bien del individuo (o gen). Resulta irónico que Ashley
Montagu criticara a Lorenz
calificándolo como «descendiente directo de los pensadores del siglo XIX» que
opinaban que la naturaleza es «roja en uñas y dientes». Por lo que yo sé de lo
que opina Lorenz sobre la evolución, él estaría de
acuerdo con Montagu en rechazar las implicaciones de
la famosa frase de Tennyson. A diferencia de ambos,
pienso que la naturaleza en su estado puro, «la naturaleza roja en uñas y
dientes», resume admirablemente nuestra comprensión moderna de la selección
natural.
Antes de enunciar mi planteamiento, deseo explicar brevemente de qué tipo de
razonamiento se trata y qué tipo de razonamiento no es. Si se nos dijese que un
hombre ha vivido una larga y próspera vida en el mundo de los gángsters de Chicago, estaríamos en nuestro derecho para
formular algunas conjeturas sobre el tipo de hombre que sería. Podríamos
esperar que poseyese cualidades tales como dureza, rapidez con el gatillo y
habilidad para atraerse amigos leales. Estas no serían unas deducciones
infalibles, pero se pueden hacer algunas inferencias sobre el carácter de un
hombre si se conocen, hasta cierto punto, las condiciones en que ha sobrevivido
y prosperado. El planteamiento del presente libro es que nosotros, al igual que
todos los demás animales, somos máquinas creadas por nuestros genes. De la
misma manera que los prósperos gángsters de Chicago,
nuestros genes han sobrevivido, en algunos casos durante millones de años, en
un mundo altamente competitivo. Esto nos autoriza a suponer ciertas cualidades
en nuestros genes. Argumentaré que una cualidad predominante que podemos
esperar que se encuentre en un gen próspero será el egoísmo despiadado. Esta
cualidad egoísta del gen dará, normalmente, origen al egoísmo en el
comportamiento humano. Sin embargo, como podremos apreciar, hay circunstancias
especiales en las cuales los genes pueden alcanzar mejor sus objetivos egoístas
fomentando una forma limitada de altruismo a nivel de los animales
individuales. «Especiales» y «limitada» son palabras importantes en la última
frase. Por mucho que deseemos creer de otra manera, el amor universal y el
bienestar de las especies consideradas en su conjunto son conceptos que,
simplemente, carecen de sentido en cuanto a la evolución.
Esto me lleva al primer punto que deseo establecer sobre lo que no es
este libro. No estoy defendiendo una moralidad basada en la evolución.2
Estoy diciendo cómo han evolucionado las cosas. No estoy planteando cómo
nosotros, los seres humanos, debiéramos comportarnos. Subrayo este punto pues
sé que estoy en peligro de ser mal interpretado por aquellas personas,
demasiado numerosas, que no pueden distinguir una declaración que denote
convencimiento de una defensa de lo que debería ser. Mi propia creencia es que
una sociedad humana basada simplemente en la ley de los genes, de un egoísmo
cruel universal, sería una sociedad muy desagradable en la cual vivir. Pero,
desgraciadamente, no importa cuánto deploremos algo, no por ello deja de ser
verdad. Este libro tiene como propósito principal el de ser interesante, pero
si el lector extrae una moraleja de él, debe considerarlo como una advertencia.
Una advertencia de que si el lector desea, tanto como yo, construir una
sociedad en la cual los individuos cooperen generosamente y con altruismo al
bien común, poca ayuda se puede esperar de la naturaleza biológica. Tratemos de
enseñar la generosidad y el altruismo, porque hemos nacido egoístas.
Comprendamos qué se proponen nuestros genes egoístas, pues entonces tendremos
al menos la oportunidad de modificar sus designios, algo a que ninguna otra
especie ha aspirado jamás.
Como corolario a estas observaciones sobre la enseñanza, debemos decir que
es una falacia —sea dicho de paso, muy común— el suponer que los rasgos
genéticamente heredados son, por definición, fijos e inmodificables. Nuestros
genes pueden ordenarnos ser egoístas, pero no estamos, necesariamente,
obligados a obedecerlos durante toda nuestra vida. Sería más fácil aprender a
ser altruistas si estuviésemos genéticamente programados para ello. El hombre
es, entre los animales, el único dominado por la cultura, por influencias
aprendidas y transmitidas de una generación a otra. Algunos afirmarán que la
cultura es tan importante que los genes, sean egoístas o no, son virtualmente
irrelevantes para la comprensión de la naturaleza humana. Otros estarán en desacuerdo
con la observación anterior. Todo depende de la posición que se asuma en el
debate «naturaleza frente a educación», consideradas como determinantes de los
atributos humanos. Este planteamiento me lleva a establecer el segundo punto
aclaratorio de lo que no es este libro: no es una defensa de una posición u
otra en la controversia naturaleza/educación. Naturalmente poseo una opinión a
este respecto, pero no voy a expresarla excepto hasta donde queda implícita en
la perspectiva de la cultura que presentaré en el capítulo final. Si los genes,
efectivamente, resultan ser totalmente irrelevantes en cuanto a la
determinación del comportamiento humano moderno, si realmente somos únicos
entre los animales a este respecto, es por lo menos interesante preocuparse
sobre la regla en la cual, tan recientemente, hemos llegado a ser la excepción.
Y si nuestra especie no es tan excepcional como a nosotros nos agradaría
pensar, es todavía más importante el estudio de dicha regla.
Como tercer punto, podemos señalar que este libro tampoco es un informe
descriptivo del comportamiento detallado del hombre o de cualquier otra especie
animal en particular. Utilizaré detalles objetivos sólo como ejemplos
ilustrativos. No diré: si observan el comportamiento del mandril descubrirán
que es egoísta; por lo tanto, es probable que el comportamiento humano también
lo sea. La lógica del argumento de mi «gángster de Chicago» es totalmente
distinta. Se trata de lo siguiente: los seres humanos y los mandriles han
evolucionado de acuerdo a una selección natural. Si se considera la forma en
que ésta opera, se puede deducir que cualquier ser que haya evolucionado por
selección natural será egoísta. Por lo tanto, debemos suponer que cuando nos
disponemos a observar el comportamiento de los mandriles, de los seres humanos
y de todas las demás criaturas vivientes, encontraremos que son egoístas. Si
descubrimos que nuestra expectativa era errónea, si observamos que el
comportamiento humano es verdaderamente altruista, entonces nos enfrentamos a
un hecho enigmático, algo que requiere una explicación.
Antes de seguir adelante, necesitamos una definición. Un ser, como el
mandril, se dice que es altruista si se comporta de tal manera que contribuya a
aumentar el bienestar de otro ser semejante a expensas de su propio bienestar.
Un comportamiento egoísta produce exactamente el efecto contrario.
El «bienestar» se define como «oportunidades de supervivencia», aun cuando
el efecto sobre las probabilidades reales de vida y muerte sea tan pequeño que parezca
insignificante.
Una de las consecuencias sorprendentes de la versión moderna de la teoría darwiniana es que las pequeñas influencias, aparentemente
triviales, pueden ejercer un impacto considerable en la evolución. Esto se debe
a la enorme cantidad de tiempo disponible para que tales influencias se hagan
sentir.
Es importante tener en cuenta que las definiciones dadas anteriormente sobre
el altruismo y el egoísmo son relativas al comportamiento, no son
subjetivas. No estoy tratando, en este caso, de la psicología de los motivos.
No voy a discutir si la gente que se comporta de manera altruista lo está
haciendo «realmente» por motivos egoístas, secretos o subconscientes. Tal vez
sea así o tal vez no, y quizá nunca lo sepamos, pero en todo caso ello no concierne
al tema del presente libro. A mi definición sólo le concierne si el efecto de
un acto determinará que disminuyan o aumenten las perspectivas de supervivencia
del presunto altruista y las posibilidades de supervivencia del presunto
beneficiario.
Es un asunto muy complejo el demostrar los efectos del comportamiento en
cuanto a perspectivas de supervivencia a largo plazo. En la práctica, cuando
aplicamos la definición al comportamiento real, debemos modificarla empleando
la palabra «aparentemente». Un acto aparentemente altruista es el que parece,
superficialmente, como si tendiese (no importa cuan ligeramente) a causar la
muerte al altruista, y a conferir al receptor mayores esperanzas de
supervivencia. A menudo resulta, al ser analizados con más detenimiento, que
los actos aparentemente altruistas son en realidad actos egoístas disfrazados.
Una vez más, no quiero decir que los motivos implícitos sean secretamente
egoístas, sino que los efectos reales del acto en cuanto a perspectivas de
supervivencia son el reverso de lo que al principio creíamos.
Voy a dar algunos ejemplos de comportamiento aparentemente egoísta y de
comportamiento aparentemente altruista. Es difícil desterrar los hábitos
subjetivos de pensamiento cuando nos estamos refiriendo a nuestra propia
especie, de tal manera que, en lugar de ello, seleccionaré ejemplos tomados de
otros animales. Presentaré en primer término diversos ejemplos de
comportamiento egoísta de animales individuales.
Las gaviotas de cabeza negra anidan en grandes colonias, quedando los nidos
sólo a unos cuantos palmos de distancia unos de otros. Cuando los polluelos
recién salen del cascarón son pequeños e indefensos y no ofrecen ninguna
dificultad para ser devorados. Es un hecho bastante común que una gaviota espere
que una vecina se aleje, probablemente en búsqueda de un pez con que
alimentarse, para dejarse caer sobre los polluelos que han quedado
momentáneamente solos y vaciar el nido. De tal modo obtiene una buena y
nutritiva comida sin tomarse la molestia de pescar un pez y sin tener que dejar
su propio nido desprotegido.
Más conocido es el macabro canibalismo de la mantis religiosa. Las mantis
son grandes insectos carnívoros. Normalmente comen pequeños insectos como las
moscas, pero suelen atacar a cualquier ser que se mueva. Cuando se acoplan, el
macho, cautelosamente, trepa sobre la hembra hasta quedar montado sobre ella, y
copula. Si la hembra tiene la oportunidad, lo devorará empezando por arrancarle
la cabeza de un mordisco, ya sea cuando el macho se está aproximando,
inmediatamente después que la monta o después que se separan. Parecería más
sensato que ella esperase hasta el término de la copulación antes de empezar a
comérselo. Pero la pérdida de la cabeza no parece afectar al resto del cuerpo
del macho en su avance sexual. En realidad, ya que en la cabeza del insecto es
donde se encuentran localizados algunos centros nerviosos inhibitorios, es
posible que la hembra mejore la actuación sexual del macho al devorarle la
cabeza.3 De ser así, es un beneficio adicional. El beneficio
primordial es que consigue una buena comida.
La palabra «egoísta» podrá parecer una subestimación de la realidad para
casos tan extremos como el canibalismo, aun cuando éstos encajan bien en
nuestra definición. Tal vez podamos simpatizar más directamente con el reputado
comportamiento cobarde de los grandes pingüinos de la Antártida.
Se les ha observado parados al borde del agua, dudando
antes de sumergirse, debido al peligro de ser comidos por las focas. Si
solamente uno de ellos se sumergiera el resto podría saber si hay allí o no una
foca. Naturalmente nadie desea ser el conejillo de Indias, de tal manera que
esperan y en ocasiones hasta tratan de empujarse al agua unos a otros.
Con mayor frecuencia, el comportamiento egoísta puede simplemente consistir
en negarse a compartir algún recurso apreciado como podría ser la comida, el
territorio o los compañeros sexuales. Daremos ahora algunos ejemplos de
comportamiento altruista.
El comportamiento de las abejas obreras, prontas a clavar su aguijón,
constituye una defensa muy efectiva contra los ladrones de miel. Pero las
abejas que efectúan tal acto son guerreros kamikaze. Al clavar el aguijón
algunos órganos vitales internos son, normalmente, arrancados del cuerpo de la
abeja y ésta muere poco tiempo después. Su misión suicida puede haber salvado
los almacenamientos de comida indispensables para la colonia, pero ella no
estará presente para cosechar los beneficios. Según nuestra definición, éste es
un acto de comportamiento altruista. Recuérdese que no estamos hablando de
motivos conscientes. Pueden o no estar presentes, tanto en este ejemplo como en
los anteriores referentes al egoísmo, pero son irrelevantes para nuestra
definición.
Dar la vida a cambio de la de los amigos es, obviamente, un acto altruista,
pero también lo es el asumir un leve riesgo por ellos. Muchos pájaros pequeños,
cuando ven a un ave rapaz tal como el halcón, emiten una «llamada de alarma»
característica, que al ser escuchada hace que la bandada inicie una acción evasiva
adecuada. Existe una evidencia indirecta de que el pájaro que da la señal de
alarma se sitúa ante un peligro especial, pues atrae la atención del ave rapaz,
de forma particular, hacia ella. Es sólo un leve riesgo adicional, pero sin
embargo parece, al menos a primera vista, calificarse como un acto altruista
según nuestra definición.
Los actos más comunes y más sobresalientes de altruismo animal son
efectuados por los padres, especialmente por las madres, en beneficio de sus
hijos. Pueden incubarlos, ya sea en nidos o en sus propios cuerpos,
alimentarlos a un enorme costo para sí mismos, y afrontar grandes riesgos con
el fin de protegerlos de los predadores. Para tomar sólo un ejemplo individual,
citaremos el de los pájaros que anidan en la tierra y que desempeñan la llamada
«exhibición de distracción» cuando se acerca un predador como el zorro. El
pájaro padre se aleja cojeando del nido, arrastrando un ala como si la tuviese
quebrada. El predador, apreciando una presa fácil, es alejado mediante el engaño
del nido que contiene los polluelos. Finalmente, el pájaro padre deja de fingir
y levanta el vuelo justo a tiempo para escapar de las fauces del zorro. Es
probable que haya salvado la vida de sus polluelos, pero a cierto riesgo de la
suya propia.
No estoy tratando de hacer hincapié en algo determinado al narrar estas
historias. Los ejemplos nunca constituyen una evidencia seria para hacer una
generalización útil. Estos relatos sólo tienen la intención de servir de
ilustraciones a lo que yo entiendo por comportamiento altruista y
comportamiento egoísta. Este libro demostrará que tanto el egoísmo individual
como el altruismo individual son explicados por la ley fundamental que yo
denomino egoísmo de los genes. Pero primero debo referirme a una explicación
particularmente errónea del altruismo, ya que es ampliamente conocida y con
frecuencia se enseña en las escuelas.
Esta explicación está basada en la mala interpretación que ya he señalado, y
dice que las criaturas evolucionan y efectúan actos ;
«en bien de la especie» o «en beneficio del grupo». Es fácil apreciar cómo esta
idea se gestó en biología. La mayor parte de la vida animal está dedicada a la
reproducción y la mayoría de los actos altruistas, de autosacrificio,
que se observan en la naturaleza son realizados por los padres en beneficio de
sus hijos. «Perpetuación de la especie» es un eufemismo común para denominar la
reproducción, y es indudablemente una consecuencia de la reproducción.
Requiere tan sólo «estirar un poco» la lógica para deducir que la «función» de
la reproducción es perpetuar la especie. Aceptado este principio, sólo hay que
dar un pequeño paso en falso para concluir que los animales se comportarán, en
general, de tal manera que favorecerán la perpetuación de las especies. El altruismo
hacia miembros similares de su especie se deducirá de esa premisa.
Esta línea de pensamiento puede ser puesta en términos vagamente darwinianos. La evolución opera por selección natural y la
selección, natural significa la supervivencia diferencial de los «más aptos».
Pero ¿estamos hablando sobre los individuos más aptos, las razas más aptas, las
especies más aptas, o de qué? En algunos casos, esto no tiene mayor
importancia, pero cuando hablamos de altruismo es, obviamente, crucial. Si son
las especies las que están compitiendo en lo que Darwin llamó la lucha por la
existencia, el individuo parece ser considerado como un peón en el juego
destinado a ser sacrificado cuando el interés primordial de la especie,
considerada en su conjunto, así lo requiera. Para plantearlo de una manera un
poco menos respetable, un grupo, tal como una especie o una población dentro de
una especie, cuyos miembros individuales estén preparados para sacrificarse a
sí mismos por el bienestar del grupo, puede tener menos posibilidades de
extinguirse que un grupo rival cuyos miembros individuales sitúan, en primer
lugar, sus propios intereses egoístas. Por lo tanto, el mundo llega a poblarse,
principalmente, por grupos formados por individuos resueltos a sacrificarse a
sí mismos. Esta es la teoría de la «selección de grupos», asumida como
verdadera desde hace mucho tiempo por biólogos no familiarizados con los
detalles de la teoría de la evolución publicada en un famoso libro de V. C. Wynne Edwards y divulgada por Robert Ardrey en The Social Contract. La
alternativa ortodoxa es denominada, normalmente, «selección individual», aun
cuando yo, personalmente, prefiero hablar de selección de genes.
Continúa...