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Biografía de
una mosca
Moscas de la
fruta en una granada
JUAN JOSÉ MILLÁS (artículo publicado en el diario “El País” el 03/08/2008 )
Ésta es la historia de 'Catalina', una mosca muy especial, nacida y
criada para
servir a la ciencia en el laboratorio
del biólogo Ginés Morata, premio Príncipe
de Asturias de Investigación 2007.
Es la crónica de una vida pequeña que dura
sólo un mes, y de un amor intenso, el
de 'Catalina' con 'Pruden', más fugaz aún
que una pasión de verano. Pero éste
es sobre todo el relato de una existencia
insignificante, en la que a
menudo nos podemos ver reflejados. Una secuencia de
nacer, crecer, reproducirse y morir
comprimida en un cilindro de plástico. No es
la historia más grande jamás
contada, no, sino las memorias, en rigurosa
exclusiva, de una 'Drosophila melanogaster'. Toda
una lección de relatividad.
Me trastorna la belleza de esta mosca, su laboriosidad, su tesón
biológico, su
voluntad de existir, su
perseverancia orgánica. Me conmueve su modo de
relacionarse con el macho,
me hacen llorar sus enormes ojos (de un rojo
bermellón intensísimo),
sus elegantes alas, sus patas exquisitamente
articuladas, su trompa,
su cabeza, su tórax, sus tráqueas, sus genitales...
Tengo tanta admiración por sus genes (idénticos, en gran medida, a los
míos) que
no dudo en afirmar que esta mosca
hembra, de nombre Catalina, es un juguete
biológico intrigante,
una creación orgánica aguda, una manifestación somática
sutil en cuya historia (como en la
mía) aparecen mezclados todos los
ingredientes de un cuento
de hadas y de un relato de terror.
Mientras escribo estas líneas,
Catalina permanece junto al ordenador, escuchando
quizá el tableteo de sus teclas. Tal
vez perciba el calor y las radiaciones que
emite mi portátil. Vive en el interior
de un pequeño cilindro de plástico cuyo
techo está formado por una finísima
tela metálica, para que respire, y cuya base
tiene la forma de un plato en el que
hemos extendido una lámina de agar
(sustancia gelatinosa, un poco azucarada, ideal
para que deposite los huevos) y
un pellizco de levadura, a modo de
alimento. Hoy, a las 13.00, cumplirá 16 días
de vida. Podemos decir que, si todo
va bien, Catalina se encuentra en la mitad
de su existencia. Pero sigue ágil, copula
con regularidad con Pruden, o
Prudencio (el macho que le he dado de compañía, no es bueno que la mosca
esté
sola), come bien y tiene el abdomen
lleno de huevecillos que deposita, al ritmo
de uno por hora (día y noche),
sobre la lámina de agar del receptáculo. No ha
abandonado sus hábitos
higiénicos ni ha perdido curiosidad por el entorno,
aunque está algo más oscura que cuando
nació y da menos saltos que los primeros
días. Vuela a veces de un lado a otro
de su jaula, pero va a la mayoría de los
sitios andando. Cuando se cruza con Pruden (o Prudencio), que nació al mismo
tiempo que ella (y de la misma madre),
lo evita porque en este momento tiene la
espermateca llena. No se
dejará montar de nuevo hasta que la vacíe. Él, no
obstante, lo intenta siempre, no
importan el día ni la hora. Pero no es un
acosador incómodo, se limita a
bailar un rato alrededor de Catalina, agitando
las alas de un modo característico.
Más que agitarlas, las hace vibrar,
produciendo una música
ultrasónica, sin duda enormemente seductora, que no nos
es dado oír. Luego se coloca frente
a ella y acerca su trompa a la de Catalina,
como si la hablara o la besara. A
continuación se pone detrás y, tras tocar un
poco el violín (el ala) y oler los
genitales de su compañera, hace un intento de
montarla que ella rechaza con las
patas de atrás. Pese a que Prudencio está
dotado de unos apéndices llamados
peines sexuales, pensados para sujetarse en la
cópula al cuerpo de la hembra, ahora no
le sirven de nada. Su envergadura es
menor que la de Catalina. No podría
montarla sin su consentimiento. Prudencio es
uno de esos maridos menudos, aunque
fibrosos y ágiles, que vemos pasear junto a
algunas mujeres grandes. Todos los
machos de su especie son más pequeños que las
hembras. Poseen también un abdomen menos
redondeado y más oscuro. Su pene,
retráctil, permanece
normalmente escondido en la genitalia. Se trata de
una
estructura fija (no
crece, como en el caso de los mamíferos) que saca fuera por
medio de unos músculos.
Catalina es una Drosophila melanogaster,
expresión de origen griego que
literalmente significa
"amante del rocío de vientre negro". También es conocida
como "mosca del vinagre" o
"mosca de la fruta", porque suele depositar sus
huevos en manzanas, uvas, naranjas,
etcétera, en proceso de fermentación. Debido
a sus características resulta
ideal para la investigación genética. Los genes
que ensamblan el cuerpo de una Drosophila son los mismos que ensamblan el cuerpo
humano. El ojo de Ingrid Bergman y el de Catalina son producto de estrategias
idénticas. Es más, si
colocáramos un gen de los ojos de Ingrid Bergman en
Catalina, saldría un ojo de mosca, porque el gen sabe que en ese contexto
corporal no puede desarrollarse un
ojo humano.
Debo la comparación entre el ojo de Ingrid Bergman
y el de Catalina a Ginés
Morata, premio Príncipe de Asturias 2007 por su dedicación a la mosca del
vinagre, y responsable de uno de los 10
grupos de trabajo que se dedican, en el
Centro de Biología Molecular (institución mixta, dependiente de la
Universidad
Autónoma de Madrid y del Consejo Superior de Investigaciones
Científicas), al
estudio de la biología del desarrollo de
las moscas. Morata lleva 38 años
entregado a estos
insectos. Ha publicado numerosos trabajos y ha alcanzado
descubrimientos de enorme
trascendencia para la comprensión del diseño genético
de los animales. Llegué a Ginés
Morata a través de un amigo común, porque estaba
empeñado en escribir la biografía
de una mosca, aunque ignoraba cómo. No sabía
cuánto tiempo vivían, por ejemplo. Fue
lo primero que le pregunté cuando nos
conocimos.
- No tengo ni idea -respondió-. Te puedo decir lo que viven en el
laboratorio,
unos treinta días, pero no sé cuánto
duran en la naturaleza.
- Me llama la atención -le dije.
- A veces -añadió él-, de los seres que menos sabemos es de los que están
más
cerca de nosotros. Ignoramos, por
ejemplo, dónde pasan el invierno las moscas.
¿Dónde pasan el invierno las moscas? Precisamente era una de las cuestiones
que
me inquietaban. Desde hace algunos
años, en pleno mes de enero, me visita una
mosca que busca el calor o la
luminosidad de la pantalla de mi ordenador. A
veces, al tiempo que escribo, recorre
la pantalla de izquierda a derecha, como
siguiendo los
movimientos del cursor (las letras parecen el resultado de sus
deposiciones). Sé que no
puede tratarse todos los años de la misma mosca
(tendría que ser una mosca bíblica, y no parece
el caso), pero puede que una
estirpe de ellas (quizá una no
clasificada "mosca de ordenador") se haya
instalado en el disco
duro de mi portátil.
La conversación con Morata resultó fascinante. Le gusta escalar y pescar,
además
de disfrutar de su nieta, cuya
foto, junto al resto de la familia, ocupa el
salvapantallas de su
ordenador. Tiene un sentido del humor afilado (muy útil
para hacerse entender por ignorantes
como yo) y es ingenioso, rápido y
perspicaz. Logró
explicarme en muy pocas palabras por qué gran parte de los
conocimientos adquiridos en
los últimos años sobre la mosca del vinagre serán
extrapolables en no mucho
tiempo al ser humano. Los mecanismos genéticos del
envejecimiento en la Drosophila y en nosotros, por ejemplo, son muy parecidos.
Si aprendemos a modificar los genes del envejecimiento de las moscas,
algún día
será posible modificar los nuestros,
pues son los mismos.
- Esto -añade- implica un cambio de paradigma. Si tenemos en cuenta que
la
tecnología que nos ha
permitido crear moscas transgénicas es muy reciente
(apenas 25 años), el futuro biológico del hombre
resulta impredecible. La
posibilidad de
modificación es increíble.
En el Centro de Biología Molecular fabrican desde hace tiempo moscas a la
carta.
Las hay con dos tórax, con cuatro alas, con siete patas, con ojos en los
lugares
más inverosímiles del cuerpo (el ano
o el abdomen, por ejemplo). Pueden hacer
moscas en las que todos los órganos
sean anteriores o todos posteriores, aunque
éstas mueren todavía en la fase
larvaria. Por supuesto, producen cada día miles
de Drosophilas
con tumores de lo más variado en los que estudian los mecanismos
del cáncer.
-Si me dijeran que formulara un deseo -añade Morata-, pediría despertarme
durante cinco minutos dentro de mil
años, para ver la forma o las formas que
tiene el hombre de esa época. No sé
cómo seremos, pero te aseguro que nuestro
aspecto, desde el punto de vista
morfológico, no tendrá nada que ver con el
actual.
Me acuerdo del mercado de ojos de Blade Runner o de las escenas de mutantes de
La guerra de las galaxias. Es tan evidente lo que dice Morata que te pone
los
pelos de punta. Imagino a un joven de
dentro de mil años pidiendo al experto en
modificaciones genéticas que
le ponga un ojo en la frente como el que ahora pide
que le coloquen un piercing en la ceja. Dentro de mil años, todos seremos
inevitablemente transgénicos, mutantes. Los investigadores como Morata
están
metiendo el dedo en lo fundamental,
en lo que realmente importa, en lo que
decidirá nuestro futuro.
Constituyen la vanguardia de la ciencia y de la
literatura y de la
filosofía y del arte.
- Muchos de los genes responsables de la formación de tumores en las
moscas
-dice- están presentes también en el ser humano, por lo que es de suponer
que su
estudio nos ayudará a combatirlos. Un
asunto interesantísimo, y en cuyo
conocimiento estamos
poniendo ahora muchas energías, es el de la colonización de
células sanas por células tumorales.
Hemos comprobado que las células tumorales
inducen al suicidio de las buenas y
luego se las comen.
- ¿Cómo es posible -pregunto- que siendo tan
distintos a las moscas nos
parezcamos tanto?
- Yo -dice- he ido sorprendiéndome progresivamente al comprobar que estoy
hecho
del mismo mecanismo de la mosca.
Pese a los millones de especies que hay en la
naturaleza, y al caos
aparente que eso representa, hay de fondo una gran unidad.
El diseño básico es el mismo en un ratón y en un elefante. Todos los
seres vivos
estamos caracterizados por la
bilateralidad (somos dos mitades pegadas) y por la
disposición dorsoventral.
Además, todos tenemos una parte anterior y otra
posterior y
desarrollamos las mismas funciones fisiológicas. El diseño genético,
pues, es muy parecido en unos y
otros. Por eso los genes son hasta cierto punto
intercambiables. Pero para
descubrir la unidad en la diversidad hemos tenido que
modificar nuestra
mirada, luchar contra lo que señalaba nuestra percepción.
Tradicionalmente se decía que la mosca estaba compuesta por cabeza, tórax
y
abdomen, pero eso es como decir que la
mano está compuesta por dedos y por uñas,
etcétera. Eso es la descripción de
un guante. Lo que importa es el diseño
genético interno de esa mano.
Todo aquello era muy interesante (y también muy terrorífico), sobre todo
desde
el punto de vista de la literatura.
Después de todo, con las letras del alfabeto
se puede construir,
indistintamente, el Quijote o una circular del Ministerio
del Interior. De modo que metes un
número equis de genes en un sombrero de
prestidigitador, lo agitas y
sale un conejo. Los vuelves a meter, lo agitas y
sale un elefante. Así trabaja la
naturaleza. Pero yo había acudido al Centro de
Biología Molecular para que me ayudaran a escribir la biografía de una
mosca,
así que pregunté a Morata si podía
echarme una mano.
-Es que a nosotros -me dijo- una mosca concreta no nos interesa. No
trabajamos
con individuos, sino con estirpes de
moscas cuyas modificaciones genéticas se
transmiten a través de
las generaciones.
Como insistiera en mis propósitos y Morata tuviera durante aquellos días
numerosos viajes, me
encomendó a Manolo Calleja, un investigador muy bondadoso
de su laboratorio, que recibió mi
demanda con paciencia y humor. Manolo Calleja
me asomaría durante los días
siguientes a una especie de maqueta de la vida. Vi
a la mosca previamente elegida
poner los huevos de los que saldrían Catalina y
Pruden. Observé atentamente el huevo,
del que Calleja me explicó que estaba
preparado por la madre
para sobrevivir en las circunstancias más adversas. Se
trataba de un óvalo blanco con dos
espiráculos que, situados a modo de
periscopios en uno de sus
extremos, tomaban el oxígeno del aire. La cáscara del
huevo de la mosca es tan sólida que en
el laboratorio han de deshacerla con
lejía pura. Tras ella aparece una
membrana que los investigadores atraviesan con
agujas finísimas, manejadas con unos
aparatos de asombrosa precisión, para
introducir en el embrión
la información genética que interese.
En el laboratorio de Morata hay más de un millón de moscas, la mayoría
mutantes.
Están distribuidas por estirpes: las moscas de ojos blancos, por ejemplo,
o de
alas curvadas, o de alas en forma de
sierra, además de las amarillas. Manolo
Calleja utilizó las amarillas para crear un método muy ingenioso que le
permite
ver la situación de las células
mutantes en el cuerpo del animal, ya que sobre
el amarillo destacan de manera
especial los marcadores que indican la situación
de estas células. El asunto de los
marcadores es interesantísimo. A muchas de
estas moscas se les ha introducido el
gen de un alga marina fluorescente al
objeto de que las células enfermas
brillen y se distingan al microscopio con una
claridad sorprendente. Esta técnica
está resultando enormemente útil para
observar el modo en que una célula
patológica se separa del conjunto al que
pertenece y se interna
en la zona sana del organismo para colonizarlo.
También hay moscas llamadas "salvajes", aunque viven desde hace
miles de
generaciones en
cautividad. Los ancestros de algunas de estas moscas llevan 80
años en distintos laboratorios del
mundo (los científicos se las intercambian).
A 25 grados centígrados, la Drosophila produce
una generación cada 10 días, por
lo que, aunque se denominen de ese
modo, ninguna es estrictamente salvaje.
Catalina y Pruden proceden de la estirpe de las
salvajes. Ya hemos explicado
cómo eran sus huevos. Entre las 0.00
y las 22.00, desde la puesta, se produce el
desarrollo embrionario,
cuyo proceso, observado al microscopio, resulta
espectacular por la
velocidad a la que se divide el núcleo. A las 22.00 sale una
larva de primer estadio que dura 24
horas. La larva, semitransparente, es
bellísima, parece una
lágrima viva. Como no tiene otra función que la de comer,
posee dos mandíbulas muy desarrolladas
que devoran sin descanso el paisaje. Por
lo demás, y dado su destino, sólo
posee aparato digestivo y respiratorio. Su
crecimiento es tan rápido
que a las 24 horas de salir del huevo tiene que
cambiar de camisa. Aparece entonces la
larva de segundo estadio, que dura 24
horas más y da lugar a la de tercer
estadio, que vive otro tanto. Llegado ese
momento, la larva busca un lugar seco
(se retira a meditar, como el que dice),
donde su camisa se endurece,
convirtiéndose en una suerte de capullo de color
caramelo, semitransparente. A
partir de este instante los tejidos larvarios se
degradan y la mosca, tras cuatro
días de meditación, se convierte en un insecto
adulto. Observado al microscopio, el
capullo deja ver en su interior las
distintas partes del
animal: sus llamativos ojos (enormes y de un rojo bermellón
intensísimo), su tórax,
su abdomen, sus alas plegadas. Gracias a la paciencia y
a los cuidados de Manolo Calleja,
pude observar a Catalina (y a Pruden) en cada
uno de esos estadios, todos ellos
admirables, aunque ninguno tan extraordinario
como el del alumbramiento. Si la
naturaleza fuese sabia de verdad, sonaría una
música de violines cada vez que sucede.
Y es que, llegada que fue la hora,
Catalina humedeció con una sustancia procedente de su trompa los bordes
de una
especie de opérculo situado en uno de
los extremos del pupario, de modo que la
puerta se abrió y ella asomó la cabeza,
luego el tórax, con sus tres pares de
patas que se agitaban en el aire con
la elegancia de otras tantas batutas de un
director de orquesta. Y tras sacar
el tórax, ayudándose de esas hermosas
extremidades, se
desprendió finalmente del capullo (muy ceñido al abdomen) con
los movimientos con los que Kate Moss se habría quitado una
combinación de
nailon pegada al cuerpo. Fue un momento
glorioso.
Pero hay en todo este proceso brevemente descrito una historia de terror
de la
que conviene dar cuenta, y es que la
mosca no es, como cabría suponer, el
resultado del
desarrollo de la larva. La larva y la mosca son dos seres
distintos. La mosca,
podríamos decir, es un alien incrustado en el cuerpo
de la
larva, a cuyas expensas crece. La
larva muere cuando la mosca ha alcanzado el
desarrollo adecuado. Y
otra cosa: las diferentes partes de la mosca aparecen en
el cuerpo de la larva separadas,
como las piezas de un mecano. Vemos por un lado
la cabeza; por otro, el tórax
(dividido en dos mitades simétricas); por otro, el
abdomen, y así de forma sucesiva. Cuando
todas estas partes han madurado
separadas entre sí, se
unen de forma misteriosa, se pegan, se articulan y
aparece el conjunto fabuloso llamado
mosca, en el que no es posible sin embargo
hallar señales de las costuras. Cada una
de esas piezas recibe el hermoso nombre
de "disco imaginal".
Cada disco imaginal es un saco de células que en su
momento
darán lugar a los ojos, a las antenas,
a las alas, etcétera. La especificidad de
estos discos es tal que si tomáramos
el disco imaginal del ojo de una larva y lo
trasplantáramos a la región
orgánica de otra correspondiente al abdomen, la
mosca resultante tendría un ojo en el
vientre. Hay en todos los laboratorios del
mundo muchas moscas con ojos en el
vientre. Lo estremecedor es que ese ojo es
capaz de fabricar terminaciones
nerviosas que llegan al cerebro. Los científicos
creen que esos ojos desubicados ven,
aunque ignoran cómo organiza el cerebro la
información
correspondiente.
Pero yo no permití que hicieran ningún experimento con Catalina (ni con Pruden).
Los separamos del conjunto y los pusimos en dos receptáculos distintos
donde
permanecieron solos hasta
el cuarto día de vida. Entonces los unimos y asistí a
la primera de sus cópulas, muy
ardiente si pensamos que normalmente sienten la
necesidad de copular al
poco de abandonar el capullo. Cuatro días en la vida de
una mosca (y si tenemos en cuenta
que viven un mes) son muchos años en la vida
de un hombre. Yo iba cada poco al
laboratorio, para ver cómo se desarrollaba
Catalina. Si no me era posible ir, telefoneaba a Manolo Calleja, que me
ponía al
tanto de los progresos existenciales
de Catalina y Pruden. Las moscas estaban
bien, siempre estaban bien, pero yo
las echaba de menos (a Catalina
especialmente), de modo que
cuando cumplieron 10 días de vida decidí llevármelas
a casa. Me compré una lupa de gran
potencia y me pasaba las horas muertas
observándolas ir de un
sitio a otro en el interior del recipiente, cuya comida
cambiaba de forma regular. Dos días
más tarde tuve que volver con ellas al
laboratorio para que
Daniel Sánchez-Alonso, el fotógrafo, obtuviera unas
imágenes, lo que no me gustó nada
porque hubo que dormirlas y luego llevó lo
suyo despertarlas (creí que las
habíamos matado). Luego me tuve que ir a
Barcelona un par de días. Al principio decidí llevármelas, pero me dio
miedo que
me las requisaran en la T-4 y me
acusaran de terrorista bacteriológico o algo
semejante. Las dejé en
casa, pues, con todo preparado, y a la vuelta seguían
bien.
Pasaba el tiempo, y en esa vida pequeña, como hecha a escala, reconocía
yo los
diferentes tramos de la
mía: cuando era un embrión, cuando era una especie de
gusano, cuando era niño, cuando fui
joven... Llevaba una especie de diario de
Catalina (hoy ha hecho esto, hoy ha hecho lo otro), de modo que al contar
su
vida relataba inevitablemente, y en
lo que tengo de mosca (un 60%, dicen), parte
de la mía. Recordé cuando yo mismo
era capaz de correr incansablemente todo el
día, cuando me subía a los árboles,
cuando volaba con la imaginación, cuando
descubrí el sexo, cuando lo
redescubrí, cuando fui aceptado, cuando fui
rechazado, cuando
llegaron los primeros dolores de espalda, las primeras
goteras? El empeño de Catalina en poner
huevos, en reproducirse fuera de sí
idéntica a sí misma, era el mismo
que ponía yo en colocar una palabra detrás de
la otra sobre la hoja en blanco.
Cada palabra era un huevecillo. Catalina tenía
una vida mucho más creativa que la
de Pruden. Fabricaba los huevos en dos
grandes ovarios situados en el interior
del abdomen (de ahí su tamaño), los
hacía descender por el conducto
vaginal, los fecundaba antes de que salieran con
una porción del esperma cedido por Pruden y almacenado en su espermateca,
buscaba el lugar adecuado para
depositarlos, de forma que las larvas nadaran al
salir en la abundancia... Prudencio,
en cambio, se limitaba a ser un mero
proveedor de esperma.
Si no estaba comiendo, cortejando o copulando (y copulaba
poco por las razones señaladas),
permanecía ocioso. Pensé entonces que el hecho
de escribir o de pintar o de hacer
esculturas nos convierte a los hombres, en
cierto modo, en hembras. Tal vez,
pensé, creamos para escapar de la condición
accesoria del macho, de
su función subordinada, de su existencia gris.
Por cierto, que la visión de una vida tan breve, pero que en el fondo era
una
réplica de la mía, me hizo comprender
por qué a Ginés Morata no le interesaban
las moscas concretas: porque una
mosca concreta (y quizá un hombre concreto) no
es nada. "Un hombre solo, una
mujer, así, contados de uno, son como polvo, no
son nada, no son nada", dice
Paco Ibáñez en una hermosa canción cuya letra
debemos a José Agustín Goytisolo. En la biología clásica, me explicó, a la hora
de estudiar una especie se
distinguen dos líneas: la somática y la germinal. La
somática, identificada con el
cuerpo, con el individuo concreto, no sirve para
otra cosa que para transmitir la
información germinal, que es lo que interesa a
la ciencia. El único objeto del
soma, del cuerpo, es dar continuidad a la línea
germinal. Una vez agotada su
función, perece, convirtiéndose en una cáscara
vacía. Me pareció que se trataba de
una división semejante a la del alma y el
cuerpo, pero con fundamento.
He aquí algunos fragmentos de mi diario:
Día 20 de junio. Catalina y Pruden han cumplido
ocho días. Pasan mucho tiempo en
la base del habitáculo, alrededor
del pellizco de levadura. La base de agar está
llena de huevecillos
y de larvas
Día 24 de junio. Pruden ha cortejado a Catalina
durante horas sin resultado
alguno. Cada vez que intentaba
montarla, ella se deshacía de él con golpes
enormemente eficaces de
las patas traseras.
Día 25 de junio. Decido cambiarles la alimentación. Sustituyo la levadura
que me
han proporcionado en el laboratorio
por un pedazo de manzana que se empieza a
descomponer enseguida.
Catalina y Pruden, como si reconocieran sus orígenes
biológicos, se pasan el
día sobre la manzana. Es evidente que disfrutan con ella
más que con la levadura. Llamo al
laboratorio y me dicen que es normal.
Antiguamente les preparaban una papilla de manzana y plátano. Pero la
levadura
resultó más higiénica.
Día 26 de junio. El trozo de manzana está lleno de larvas que hacen
túneles en
su interior. Decido cambiarlo por
razones de higiene (de mi higiene), tirando a
la basura todo ese proyecto
biológico en marcha.
Día 30 de junio. Catalina y Pruden cumplen hoy
18 días de vida. Son dos insectos
ancianos. El abdomen de Pruden se ha vuelto prácticamente negro y el de Catalina
se ha oscurecido mucho. Apenas
vuelan o saltan, sólo caminan, aunque con mucho
nervio. El vientre de Catalina continúa
hinchado y su producción de huevos sigue
siendo muy alta. Pruden
la corteja con menos virulencia, quizá con más
escepticismo y sin muchos
resultados. Comprendo que he hecho una cosa atroz: he
hecho un matrimonio de moscas, lo que
en la naturaleza jamás habría sucedido.
Las moscas no son insectos sociales (al modo de las abejas o las
hormigas), pero
están condenadas a encontrarse en los
mismos lugares (donde hay una fruta en
descomposición, por
ejemplo). Telefoneo al Centro de Biología Molecular, hablo
con Manolo Calleja. Le pregunto si
las moscas duermen y me dice que no, pero que
tienen un ciclo circadiano, de manera
que su actividad disminuye en función de
la luz. Le pregunto también por qué
la realidad no está llena de moscas, pese a
que se reproducen en una progresión
geométrica, casi exponencial, y me explica
que viven en un medio muy peligroso.
Les gusta el vinagre, por ejemplo, que es
simultáneamente un alimento
fantástico y una trampa mortal, a la que con
frecuencia quedan
pegadas por las patas y las alas. A menos que sean muy
jóvenes, no logran despegarse y mueren.
Les encanta el vino también, pero se
ahogan en él. La selección natural, en
el caso de la Drosophila, y dado que su
hábitat deviene con frecuencia en su
tumba, es atroz. Las frutas en
descomposición son como
pantanos de los que resulta difícil salir si te hundes,
sobre todo a partir de cierta edad. A
todo esto hay que añadir la cantidad
ingente de depredadores (lagartijas,
pájaros, arañas, etcétera) en cuyos
estómagos pueden caer.
Cuando una especie pone muchos huevos, añade Calleja, es
porque las posibilidades de éxito son
pocas. Compensan a base de cantidad las
altas tasas de mortalidad. La parte
maldita, me digo, recordando el célebre
título de Bataille,
es decir, la cantidad de individuos que han de sacrificarse
para que unos pocos salgan adelante.
El éxito, en todos los órdenes de la vida,
debe su existencia al fracaso, así
que menos humos.
Continuamos hablando. Le digo que Catalina y Pruden
han envejecido. Le enumero
los síntomas y le parecen normales.
"A partir de ahora", me dice, "perderán
motilidad y observarás
un deterioro claro. Quizá se les quiebren las alas".
Manolo Calleja habla sin darse cuenta del daño que me hace. Yo he visto
salir a
esta hembra del huevo, la he
observado en su fase de alien, astutamente
incrustada en el cuerpo
de una larva; la he visto emerger como una reina del
capullo. He visto cómo desplegaba sus
alas. La he visto copular, volar, saltar,
poner huevos. Es una crueldad que
hablemos de su vejez apenas a los 20 días de
su nacimiento. Me dice también
"y esto me rompe el corazón" que al hacerse
viejas se abandonan, se vuelven sucias,
prescinden de sus hábitos higiénicos.
Día 1 de julio. Ha muerto Pruden. Lo descubrí
por la mañana en la base de la
jaula, boca arriba. Me pareció que
movía un poco las patas. Tomé la lupa, lo
observé durante un rato y asistí a su
agonía. Pereció con naturalidad, sin
muchos aspavientos. Advertí entonces
que la levadura estaba un poco seca, por lo
que la mojé con una gota de agua.
Luego introduje un pedazo de manzana en el
cilindro. La manzana, pensé, podría
restituir los niveles de humedad al tiempo
de animar a Catalina, que en
apariencia se encuentra bien. Todavía es capaz de
trepar hasta el techo por las paredes
del receptáculo. Su vientre sigue
perdiendo color, pero
continúa lleno de vida. He telefoneado a Manolo Calleja y
me ha dado el pésame (por Pruden).
Día 2 de julio. He observado durante horas a Catalina y apenas se limpia
ya con
ese gesto tan característico de las
moscas (pasándose las patitas por la
cabeza). Espero que no tenga ácaros. El
ácaro de la mosca del vinagre mide 0,1
milímetros (el 10%
aproximadamente del tamaño de ella). Cabría pensar que se
trata de un individuo simple, pero
nada más lejos. Lo he visto al microscopio y
se trata de un arácnido
absolutamente complejo, como usted o como yo. Cumple una
función esencial en la eliminación de
desechos, pero personalmente preferiría no
tenerlos en casa.
Día 3 de julio. Hoy, a la cuatro de la madrugada, me desperté sudando,
víctima
de una premonición, como cuando le
ocurre una desgracia a un ser querido. Mi
familia estaba bien, por lo que fui
corriendo a mi cuarto de trabajo. Catalina
continuaba viva, aunque
muy envejecida. A veces, víctima de la fuerza de la
gravedad, se precipita desde las
paredes del cilindro al fondo del receptáculo.
Entonces efectúa un vuelo muy corto, pero desesperado, y vuelve a caer.
Pasa
mucho tiempo sobre el pedazo de
manzana, donde no ha dejado de poner huevos. Por
la mañana, al observarla
atentamente, comprobé que había perdido parte de la
pigmentación de los ojos.
Me sobrecoge la idea de que cada día de su vida
equivalga a varios años
de la mía. No he sacado el cadáver de Prudencio para no
alterar el ecosistema. Tampoco parece
molestarle.
Día 4 de julio. ¡Horror! Me ha parecido advertir que a Catalina le
faltaba la
pata delantera izquierda. ¿Se les caerán las patas a las moscas como a nosotros
el pelo? Por fortuna, en una
segunda revisión se la he encontrado, pero estaba
escondida entre su
tórax y su cabeza de tal modo que parecía faltar. Tengo en
todo caso la impresión de que no la
utiliza. En cuanto al resto de las patas,
funcionan con escasa
coordinación, como las de un trípode con las articulaciones
rotas. ¿Reúma?
¿Artritis? No tengo ni idea. Lo cierto es que la pobre se
sostiene a duras penas sobre la
pared del cilindro de plástico, que recorre de
forma errática. Su abdomen continúa
sin embargo hinchado, como si sus ovarios
continuaran fabricando
huevos a un ritmo industrial.
Día 5 de julio. Catalina ha muerto esta noche. Al despertarme descubrí su
cadáver en el fondo del cilindro de
plástico, cerca del de Pruden. Un matrimonio
pequeño y difunto, muy oscuro. Entre los
dos reunían 12 patas, 4 alas, dos pares
de ojos, dos tórax, dos abdómenes?
No tuvieron otras pertenencias que las
somáticas. Han dejado
sin embargo una herencia germinal fabulosa. Y es que a las
dos horas de descubrir el cadáver de
Catalina, el habitáculo comenzó a poblarse
de nuevas moscas, procedentes de
las larvas descendientes de ella misma. Me
pareció un milagro, una coincidencia
asombrosa. Conté 12 moscas nuevas, ágiles,
vitales, idénticas a sus padres, que en
24 horas comenzarían a poner sus propios
huevos. Creced y multiplicaos, tal es
el único mandato con el que venimos al
mundo, aunque ignoramos de quién
procede. ¿Por qué esta necesidad, este empuje
que no cesa ni en las condiciones
más adversas que quepa imaginar? Viendo pasar
las generaciones de moscas a esta
velocidad, se relativiza mucho la propia vida.
Bien podríamos decir que la vida de las moscas es un mapa, una
representación a
escala de la de los hombres.
La desaparición de Catalina ha provocado en mí, si no tristeza, cierta
perplejidad. Tenía que
fallecer, desde luego, y por estas fechas, pero la vida
sin ella está más vacía. Sin
exagerar, claro, pues no hay dolor, no hay duelo,
no hay sufrimiento. De hecho, he
tratado de imaginar qué efecto habría producido
esta muerte en mí si Catalina hubiera
tenido el tamaño de un perro, incluso de
un perro pequeño. Hay una relación
increíble entre la masa somática y la energía
sentimental. Una masa
pequeña produce sentimientos pequeños. ¿Dónde se
encuentra
la frontera en la que desaparece la
empatía? La mosca, sin duda, es una de esas
fronteras. La mosca es
una vida llevada al límite. La mosca es Marte. ¿Seremos
Marte nosotros para alguien?
He salido al jardín con el cilindro de plástico y lo he abierto. El día
era
excepcionalmente luminoso,
dorado. El césped y las hojas de la hiedra, así como
las uvas de la parra, emitían, desde
tonalidades diferentes, un resplandor
insólito. En el aire se agitaban
multitud de insectos. Las abejas y las avispas
libaban. Las arañas tejían sus telas.
Los peces, en el estanque, buscaban las
larvas de los mosquitos. La tortuga
absorbía los rayos del sol como un agujero
negro. Los seres humanos leían el
periódico. Era hermoso vivir, aunque la vida
fuera absurda, quizá por eso. Pensé
que para estas pobres moscas mías que vivían
desde hacía miles de generaciones en
un laboratorio, la experiencia de la
naturaleza podría
resultar semejante a la de la ingestión de un ácido. Y así
debió de ser, porque se resistían a
abandonar los bordes del recipiente, como si
se encontraran aturdidas o
asombradas por el espectáculo de la naturaleza. Tuve
que sacudir el frasco para que
cayeran. Con las moscas vivas desaparecieron
también los cadáveres de Catalina y Pruden. Dos cadáveres diminutos, como los de
ustedes o el mío cuando llegue el
momento. Todo depende de la escala.
Ha sido ésta una de las experiencias más luminosas de mi vida. Gracias,
moscas.
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