Aureliana

 

 Mariposas 2, de Escher

1.

Era una calle humilde y engañosa: la parada del trolebús te llevaba hasta

el comienzo de la misma, en su intersección con una avenida muy

concurrida. Durante un buen trecho se arrastraba en la oscuridad, sin

escaparate alguno ni tampoco alegría. Pero luego se llegaba a una

pequeña plaza (cuatro bancos, un macizo de pensamientos) en torno a la

cual circulaba un trolebús que chirriaba como si refunfuñara ante lo que

veía a su paso. Al llegar a ese punto, la calle cambiaba de nombre y

empezaba una nueva vida. A lo largo de la acera derecha, se sucedían

una serie de comercios: una frutería, con pirámides de naranjas de

intensos colores; un estanco, cuyo reclamo era un dibujo de un turco

voluptuoso; una tienda de ultramarinos con ristras y más ristras grises y

grasas de salchichas marrones; y finalmente, contra todo pronóstico, una

tienda de mariposas. Por la noche, especialmente cuando había humedad,

cuando el asfalto brillaba como si fuera el lomo de una foca, los

transeúntes se detenían un momento delante de aquel escaparate,

símbolo del buen tiempo. Los insectos que se mostraban en el mismo eran

unos ejemplares enormes y espléndidos. La gente se decía al verlos:

«¡Qué colores tan increíbles!», y seguía su penoso camino bajo la lluvia.

Alas de ojos abiertos de asombro, trémulo satén azul, magia negra —la

mirada retenía al transeúnte rezagado, detenida en aquella maravilla,

haciendo tiempo hasta que llegara el momento de subirse al trolebús o de

comprar el periódico. Y la memoria retenía también en el recuerdo, junto

con las mariposas, algunos de los objetos expuestos que compartían con

ellas espacio y magia: un globo, unos lápices y el cráneo de un mono

sobre un montón de cuadernos.

Luego la calle proseguía su curso de luces y señuelos brillantes, en la

habitual sucesión de tiendas cotidianas —jabón, carbón, pan— y volvía a

detenerse en la esquina, donde había un peceño bar. El tabernero, un

hombre apuesto que siempre llevaba cuello duro y jersey azul, era un

maestro en tirar la cerveza de barril y quitaba la espuma de la jarra con

gesto certero; se había ganado asimismo una reputación de hombre

ingenioso. Todas las noches, en una mesa redonda junto a la ventana, el

frutero, el panadero, un desempleado y el primo del tabernero jugaban a

las cartas con mucho placer. Y como el que ganaba cada mano invitaba

inmediatamente a los otros a la siguiente ronda, no cabía la posibilidad de

que ninguno de los jugadores se hiciera alguna vez con cierta fortuna.

Los sábados, un anciano de carnes flaccidas y rostro florido, cabello ralo y

lacio, y bigote grisáceo, mal cortado, se sentaba en la mesa contigua.

Cuando aparecían por allí los jugadores le saludaban ruidosamente sin

levantar los ojos de las cartas. Siempre pedía ron, llenaba la pipa y se

quedaba contemplando el juego con ojos acuosos con un halo color rosa.

Tenía el párpado izquierdo ligeramente caído.

Algunas veces alguien se dirigía a él para preguntarle cómo le iban las

cosas en la tienda: tardaba en responder y a menudo ni siquiera lo hacía.

Si la hija del tabernero, una chica bonita y pecosa con un delantal de

lunares, se acercaba alguna vez lo suficiente, él siempre intentaba tocar

aquel trasero escurridizo, sin que el éxito o el fracaso de su empresa

lograra cambiar un ápice la expresión de su rostro, que tan sólo mudaba el

color de las venas de sus sienes que se ponían moradas. El dueño del bar

siempre le llamaba «Herr Professor». «¿Y cómo está hoy Herr

Professor?», preguntaba, acercándose, y el hombre se quedaba

meditabundo unos segundos y luego, con aquel labio húmedo con el que

chupaba estirado la pipa como si fuera la trompa de un elefante cuando

come, le contestaba siempre unas palabras ni divertidas ni corteses. El

tabernero le replicaba enérgico, lo cual provocaba grandes raptos de risa

en los jugadores de la mesa contigua, aparentemente absortos en su

juego.

Aquel hombre llevaba un inmenso temo gris en el que destacaba la

exageración del chaleco, y cuando el reloj de cuco daba las horas sacaba

un pesado reloj de plata pomposamente y se lo quedaba mirando de reojo

allí quieto en la palma de la mano, bizqueando un tanto a causa del humo.

A las once en punto vaciaba la pipa, pagaba su ron y, después de darle la

mano fláccidamente a quienquiera que estuviera dispuesto a ello, se

marchaba en silencio.

Caminaba de forma algo rara, con una ligera cojera. Las piernas parecían

demasiado delgadas para la corpulencia de su cuerpo. Al llegar al

escaparate de su tienda se metía en un pasadizo, donde había una puerta

a la derecha con una placa de latón: PAUL PILGRAM. La puerta daba a un

piso diminuto y sórdido, al que también se accedía por un pasillo interior al

fondo de la tienda. Habitualmente, Eleanor dormía ya cuando él llegaba de

sus noches festivas. Sobre la cama de matrimonio, enmarcadas en negro,

había media docena de fotografías descoloridas de un mismo barco

pesado, tomadas desde distintos ángulos y una palmera tan pelada que

parecía que hubiera crecido en Helgoland. Hablando para sí, Pilgram se

perdía cojeando en la oscuridad con una vela encendida, volvía con los

tirantes caídos, y seguía murmurando para sí sentado al borde de la cama,

mientras se quitaba despacio y con cierta dificultad los calcetines. Su

mujer, medio despierta, murmuraba algo en la almohada y se ofrecía a

ayudarle; él con una especie de ruido sordo, un punto amenazador, le

decía que se callara y repetía aquel «Ruhe!» gutural una serie de veces,

cada vez con más rabia.

Desde que tuvo aquel infarto que casi le costó la vida, hace años (como si

una montaña se le hubiera caído encima de repente, justo cuando

acababa de inclinarse a atarse los cordones de los zapatos), se desvestía

a regañadientes, sin dejar de gruñir hasta que se encontraba a salvo en la

cama, para volver a gruñir luego, cuando se daba cuenta de que el grifo

seguía goteando en la cocina. Eleanor salía de la cama y caminaba a

tientas por el pasillo hasta la cocina y luego volvía suspirando, su rostro

menudo pálido como la cera y brillante, y exhibiendo los callos de sus pies

bajo el camisón desmesuradamente largo. Se habían casado en 1905, casi

un cuarto de siglo antes, y no tenían hijos porque Pilgram siempre había

pensado que los niños no serían sino un estorbo para la realización de lo

que en su juventud había sido un plan extremadamente excitante que

ahora se había convertido en una oscura obsesión apasionada.

Dormía de espaldas con un gorro de dormir pasado de moda que le cubría

la frente; cumplía con la apariencia del sueño sonoro y sólido que cabe

esperar de un anciano tendero alemán, y se podía llegar a pensar que su

sopor acolchado estaba absolutamente libre de sueños; pero en realidad,

este hombre refunfuñón, pesado, que se alimentaba fundamentalmente de

Erbwurst y de patatas hervidas, que se creía plácidamente todo lo que le

decía su periódico y que era bastante ignorante de lo que pasaba en el

mundo (en todo lo que no atañera a su pasión secreta), soñaba con cosas

que a su mujer y a sus vecinos les hubieran parecido absolutamente

incomprensibles; porque Pilgram pertenecía, o más bien debía de

pertenecer (algo —el lugar, el tiempo, el hombre— estaba mal elegido) a

una especie muy particular de soñadores; esos soñadores a los que

antaño se les llamaba «Aurelianos» —quizá en razón de aquellas

crisálidas, aquellas «joyas de la naturaleza», que les gustaba encontrar en

los matorrales sobre las ortigas polvorientas de los caminos del campo.

Los domingos se tomaba su tiempo antes de arreglarse, bebiendo

sucesivos cafés en sucesivas sesiones, y luego se iba a dar un paseo con

su mujer, un paseo lento y silencioso que Eleanor esperaba con ansia

durante toda la semana. Los días laborables abría la tienda tan pronto

como le era posible por los niños que pasaban por delante camino de la

escuela; porque en los últimos tiempos había incrementado su mercancía

habitual con un gran surtido de material escolar. Algún chaval que pasara

comiéndose el bocadillo con su cartera al hombro se detendría delante del

estanco (donde una marca de cigarrillos regalaba cromos de aviones),

pasaría delante de la tienda de ultramarinos (con su reproche mudo por el

bocadillo que se había comido antes de hora) y luego, acordándose de que

quería una goma, entraría en la tienda siguiente. Pilgram murmuraba algo

ininteligible, avanzando su labio inferior por debajo de la pipa y, después

de una búsqueda distraída, soltaba bruscamente sobre el mostrador una

caja de cartón abierta. El niño tocaba y apretaba las gomas indias pálidas

y vírgenes, sin encontrar su marca favorita y acababa marchándose, sin

apercibirse siquiera de lo que en verdad se vendía en aquella tienda.

¡Estos niños modernos! Pilgram pensaba decepcionado e inmediatamente

empezaba a recordar su juventud. Su padre, un marinero un poco granuja,

se casó ya maduro con una chica holandesa de ojos claros y cutis cetrino

que se trajo desde Java hasta Berlín, y abrió una tienda de objetos

exóticos. Pilgram no lograba recordar cuándo exactamente las mariposas

habían comenzado a expulsar a las aves del paraíso disecadas, a los

talismanes rancios, a los abanicos con dragones, y demás: pero ya de niño

había intercambiado con pasión ejemplares raros con otros coleccionistas

y cuando murieron sus padres, las mariposas reinaron con todos sus

derechos en aquella tienducha oscura. Hasta 1914 había suficientes

aficionados y profesionales para que la tienda marchase más o menos

bien; pero más tarde, sin embargo, no le quedó otro remedio que hacer

concesiones, y así, la vitrina que contenía la biografía de un gusano de

seda fue la transición hasta el material escolar, de la misma forma que en

los viejos tiempos los dibujos y pinturas ignominiosamente compuestos de

alas relucientes habían constituido el primer paso hacia la lepidopterología.

Ahora el escaparate contenía, aparte de portaplumas, fundamentalmente

insectos llamativos, estrellas populares entre las mariposas, algunas de

ellas enmarcadas —preferentemente para adornar la casa. En el interior

de la tienda, impregnado del olor acre de desinfectante, conservaba las

colecciones importantes. Todo el lugar estaba repleto de cajas, cartones,

estuches de puros amontonados y en desorden. Había un alto armario de

cajones de cristal lleno con series ordenadas de especímenes perfectos

impecablemente dispuestos y etiquetados. En un rincón oscuro había un

viejo escudo polvoriento o algo similar (último vestigio de la mercancía

original). De vez en cuando aparecían en la tienda ejemplares vivos:

pardas crisálidas grávidas en cuyo tórax confluían simétricamente líneas y

estrías delicadas, mostrando la disposición de las alas, antenas, patas y

trompa rudimentarias. Si se tocaba aquella crisálida que descansaba en su

cama de musgo, el extremo oscilante de su abdomen segmentado

empezaba a moverse a un lado y a otro como las extremidades vendadas

de un niño de pecho. Las crisálidas costaban un marco cada una y a su

debido tiempo producían una débil mariposa, con manchas, que

milagrosamente se iba abriendo. Y a veces también había otras criaturas

en venta: en ese momento había una docena de lagartos nacidos en

Mallorca, unas cosas frías, negras, de tripa azul, que Pilgram alimentaba

con gusanos de harina como plato principal y como postre.

 

2.

Había pasado toda su vida en Berlín y sus alrededores; nunca había

viajado más allá de la isla Peacock en un lago cercano. Era un entomólogo

de primera clase. El doctor Rebel, de Viena, había denominado a una

cierta polilla, de una variedad muy rara, Agrotis Pilgrami; y el propio

Pilgram había publicado descripciones de varios ejemplares. Sus cajas

contenían ejemplares de la mayor parte de los países del mundo, pero

paradójicamente todo lo que él había visto del mismo se circunscribía al

aburrido paisaje de dunas y pinos de alguna excursión dominical; y

mientras contemplaba melancólico la conocida fauna que le rodeaba,

limitada por un paisaje igualmente conocido, con el que se correspondía

tan justa y desesperadamente como él se correspondía con su calle, se

acordaba de capturas realizadas en su juventud que entonces le habían

parecido milagrosas. Cogía, de un matorral cercano a la carretera, un gran

gusano de seda color turquesa con un anillo azul de porcelana en el

extremo; y se quedaba allí rígido en la palma de su mano, y entonces, con

un suspiro, lo volvía a poner en la rama de la que lo había cogido como si

fuera una baratija muerta.

Aunque en un par de ocasiones había tenido la oportunidad de cambiar de

negocio por uno más rentable —vender paños y telas por ejemplo, en lugar

de mariposas—, se aferró con terquedad a su tienda como si fuera el

eslabón simbólico entre su monótona existencia y el fantasma de la

felicidad perfecta. Lo que ansiaba, con una intensidad feroz, casi mórbida,

era el capturar por sí mismo las especies más raras de mariposa en países

lejanos, verlas volar con sus propios ojos, esperar rodeado hasta la cintura

por la exuberante hierba y sentir el silbo de la red en su persecución y

luego el furioso palpitar de las alas a través del pliegue cerrado de la gasa

de la red.

Cada año se extrañaba más si cabe que el anterior de no haber

conseguido ahorrar dinero suficiente para emprender al menos un viaje de

quince días al extranjero a coger mariposas, pero nunca había sido

ahorrador, el negocio siempre había andado más bien flojo y siempre

surgía algún problema inesperado, alguna circunstancia que se lo impedía;

pero incluso si la suerte le llegara a sonreír en algún momento, tenía la

seguridad de que algún detalle estropearía sus planes que, antes o

después, acabarían frustrándose. Se había casado pensando en llegar a

tener alguna participación en el negocio de su suegro, pero el hombre

murió un mes después de su boda, no dejando sino deudas. Justo antes

de la I Guerra Mundial la posibilidad de un viaje a Argelia tomó tal cuerpo

con una venta inesperada, que incluso fue a comprarse un sombrero para

combatir el sol. Cuando la situación internacional truncó toda esperanza de

viaje, él seguía consolándose con la perspectiva de que el ejército pudiera

recabar sus servicios y le enviara a combatir a algún lugar exótico; pero

era de complexión enfermiza, torpe de movimientos, había dejado atrás ya

la primera juventud y, por consiguiente, ni vio servicio activo alguno ni

tampoco lepidópteros exóticos. Luego, acabada la guerra, cuando hubo

conseguido ahorrar de nuevo algún dinero (para una semana en Zermatt,

esta vez), la inflación convirtió en un abrir y cerrar de ojos sus magros

ahorros en una cifra equivalente al precio de un billete de tranvía.

Después de aquello, dejó de intentarlo. Se fue haciendo cada vez más

depresivo conforme su pasión crecía y se volvía más intensa. Cuando el

azar llevaba hasta su tienda a alguno de sus amigos entomólogos, Pilgram

ya sólo se enojaba. Ese tipo, pensaba, sabrá tanto como el difunto doctor

Staudinger, pero tiene la imaginación de un coleccionista de sellos. Las

bandejas de tapa de cristal, sobre las que ambos se inclinaban, iban

gradualmente ocupando todo el mostrador, y la pipa que mordían los

labios de Pilgram emitía un chasquido melancólico. Contemplaba

pensativo las apretadas filas de delicados insectos, todos iguales para el

común de los mortales, y luego golpeaba el cristal con su rechoncho dedo

índice, indicando algún ejemplar especialmente raro. «Ésa es una

aberración cromática, de tonos curiosamente oscuros», decía el erudito

visitante. «Eisner consiguió una igual en una subasta en Londres, pero no

era tan oscura y le costó catorce libras.» Con la pipa ya muerta en sus

labios, Pilgram llevaba con esfuerzo el peso de la caja hasta la luz, y con el

movimiento, las sombras de las mariposas se deslizaban bajo sus ojos por

el papel del fondo de la caja: después la volvía a dejar en su sitio, metía

las uñas por los resquicios del cristal de la tapa, y hacía presión hasta que

se abría de golpe; luego la quitaba y dejaba los ejemplares al descubierto.

«Y la hembra de Eisner no era tan joven como ésta», añadía el visitante, y

cualquier cliente indiscreto que hubiera entrado en aquel momento a

comprar un cuaderno o un sello y hubiera aguzado el oído para oír lo que

aquellos dos decían se habría preguntado de qué demonios estaban

hablando esos dos personajes.

Con un gruñido, Pilgram arrancó la cabeza dorada del alfiler negro en el

que estaba crucificada aquella pequeña criatura de seda, y sacó el

ejemplar de la caja. Le dio la vuelta y escrutó la etiqueta que tenía colgada

bajo el cuerpo. «Sí... "Tatsienlu, en el este del Tíbet"», leyó. «"Capturada

por los coleccionistas nativos del padre Dejean"» (que sonaba casi como

el preste Juan), y luego volvió a ensartar la mariposa en su lugar, en el

mismo alfiler. Sus movimientos parecían casuales, incluso descuidados,

pero era la estudiada indiferencia del especialista: el alfiler, junto con el

precioso insecto y los dedos fofos de Pilgram eran las partes correlativas

de una misma máquina perfecta. Podía suceder, sin embargo, que una

caja abierta, empujada por el codo del visitante, empezara a deslizarse

peligrosamente por el mostrador, pero era inevitablemente detenida en el

último momento por Pilgram, que con toda tranquilidad seguía empeñado

en encender su pipa; sólo más tarde, ocupado en otra cosa, se pondría de

repente a gemir angustiado pensando retrospectivamente en la catástrofe

que había evitado.

Pero no sólo gemía ante catástrofes como aquélla. El padre Dejean,

¡aquel misionero de corazón de hierro que escalaba los montes entre

nieves y rododendros, qué destino tan maravilloso el suyo! Y Pilgram se

quedaba contemplando sus cajas y jadeaba y no dejaba de darle vueltas al

asunto pensando que no tenía por qué ir tan lejos como él: había

centenares de lugares donde cazar mariposas en Europa. A partir de los

lugares citados en los libros de entomología había erigido una obra muy

especial para uso propio, que constituía la más detallada guía de su saber.

En aquel mundo no había casinos, ni viejas iglesias, ninguna de las

atracciones que seducen al turista corriente. Digne en el sur de Francia,

Ragusa en Dalmacia, Sarepta en el Volga, Abisko en Laponia: aquéllos

eran los escenarios famosos que adoraban los coleccionistas de

mariposas, y era en esos lugares donde habían dado rienda suelta a su

curiosidad desde mediados del siglo pasado (ante la perplejidad de los

lugareños). Y Pilgram se vio a sí mismo, con la claridad de un recuerdo,

turbando el sueño de un hotelito con sus movimientos bruscos y

apresurados en pos de una mariposa blanquecina que, como surgida de la

generosa noche negra, se hubiera colado por la ventana y en una danza

sonora se hubiera puesto a besar sus sombras por el techo.

En aquellos sueños suyos tan imposibles visitaba las islas Afortunadas, en

cuyos barrancos tórridos, que sajaban las pendientes bajas de las

montañas cubiertas de castaños y laureles, habita una extraña raza local

de mariposas blancas; y también aquella otra isla, aquellos terraplenes

próximos al ferrocarril junto a Vizzavona y los bosques de pinos más

arriba, que son la morada de la Corsa Macaón, oscura y rechoncha. Visitó

el norte lejano, los pantanos árticos que generan unas mariposas de vello

delicado. Conocía los pastos alpinos de los montes, con sus piedras romas

dispersas aquí y allá entre la hierba suave y resbaladiza; porque no hay

mayor placer que levantar una de aquellas piedras para encontrar allí

alojada una mariposa gorda y soñolienta de una especie no descrita

todavía. Vio mariposas Apolo, vidriadas, atigradas en rojo, flotando en el

viento de la montaña en el camino de mulas que serpenteaba por un

acantilado escarpado y junto a un abismo de blancas aguas salvajes. En

los jardines italianos, a la hora del crepúsculo en el verano, la grava crujía

tentadora bajo los pies y Pilgram miraba a través de la oscuridad creciente

los macizos de flores ante los cuales aparecía de repente una mariposa

Adelfa que iba de flor en flor con un zumbido insistente y acababa

deteniéndose en la corola, batiendo las alas tan deprisa que no se veía

más que un nimbo espectral en torno a su cuerpo carenado. Y lo mejor de

todo, quizá, eran las blancas colinas de brezo junto a Madrid, los valles de

Andalucía, el fértil y boscoso Albarracín, hacia donde renqueaba un

pequeño autobús conducido por el hermano del guarda forestal.

Le costaba más imaginarse los trópicos pero sin embargo, cuando lo

hacía, las punzadas de angustia eran aún más agudas, porque nunca

conseguiría capturar el Morfos brasileño tan esbelto en sus alas, tan

grande y tan radiante que arrojaba un reflejo azul en la palma de la mano

cuando era apresado, ni tampoco vería nunca sobre él uno de esos

enjambres de mariposas africanas apretadas unas contra otras como si

fueran innumerables banderas de colores hincadas en él rico barro negro y

alzándose en vuelo de colores ante la proximidad de su sombra —una

sombra larga, muy larga.

 

  Mariposas. Escher.

 

3.

«Ja, ja, ja», murmuraba, asintiendo penosamente con la cabeza, y

mirando la caja de mariposas como si fuera el retrato de alguien muy

querido. Sonaba entonces el timbre de la puerta y su mujer entraba con un

paraguas mojado y la bolsa de la compra y él le daba la espalda despacio

para meter la caja en el armario. Y así se sucedía, ésa su obsesión y

desesperación y aquella imposibilidad como una pesadilla de estafar al

destino, hasta que llegó un primero de abril. Durante más de un año había

tenido a su cargo una vitrina dedicada exclusivamente al género de esas

mariposas pequeñas y de alas claras que imitan a las avispas y a los

mosquitos. La viuda de una gran autoridad en aquella especie particular le

había dado a Pilgram la colección de su marido para que la vendiera a

comisión. Se apresuró a decirle a aquella mujer estúpida que no podría

sacar más de setenta y cinco marcos por ella, aunque sabía muy bien,

según los precios del catálogo, que valía cincuenta veces más y que

cualquier aficionado que se la comprara por unos mil marcos lo

consideraría una buena compra. El aficionado no apareció, aunque

Pilgram había escrito a los coleccionistas más pudientes. Así que encerró

la vitrina y dejó de pensar en ello.

Aquella mañana de abril un hombre con gafas, tostado por el sol, con un

viejo impermeable y sin sombrero que cubriera su calva morena se acercó

a la tienda y pidió papel carbón. Pilgram deslizó las monedas

correspondientes a aquella cosa violeta y pegajosa que tanto odiaba en un

bote de arcilla donde dejaba el dinero, y después siguió fumando su pipa

con los ojos perdidos en el vacío. El hombre lanzó una rápida mirada por la

tienda, y observó el brillo extravagante de un insecto verde con muchas

colas. Pilgram murmuró algo acerca de Madagascar. «Y eso, ¿no será una

mariposa?», dijo el hombre, indicando otro ejemplar. Pilgram respondió

lentamente que tenía una colección completa de esa variedad. «Ach,

was!» dijo el hombre. Pilgram se rascó la barba, que llevaba crecida, y se

adentró en el cuarto del fondo de la tienda. Sacó una bandeja de tapa de

cristal y la puso sobre el mostrador. El hombre se inclinó sobre aquellas

diminutas criaturas vitreas con patas de color naranja brillante y cuerpos

ceñidos como con correas. Cuando Pilgram apuntó con la boquilla de la

pipa a una de aquellas hileras de ejemplares raros aquel hombre exclamó:

«¡Dios mío... ¡Uralensis!», y aquella exclamación le delató. Pilgram colocó

vitrina tras vitrina en el mostrador mientras empezaba a pensar que su

visitante conocía muy bien la existencia de aquella colección, que ésa era

la razón de su visita, que aquel hombre era en realidad el rico aficionado

Sommer, a quien había escrito y que acababa de volver de un viaje a

Venezuela; y cuando, por fin, preguntó con sumo cuidado: «Y dígame,

¿cuál es el precio?», Pilgram sonrió.

Sabía que era una locura; sabía que dejaba atrás a una Eleanor

indefensa, deudas, impuestos sin pagar, una tienda en la que sólo se

vendían baratijas; sabía que los novecientos cincuenta marcos que iba a

conseguir no permitirían viajar más de unos cuantos meses; y sin embargo

lo aceptó como lo aceptaría un hombre que supiera que el mañana no le

va a traer otra cosa que una vejez monótona y que la buena fortuna que

ahora le hacía señas no repetiría nunca más su invitación.

Cuando por fin Sommer dijo que el día cuatro le daría una respuesta

definitiva, Pilgram decidió que el sueño de toda su vida estaba a punto de

romper su crisálida y hacerse realidad. Pasó varias horas examinando un

mapa, escogiendo una ruta, estimando los tiempos de una y otra especie,

y de repente algo negro y cegador surgió ante sí nublándole la vista y se

desvaneció dando tumbos por la tienda durante un buen rato hasta que

logró recuperarse. Llegó el día cuatro y Sommer no se presentó y después

de esperar todo el día, Pilgram se retiró a su habitación y se tumbó en

silencio. Se negó a cenar, y durante varios minutos, con los ojos cerrados,

regañó a su mujer, pensando que todavía estaba junto a él; luego la oyó

llorar silenciosamente en la cocina, y jugó con la idea de coger un hacha y

abrirle la cabeza rubia por la mitad. Al día siguiente se quedó en la cama, y

Eleanor le sustituyó en la tienda y vendió una caja de acuarelas. Y tras un

día más, en el que todo aquello parecía más bien un delirio, Sommer, con

un clavel en la solapa y la gabardina al brazo, entró en la tienda. Y cuando

sacó un fajo de billetes ue crujieron entre sus dedos, Pilgram empezó a

sangrar violentamente por la nariz.

La entrega de la vitrina y una visita a la anciana crédula a la que, con

cierta reticencia, le entregó sus cincuenta marcos, fueron sus últimas

ocupaciones en aquella ciudad. La ruinosa visita a la agencia de viajes ya

pertenecía a su nueva existencia, donde sólo importaban las mariposas.

Eleanor, aunque desconocía las transacciones de su marido, parecía feliz,

consciente de que había hecho una buena venta, pero temerosa de

preguntar la cantidad exacta. Aquella tarde, una vecina se pasó por la

tienda para recordarles que al día siguiente era la boda de su hija. Y a la

mañana siguiente, Eleanor se ocupó de limpiar su vestido de seda y de

planchar el mejor traje de su marido. Ella iría hacia las cinco, pensó, y él la

seguiría más tarde, después de cerrar. Cuando él la miró con expresión de

extrañeza para negarse después a ir, no la sorprendió, porque hacía

tiempo que se había acostumbrado a todo tipo de desengaños. «A lo mejor

hay champán», dijo ya en la puerta a punto de marcharse. No hubo

respuesta, sólo un arrastrar de cajas. Se quedó mirando pensativa sus

guantes recién limpios, y se fue.

Pilgram, tras poner en orden las colecciones más valiosas, miró el reloj y

vio que era hora de hacer el equipaje: su tren partía a las 8.29. Cerró la

tienda, arrastró a lo largo del pasillo la vieja maleta de cuadros de su

padre, y metió primero los útiles para cazar mariposas: la red, la caja de

pastillas, una linterna para buscar mariposas nocturnas en la sierra y unos

cuantos paquetes de alfileres. Después se le ocurrió meter una tabla

donde clavarlas y una caja de rondo de corcho, aunque en general

pensaba guardar sus capturas en papel, como suele hacerse cuando se

viaja de un sitio a otro. Después llevó la maleta a su cuarto y metió unos

cuantos pares de calcetines y ropa interior. Añadió una o dos cosas más

que pudiera vender en caso de necesidad, como por ejemplo un vaso de

plata y una Medalla de bronce en una caja de terciopelo, que habían

pertenecido a su suegro.

Y de nuevo miró su reloj, y entonces decidió que era hora de ir a la

estación. «¡Eleanor!», llamó a gritos poniéndose el abrigo. Como no

contestaba, miró en la cocina. No, no estaba allí; entonces, se acordó

vagamente de que había mencionado una boda. Pesn radamente cogió un

trozo de papel y escribió unas cuantas palabras a lápiz. Dejó la nota y las

llaves en un lugar conspicuo y, con un escalofrío de excitación y un

sentimiento de ahogo en la boca del estómago, verificó por última vez que

el dinero y los billetes estuvieran en su cartera. «Also los!» dijo Pilgram, y

agarró su maleta.

Pero como era su primer viaje no cesaba de preguntarse si se había

olvidado algo; entonces se le ocurrió que no llevaba cambio, y recordó el

bote de arcilla donde quizá hubiera algunas monedas. Gruñendo y dando

trastazos por el pasillo, volvió al mostrador. En la media luz de la tienda

extrañamente tranquila, las alas de mariposa se le quedaban mirando

desde todas las esquinas y Pilgram percibió un toque de espanto en la

riqueza de aquella inmensa felicidad que se inclinaba hacia él como una

montaña a punto de precipitarse en el llano. Trató de evitar las miradas de

complicidad de aquellos innumerables ojos, respiró hondo y mirando el

bote del dinero que parecía colgar en el aire lo alcanzó rápidamente con la

mano. El bote se resbaló al contacto de su mano sudorosa y se rompió en

el suelo con un mareante remolino de monedas brillantes que no paraban

de girar; Pilgram se agachó a recogerlas.

 

 

4.

Llegó la noche; una luna resbaladiza y encerada se movía, sin la mínima

fricción, entre nubes de chinchilla, y Eleanor, que volvía paseando del

banquete de bodas con el hormigueo del vino y de los chistes picantes

todavía dentro del cuerpo, recordó el día de su boda en su camino de

vuelta a casa. Por alguna razón, todos los pensamientos que cruzaban su

mente insistían en mostrarle el lado brillante de la vida; se sentía ligera al

llegar a casa y al abrir la puerta se sorprendió pensando que era una gran

cosa tener un piso propio, por más que fuera oscuro y agobiante. Sin dejar

de sonreír, dio la luz del dormitorio y vio al momento que todos los cajones

estaban abiertos: apenas tuvo tiempo de pensar en los ladrones porque allí

estaban las llaves en la mesilla de noche y también un papel apoyado en

el despertador. La nota era muy breve: «Me he ido a España. No toques

nada hasta que te escriba. Pídele prestado a Sch. O a W. Da de comer a

los lagartos».

El grifo goteaba en la cocina. Inconsciente, recogió su bolso de plata que

había dejado caer y se quedó sentada al borde de la cama, recta e inmóvil,

con las manos en el regazo como si le estuvieran haciendo una fotografía.

Al rato, alguien se levantó, caminó por la habitación, inspeccionó la

ventana cerrada, volvió mientras ella miraba indiferente, sin darse cuenta

de que era ella misma la que se movía. Las gotas de agua se

desplomaban en sucesión lenta y de repente se sintió aterrada de estar

sola en aquella casa. El hombre a quien había amado por su omnisciencia

muda, su tosquedad imperturbable, su inflexible perseverancia en el

trabajo, se había marchado sigilosamente... Quería gritar, correr a la

policía, enseñarles su certificado de matrimonio, insistir, implorar: pero

seguía sentada, con el cabello desgreñado, los guantes todavía puestos.

Sí, Pilgram se había ido lejos, muy lejos. Probablemente habría visitado

Granada y también Murcia y Albarracín, y luego habría viajado más lejos

todavía, hasta Surinam o Taprobane; y no había razón para dudar de que

no hubiera visto todos aquellos insectos gloriosos que siempre había

ansiado ver: mariposas de terciopelo negro elevándose en el cielo de las

junglas y un insecto diminuto en Tasmania y aquella especie china, el

Capitán que decían que olía a rosas aplastadas cuando estaba viva, y

aquella belleza paticorta que un barón Tal acababa de descubrir en

México. Es pues irrelevante, en cierto sentido, que un poco más tarde,

mientras deambulaba por la tienda, Eleanor viera la maleta a cuadros, y

luego a su marido, tumbado en el suelo, con la espalda apoyada en el

mostrador, entre monedas dispersas, su rostro lívido desencajado por la

muerte.