Fieras, alimañas y sabandijas 

 

 

 

                        Revista de divulgación zoológica

 

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Pelos

 

 En esta foto hay un animal con varias clases de pelo, unos más cortos y otros más largos, unos más hirsutos y otros más suaves, de varios colores, presenta bigotes... Sólo tenéis que encontrarlo.

 

Hasta el año 2.006 no se sabía casi nada sobre el origen del pelo de los mamíferos. El hallazgo en China, por investigadores de la universidad de Nanjing, del pelaje más antiguo, resuelve algunos misterios. Perteneció a Castorocauda lutrasimilis, una singular criatura acuática de hace 164 millones de años. Semejaba un híbrido de castor y nutria, como indica su nombre, y tenía un denso pelaje ya evolucionado, con varias clases de pelos. No era un mamífero, pero pertenecía a un grupo cercano. Esto sugiere que el pelo se desarrolló por primera vez en un antepasado de los dos grupos, que vivió en el Triásico o el Pérmico. Otros restos muestran que todos los grandes grupos de mamíferos primitivos poseían pelo y algunos cráneos de reptiles terápsidos (antecesores de los mamíferos) tienen hoyuelos que hacen pensar en la presencia de vibrisas o pelos sensoriales. Estos datos abren muchas posibilidades sobre el origen del pelaje, ya que los antepasados de los mamíferos adoptaron muchos modos de vida.

 

Aunque en principio los pelos pudieron tener función sensorial, la hipótesis más plausible sigue siendo la de la termorregulación (el pelaje retiene una capa de aire que actúa como aislante térmico), por los indicios que aporta la comparación con otros vertebrados. Varios pterosaurios también desarrollaron tupidos pelajes, probablemente porque necesitaban conservar la temperatura constante para realizar una actividad con tanto gasto energético como el vuelo. Estos pelos son distintos a los de mamíferos y se cree que no provienen del mismo ancestro: al menos en un caso se observa que forman haces densos. Esta característica relaciona aún más a los pterosaurios con los dinosaurios, algunos de los cuales presentan penachos de pelillos (ambos grupos están estrechamente emparentados). Pelos y plumas se han observado sobre todo en dinosaurios pequeños, que pierden más fácilmente su calor que los grandes. La teoría de la termorregulación tiene la ventaja de que incluso un pelaje incipiente ya protege algo de las oscilaciones térmicas, y no requiere la asociación de terminaciones nerviosas al pelo, como exige la hipótesis sensorial. Es probable que el pelaje surgiera en los vastos desiertos del Pérmico, para suavizar las brutales oscilaciones diarias de temperatura y proteger la piel de la desecación y la implacable radiación ultravioleta del sol.

 

Fuera cual fuera el motor que impulsara su evolución, lo que está claro es que los mamíferos han sabido usar el pelo para muchos fines. El antiestético pelo de narices y oídos sirve para impedir la entrada de partículas nocivas, los largos pelos de la cola de los équidos sirven para espantar moscas, las vibrisas son unos órganos táctiles muy sensibles, típicamente más largos en los mamíferos nocturnos y cavadores, y los músculos horripiladores, que provocan la erección del pelo, lo dotan de utilidad en la comunicación (señal de agresividad) o en la defensa (aumento del tamaño aparente). Pelos engrosados y afilados se convierten en formidables armas defensivas en puercoespines, erizos y equidnas. A veces las espinas se parten y quedan incrustadas (pueden tener pequeñas púas alineadas hacia atrás) en los depredadores.

 

El pelo, linear y flexible, es una solución elegante para recubrir una superficie con el mínimo número de células implicadas en su producción. No tener la piel completamente cubierta de escamas permitió a los mamíferos desarrollar en ella glándulas olorosas, sudoríparas, sebáceas y mamarias, estructuras a las que deben gran parte de su éxito. Un pelo crece por proliferación de células en el folículo, estructura epidérmica, pero que se hunde en la dermis. A los folículos se asocian las glándulas sebáceas, que segregan grasa para impermeabilizar el pelo y están especialmente desarrolladas en nadadores de climas fríos, como el oso polar. Conforme el pelo es empujado hacia arriba, las células son apartadas del alimento y mueren, quedando un depósito de alfa-queratinas, las mismas sustancias que constituyen garras, pezuñas y plumas.

 

Las alfa-queratinas confieren al pelo sus propiedades tan especiales. Son proteínas fibrosas de forma helicoidal que presentan una resistencia a la tracción increíble (cada vuelta de hélice la aumenta de modo exponencial). Además, el pelo está constituido por muchas fibras enroscadas unas en torno a las otras. Las fibrillas individuales de queratina se enrollan además de tres en tres y están unidas entre sí por medio de puentes que forma la cisteína, un aminoácido muy común en estas proteínas. Todo ello explica que el pelo sea la estructura más fuerte de nuestro cuerpo, mucho más que el hueso. Por otro lado, en las queratinas abundan los aminoácidos hidrófobos (que repelen el agua), lo que contribuye a su impermeabilidad.

 

Pero un pelo es algo más que una fibra de queratina. Está formado por 3 capas: la médula o zona central, la corteza con gránulos de pigmento (normalmente melanina, que nos protege de la radiación ultravioleta) próximos a la médula, y la cutícula externa cubierta por escamas imbricadas. El grosor y la composición de estas capas varían mucho en los diferentes mamíferos, lo que explica en gran parte la diversidad de las fotos. Los pelos rizados de muchas especies crecen a partir de folículos curvados y la sección transversal del pelo es muy variable (desde alargada a ovoide o circular). Muchas de estas variaciones son adaptaciones a diferentes modos de vida.

 

La muda permite a los mamíferos adaptarse a las distintas estaciones, variando la densidad del pelaje. La liebre variable y el armiño adoptan un pelaje blanco para mimetizarse con la nieve en invierno y uno pardo en verano. Otros mamíferos de climas fríos, como glotones y osos polares, presentan pelos huecos, con aire en la médula, para potenciar su efecto termoprotector. Los mamíferos de los desiertos, como el camello, tienen pelos cortos, densos y de colores claros, que reflejan la radiación solar.

 

Los mamíferos presentan casi siempre dos tipos de pelos: unos densos y suaves, muy buenos aislantes del calor (la borra), y otros más rígidos y largos (cerdas), que protegen frente al desgaste mecánico y aportan la coloración. En algunos mamíferos acuáticos (focas, nutrias, castores...), la borra es tan densa que es imposible mojarla. Los pelos de protección se mojan y se pliegan sobre la borra, formando una capa aislante. Los delfines perdieron todo su pelo, pero las ballenas y otros mamíferos acuáticos aún tienen pelos sensoriales en sus hocicos, como la extraña rata topo desnuda, que vive bajo tierra, donde la temperatura es casi constante. Sin embargo, es el hombre el que presenta la distribución capilar más rara.

 

Hay varias teorías para explicar nuestra relativa falta de pelo. La que parece más verosímil postula que perdimos gran parte de él para disipar calor y no sufrir una grave hipertermia cuando perseguíamos herbívoros hasta extenuarlos o corríamos desde muy lejos hacia la carroña bajo el sol ecuatorial. La postura bípeda nos permite ser mejores que los cuadrúpedos en las carreras de resistencia, aunque por supuesto no en las de velocidad. Nuestro cerebro está muy expuesto al sol, es muy activo metabólicamente y muy sensible al calentamiento, por lo que la cabeza ha retenido un pelaje protector, que curiosamente crece mucho más en las mujeres que en los hombres. Las barbas de los varones y las largas cabelleras de las mujeres podrían funcionar como un distintivo sexual, como las melenas de los leones. Los pelos en axilas y pubis son indicadores de madurez sexual y retienen las moléculas olorosas atractivas que se producen allí (en nuestra época de depilaciones y desodorantes estamos perdiendo esos goces salvajes). La distribución del pelo en el hombre adulto recuerda a la fetal del chimpancé, lo que podría explicar su origen evolutivo. La mujer sería menos peluda que el hombre porque retiene más características de bebé (piel más suave, formas más redondeadas, etc.), seguramente para resultar más atractiva; aunque también posee más grasa subcutánea y no necesita tanto pelo para resistir el frío.

 

 

 

(Artículo publicado en mayo de 2.008 en Muy Interesante)

 

 

 

 

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