Fieras, alimañas y sabandijas 

 

 

 

                        Revista de divulgación zoológica

 

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Parásitos maquiavélicos

 

 Wolbachia pipientis en un huevo de avispa. Se concentran sobre todo en el extremo inferior, zona que desarrollará los órganos reproductores (foto de Merijn Salverda y Richard Stouthamer)

 

 Cochinilla de la humedad (Armadillidium sp.), junto a escarabajos escopeteros (Brachinus sp.)

 

Wolbachia, una bacteria emparentada con la famosa Escherichia coli, que forma parte de nuestra flora intestinal normal, podría ser considerada como el peor parásito de la naturaleza. Infecta casi al 70% de los invertebrados terrestres: insectos, cochinillas de la humedad, ácaros y gusanos nematodos (algunas estimaciones sugieren que podría haber 20 millones de especies afectadas). Es un parásito intracelular que sólo se transmite de un hospedador a otro por medio de los huevos. Esta limitación ha llevado a este género de bacterias a manejar en su beneficio la biología reproductiva de sus hospedadores con mayor eficacia que nosotros la de los ratones de laboratorio, a pesar de nuestros grandes logros en ingeniería genética.

 

La lista de perrerías que la bacteria hace a sus víctimas es espeluznante. Asesina en muchos casos a los machos, normalmente cuando están en sus etapas larvarias, ya que son para ella cárceles sin salida (no se transmite por el esperma). Así beneficia a las bacterias de su especie que están dentro de hembras, ya que éstas suelen devorar los cadáveres de sus hermanos. A los machos de otras especies, como la común cochinilla de tierra Armadillidium, los convierte en hembras, al inhibir en los embriones el desarrollo de una glándula que segrega una hormona masculinizante. Wolbachia también promueve la partenogénesis en las hembras, esto es, su reproducción asexual, sin necesidad de machos. Además, obstruye el éxito de los apareamientos de los hospedadores que no le convienen: los que se producen entre machos infectados y hembras no infectadas. La bacteria suelta una toxina en el protoplasma del espermatozoide para matarlo. Disminuir la procreación de hembras no infectadas beneficia a las que albergan la bacteria (al reducir la competición con ellas). Debido a todas estas tácticas, el porcentaje de hembras infectadas en las poblaciones de sus hospedadores es muy alto. Recientemente se ha observado que la bacteria ha estado a punto de extinguir a una especie de mariposa, ya que la proporción de los sexos era de 99 a 1 a favor de las hembras. Afortunadamente, una mutación que confiere resistencia al parásito, surgida por azar, ha hecho que la proporción de machos sea ahora del 40%. La propagación de esta mutación, bajo una presión de selección tan enorme, ha sido rapidísima y hemos podido observar un caso de evolución prácticamente en directo.

 

Las barreras al flujo genético entre distintos individuos de una población (como la reducción del éxito de determinados apareamientos) pueden conducir a una diferenciación genética en su seno y eventualmente a la formación de nuevas especies. El sabotaje sexual de Wolbachia puede tener buena parte de culpa de la enorme diversidad de especies de insectos y otros invertebrados. La formación de nuevas especies puede estar también facilitada porque la bacteria es capaz de integrar la totalidad de su genoma (hecho observado en la mosca de la fruta Drosophila ananassae) o parte de él en el genoma de sus hospedadores. Es uno de los poquísimos casos que se conocen de transferencia horizontal de genes en la naturaleza entre bacterias y organismos superiores, lo que posibilita intercambios genéticos entre individuos que están muy lejanamente emparentados y enmaraña extraordinariamente el árbol evolutivo. Parte de los genes bacterianos pueden expresarse, o bien influir en la expresión de ciertos genes del hospedador. Con el tiempo, Wolbachia podría pasar de ser parásito a simbionte intracelular, como ocurrió con las mitocondrias, bacterias que en un pasado remoto integraron la mayoría de sus genes en el genoma nuclear.

 

El parasitismo de cría que aparece en algunas aves es especialmente reprobable, si pudiéramos adjudicar este calificativo a los organismos. La hembra del cuco, por ejemplo, deja su huevo en el nido de otras especies de aves y su polluelo, que nace precozmente, carga a la espalda los otros huevos y los arroja fuera del nido. Es descorazonadora la imagen de un pequeño pajarillo alimentando a un monstruoso pollo de cuco, varias veces mayor que él, y que chilla para pedir comida con un sonido imitado, similar al de toda una nidada de los polluelos del hospedador. Esta conducta ha generado una “carrera de armamentos evolutiva”, en la que los pájaros parasitados cada vez reconocen mejor los huevos del cuco y los expulsan del nido, en tanto que los cucos crean huevos de un parecido cada vez más perfecto. El críalo, otra ave de la familia del cuco, que parasita preferentemente nidos de urracas, se vale de una estrategia mafiosa y extorsionadora para que las aves parasitadas no expulsen sus huevos. La hembra de críalo destruye con frecuencia huevos del hospedador, pero el pollo parásito no expulsa a sus hermanastros. Si los hospedadores no cuidan de los pollos de críalo o los expulsan, los adultos realizan incursiones de castigo y destruyen los nidos. Se establece así un pacto similar al de los matones que obligan a pagar a los dueños de locales nocturnos para no destruir el local y proteger su negocio de supuestas amenazas. Aunque parezca una propuesta injusta, los pájaros parasitados logran sacar adelante un número similar de polluelos propios que los no parasitados, por lo que la estrategia aprovechada de los parásitos no ha sido combatida. Hay algunos indicios de que los críalos atacan a los posibles depredadores con mayor furia que las propias urracas. Un parasitismo cruel puede estar evolucionando hacia una pacífica simbiosis. 

 

Los parásitos anteriores, a pesar de la sofisticación de su conducta, son poco sutiles comparados con “los ladrones de cuerpos”, los parásitos que drogan, hipnotizan o lavan el cerebro de sus hospedadores para que estos desarrollen la conducta que más les beneficie. La CIA o el KGB no son rivales para ellos. Una imagen descriptiva de esto es la de una cucaracha “zombi” que sigue mansamente a la avispa esmeralda hasta su nido, donde servirá de alimento a sus larvas. La avispa primero inocula veneno en el tórax para someterla, y luego efectúa una picadura precisa en un lugar concreto de su cerebro para inhibir su reflejo de huida. Entonces la coge de una antena y la conduce como a un perro con correa.

 

Muchas veces los parásitos modifican la conducta del hospedador para facilitar su dispersión. Unos percebes de Australia (Sacculina granifera) se adhieren a los machos del cangrejo de la arena y segregan una hormona que induce en ellos comportamientos maternales. Los cangrejos feminizados migran hacia el mar como las hembras y hacen hoyos en la arena, que son adecuados para la dispersión de las larvas de percebe. Los percebes también inducen el comportamiento anidador en las hembras, tras recurrir a una práctica común, la castración parasitaria: les atrofian los ovarios para que en los nidos sólo depositen larvas de percebe. Ciertos nematomorfos, gusanos muy largos y finos, como pelos, que viven cuando adultos de modo libre en el agua, infectan durante su fase larvaria a insectos, como saltamontes y escarabajos. Cuando ha concluido su desarrollo larvario, segregan sustancias que alteran la química cerebral de los insectos (en particular, la que afecta a los sistemas de orientación espacial) y los empujan a un viaje suicida hasta una masa de agua.

 

Algunas hormigas son parasitadas por un hongo del género Cordyceps. Los filamentos del hongo penetran en la hormiga a través de los conductos respiratorios y se nutren de sus tejidos blandos. Cuando el hongo está listo para formar esporas, sus filamentos crecen hasta el cerebro y producen sustancias que cambian el comportamiento de la hormiga, que sube a una planta y se fija a ella apretando sus mandíbulas. El hongo produce entonces su cuerpo fructífero y desprende sus esporas, que gracias a la altura alcanzada, se dispersan por un área más amplia y pueden infectar a más hormigas.

 

También hay hormigas parásitas que no producen obreras. Existe una especie cuya reina se infiltra en el hormiguero de otra especie, mata a la reina y pone a trabajar a las obreras en el cuidado de sus propias crías. Pero otra especie llega más lejos y no se arriesga siquiera en el combate con la otra reina. La reina de Monomorium santschii droga a las obreras de otro hormiguero para que maten a su propia madre y críen a sus hijos como si fueran sus hermanos.

Los controles mentales más sutiles (los que implican una manipulación de circuitos cerebrales muy específicos) suelen ejercerlos los parásitos que poseen ciclos de vida complejos, en los que parasitan a especies distintas. El parásito tiene que lograr que el hospedador 1 se aproxime o se ponga en contacto con el hospedador 2. Algunos caracoles acuáticos son infectados por gusanos trematodos al comer heces de aves. Los gusanos les inducen a subir a las hierbas o rocas y a veces ocupan los tentáculos del caracol, que mueven rítmicamente para ser más fácilmente detectables por las aves que comen caracoles. Unas gambas de agua dulce parasitadas también suben a la superficie para ser consumidas por los patos.

Controlar el débil y simple cerebro de un invertebrado quizá no tenga mucho mérito, pero otros parásitos gobiernan complejos circuitos nerviosos en el cerebro de mamíferos. Los virus de la rabia consiguen dispersarse a otros hospedadores por medio de la combinación de dos estrategias: la migración de parte de los virus a la saliva y la invasión masiva del cerebro, donde promueven conductas agresivas. Los individuos infectados desarrollan una tendencia a morder de modo indiscriminado, con lo que los virus colonizarán un nuevo organismo al pasar desde la saliva a la sangre. Este poder del virus está llevando a los científicos a la investigación del cerebro de animales rabiosos para averiguar cuáles son los circuitos neuronales de la agresión. Ya se ha identificado el hipocampo, un área primitiva del cerebro que modula las emociones, como el principal objetivo de los virus de la rabia.

El ejemplo supremo de control mental es el efectuado por el protozoo Toxoplasma gondii, que inhibe una conducta muy específica de sus hospedadores. Este parásito tiene varios hospedadores mamíferos (incluido el hombre, para el cual es peligroso si ataca al feto, con un sistema inmunitario aún no desarrollado), pero prefiere los roedores y sólo se reproduce sexualmente en el intestino de los gatos (por eso se recomienda a las embarazadas que no estén cerca de gatos). Los parásitos penetran en los roedores cuando estos comen heces de gato. Forman quistes por todo su cuerpo, pero especialmente en el cerebro. Allí logran lo aparentemente imposible: hacer que el roedor pierda el miedo a los gatos y se deje cazar fácilmente por estos. Los roedores infectados no salen corriendo cuando perciben olor a gato. La precisión del parásito es extrema, ya que, de entre las innumerables conductas que presenta un roedor, sólo modifica ésta. El roedor conserva el miedo a otros depredadores y así los parásitos reducen la posibilidad de encontrarse encerrados en cuerpos que no les son propicios. Como dice el neurocientífico Robert Sapolsky, “es como si una persona fuera infectada por un parásito cerebral que no tiene efecto alguno sobre sus pensamientos, emociones, calificaciones académicas o gustos televisivos, pero que para completar su ciclo biológico provocase un irresistible deseo de ir al zoológico y besar al oso polar”.

 

 

- Otra enternecedoras historias de parásitos manipuladores son: La mosca decapitadora de hormigas    La larva que “maneja los hilos” a su antojo  (escritas por Jesús Espí)

 

Nota: artículo publicado en el número de marzo de 2.009 de Muy Interesante, con unas ilustraciones muy divertidas de René Quirós.

 

 

 

 

 

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