Fieras, alimañas y sabandijas 

 

 

 

                        Revista de divulgación zoológica

 

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El sentido del humor de los animales

 

Nadie sabe lo que es el sentido del humor, pero los niños de unos cuantos meses ya lo manifiestan. El humor está ligado al asombro, al juego, a la fantasía, al afianzamiento de las relaciones sociales pero también al quebrantamiento de las normas, al absurdo, a la sorpresa, y también, a veces, a cierto sadismo. Algo de todo eso hay en el humor, pero no es el humor. Simplemente lo reconocemos cuando se presenta entre nosotros. Los animales más inteligentes muestran variadas proporciones de esos elementos en sus manifestaciones. Podemos negar que estén haciendo conscientemente una broma, pero cuando sopesamos otros aspectos de su inteligencia, y sobre todo, cuando percibimos sus expresiones, no podemos dejar de sentir que se están quedando con nosotros.

 

Incluso entre los animales no demasiado inteligentes aparecen conductas que podrían atribuirse a un primitivo sentido del humor. Cuando tu gato te espera oculto tras un obstáculo para “darte un susto” saltando bruscamente delante de ti y echa a correr para que lo persigas, emite unas vocalizaciones muy peculiares, que podrían equipararse a una risa o una manifestación de alegría (estas “risas” se han observado en muchos animales, como ratas, perros, chimpancés o aves, ante estímulos como cosquillas o juegos). Pero lo más interesante del caso del gato es que esas vocalizaciones son más intensas cuánta más sorpresa o cuánto más miedo finges y también cuando lo persigues emitiendo frases con tono “amenazante”. Parece la misma risa del bebé al que, después de haber cometido una travesura, se le regaña en broma.

 

En la naturaleza, los juegos de los simios antropomorfos ya muestran algunas burlas elementales: gustan de empujar a los otros por la espalda cuando están más desprevenidos y también fingen que van a entregar al otro un objeto, que retiran rápidamente cuando éste va a recogerlo (este juego se ha observado también en córvidos). En contacto con los humanos, los simios son capaces de hacer su humor más sofisticado. Entre las primeras bromas que realizan los bebés, está la de esconderse burdamente, tapándose la cara con las manos o con un trapo. Saben que son perfectamente visibles, pero se parten de risa ante nuestro fingido miedo de haberlos perdido. Estos juegos eran de los que más gustaban a Whasoe, la primera chimpancé a la que se enseñó a comunicarse con nosotros por medio del lenguaje de signos de los sordomudos. Cuando quería jugar no decía “esconderse”, sino “cucu-tras-tras” o “nosotros cucu-tras-tras deprisa”. Whasoe también comparte con los bebés humanos el humor escatológico: un día, mientras Roger Fouts, su entrenador, la estaba paseando a hombros, se le orinó encima, haciendo a continuación el signo de “divertido”, aplaudiéndose a sí misma. Uno de los primeros signos que aprendió fue “cosquillas” y luego decía “Roger cosquillas Washoe”, para pedir que su cuidador se las hiciera. Éste, un día, hizo los signos con el orden alterado: “Washoe cosquillas Roger”. Al principio la chimpancé se quedó desconcertada, sin comprender. Pero pronto se le iluminaron los ojos y saltó entusiasmada sobre Roger, al que apabulló con cosquillas. Durante un buen rato estuvieron alternando los papeles, con gran regocijo del simio.

 

Otra chimpancé, Lucy, consideraba extremadamente divertido un juego: el de tragar simuladamente cosas. Roger cogía un objeto, como unas gafas, y hacía como que se lo tragaba, poniendo la cabeza de perfil respecto a Lucy y pasando las gafas a la altura de la boca, por el lado de su rostro que Lucy no podía ver. Sin que su interés ni su excitación decayeran lo más mínimo, Lucy se sentaba a poca distancia de Roger observando cómo ejecutaba su juego de manos. En cuanto Roger dio por concluida su actuación, Lucy cogió las gafas y, llevando consigo su espejo irrompible, realizó también el juego consigo misma mirándose en el espejo. A continuación, hizo los signos “mira tragar”. Luego echó saliva por el espejo, y mirando su propia imagen distorsionada con expresión divertida, se dedicó a extender su saliva con los dedos. Lucy también inventaba sus propios juegos con Roger. Algunas veces, asumía el papel de profesora: le quitaba algún objeto y no se lo entregaba hasta que Roger lo identificaba con el signo adecuado.

 

El dominio, aunque sea rudimentario, de un lenguaje humano, proporciona a los animales una herramienta inigualable para el humor. Les permite, por ejemplo, insultar y mentir. Una gorila entrenada en la Universidad de Standford para usar el lenguaje de señas, destruyó un lavadero que tenía en su jaula. Cuando el cuidador se acercó para saber qué pasaba, la gorila lo señaló a él como el culpable del destrozo. Como es una mentira tan fácil de descubrir, es más lógico atribuir la respuesta a una broma. Los grandes simios se insultan entre sí calificándose de sucios unos a otros y usando una variada gama de referencias a cosas asquerosas. Koko, una gorila con gran dominio del lenguaje (usa más de mil palabras del lenguaje de gestos e inventa nuevos signos para las cosas que no conoce), aborrecía a Ron, un cuidador severo. Ella no se preocupaba de ocultar sus sentimientos respecto a él. Una vez, alguien le preguntó: “¿quién es Ron?” y ella respondió: “diablo estúpido”. Otro día al preguntársele “¿qué es gracioso?”, Koko replicó: “Koko quiere a Ron”. A continuación, llevando el asunto hasta sus últimas consecuencias, dio un beso a Ron, algo que jamás había hecho. El sentido del humor de Koko se manifiesta de muchas otras formas. A veces, al pedirle que haga algo, hace exactamente lo contrario, pero de forma tan caricaturesca que no queda asomo de duda sobre la intencionalidad de su conducta.

 

Koko, antes de recibir algo para comer, beber o jugar, tiene siempre que hacer el gesto correspondiente. La cuidadora se negaba a darle un vaso de leche antes de que hiciera el signo “beber”. Después de dos ocasiones en que se negó a hacer el gesto, Koko ejecutó un signo “beber” perfecto en su configuración manual, pero en vez de colocar el pulgar en la boca, se lo llevó a la oreja. ¿Estaba Koko haciendo un chiste o cometiendo un error? Parece que fue una broma porque es un signo que ha ejecutado correctamente miles de veces y, mientras hacía el signo, había puesto cara de juego. Además, Koko tiene todo un historial de referencias humorísticas a distintas partes de su cuerpo, sobre todo la oreja. Una vez, al preguntarle “¿dónde quieres tomar esta bebida?”, Koko puso la oreja. Otro día, al enseñarle un bote de mermelada vacío, dijo “haz comida”. La cuidadora dijo: “¿haz dónde? ¿en tu boca?”. Koko respondió: “nariz”.La cuidadora preguntó: “¿Nariz?”. Koko respondió inesperadamente: “Boca de mentira”. La cuidadora, para asegurarse, preguntó: “¿dónde está tu boca de mentira?”. Koko volvió a responder: “nariz”. Las combinaciones de palabras de Koko se caracterizan por una gran creatividad y espontaneidad. En muchas ocasiones constituyen auténticas metáforas. Una vez definió a Pinocho como “niño elefante” y ella misma, tras colocarse un tubo en la nariz, decía que era un elefante. Una vez, Koko adoptó como mascota a un gatito sin rabo y lo llamó “All Ball” (todo pelota o todo redondo). Koko también gusta de hacer rimas (los simios a los que se les enseña un lenguaje suelen gesticular solos y jugar con los gestos, como los niños pequeños juegan con las palabras).

 

Pero los animales más bromistas parecen ser, sorprendentemente, algunas aves: córvidos y loros. Carolee Caffrey descubrió una conducta humorística en la naturaleza. Hizo un seguimiento de dos cuervos en California, un macho de un año y su padre, que se alimentaban bajo un magnolio en flor. Cuando la hermana del macho joven acudió a reunirse con ellos, accidentalmente arrancó un pétalo, que cayó junto a la cara de su hermano y lo sobresaltó. Su hermana se dio cuenta, se dio media vuelta, avanzó lentamente por la rama hasta una flor, arrancó un pétalo con el pico y regresó hasta un lugar situado encima de la cabeza de su hermano. Luego se inclinó hacia delante y dejó caer el pétalo, que volvió a asustarle.

 

En su hilarante libro “Mi Familia y Otros Animales”, el famoso naturalista Gerald Durrell relata que cuando sus urracas (“Gurracas”) tuvieron que ser recluidas en una espaciosa jaula en el exterior de la vivienda (tras explorar minuciosamente el cuarto de su hermano mayor y haber causado un estropicio descomunal), se aburrían mucho.

“Su estado de reclusión les dejaba mucho tiempo libre para sus estudios, que consistían en adquirir una sólida base de los idiomas griego e inglés y producir hábiles imitaciones de los sonidos naturales. Pronto aprendieron a llamar por su nombre a cada miembro de la familia, y con astucia extremada esperaban a que Spiro se metiese en el coche y lo echara a andar monte abajo para abalanzarse a una esquina de la jaula y chillar «Spiro...

Spiro... Spiro...», con lo que le hacían frenar en seco y volver a casa a ver quién le llamaba. También se divertían inocentemente gritando en rápida sucesión «¡Fuera!» y «¡Ven!» en griego y en inglés, para total desconcierto de los perros. Otra gracia que les producía infinito regocijo era la de engañar a la desdichada bandada de gallinas que se pasaban el día rebuscando esperanzadas en el olivar. Periódicamente la criada salía a la puerta de la cocina y emitía una serie de trinos, alternados con extraños hipidos, para anunciar la comida a las gallinas, que al punto se congregaban en la puerta como por ensalmo. En cuanto las Gurracas se aprendieron el pregón del pienso, toda su ilusión se centró en hacerles la vida imposible a las pobres aves. Para ello esperaban a los momentos más inoportunos: hasta que las gallinas, con infinito esfuerzo y mucho

clocló, se habían instalado a dormir en los árboles más bajos, o a las horas de más calor, cuando se echaban una grata siesta a la sombra de los arrayanes. Apenas se habían dormido cuando las Gurracas iniciaban el pregón, haciendo una de ellas los hipidos mientras la otra se encargaba de los trinos.”... “A las Gurracas les gustaban los perros, pero no perdían ocasión de meterse con ellos. A Roger le tenían especial cariño: iba a visitarlas a menudo, y se tumbaba junto a la tela metálica con las orejas tiesas mientras ellas, posadas en el suelo de la jaula a cinco centímetros de su hocico, le hablaban en tonos dulces y silbantes, mezclados con alguna que otra risotada ronca como si le estuvieran contando chistes verdes. Nunca se burlaban tanto de él como de los otros perros, y nunca le atraían con suaves lisonjas hasta la tela metálica para luego aletear al suelo y tirarle del rabo, como solían hacer con Widdle y Puke”.

 

Los loros también comparten este componente un poco sádico en algunas de sus bromas, pero han alcanzado mayores cotas de refinamiento, merced a su capacidad de combinar palabras en frases, sintácticamente correctas, con significado adecuado al contexto. Liz Wilson, experta en la conducta de los loros, nos proporciona la siguiente anécdota. Varios loros compartían una pajarera. Entre ellos había algunos muy miedosos y excitables, pero también un gran macho de loro gris africano (o yaco), muy tranquilo. Una vez, cuando las otras aves estaban sosegadas, el yaco emitió una desgarradora llamada de alarma. Los otros pájaros se dejaron llevar por un pánico total y querían escapar desesperadamente de sus jaulas, chocando con las paredes y cayendo al suelo. El gran macho gris sacudió entonces sus plumas, meneó su cola (un signo de placer en los grises africanos) y graznó calmadamente: “It´s okaaaaaay...” (“esto está bien”).

Leigh Ann Harstfield, otra experta americana en loros, nos cuenta una bonita broma de sus dos loros grises, Pepper y Franco, que sólo realizan los niños de unos cuantos años de edad (Alex, otro yaco al que se sometió a un duro aprendizaje, demostró tener al final de su vida un nivel de inteligencia general comparable al de un niño de cinco años). En una visita a casa de su madre, ella y su marido encerraron a los loros en un cuarto contiguo, porque había otras mascotas que podían hacerles daño. De vez en cuando, ella y su marido tocaban a la puerta de la habitación de los loros para comprobar que todo iba bien. Pepper preguntaba siempre quién llamaba: “¿Melba? (la madre de Leigh Ann); “¿Simba? (el gato); “¿Mia?” (la perra de unos amigos). Leigh Ann está segura de que la lora sabía que eran ella y su marido quienes llamaban a la puerta y que sólo quería bromear. Después de todas las preguntas, Franco dijo: “Entra, entonces”. Franco también se divierte con los perros diciendo alternativamente “ven” y “vete”. Pepper posee un gran vocabulario. Leigh Ann y su marido bromean con ella y a veces le dicen que es una gallina, pero Pepper siempre ha tenido fascinación por las cornejas, cuyas llamadas puede imitar perfectamente. Un día la lora dijo: “Pepper es una gallina y una corneja”.

 

N´kisi es otro loro africano gris, que es un prodigio lingüístico: tiene un vocabulario de 970 palabras y las organiza en frases complejas, aparentemente creadas espontáneamente. Maneja bien varios tiempos verbales. Parece poseer también sentido del humor. Vio muchas veces la foto de Jane Goodall, trabajando con sus chimpancés. Cuando, tiempo después, la conoció personalmente, la saludó con un irrespetuoso "¿Tienes un chimpancé?". Tras observar a un congénere colgado cabeza abajo de su percha, dijo a su cuidador: "Tienes que filmar a ese pájaro".

 

Pero quizá la broma más sofisticada creada por un animal es la que da título al libro de Eugene Linden “El Lamento del Loro”. La lora doméstica gris africana de Sally Blanchard, Bongo Marie, pareció fingir desconsuelo por la muerte de Paco, su compañero papagayo del Amazonas. Blanchard estaba cocinando una gallina. Al levantar el cuchillo, Bongo Marie echó atrás la cabeza y gritó: “¡Oh, no, Paco!”. Intentando no reírse, Blanchard dijo, “mira, no es Paco” y mostró a la lora que el papagayo estaba vivo. Fingiendo un tono decepcionado, Bongo Marie dijo “Oh, no”, y rompió en carcajadas.

 

 

 

 

Nota: publicado, con algunas modificaciones, en el MUY de agosto de 2.009.

 

 

 

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