Fieras, alimañas y sabandijas 

 

 

 

                        Revista de divulgación zoológica

 

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La endogamia en la naturaleza

 

 Abeja de la miel

 

Los ácaros ignoran el tabú del incesto. En algunas especies parásitas, un macho se aparea con sus hermanas aún dentro de su madre (el encuentro de los sexos está así garantizado). La hembra de otra especie, cuando encuentra uno de los capullos que parasita, pone unos pocos huevos no fecundados, de los que emergen machos, con los que copula. De los huevos fecundados resultantes, salen unas 500 hembras, capaces de colonizar nuevos capullos. Ésta es una estrategia muy adecuada cuando se han de localizar recursos dispersos. La endogamia de los ácaros propicia también la manipulación de la tasa sexual: es ventajoso producir pocos machos, ya que cada uno de ellos se basta para fecundar a varias hembras.

La endogamia no es necesariamente sinónimo de deformidad, languidez y extinción.  Hay circunstancias en que es ventajosa (o inevitable). Recientemente, investigadores de la Universidad de Bonn han comprobado que unos peces africanos, los cíclidos esmeralda, prefieren aparearse en el 75% de los casos con sus hermanos. Los dos padres cuidan de las crías. Como éstas comparten con cada progenitor más genes que si provinieran de cruces no consanguíneos, el cuidado paternal es más intenso. Esto podría compensar la expresión de genes perjudiciales que suele conllevar la endogamia, que, por otra parte, parece común en esta familia de peces. Los cíclidos han experimentado una fulgurante radiación adaptativa en algunos lagos africanos. Presentan múltiples especies de aspecto dispar, pero con una diversidad genética muy reducida (la existente entre las más de 400 especies del lago Victoria es menor que la que hay entre los humanos, que precisamente nos caracterizamos por nuestra escasa variabilidad con respecto a otros animales). Todas las especies del lago Victoria proceden de muy pocos linajes originales. El aislamiento geográfico genera endogamia y la ocupación de nichos ecológicos muy restringidos fuerza a las poblaciones a conservar sus genomas (la introducción de genes extraños conduciría probablemente a la inadaptación).

Los animales con poblaciones pequeñas, como los grandes depredadores, pueden presentar altos grados de endogamia. Dos guepardos elegidos al azar presentan menos variación genética entre sí que dos hermanos de cualquier otra especie de mamíferos (es posible el trasplante de órganos entre ellos sin usar inhibidores de rechazo). Estudios recientes muestran que, a pesar de que los machos de león (y algunas hembras) salen del grupo natal, acaban apareándose muchas veces con familiares cercanos. Las plantas de lugares aislados recurren a la forma extrema de endogamia, la autofecundación. Las codornices y otras aves prefieren aparearse con sus primos hermanos (para ellas, esto supone el equilibrio justo entre el riesgo de lo desconocido y las amenazas del incesto).

No se conoce bien el papel de la endogamia en las poblaciones naturales, pero en cualquier caso presenta implicaciones biológicas importantes. La endogamia fragmenta las poblaciones en subpoblaciones aisladas con poca comunicación genética. La variabilidad dentro de cada subpoblación disminuye, pero aumenta en el seno de la población general, con lo que la especie en conjunto se hace más adaptable ante cambios en el ambiente y la evolución se acelera. Pueden así surgir nuevas especies. La endogamia estrecha los lazos sociales (los individuos están más dispuestos a cooperar con aquellos con los que comparten genes) y ayuda a fijar los caracteres adaptativos y a reducir la frecuencia de formas dañinas de los genes.

¿Significa todo esto que la endogamia es positiva para las especies? En general, no. La endogamia puede conducir a largo plazo a callejones sin salida. Las especies endogámicas pueden no tener variabilidad genética suficiente para hacer frente a cambios ambientales (por la misma razón surgió, hace mucho tiempo, el propio sexo). Además, a corto plazo, el apareamiento con parientes cercanos, en especies donde no se produce normalmente, tiene efectos devastadores sobre la eficacia biológica de los organismos. La llamada depresión endogámica, cuya intensidad varía según las especies (en el hombre los efectos son muy graves), se manifiesta en una elevada mortalidad de los descendientes, aparición de deficiencias físicas y mentales, baja tasa de crecimiento, fertilidad reducida, etc. La eficacia biológica puede reducirse entre un 25% y un 50%, en muchos casos. En los entornos naturales, donde la competencia suele ser brutal, estos porcentajes son intolerables.

La principal causa de la depresión endogámica es el aumento de la probabilidad de que un individuo porte dos copias (alelos) de genes letales o nocivos. Un alelo de cada pareja suele actuar como dominante y se expresa siempre, en tanto que el otro alelo (recesivo) es silenciado. Se puede vivir con un alelo letal, si éste es recesivo. Los familiares cercanos tienen una probabilidad alta de compartir algún alelo recesivo letal, y su cruzamiento originará con frecuencia que algunos descendientes porten las dos copias defectuosas. Se estima que cada uno de nosotros porta entre 1,5 y 3 alelos letales. Otro efecto de los cruces endogámicos es la pérdida de variedad en los anticuerpos producidos por el sistema inmunitario, con el consiguiente mayor riesgo de infecciones.

No es de extrañar que muchos organismos hayan desarrollado sofisticados mecanismos para evitar el incesto. Muchas flores poseen un complejo sistema de reconocimiento molecular del polen para evitar la autofecundación y la fecundación por parientes cercanos. En muchas especies animales, los jóvenes abandonan su grupo natal o son expulsados por los padres. En los perrillos de las praderas, la presencia del padre retrasa la madurez sexual de las hijas. Los machos de algunos monos suelen abandonar los grupos familiares, pero si se quedan no se aparean con sus madres, ya que éstas ocupan un rango superior en la jerarquía. Las hembras de los ratones domésticos tienden a aparearse con individuos no emparentados, que reconocen por el olor. Algunos simios superiores, como gorilas y bonobos, no quieren aparearse con individuos con los que han crecido, aunque no sean sus parientes (en un entorno natural, normalmente lo serían). Sin embargo, la respuesta más drástica la presentan las abejas melíferas. Los huevos no fecundados producen machos fértiles, en tanto que los fecundados casi siempre dan lugar a hembras, pero a veces a machos. Las abejas poseen varios alelos para la determinación del sexo. Si en un huevo fecundado, se presentan dos alelos distintos, se produce una hembra. Si se presentan dos copias del mismo alelo, lo que puede ser resultado de un cruce endogámico, se produce un macho, que es asesinado sin contemplaciones por las obreras.

 

 

 

 

 

(Nota: artículo publicado en Muy Interesante )

 

 

 

 

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