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Chapuzas a tutiplén

En el número de enero de 2.009 de Investigación
y Ciencia, aparecen otros ejemplos de chapuzas anatómicas que ilustran
nuestra complicada historia evolutiva. Según Neil H. Shubin, de la Universidad de Chicago, muchas hernias
abdominales y el hipo son “regalos” que nos dejaron nuestros antepasados peces
y anfibios.
El cordón espermático, el tubo que conecta los testículos a la uretra, no
sigue una línea recta, sino un camino aparentemente caprichoso, penetrando en
el abdomen desde el escroto. Gira en el interior de la pelvis, desciende a
través de una abertura debajo de las articulaciones de la cadera, y por fin,
viaja hacia la uretra, en el interior del pene.
Esta disposición desconcertante es un legado histórico de los peces, de
sangre fría. Las gónadas humanas se forman más arriba, cerca del hígado, como
en los peces. En estos, han permanecido allí, pero en el feto humano, las
gónadas descienden: los ovarios para que el óvulo no tenga que viajar mucho
para ser fecundado; los testículos bajan tanto que se salen del abdomen, para
que los espermatozoides maduren a una temperatura inferior a la del cuerpo, que
es demasiado alta para su correcto desarrollo. Para que los testículos se posen
en la bolsa escrotal tienen que descender un trecho largo, obligando al cordón
espermático a seguir un bucle enrevesado. Este bucle provoca en los machos una
debilidad en la pared abdominal, lo que produce varios tipos de hernias.
El hipo, provocado por una contracción del diafragma, se produce cuando
inspiramos aire de forma repentina mientras se cierra la glotis, la hendidura
anterior de la laringe. Este fenómeno refleja al menos dos fases de nuestra
historia evolutiva: una que compartimos con los peces y otra con los anfibios.
De los peces heredamos los nervios principales que controlan la respiración.
Dos de ellos se extienden desde la base del cráneo y atraviesan la cavidad
torácica y el diafragma. Esto origina problemas (cualquier cosa que interrumpa
el camino de los nervios afecta a nuestra capacidad para respirar). La
irritación de esos nervios puede provocar hipo. Si el cuerpo humano tuviera un
diseño más racional, los nervios bajarían desde un punto más cercano al
diafragma. Pero es que los peces cuentan con branquias cerca de la cabeza y no
tienen diafragma.
El patrón de actividad nerviosa y muscular del hipo se observa también en
los renacuajos, que respiran mediante pulmones y branquias. Cuando usan éstas
se encuentran con un problema: tienen que bombear agua a la boca para después
conducirla a través de las branquias, evitando que entre en los pulmones. Lo
que hacen es inspirar de forma súbita, mientras cierran la glotis para bloquear
el camino hacia los pulmones. En esencia, respiran mediante las branquias
usando una forma de hipo.
Curiosamente, en una entrevista que hacen en el mismo número al eminente
evolucionista Francisco José Ayala, éste hace mención a otra chapuza: el exceso
de dientes que se apretujan en nuestras mandíbulas, y que hace tan difícil la
adquisición de una dentadura definitiva perfecta.
Shubin acaba su artículo comentando que
nuestras extremidades se originaron en organismos que vivían en el medio
acuático. A pesar de los cientos de millones de años transcurridos, aún
arrastramos problemas originados por la disposición original de huesos de los
organismos acuáticos. Los huesos más importantes de la rodilla, la espalda y la
muñeca surgieron en seres cuyo peso era sostenido en parte por el agua.
La postura bípeda recientemente
adquirida por los antepasados homínidos del hombre
acarrea múltiples condenas. Nos desgarramos los cartílagos de las rodillas,
sufrimos intensos dolores de espalda y las mujeres paren con gran dificultad.
Por otro lado, el bloqueo de la articulación del codo en el hombre es también
un resto de cuando nuestros antepasados caminaban a cuatro patas. Hoy día quizá
sería ventajoso disponer de más libertad de movimientos en los brazos.
Precisamente en el número de mayo de 2.001 de la misma revista, S. Jay Olshansky, Bruce A. Carnes y Robert N. Butler, proponen una
serie de cambios en el diseño humano para subsanar algunas de las
imperfecciones que se deben a nuestra historia evolutiva, mejorar nuestra
calidad de vida y nuestra longevidad. En particular se centran en las
inadaptaciones provocadas por nuestra postura erguida.
Entre nuestros errores de diseño y los desgastes debidos a nuestro modo de
locomoción, se citan la pérdida de minerales de los huesos a partir de los 30
años, el fallo de los discos intervertebrales, debido a décadas de presión
continuada, la pérdida de tono y masa muscular con la edad, el deterioro
excesivo por el roce en las articulaciones y la tendencia de las venas de las
piernas a formar varices, cuando funcionan deficientemente las pequeñas
válvulas que obstaculizan el estancamiento de la sangre en las piernas debido a
la gravedad. Otro fallo de diseño detectado es una caja torácica relativamente
corta, formada por demasiadas pocas costillas, con lo que no protege
adecuadamente muchos órganos internos.
Las mejoras en el diseño que proponen son reducir la estatura, para que
el centro del cuerpo esté más bajo y sea más difícil caerse, con lo que se
evitarían fracturas propiciadas por la desmineralización de los huesos; una
caja torácica con más costillas; unos huesos más gruesos; rodillas capaces de
curvarse un poco hacia atrás, para reducir el rozamiento de los huesos de la
rodilla (aunque habría que diseñar ulteriores modificaciones, porque la
ausencia de un mecanismo de bloqueo puede hacer difícil mantenerse en pie
durante bastante tiempo); una inclinación de la parte superior del tronco hacia
delante, que aliviaría la presión que sufren las vértebras y también la rotura
y extrusión discal; incurvación del cuello con
vértebras más gruesas (para compensar la inclinación del torso y mantener la
cara derecha hacia adelante); discos intervertebrales más gruesos; más músculos
y grasa, que sirvieran de almohadillado en las caídas; más válvulas en las
venas de las piernas y músculos gemelos y sus tendones más largos, lo que
ayudaría a soportar la pierna y la cadera.
Entre las mejoras que estos autores introducirían en la cabeza, estarían
unas orejas largas y móviles y unas células ciliadas del oído interno con mayor
duración y más abundantes, para reducir la pérdida de audición con la edad. El
ojo sería rediseñado para que el nervio óptico estuviera adherido a la cara
posterior de la retina, por todo el globo ocular y no sólo por su parte
central, lo que evitaría muchos desprendimientos de retina. Elevarían la
tráquea para que los alimentos no penetrasen en ella y pudieran causarnos
ahogamientos, aunque habría que refinar el diseño, ya que esto impediría
respirar por la boca y hablar.
En cuanto a cuestiones de fontanería, colocarían la próstata a un lado de
la uretra y no rodeándola (lo que provoca que el crecimiento o inflamación de
la próstata constriña la uretra) y reducirían los problemas de incontinencia
urinaria de la mujer con ligamentos y esfínteres de la vejiga más fuertes,
anchos y duraderos.
El aspecto que nos quedaría sería el de un gnomo
rechoncho, inclinado hacia delante y con las orejas puntiagudas. Quizá haya
existido en el pasado otra especie de homínido con esa anatomía más
perfeccionada y de ahí vienen las leyendas...
Nota: podéis leer el
artículo de Shubin completo aquí.
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