Fieras, alimañas y sabandijas 

 

 

 

                        Revista de divulgación zoológica

 

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-         La adopción entre los animales

 

 

“El huérfano Mel estaba muy débil. Vagaba detrás de distintos individuos, principalmente machos adultos, pero aunque todos le toleraban, ninguno mostró por él un interés especial. Incluso antes de la muerte de su madre estaba tan delgado y letárgico, con la barriga tan hinchada por los parásitos, que no daba muchas esperanzas. Pero entonces recibí un telegrama, Mel adoptado por Spindle. Yo estaba sorprendida, ya que Spindle, el hijo de doce años del viejo Sprout, no tenía la menor conexión con la madre de Mel por lo que nosotros sabíamos. ¿Podía durar una relación así?

 

Poco después de volver a Gombe me encontré con Mel, aún vivo y con Spindle. Me maravillé por el interés y el afecto demostrados por su cuidador. Spindle también había sido huérfano. ¿Era, quizás, la sensación de pérdida, un sentimiento de soledad, lo que le llevó a mantener esa relación con Mel? Cualquiera que fuese la razón, Spindle resultó ser un fabuloso cuidador. Compartía su nido nocturno con Mel, y también la comida. Se esforzaba en proteger al pequeño, apresurándose a retirarlo cuando los machos adultos parecían excitados. Cuando Mel gemía durante los viajes, Spindle le esperaba y le permitía subirse a su espalda o incluso, si llovía y hacía frío, agarrarse en la posición abdominal. De hecho, lo llevaba tan a menudo que el pelo aparecía gastado allí donde Mel se cogía con los pies.”

 

Ésta es una de las emocionantes historias de adopción entre chimpancés que relata Jane Goodall en su libro “A través de la ventana”. También es interesante la historia de Skosha, una huérfana adoptada por Pallas, una hembra adulta que estaba especialmente vinculada a la madre de Skosha (Jane sospechaba que quizá eran hermanas). Pallas había perdido hacía poco a su primer hijo y cuidó atentamente de Skosha. Pallas tuvo más tarde otro hijo y a los cinco años murió. Shoska se encargó entonces de completar la crianza del hijo de Pallas.

 

Estas observaciones de campo se han visto luego confirmadas por estudios más concienzudos. Recientemente, Christophe Boesch y sus colegas del Instituto Max Planck han publicado los resultados de 27 años de estudio de tres poblaciones de chimpancés en el Parque Nacional de Tai, en Costa de Marfil. Han registrado 18 casos de adopción. Los científicos han tenido que definir rigurosamente lo que se entiende por adopción entre los chimpancés: un adulto se comporta hacia un individuo joven que no es hijo suyo durante al menos dos meses de la misma manera que una madre. Este comportamiento se manifiesta principalmente en compartir la comida y esperar a la cría o llevarla encima durante los desplazamientos.

Durante estos 27 años, 36 jóvenes perdieron a su madre por razones diversas y han sobrevivido más de dos meses. Durante el mismo período, murieron 22 pequeños no destetados, sin que ningún miembro de la comunidad acudiera en su ayuda. Entre los 36 supervivientes, 18 fueron adoptados por un adulto, entre ocho y diez por hembras y el resto por machos. Ésta es una proporción muy sorprendente. En los chimpancés, los machos rara vez tienen un comportamiento particular con respecto a sus hijos e incluso un chimpancé macho enojado puede ser muy agresivo con los más jóvenes.

Las observaciones y fotografías tomadas por el equipo, sin embargo, son contundentes. El llamado Fredy, por ejemplo, ha apoyado al pequeño Víctor a la muerte de su madre. Siempre lo lleva en su espalda y ha llegado a compartir con su protegido hasta el 80% de sus semillas de cola. El macho Porthos se ocupó de una hembra huérfana durante 17 meses, compartiendo comida y transportándola, a veces en condiciones peligrosas.

¿Por qué adoptar a un igual? Para los cuidadores, la inversión es costosa. Los chimpancés de Tai viajan un promedio de ocho kilómetros diarios, lo que se hace muy pesado llevando encima a una cría. Por otro lado, adoptar a un pequeño puede convertirse en un obstáculo para un adulto en esta sociedad jerárquica. Los rivales saben de hecho explotar la situación y atacar a los jóvenes adoptados para acosar a su protector. Joan Silk, de University of California en Los Ángeles, no duda de que haya comportamientos altruistas, pero cree que quedan cuestiones sin resolver. Cree que puede que los chimpancés que adoptan esperan una recompensa de algún tipo, como mayores favores en el acicalamiento por parte de los demás o más aliados en sus guerras sociales. Para los autores del estudio, este ejemplo de Tai muestra la importancia socio-ecológica de los procesos adoptivos. En esta región, las grandes poblaciones de leopardos imponen una alta mortandad entre los chimpancés. Más que asegurar su supervivencia, la adopción de los chimpancés jóvenes supondría la continuidad del grupo frente a las amenazas que lo acechan.

Pero la adopción (y el altruismo en general) sigue constituyendo un enigma para los biólogos evolutivos. Richard Dawkins, el autor de “El gen egoísta”, opina que la adopción es simplemente un error de identificación de la madre, que cree que está criando a una cría suya:

“Ocasionalmente pueden suceder errores de este tipo en la naturaleza. En las especies que viven en rebaños o bancos, un joven huérfano puede ser adoptado por una hembra extraña, probablemente por una que haya perdido a su propio hijo.”... “En la mayoría de los casos tal vez deberíamos considerar la adopción, por muy conmovedora que parezca, como un error de la regla establecida del egoísmo genético. Pues la generosa hembra no está haciendo ningún bien a sus genes al cuidar del huérfano. Malgasta tiempo y energía que podría invertir en la vida de sus propios descendientes. Probablemente es un error que ocurre con demasiada infrecuencia para que la selección natural se haya «molestado» en modificar la regla y hacer el instinto maternal más selectivo.

 

Existe un ejemplo de error tan extremo que es preferible no considerarlo, en absoluto, como error sino como una evidencia en contra de la teoría del gen egoísta. Es el caso de las monas madres desoladas por haber perdido a su hijo que han sido vistas cuando robaban una cría de otra hembra y la cuidaban. Considero que éste es un error doble ya que la adoptante no sólo malgasta tiempo y energía, sino que libera a una hembra rival del peso de criar a su hijo, con lo que la posibilita, además, para que tenga otro hijo en breve. Necesitamos saber la frecuencia con que esto sucede, cuál es el tipo de relación promedio que probablemente exista entre la adoptante y la criatura; y cuál es la actitud de la verdadera madre. Es, después de todo, una ventaja para ella que su hijo sea adoptado. ¿Tratan las madres, de forma deliberada, de engañar a las ingenuas y jóvenes hembras para que adopten a sus hijos? “

Estos “errores”, sin embargo, están bastante extendidos en el reino animal. Algunos animales no pueden identificar a sus propios hijos como individuos, y algunos hijos son incapaces de reconocer a sus padres. Por ejemplo, ratas, ratones y ciertas aves alimentan a cualquier cría que se encuentre en su nido, aunque no sea la propia. Por otro lado, muchos animales sienten la necesidad instintiva de proteger a las crías desvalidas. Las leonas y las leopardesas, tras matar a una presa hembra con algún hijo, a veces sienten un impulso irrefrenable de cuidar y proteger a la cría que han dejado huérfana. Dejan a la madre muerta y lamen a la cría, la transportan a un lugar seguro e incluso le ofrecen sus tetas para que mame. Los lobos y otros cánidos salvajes cuidan de sus hermanos y todas las hembras de la manada cuidan de las crías de la dominante cuando ésta caza o muere. Muchas perras sufren un embarazo psicológico bastante desconcertante, como habrán tenido ocasión de comprobar sus dueños. La perra, sin estar preñada, manifiesta muchos de los síntomas del embarazo y es capaz de dar leche aunque no haya parido. Este fenómeno es una reliquia de cuando las perras eran lobas que vivían en manadas y debían estar preparadas para hacerse cargo de los cachorros de la hembra dominante.

El cuidado aloparental, que es el que aporta cualquier individuo que no sea progenitor de las crías, y la adopción de los jóvenes, conductas reproductivamente costosas y aparentemente altruistas, han sido documentados en más de 120 especies de mamíferos y 150 de aves. Las posibles ventajas del cuidado aloparental y la adopción son: aumento de la supervivencia de las crías estrechamente emparentadas, con lo que un animal puede expandir una parte de sus propios genes; experiencia en el cuidado de las crías, altruismo recíproco o explotación de las crías cuidadas. Los animales participan más en el cuidado de crías que no son suyas cuando hay escasez de comida o necesidad de cooperar socialmente para obtenerla. La mayoría de los casos de adopción ocurren en especies K- estrategas, que presentan las siguientes características reproductivas: producción de uno o pocos hijos, inversión en su cuidado muy intensa y/o dilatada y tiempo limitado de vida reproductiva. Otros factores que favorecen la adopción son la alta densidad en las colonias de cría o la vida en grupos pequeños con estrechos vínculos de parentesco.

 

Las hembras de babuinos y macacos secuestran crías, incluso de otras especies, para adoptarlas y calmar así su instinto maternal frustrado. A veces, roban cachorros de perro a sus madres y los crían, para que una vez adultos, integrados en la manada de los monos, les alerten con sus ladridos de posibles depredadores. Las hembras de pingüino emperador se pelean por las crías que han quedado huérfanas. Por otro lado, se han documentado entre los pingüinos de los zoos muchos casos de parejas homosexuales (tanto de machos como de hembras) que adoptan crían. En la naturaleza, entre algunas aves, está muy extendida la formación de parejas homosexuales. En los albatros Laysa, por ejemplo, hasta la tercera parte de las parejas en algunas colonias de cría están formadas sólo por hembras. Como sólo crían un polluelo, una de las madres asume el papel de madre adoptiva.

La adopción es también muy frecuente en especies con cuidado comunal de las crías. Las leonas suelen amamantar a todos los cachorros de su manada (aunque cada hembra trata de forma preferente a sus propias crías). También en una manada de elefantes, compuesta exclusivamente por hembras adultas y crías, las madres comparten su leche. Existen madres auxiliares (“tías”) que vigilan el sueño del bebé mientras la madre descansa tras el parto. Las madres y tías se interponen entre el sol y la cría y mueven sus orejas para refrescarla. Una cría caída al agua será rescatada por las adultas, que empujan con sus patas y tiran con sus trompas, cuidando siempre de que su cabeza esté fuera del agua. Una “tía” adoptará a la cría si la madre muere.  El cuidado aloparental aparece también en muchas especies de aves (sobre todo tropicales), en que los hijos mayores se quedan algunos años en el nido ayudando a criar a sus hermanos, y en muchas especies de primates, en los que el cuidado a crías que no son las propias sirve para ejercitar las habilidades maternales (muchas hembras jóvenes e inexpertas ayudan a criar a los retoños de otras hembras, a veces furtivamente debido a la oposición de éstas). También los machos de primates suelen cuidar a hembras jóvenes, para asegurarse una futura pareja sexual.

En muchas especies, para que se produzca la adopción, es necesario que la madre pierda a su cría y que en un intervalo de tiempo muy reducido encuentre otra cría para adoptar. Entre los mamíferos es muy común que la hembra, cuando nace su hijo, lo limpie con la lengua. El primer acto de cuidado materno es ayudar a la cría a romper las membranas fetales y limpiar las fosas nasales para que pueda respirar. La madre también seca la piel, lo que ayuda a la cría a conservar el calor, y dispersa los olores que pueden atraer a los depredadores. Lo más importante es que quizás este proceso une a madre e hijo por medio del olor.

Para las cabras, esta unión se lleva a cabo en 10 minutos; después de los cuales la hembra amamantará sólo a su propio hijo. En el caso de las ovejas, se necesitan 20 minutos para adquirir ese lazo. Durante siglos, los pastores se han aprovechado de este comportamiento cuando tienen una oveja huérfana y una oveja adulta cuya cría ha nacido muerta. Si la madre adoptiva y la criatura huérfana se conocen inmediatamente después de que aquella haya tocado a la muerta, la huérfana será aceptada. Pero si han pasado varias horas después del parto, la madre no aceptará hijos "postizos". En algunos casos, los pastores atan la piel de la oveja muerta a la oveja huérfana hasta asegurarse de que ha ocurrido el proceso de unión.

¿Qué es lo que determina la aparición del instinto maternal, la pasión más poderosa de la Tierra? Los acontecimientos más importantes que establecerán una relación firme de una madre con su hijo se producen dentro de la primera hora tras el nacimiento. Si una yegua, una vaca, una cabra o una oveja son separadas de sus crías inmediatamente después de su alumbramiento y no se las devuelve hasta transcurridas una o dos horas, nunca llegan a tener sentimientos maternales hacia sus crías. Cuando una hembra mamífera tiene a su cría a su lado los primeros cuatro días, la amamanta, la lame y le da calor, su instinto se despierta por completo. Grandes cambios físicos se producen en la madre en muy corto tiempo y junto a esos cambios corporales se verifican también decisivas transformaciones psíquicas. La hembra cuidará maternalmente a sus hijos y si éstos se extravían o mueren, adoptará a las crías de otra hembra, aunque ni siquiera sean de su especie.

Los científicos se preguntaban si las hormonas eran la que despiertan el instinto maternal, pero hasta 1972 no pudieron provocar conductas maternales inyectando a los animales hormonas. Durante ese año, en la Universidad Rutgers, de New Brunswick en Estados Unidos, los profesores Joseph Terkel y Jay S. Rosenblatt descubrieron algo increíble. Realizaron un experimento colocando cinco crías de rata en el nido de una rata virgen, a la cual se le había inyectado la sangre extraída de una rata que acababa de parir. Catorce horas después la rata virgen empezó a manifestar conductas maternas; lamió a las crías para limpiarlas, las puso en lugar seguro y las dejó que mamaran de sus tetas, obviamente sin leche. La condición para que el instinto maternal se pusiera en marcha fue que la sangre fuera extraída de la hembra que había dado a luz en el período comprendido entre las 24 horas antes del alumbramiento y las 24 horas después. Es como si la naturaleza se ocupara solamente de dar el primer impulso para despertar la conducta maternal, que luego continuará actuando aún sin él.

Además, los investigadores consiguieron mediante la inyección de dos hormonas, progesterona y prolactina en dosis mínimas, convertir animales machos que han sido padres en amantes y solícitas madres, cuando antes ni siquiera se daban cuenta de la existencia de las crías.

 

 

 

Nota: artículo publicado, con algunas modificaciones, en el número de noviembre de 2.010 de la revista Muy Interesante.

 

 

 

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