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Cucarachas: las grandes supervivientes
Blatta orientalis, una especie plaga.
La próxima vez que agites un bote de spray delante de una cucaracha, podrías dedicarle un pequeño pensamiento de homenaje. Es lo menos que merece una criatura que ha logrado sobrevivir trescientos millones de años sin tener que retocar prácticamente su diseño original e ingresar en el selecto club de los animales capaces de causar serios quebraderos de cabeza a los humanos.
¿Cómo han conseguido estos seres rastreros y tímidos vencer a los dinosaurios y presenciar sin inmutarse calentamientos globales, choques de meteoritos y sucesivos anuncios de la invención del “insecticida definitivo”? ¿Será porque pueden alimentarse de madera y papel, carroña, presas vivas, sus propios congéneres, cualquier desecho animal o vegetal e incluso cuero y pegamento? ¿Será porque aguantan más de un mes sin beber, absorbiendo la humedad ambiental a través de su cuerpo, y hasta 40 minutos sin respirar? ¿Porque regeneran con gran facilidad sus patas perdidas o porque son tan robustas que pueden sobrevivir nueve días sin cabeza?
La prolongada supervivencia de las cucarachas puede explicarse por otros muchos factores. Son rápidas corredoras y muy sensibles a la presencia de predadores (detectan las más pequeñas vibraciones del aire con los delicados pelos del extremo de su abdomen). El reflejo de huida es prácticamente instantáneo, ya que está controlado por una especie de “segundo cerebro”, un ganglio nervioso abdominal. Sus cuerpos aplanados les permiten refugiarse en cualquier grieta, segregan sustancias repelentes y nocivas, establecen relaciones de convivencia con muchos organismos (avispas, hormigas, termitas, bacterias, protozoos...), presentan estrategias de reproducción muy eficaces y hasta han llegado a desarrollar, en algunos casos, comportamientos sociales rudimentarios. Pueden moverse tanto por tierra como por el agua, y muchas especies pueden volar, aunque esto último no es precisamente su fuerte. Su boca está provista de fuertes mandíbulas mordedoras: podéis imaginar el bocado que da una cucaracha de 10 cm (éste es su tamaño máximo). Las especies-plaga presentan muchas semejanzas con los roedores: toleran un rango muy amplio de condiciones ambientales, son muy resistentes a muchos factores de estrés y son adaptables, nocturnas, prolíficas y furtivas. Además, son capaces de sincronizar muy eficazmente sus ciclos de desarrollo con la disponibilidad de comida.
Pero estas especies-plaga con las que estamos familiarizados sólo representan una pequeñísima parte del grupo, 20 especies entre más de 4.000. Aunque todas poseen las mismas características básicas, muchas se han adaptado a ambientes particulares: viven en el suelo de bosques y selvas (su mayor diversidad se presenta en los trópicos), en cuevas, donde comen carroña o excrementos de murciélago, o dentro de los troncos de los árboles. Algunas especies son semiacuáticas. Muchas especies de las selvas tropicales son diurnas y presentan colores vistosos para advertir a los depredadores de su mal sabor. Algunas producen sustancias nocivas, que pueden rociar a una distancia de varios centímetros y provocan erupciones cutáneas y ceguera temporal.
¿Tenemos razones para aborrecer a muerte a las especies de cucarachas que se han adaptado a vivir con nosotros? Las cucarachas pueden transportar unos 40 patógenos, desde gusanos nematodos hasta bacterias y virus, que causan gastroenteritis, disentería, gripe, hepatitis, poliomielitis y lepra. El riesgo de transmisión al hombre se incrementa por sus hábitos de regurgitar fluidos y defecar mientras se alimentan, contaminando así la comida o los utensilios para su preparación, además de impregnarlos de un olor repulsivo. Sus excrementos y otros restos orgánicos son alergénicos, sobre todo en niños, y causan dermatitis, eczemas y asma.
Expuestas así las cosas, las cucarachas parecen unos seres abominables, que merecen ser exterminados. Pero debemos considerar también que contribuyen a reciclar en nuestros edificios mucha materia orgánica, que podría convertirse en foco de otras enfermedades. Por otro lado, muchos médicos achacan el reciente aumento de alergias entre los niños a los ambientes excesivamente pulcros en los que se desarrolla su sistema inmunitario. De todas formas, está claro que hay que controlar las grandes proliferaciones de cucarachas. Pero debemos considerar muy bien a quiénes nos enfrentamos, antes de embarcarnos en una guerra que puede conducirnos a más perjuicios que ganancias.
Las cucarachas son muy resistentes a los insecticidas. Son insectos grandes y sus cuerpos son correosos, lo que dificulta la absorción de los productos químicos. Se refugian en grietas recónditas adonde estos productos no llegan en las dosis suficientes, y ya sabemos que combatir una plaga con dosis insuficientes es promover de forma automática la aparición de resistencias. Además, las ootecas son muy impermeables a la mayoría de los insecticidas. El método más usado para eliminar cucarachas, el de los cebos tóxicos, está perdiendo eficacia porque están apareciendo razas capaces de desarrollar repulsión hacia las sustancias empleadas.
Las cucarachas son unos enemigos formidables, hasta el punto de que Joseph Kunkel, de la Universidad de Massachusetts, uno de los mejores expertos mundiales en ellas, recomienda cierta resignación. No aconseja el uso de la mayoría de los insecticidas comerciales, ya que los fabricantes suelen añadir tóxicos muy activos para que el usuario vea rápidos resultados. El espolvoreo de los rincones con ácido bórico, que es poco peligroso para los humanos, puede ser una alternativa. Esta sustancia está formada por cristales afilados que se introducen en los resquicios de la cutícula del insecto y la erosionan, haciendo que pierda agua y muera por deshidratación. Un método inocuo es la colocación de trampas de caída (una taza con paredes untadas de vaselina para que el insecto resbale, en cuyo fondo pondremos pan u otro alimento atractivo). A las personas más impresionables puede costarles aplicar esta técnica, por la necesidad de retirar periódicamente los insectos. Así no exterminaremos la población de cucarachas de nuestra casa, pero reduciremos su tamaño hasta límites aceptables.
Mientras tanto, los investigadores tratan de poner a punto métodos eficaces de control biológico con avispas parásitas y hongos patógenos de cucarachas. Contra ellas no valen las batallas frontales, porque nosotros llevamos las de perder. Tenemos que asumir nuestra inferioridad y adoptar emboscadas, sabotajes y otras tácticas de guerrilla.
(Nota: publicado en Muy Interesante )
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